EL CASO MCKINNEY

Cuentan que cuando el califa abasí de Bagdad oía hablar de personas íntegras, rompía a llorar y luego exclamaba: “¡Traedme pronto a Dhul-Nun!” Dhul-Nun el Egipcio fue el gran sabio nubio al que, antes de conocerlo, estuvo a punto de cortarle la cabeza por cargos de herejía. Cuando lo llevaron ante el trono del califa, rechazó defenderse porque, según dijo, no tenía de qué.

Si hoy nos hablaran de personas honradas de la política americana de los últimos sesenta años, nos entrarían ganas de llorar para gritar luego: ¿Pero dónde está Cynthia McKinney?

Ron Paul era un hombre decente y resultaba simpático incluso si uno no es libertario y detesta a la escuela económica austriaca; por cierto que le robaron descaradamente las primarias republicanas del 2012, de las que tuvo que retirarse para dar paso a un impresentable Romney seguramente después de alguna llamada a medianoche. No creo que nunca hubiera podido terminar con la Fed, como pretendía, de haber llegado al poder; claro que era imposible que lo alcanzara, para empezar.

Pero si hay que hablar de una milagrosa presencia en la cloaca de la política americana en las últimas décadas, esa sin duda ha sido la de Cynthia McKinney. No digo que fuera una candidata perfecta ni que no haya caído en alguna de las muchas trampas que le han podido tender, pero a mí al menos se me antoja la imagen más limpia y luminosa que pueda guardarse en la memoria de dicha escena pública. La viva imagen de la decencia en política.

Y sin embargo, muy poca gente parece acordarse de McKinney. Y este olvido me resulta más elocuente que todo el muro de ruido de las noticias.

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Hace más de veinte años que había calculado una debacle de los Estados Unidos entorno al 2026, coincidiendo con el 250 aniversario de la declaración de Independencia. No son pocos los que veían venir lo que se acerca, lo que ya casi está aquí, al menos desde la crisis financiera del 2008. Pero por más que uno se lo intente imaginar, luego la realidad siempre nos supera.

Y no porque la realidad sea lo que vemos en los medios. Al contrario, lo que nunca deja de sorprendernos es hasta qué punto los medios no pierden la menor oportunidad de deformarla. Son mendacidad en estado puro, que, como los buenos mentirosos, siempre saben salpimentar todo lo falso con su pizca de verdad, o de otro modo sobre qué se mentiría.

El colapso de la URSS empezó a ser irreversible tras el desastre de Chernobyl en abril de 1986. Menos de seis años más tarde, la Unión Soviética había dejado de existir. Podemos establecer un paralelo temporal en cuanto a la velocidad con que se precipitan los acontecimientos en “América”; el 2020 fue para los EEUU como el 86 para su viejo rival, y ya hemos visto que el 2021 no empieza mejor que digamos. Sí, el 2026 sigue siendo una buena aproximación para el hundimiento de la Nueva Atlántida, justo cuatro siglos después de la muerte de Bacon y la publicación de su utopía.

El territorio y la población de los Estados Unidos no quedarán bajo las aguas, pero las ondas del tsunami allí originado sí pueden sepultar muchas cosas. Se dice que esta nación sigue contando con grandes fuerzas, y así debe de ser, pero tales fuerzas están demasiado secuestradas y encauzadas en la dinámica del desastre como para ser de ayuda en las actuales condiciones; más bien todo lo contrario.

La cuestión no es sólo que esas fuerzas llevan al país a la autodestrucción, sino que, además, los americanos están tan poco preparados para sobrevivir tras el fin de su imperio como los soviéticos lo estaban para vivir fuera del socialismo real. Uno diría que están muchos menos preparados, pues después de todo Moscú no succionaba recursos en ninguna escala parecida a la de Washington; y, además, el grado de adoctrinamiento de los soviéticos era incomparablemente más superficial que el de los estadounidenses de ahora.

Los EEUU han llevado la magnificación de la mentira a extremos insospechados, hasta el punto de que ya sólo cabe hablar de la Hipermentira, la mentira que lo aplasta todo. Y el costo de ignorar la realidad hasta ese extremo tiene que ser igualmente extremo. Cuando encima todo está diseñado desde arriba para el fallo más monumental, el fallo está garantizado. Lo sorprendente es que el sistema aún aguante.

No hay más que pensar que incluso en la crisis actual la bolsa ha seguido subiendo; el día que la Gran Burbuja estalle, ¿a qué nueva mentira se encomendarán, si ya las han exprimido todas? Si contempláramos el presente como ya pasado, nos daríamos cuenta de que el hundimiento americano es mucho más inexorable que el soviético, pues está mucho más exigido por la necesidad. Sólo el inveterado servilismo ante el poder y ante los hechos consumados impide verlo.

Todo tener que creer en la mentira para seguir adelante encuentra siempre su pared. Los americanos no son más necios que en el resto de los países, pero aún necesitan creer en la mentira más que el resto de nosotros.

El otro día veía un anuncio en la red que nos ofrecía los 7 secretos 7 de Jeff Bezos para el éxito, por no decir que para hacerse tan rico como él. No se me ocurrió clicar el anuncio porque puedo resumirlos en uno sin tan siquiera pararme a pensarlo: tener detrás a Rockefeller. Y a Black Rock. Y a los Rothschild. Es decir, a RO & RO & RO.

Fíjense si es fácil tener éxito y cumplir el sueño americano. Pero muchos son tan papanatas como para creer que este hombre ha llegado a donde está porque es tan inteligente e implacable. Y eso que Bezos es todo un acierto del casting y al menos tiene cara de listo y de cabrón, porque, ¿qué decir de un tiparraco como Elon Musk, del que ahora nos dicen que ha desbancado a Bezos como “el hombre más rico del mundo”? Un personaje que ni siquiera es capaz de hacer que sus empresas dejen de perder dinero —miren si no las cuentas de negocio. O de la extraña pareja de Google, o del rostro angelical de Facebook, etcétera.

Fabricantes de sueños: podemos hacerle un billonario a la medida de su tontería.

Quien crea que esta gente es la que lleva los Estados Unidos y gran parte del mundo debería cambiar de medicación. O quien crea que los que entraron desarmados y de carnaval el otro día en el Capitolio con el beneplácito de todas las fuerzas de seguridad eran representantes de Trump. O quien crea que QAnon es una “teoría de la conspiración de ultraderecha”, y no uno más de los innumerables fraudes de los servicios de inteligencia, que de alguna manera tienen que justificar el agujero negro de dinero que suponen para la nación. Etcétera.

Y sin embargo la mayor parte del progresismo y la izquierda, empezando por su líderes de opinión, dan por buenas todas estas burdas componendas y otras muchas parecidas, simplemente porque son oportunas para su narrativa; lo que ya nos dice qué calidad de narrativa tienen, y qué firme oposición representan para el enemigo.

El nivel del discurso que imponen los medios lo rebaja todo por debajo del límite de lo recuperable, ese es su gran triunfo, y no hace falta buscar calificativos para los que quieren aprovechar semejante nivel de discurso en su favor.

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Y este nivel de lo irrecuperable, logrado no sin ímprobos esfuerzos, nos lleva de vuelta a Cynthia McKinney tras una aparente digresión. Para los que sepan de la política norteamericana aún menos que yo, digamos que McKinney fue representante por un distrito de Georgia con los Demócratas durante muchos años desde 1992 hasta que abandonó ese partido para convertirse en candidata presidencial con el Partido Verde de los Estados Unidos en el 2008.

Ni que decir tiene que su candidatura no llegó lejos, pero al menos fue una gran oportunidad para que los que no votan nunca se lo plantearan. McKinney ha estado envuelta a lo largo de su carrera política en numerosas causas y demandas totalmente ajenas a los manejos del bipartidismo, y es por la valiente defensa de esas causas que consiguió en su día atraer la atención de los más escépticos.

Como puede imaginarse las cosas no han sido fáciles para McKinney, y tras las elecciones del 2008 y su activa participación en las iniciativas contra el bloqueo de Gaza o la guerra de Libia, su estrella, que nunca le debió nada al favor de los medios, ha ido declinando rápidamente. La última vez que su nombre ha tenido cierta resonancia pudo ser en la gira en autobús que hizo por el país en 2017 apelando a la unidad del populismo de izquierda y de derecha.

Cuando supe que McKinney había realizado esta gira con Robert David Steele, ex agente de la CIA, me dieron ganas de cruzar los dedos porque ya se sabe que un espía nunca se jubila. Sin embargo la carrera de Steele también es como mínimo sorprendente, puesto que ha sido uno de los grandes abogados en pro de la apertura total de las fuentes de inteligencia (OSINT), algo que cambiaría decididamente muchas relaciones de poder. De hecho, esta transparencia sería una de los requisitos fundamentales para que la democracia fuera tan siquiera posible.

No tendría que hacer falta recordar que las múltiples agencias de inteligencia, por su propia naturaleza, no se ocupan más de recabar información que de fabricar información falsa, así como de diseñar escenarios para que la información falsa cuele, en estrecha simbiosis con los medios de comunicación, las relaciones públicas, los laboratorios de ideas, las universidades, las grandes consultorías, las corporaciones y fondos, entre otros. Hablamos, en definitiva, de la densa trama de la industria de la mentira y de la manipulación permanente de la realidad.

La última iniciativa de McKinney que me consta es su edición en forma de libro de una antología de ensayos desafiando la narrativa oficial sobre el coronavirus y el confinamiento, otro movimiento más que no le ayudará a conseguir el favor de los focos. Ahora bien, ¿dónde está Cynthia McKinney?

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El desastre de Chernobyl, cuya versión definitiva pretenden sentenciar las teleseries americanas, habría estado lleno de ocultamientos, pero eso no es algo que pueda pasar en el mundo libre, con su proverbial amor por la verdad, durante algo tan serio como la presente epidemia.

Mucho antes del desmantelamiento de la URSS, y mientras la mayoría seguía sumida en la modorra del régimen, ya había miles de individuos que no perdían ni un momento calculando lo que se podía sacar hasta del último ladrillo. A ellos bien poco de lo que ocurrió luego les tomó por sorpresa.

En cambio en Estados Unidos el saqueo a la luz del día ocurre permanentemente desde hace montones de años y la gente sigue votando a los que lo facilitan. Esta fatal tolerancia al despojo sólo se explica por el hecho de que la Fed lo ha estado amortiguando todo el tiempo comprando masivamente bienes de fuera a cambio del papel de los billetes que fabrica.

Pero esto no puede funcionar indefinidamente. Como apunta certeramente Charles Hugh Smith, la Fed no es el Imperio, sino la criada del Imperio, que se sostiene con cosas tan tangibles como la potencia militar. Y si la Fed sigue poniéndose al servicio del mercado bursátil inyectándole masivamente dinero para que no se hundan las cotizaciones, al final será el propio dólar el que se desplome. O se pone al servicio del Imperio, o de los activos de los billonarios.

Claro que dejar de fabricar billetes para mantener la hegemonía del dólar provocaría el estallido de la Gran Burbuja a la vez que destruiría el colchón que ha amortiguado el prolongado saqueo. Y esta parece la verdadera disyuntiva de la política americana ahora mismo; lo demás son cortinas de niebla y movimientos de peones.

La farsa del bipartidismo también se ha de circunscribir a este dilema cada vez más difícil de eludir; Trump era bueno para la bolsa, y ahora a los demócratas les tocaría maniobrar por el Imperio en perjuicio de las grandes fortunas. ¿Pueden hacerlo?

Tendrían que poder, puesto que son las mayores fortunas las que tienen también un mayor interés en el mantenimiento del Imperio, y no deberían tener tantos problemas en aceptar un sacrificio. Por otro lado un hundimiento de las cotizaciones, en principio, no tendría que afectar mayormente al ciudadano promedio, sino sólo a los grandes propietarios de títulos que son una pequeña minoría. Si las cosas fueran tan fáciles, y si las dejaran ser tan fáciles.

Todo hace pensar que ha sido el sistema, más que los votantes, quien ha apostado decididamente por Biden y por el globalismo, en vez de por el aislacionismo. Pero los poderosos no están acostumbrados a hacer sacrificios ni a que disminuya su cuota de poder, y harán lo posible y lo imposible para que sean los de abajo los que paguen los platos rotos. Dicho en pocas palabras, hoy sólo se puede defender el Imperio a costa de la nación. Pero, ¿cómo se soportará un Imperio con su metrópoli cada vez más desgarrada y destruida? De manera cada vez más autoritaria.

La caída de los Estados Unidos por fuerza ha de ser muy diferente de la de la Unión Soviética puesto que hablamos del recurso de última instancia en un mundo aún unipolar; y ahí se acaban todas las comparaciones.

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A los Estados Unidos ya no le alcanza con la honradez para salvarse como nación; no le alcanzaría con ninguna suma de virtudes. Y es sólo lógico que el país que más ha hecho por destruir la soberanía del resto de las naciones acabe de la misma manera, con su soberanía convertida en la ficción más patética.

McKinney representó en su día, junto con Ron Paul, una de las pocas oposiciones incondicionales al guerrerismo y los manejos imperiales de Washington; pero estas figuras siempre fueron puramente testimoniales y nada pueden hacer contra la inexorable deriva imperial. Y si alguna vez no fueron sólo testimoniales, bien pronto se les cortó las alas.

La política pasa, pero lo político permanece. Y en Washington, la gravedad de lo político se circunscribe exclusivamente a los intereses del Imperio, lo que explica que la política doméstica, que vive de ocultar esto, sea una de las más distractivas además de corruptas que el mundo ha conocido.

El interés del Imperio se encuentra siempre en el poder, no en el dinero que está a su servicio. Sólo que el Imperio americano se distingue de todos los anteriores por gobernar directamente con su moneda, el dólar, lo que hace que pensar a los más inconsecuentes que es el dinero lo que manda, y que el capitalismo es algo impersonal. Pero siempre hay una persona al final de todo, y ni el más necio creerá que el dinero es un fin y no un medio, y mucho menos los que están en lo alto de la cadena, aun si no les sobra la inteligencia.

Se dice que los tres más ricos de los Estados Unidos tienen tanta riqueza como los 160 millones de la mitad más pobre de su población. Nadie en sus cabales pensará que entre estas tres personas se encuentran Bezos, Musk, Buffet, Gates o Zuckerberg. Esos tres no han llegado hasta donde están pensando que el poder da dinero, sino que el dinero da poder, y el hecho de dar la cara ya les quitaría gran parte del suyo.

Probablemente en otra época la gran mayoría de los estadounidenses votaba demócrata, y se le regalaban muchos falsos votos a los republicanos simplemente para seguir manteniendo la ficción esencial del bipartidismo. Pero ahora la gente sabe muy bien que votar demócrata es votar por los intereses del Imperio y en contra de los de la nación, por eso es tan improbable que Biden haya obtenido más votos. Tampoco ha podido quedar más claro que Trumpenstein no era el candidato imperial salvo por su apoyo incondicional al sionismo; y sin duda fue por esto último que se le dejó llegar a la Casa Blanca.

Con esta falsa alternancia del bipartidismo se ha conseguido escorar mucho más a la derecha a todo el espectro político: a los demócratas, que ya eran decididamente imperialistas desde los tiempos de Wilson, y a un electorado que ahora vota republicano como no lo había hecho nunca. Misión cumplida.

Aceptar las narrativas que nos brindan los medios dominantes es convertirse en un bebé en manos de gigantes pervertidos; un terrible espectáculo que uno preferiría no ver. Pero, del lado opuesto, tampoco tengo el menor deseo de que gente como McKinney vuelva a la arena política, pues sería insoportable que los inocentes dieran la cara y se traguen toda la inmundicia mientras los culpables se esconden en sus guaridas; además de completamente inútil.

En su momento, McKinney tenía prácticamente todo para haber liderado a una izquierda alternativa: era joven, contaba con una trayectoria intachable, era mujer, era negra, era verde, tenía excelentes cualidades personales, y no estaba dividida ni era divisiva. Todo, naturalmente, menos el apoyo de arriba, que es lo único que importa, y que sólo desea la división sistemática del electorado.

La nación americana se tiene que polarizar y desgarrar, simplemente para que no se pongan de acuerdo en que esos tres con ascendiente sobre la entera oligarquía den alguna vez la cara. Y así, increíblemente, todo un país se puede ir por el sumidero para salvarle el tipo a tres miserables familias. Pero los historiadores no deberían ignorar que esto ya ha ocurrido antes repetidas veces.

La secuencia entonces es: primero se destruye la nación, luego por falta de base se destruye el Imperio, y sólo más tarde, si aún existe el mundo, lo político puede retornar para hacer frente a la reconstrucción o desintegración del país y de los países. Y todo esto puede precipitarse con sorprendente rapidez. Con la dinámica en curso, ya es imposible no contar con la catástrofe.

Y para responder a la pregunta de dónde está ahora Cynthia McKinney, según su entrada en Wikipedia trabaja como profesora asistente en la Universidad Norte Sur de Dhaka, Bangladesh. Al parecer, no ha podido encontrar en todo el globo un lugar más lejos de Washington.

En cuanto a toda esa oposición controlada y al puro oportunismo que se pretende progresista, sólo puedo decir que tengo el gran placer de no haberlos conocido nunca, y aun así los conozco demasiado.

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