Una fábula, un enigma, y una solución final

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La fábula

Aunque todo el mundo conoce la historia, no está de más recordarla: a los Asuras les fue dado el don de construir tres grandes, inexpugnables ciudades-fortaleza, una en la Tierra, la otra en la Atmósfera, y la última en el Espacio Profundo. Las tres ciudades se revolvían como ruedas, cambiaban permanentemente sus posiciones y evitaban a toda costa quedar alineadas, pues habían sido advertidos de que ello ocasionaría su fin. Pero finalmente, tras mil años de incansables permutaciones, parece que sólo les quedaba una que probar, y puesto que todo busca su compleción, finalmente se alinearon. Era lo que Shiva había estado tranquilamente esperando, y sin pensárselo dos veces, el arquero supremo fulminó las tres ciudades de un solo disparo.

El enigma

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Devuélvete tu sombra

Todos disponemos de un mágico rayo de la muerte dispuesto a fulminar las cosas que más detestamos. Más aun que dispuesto, predispuesto. Se trata de una animosidad especial, un instinto de destrucción que podemos volcar sobre lo más odioso o lo que nos resulta más peculiarmente desagradable. Naturalmente, en estos nuestros tiempos esa animosidad sólo nos visita en espíritu, por así decir, hace guiños a nuestras intenciones y por momentos nos hace imaginar como dulces acciones que por nada del mundo querríamos perpetrar en la realidad -matar a alguien, aplastarlo con la mayor de las sañas, o incluso torturarlo.

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Come para todos

El mejor pensamiento, la más bella acción son los que más nos aproximan a la gratuidad divina.

Louis Cattiaux

Se dice muy a menudo que para que nuestra vida cambie es nuestra mente la que primero debe mudar; otros, aunque tornen las palabras, dicen en el mismo tenor que el que debe cambiar es nuestro corazón. Sorprende entonces que nadie diga, en esta nuestra civilización tan pretendidamente materialista, que deberían cambiar nuestros vientres -aunque no es que falten ni mucho menos quienes afirman que uno es lo que come. En vez de hablar de dietética o estilos de vida, o entremezclar cosas previamente separadas, intentaré acercarme al denominador común en el que vientre, corazón y mente participan.

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Yahvé y Jehovah

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¿Yahvé o Jehovah? Sabemos que ambas expresiones sólo pretenden transcribir el impronunciable nombre de cuatro letras del Dios del Antiguo Testamento; también sabemos que el uso de la segunda forma surge o al menos se extiende a partir de las primeras traducciones protestantes inglesas. El origen común se presupone, pero a pesar de todo no puede haber expresiones de espíritu más opuesto.

Jehovah suena al dios de rigor de Jacob y a la zarza ardiendo ante Moisés; es un nombre, en el mejor de los casos, concebido para provocar temor reverencial. Yahvé en cambio parece el nombre adecuado del dios de David y Salomón, y el sabor que deja en la boca es el inconfundible sabor de la liberación.

Uno junta las nubes y el otro crea la lluvia; uno cierra en la mano el haz de los rayos como Júpiter, el otro suelta para dar. Claro que el primero, celoso Saturno apenas disfrazado, no puede tener menos de jovial, mientras que el segundo, dios de gracia, no amenaza sino con la dádiva.

Uno acumula, el otro da.

¿Y a cuál de los dos hemos decidido adorar y adular?

No, no puede ser del todo casual que el nombre Jehovah prendiera con el protestantismo en la primera gran ínsula capitalista.

No, no puede ser del todo casual que hayamos dejado de invocar a Yahvé dispensador de la gracia.

Uno es Poder, el otro Verdad.

Podemos ahorrarnos los conceptos tenebrosos y las eruditas prolijidades sobre el tetragrámaton. Sabemos que la primera autodenominación en el Génesis es “Yo soy el que soy”. Pronunciamiento que no por unívoco está menos abierto a las interpretaciones más fatalmente contrapuestas.

YO soy el que soy: dice el ego en su primera cognición cerrada.

Yo soy el que SOY: le informa el ser al yo para que el yo no sea.

El primero es evidentemente el Demiurgo; el presunto creador del mundo, o al menos el responsable de la ilusión sobre su identidad.

El segundo no es manifiesto sino más bien patente, pero buscando sólo lo que pueda hacerse manifiesto, termina por antojarse indescifrable. Más amplio que el ser, lo sostiene y lo libera; por eso algunos lo han llamado no-ser.

El primero es el segundo y el segundo es el primero; pero harás mejor en no confundirlos, y lo mismo te dirá el bifronte Jano sosteniendo las llaves.

Una sola es la puerta, ¿pero es lo mismo entrar y salir? Tú mismo lo decides.

Dices “YO soy” y ya te olvidaste de todo; pero por más que digas “YO soy”, nunca terminas de asumir lo que esa afirmación encierra, nunca lo puedes abarcar.

En la vida todo es un problema de capacidad. Lo que pesa cada cosa, lo que cada cosa te ata, depende de tu capacidad.

El nudo que estrangula al corazón de carne, la misma presunción que lo hace latir, no es otra cosa que “YO soy”, ese cheque sin fondos. Pero ese abismático no-ser sin fondo es el autopenetrado, autoalumbrado “yo SOY”.

Si deseas que aumente tu capacidad, si pides que aumente tu capacidad, sin duda tu capacidad aumenta. Pero suspiramos por unas u otras cosas, no por la capacidad de abarcarlas.

Al contrario, queremos ser llenados, tener una “vida plena”: agotar nuestra capacidad. Lo cual es imposible incluso cuando nuestra capacidad se muestre tan pequeña.

Que aumente tu capacidad depende del paso del uno al otro. El YO como hacedor de cosas se convierte así mismo en cosa. Al yo que intenta reflejarse en el SOY no se le puede escapar que no es, y no como contenido sino continente, es como aumenta su capacidad.

Donde el Ego sospecha una innegociable contradicción, ve el Sí mismo un juego.

Aborrecemos la religión, pero seguimos practicando el culto a Jehovah. Nos queremos lúcidos y preclaros, pero claro, eso es sólo pretensión, otro patético manifiesto de la voluntad. El voluntarismo es tan ubicuo que ya es imposible detectarlo, ni aun con abulias o claudicaciones. ¿Estamos seguros de que el Buda trató esta enfermedad?

Oriente tiende a ver la mente con lucidez en tanto en que percibe en ella algo más que pensamiento, algo más que movimiento. Pero el emperramiento occidental con el Logos delata un incurable entusiasmo por la acción, un afán desmedido por recrearlo todo y no dejar nada como está.

Hacedor y Deshacedor.

El Buda habló del deseo, pero, ¿son deseo y voluntad lo mismo? ¿No son como hembra y macho de un animal desconocido, imposible de desembozar? Una salida tentativa sería afirmar que en el género humano predomina el deseo y entre los dioses la voluntad; siendo que al hombre sus representaciones siempre le pueden, sean o no sean ídolos. Era ya el problema de nombrar a la divinidad.

Los seres humanos a duras penas desean lo que los dioses quieren.

Pero los nombres no sólo representan. Con todas las limitaciones que se quiera, aún expresan un mundo de voluntad anterior a todo lo humano, salvo lo que de humano haya antes de todas las formas.

Y si nos seguimos debiendo a nuestros dioses, mirar a los dioses foráneos sólo puede servir para saber algo más de los nuestros, para saber qué hay todavía mejor por ofrendar, o al menos qué ofrenda nos queda.

Hubo un érase una vez, allá por la Edad de Saturno, en que dioses y titanes se confundían en una misma arrogancia. No había así espacio intermedio para que lo humano respirara. Para que naciéramos a la apariencia fue necesario que aquellos se especializaran, unos en sacar inspiración y vida de la materia muerta, los otros en capturar esas mismas chispas liberadas para volverlas a encerrar en la opacidad racional del mecanismo. Por eso el hombre elige, o así lo parece; y posiblemente sin esta apariencia de elección todas las otras apariencias se derrumbarían.

Vuelva ahora mi vista a Yahvé, llene su nombre el vacío de mi corazón. Conocer sí, ¿pero qué? Al final como al principio, sólo puedo tener el conocimiento que realmente necesito. Pero mi circunstancia puede cambiar mucho más ampliamente de lo que delata lo exterior.

No querer saber más que lo estrictamente necesario, no buscar responder a preguntas que nosotros no hemos planteado, es toda una cura para todos los cánceres de la sociedad del conocimiento habidos y por haber. Y una puerta abierta a otra forma de capacidad.

No hay liberación sino de la voluntad, ¿de qué otra cosa podría haberla? Hablamos del deseo o de los deseos indistintamente, pero no de que nos habiten distintas voluntades. Eso ya es revelador. Pero querer las cosas del mundo sí es tener distintas voluntades, y eso también nos da un indicio suficiente.

Lo único que nos separa del conocimiento es nuestra propia voluntad; por tanto, ningún conocimiento que pretendamos nosotros nos puede acercar a la comprensión de lo real. Vaciarse de todo es, básicamente, vaciarse de la propia voluntad. El nombre Yahvé expresa como pocos este vaciamiento fundamental, esta transmutación aparentemente imposible entre mi voluntad y esa otra voluntad más vasta que llega como mera intuición de lo que ha de hacerse.

Por eso su sabor es el inconfundible, el incomparable sabor de la liberación.