RECUERDOS
Carta a Antonio Rondán
En Mianyang, viernes, 26 de mayo de 2017
Hola Antonio, ¿cómo estás?
Desde tu cumpleaños me estoy acordando mucho de ti y de Fina.
Personalmente siempre pienso en los que se fueron con alegría y con alivio; su mero recuerdo me da paz. Y es que ellos ya pasaron todas las pruebas y ya no están sujetos a nuestros peligros y miserias, nada malo les puede suceder. ¿Qué puede ser mejor que eso? Llorándolos, nos preocupamos mucho más de nosotros mismos que de ellos. La papeleta la tienen los que están aquí, pero a menudo, cuando la vida es lo bastante atolondrada y ocupada, uno es propenso a olvidarlo.
Tampoco acuso la ausencia de los muertos; por el contrario, somos demasiado poco sensibles al poder abrumador de su presencia. Ellos no necesitan manifestarse, están en la base de nuestra manifestación. No hace falta ver para sentir donde está el peso de las cosas; ellos son el telón de fondo sin el cual no suponemos nada. Ellos han vuelto al estado fundamental, aquí vivimos atrapados en una ocasional perturbación. Los vivos sólo somos una pequeña prolongación de los mal llamados «ausentes.» Nosotros sí que estamos ausentes -pensando quizás en el futuro o en el más allá, o en recuerdos de un pasado grato.
Los muertos no son el problema, son la solución. Y la muerte, lo mejor que a uno le puede pasar en la vida. Como dijo alguien en su despedida: «Hijo mío, dentro de un momento sabré más que todo lo que supieron los sabios mientras vivieron.»
Yo, si te digo la verdad, esperaba estar muerto hace mucho tiempo, pero dado que no ha resultado así tampoco me ha parecido lo más apropiado quitarme de en medio.
La gente se pregunta compulsivamente qué hay después de la muerte, pero no se pregunta qué había antes de la vida. Y sin embargo se trata de la misma cuestión, no puede ser de otra manera. Y la pregunta por el qué hay después es compulsiva porque está dictada por el instinto de conservación… por el deseo de seguir manteniendo esta vida, en vez de buscar cual es la participación que tenemos ya en esa vida más amplia a la que llamamos Verdad.
Y si hablamos de antes y después, también podríamos preguntar por el ahora: dónde está la vida mientras vivo, qué es aquello por lo que me siento vivo. Por que podría no ser lo que creo.
En estos tiempos tan saturados de información pero con tan poca observación, casi todos andamos divididos entre el corazón y la cabeza, entre la bondad y la prudencia, entre conocimiento y religión, sin acertar a encontrar un lugar para el autoconocimiento, que es el único que nos permite abarcar estos otros y todo lo que conllevan sin la menor dificultad. Espero que al final de esta carta nos sintamos los dos, tú y yo, más cerca de esto.
En este mundo, y para entendernos un poco, hay básicamente tres niveles de cosas, tres dominios o realidades dentro de una sola Realidad. Tenemos el mundo de los sentidos o mundo físico, tenemos toda la actividad del hombre con su pensar, representarse, imaginar y obrar; y tenemos el mundo de los conceptos, ideas o esencias. Se ve entonces que la mente humana, su incesante actividad, es el puente que une lo de arriba y lo de abajo.
El mundo físico o de los sentidos, la naturaleza, es un flujo en cambio permanente, en el que nada se está fijo ni por un momento; el movimiento es su único denominador común -por eso la física sólo puede explicar las cosas como movimiento. Si nos parece que hay más estabilidad en este nivel de la que hay realmente, es porque continuamente estamos proyectando sobre él nuestras ideas de cosas, leyes, etcétera -esto es una silla, esto es la luz del sol (aunque cambie continuamente), etc. La realidad de los sentidos se nos escurre siempre como agua entre los dedos, en lo único que hacemos presa, lo único que nos permite darle entidad a esta inconstancia son nuestras ideas sobre esos fenómenos.
Lo que pasa es que creemos que esas ideas las producimos nosotros, es decir, que son meramente subjetivas. Pero no, la idea del círculo es exactamente la misma en cualquier individuo y ninguno la produce, sino que captamos diversos ángulos de esa misma realidad esencial.
El mundo físico de los sentidos existe, pero no es. El mundo de las ideas es, pero no existe.
En la Existencia física las cosas están compelidas y son objeto de coacción por relaciones externas, algunas de las cuales son leyes y otras muchas son azar o casualidad. En las Esencias, que son infinitas en número como pueden ser los conceptos o ideas, no hay ninguna coacción externa, todo son relaciones internas, eternas, y necesarias. El primero es el mundo de la Dependencia, el segundo, el de la Independencia o Soberanía. Las esencias son infinitas en número y las relaciones internas que tiene cada una consigo mismo y con las demás esencias es también infinito, igual que de la idea de un círculo se pueden derivar infinitos teoremas y relaciones.
La esencia de cualquier concepto es autoevidente por definición, se justifica en sí misma, aunque tengamos que dar muchos rodeos para abarcar su contorno y a menudo sólo lo hagamos antes de que se cobre su propia evidencia.
Cada esencia tiene su propio carácter individual.
La idea de un círculo no existe, pero ha sido, es y será siempre. Incluso si este universo no hubiera llegado nunca a existir, incluso si ninguna clase de universo llegara a existir, el círculo es, porque su naturaleza -su esencia- no depende de que nadie la conozca. Por más que nosotros tengamos que existir para advertirlo.
Las esencias las intuimos, pero no es verdad que unos tengan mucha intuición y otros poca. Intuición tenemos todos y la estamos usando todo el tiempo, lo único que cambia es el alcance de las intuiciones. La misma inteligencia es sólo intuición y todavía no se ha fabricado otra. La intuición es captar fuera de sí lo que uno tiene dentro de sí, lo reconozca o no. Si no lo reconoce se es meramente consciente de algo; si lo reconoce es autoconsciente.
Las esencias son casi lo único que vemos en esta vida, y lo último en lo que caemos en cuenta. Las ideas matemáticas no son ni mucho menos la únicas esencias. Cualquier cosa que tenga un carácter individual irreductible lo es.
Y el ser humano, la persona, es un claro ejemplo de esto -a mi al menos me lo parece. La verdad que encontramos en una persona va más allá de lo subjetivo; pero sólo podemos captar un número ínfimo de relaciones de la totalidad que abarca, y estas relaciones sí que están coloreadas por las circunstancias y nuestras asociaciones subjetivas. Pero hay algo que no es subjetivo. Ése es su núcleo intacto, sagrado -su esencia.
Y estas esencias individuales humanas, como la idea del círculo, están más allá de la Existencia. Son ahora igual que antes y después del mundo. También puedes llamarlo Preexistencia, aunque no tenga nada que ver con existir y ser dependiente del cúmulo infinito de contingencias exteriores.
Entonces, tú Antonio, y Fina, y yo, tenemos nuestro ser inalienable antes de la creación del mundo, y del mismo modo, poco importa, lo seguiremos teniendo después. Pero en este mundo nuestra actividad pensante, la mente o alma, que media entre existencia y esencias, participa en su constitución de toda la mudanza e inestabilidad del mundo físico y los fenómenos, si bien los conecta mediante su atención y su consciencia con el mundo multifacético de las ideas. Este es el gran comercio del alma humana, se verdadero negocio en este mundo. Entonces, no tiene sentido querer hacer presa en los fenómenos y las apariencias que nos brindan los sentidos, sabiendo que, aunque duraran indefinidamente, siempre se nos escaparán de las manos.
Sólo tenemos que tomar posesión de nosotros mismos, de nuestra esfera soberana y autónoma, abierta desde dentro a todo lo demás.
Es el organismo humano, lo puramente contingente de su organización, lo que ha partido el conocimiento en apariencias e ideas sobre las apariencias. Más allá de esta contingencia de organización, el proceso de la realidad bien puede tener una naturaleza unitaria y enteramente diferente, y que el Pensar, el Verbo o Logos de los antiguos, que ya está en medio de nuestro proceso mental, cree todo en un juego que envuelve conjuntamente a la percepción, la observación y lo pensamientos producidos. Y es que nos damos cuenta de la fuente de los pensamientos, y los creemos nuestros productos, porque no observamos la maravillosa actividad del Pensar, que lo involucra y relaciona todo a la vez.
Los pensamientos son objeto de toda suerte de análisis, pero el Pensar mismo de la mente, el recorrido de su proceso, nos pasa inadvertido. Uno no piensa porque es el sujeto, sino que le parece ser sujeto porque piensa. El sujeto y el yo son pensamientos, el verdadero autor es el Pensar. De modo que nuestro pequeño yo es un producto hilvanado por algo mucho más amplio… que no deja de ser la misma actividad del pensar que ya ponemos en juego permanentemente, sólo que es más que lo que se nos antoja como «subjetivo». Del mismo modo que las ideas son algo enteramente diferente de lo subjetivo, pero nos atribuimos su autoría.
Tenemos ya todas las ideas dentro, son ya completas de por sí; pero necesitamos el mundo exterior para tener atisbos de ellas. Igualmente y por el otro lado, la Naturaleza no está sólo fuera en todo lo que percibimos en derredor o en las leyes que descubrimos, es más íntima que todo eso, y nos olvidamos que ante todo opera ya dentro de nosotros y nos da toda clase de impulsos y energía, y sin esa energía, la conciencia aislada sería un mero hueco inerte incapaz de reconocerse.
La maravillosa unión entre la energía de la naturaleza y la conciencia opera permanentemente en el pensar; pero sólo observándolo podemos verlo, y para observar hay que dejar de pensar -aunque sólo sea para dar espacio a un pensar más elevado. De otro modo el pensar sigue compelido a recorrer sus surcos de costumbre. Para elevar la actividad del pensar y la conciencia no hay otro medio que concederle espacio, y para vernos nos tendremos que observar primero, ¿no?
No hay otro modo. Sin desapego no hay conocimiento, y sin conocimiento no hay desapego. Este es el dilema que se interpone entre uno mismo y la comprensión.
Parece que es como querer salir del pozo tirándose de los cordones de los zapatos, pero no es así. Pues ya está dicho, entre el desapego y el conocimiento se halla, justamente, la observación. Como se halla entre la conciencia y la energía de la vida.
Esto por lo que hace a la vía del conocimiento; sin embargo, si uno se sitúa ya en la unidad no tiene por qué pasar por ningún camino determinado, pues esa unidad del Principio ya abarca en su conjunto las partes. No tienes que preguntarte dónde está la Realidad si ya sabes que estás en ella. Esto, según se mire, es lo más fácil o lo más difícil de todo. Lo que requiere es la entrega del ser íntegro a ese Principio.
En todo esto hay una perfecta lógica y justicia que no requieren cálculos: quien quiera conocimiento, que ponga su conocimiento; quien quiera el Todo, que lo ponga todo.
Desde la perspectiva tan limitada que nos da nuestra organización psicofísica, las ideas o esencias, aunque se encuentren más allá de lo contingente de la existencia, son puramente inertes… su eternidad es una eternidad sin vida, sin otra vida que la que la que le insufla la mediación del alma humana, envuelta en los lodos del mundo, con sus desvelos y quehaceres. Es una eternidad muerta y no «la vida eterna» de la que tanto se nos ha hablado.
Pero si entiendes lo que digo del Pensar como el auténtico hacedor, comprendes también dónde está la verdadera vida y la actividad más íntima, que siempre ha estado aquí en todo momento: nosotros mismos somos el resultado. ¿Quién no reconocerá al llegar a cierta edad que no es uno quien vive la vida, sino que la vida le ha vivido a él? Cualquiera lo ve, pero pocos sacan la lección de esto.
Así que también la esencia de la vida está en otra parte de donde nos creemos, no sólo las ideas. Pero no es que esté fuera y lejos, está en el centro de todo, y somos nosotros, al querer ponernos en medio, los que en realidad quedamos de lado. Es fundamental que uno vea claramente el papel totalmente subalterno de su propio Yo; el yo sí es un producto y una criatura, y en tanto mero producto, no puede tener otra suerte que surgir y desaparecer.
A uno esto no puede darle pena si recuerda de dónde viene -si tiene presente donde está su naturaleza real. Y es que el yo ni siquiera es el soporte de la individualidad, es un apéndice puesto en medio, un poco como la nariz. Y sin embargo, él y nuestra organización son todo lo que nos impiden ver la Realidad más amplia. Los juicios del yo, que se interpone a la verdadera observación, impiden ver su naturaleza, y la organización impiden ver su alcance y magnitud. Pero todo esto obviamente desaparece con la disolución física.
En esta Realidad mayor seguramente ya no hace falta hablar de estas tres partes, la existencia física, la mente humana y el reino de las esencias -que son realidades aparentes o subdominios; todo tendría que ser un mismo género de actividad libre y autodeterminada. Este es el lugar que le correspondería al Alma humana increada dentro del Principio, de la Divinidad.
Además de la Existencia material, la mente y las esencias podemos contar con otro dominio que es el reino de la verdad. Qué sea o no verdad nos lleva a los aspectos más trágicos de la existencia humana, puesto que en ello se juega tantas veces el ser o no ser.
Para la ciencia, como para la historia o cualquier disciplina que se ocupe de los hechos, verdad sería toda idea que tiene su cumplimiento efectivo en la materia, en la existencia física. Por tanto, más allá de esto sería absurdo pretender hablar de verdad científica.
Para el científico, la verdad tiene que ser un subconjunto del mundo de las ideas, sustanciado en la realidad física. Para la vida en toda su amplitud, la Verdad es la Realidad misma de la que los otros dominios no son sino momentos relativos o aparentes.
Cuando nos ocupamos de los hechos, tiene que haber una sola verdad, porque una cosa o ha ocurrido o no ha ocurrido. Pero la Realidad, ni es, ni no es; porque simplemente no tiene alternativa. No está en nuestras manos, sino que somos nosotros, por así decir, los que estamos en las suyas.
Y ya que hablamos de ciencia y a nosotros dos nos gusta la física hagamos una incursión en la cosmología. Los tres mundos de que hemos hablado son la versión externa o cósmica de la vieja terna cuerpo, alma y espíritu en que se dividía al ser humano y sobre la que tanto han tratado los sabios de nuestra tradición. Pero si lo piensas en la física moderna estamos exactamente en las mismas: Tenemos materia, espacio y energía, que desempeñan exactamente la misma función. En la Relatividad General se dice que el espacio le dice a la materia a dónde ir, y la materia al espacio cómo deformarse… pero por su puesto en el intercambio entre ambos está en todo momento presente la energía, sin la que no hay interacciones entre partículas o agregados de materia, ni deformación posible del espacio-tiempo.
El espacio es lo mismo que el espíritu o conciencia, la materia es el mundo físico, y la energía o actividad es el alma de este cuerpo universal. La función y relación entre los términos es exactamente la misma de la que he venido hablando, sólo que ahora podemos medir y cuantificar. ¿Cambia eso algo? Cualitativamente, nada. Entonces más vale atender a lo invariante del problema. Una vez me dijiste que por qué no podía inquirir la física qué hubo antes del principio del cosmos, antes del primer instante, que no debería ser un terreno vedado por algún resquicio de temor religioso. Pero el problema no es ése. Si quieres ver la unidad antes de la materia, el espacio y la energía, tienes que prescindir de todo eso, y entonces ya no te queda nada que concebir, ni que cuantificar ni medir. Da igual los conocimientos que tengas, ya no tienes variables ni nada que controlar. Y si no, que alguien lo intente. El que no vea esto, es como un niño que aún no ha entrado en razón.
Dividir la Realidad en tres partes por conveniencia, y aun por necesidad, no tiene nada que ver crear esa Realidad juntándolas de nuevo. Nuestra inteligencia se nutre de la realidad y vive de ella, lo que no puede estar más apartado de llegar a producirla como si tratara de uno de nuestros artefactos que podemos desmontar y montar. Una vez más, ilusionados por ciertos logros de la inteligencia, tendemos fatalmente a confundir nuestro lugar. La Realidad es incomparable y única, en eso consiste su carácter sublime.
Ahora bien, tal vez podamos permitirnos ser un poco niños, si como se ha dicho hay que ser niño para entrar en el reino de los cielos. Sólo que, para ello, en vez de querer ir más allá de la razón, nos iría mejor viendo qué se nos pasa inadvertido en ella -entrando más en ella que con los meros razonamientos que la delimitan y custodian. Pues la realidad no puede trascenderse, sólo cabe adentrarse en ella.
Un principio en el tiempo del universo es sólo un ordenamiento secuencial o lógico en nuestras cabezas, y no tiene nada que ver con el Principio, que es lo siempre presente y operante. Hasta los más famosos físicos modernos lo reconocen, cuando insisten en que el tiempo es un fenómeno subjetivo que no tiene entidad propia en la física. Por definición en la Relatividad, para la luz todos los relojes están parados -la luz existe siempre en el Tiempo Cero. Hay mucho de verdad en esto, pero no toda la verdad, porque la luz no existe sola, sino que sólo la conocemos cuando interactúa con la materia. Recordemos que la luz, no teniendo masa, no puede ser material. Es decir, aunque sea inmaterial como el espacio sin curvatura alguna, nosotros sólo la conocemos como energía, es decir, como algo intermedio entre la materia y el espacio. Y en este plano las cosas son diferentes y no puede hablarse sólo de un tiempo subjetivo, sino de hechos irreversibles e inapelables.
La luz por sí sola no puede doblarse, como no puede doblarse el espacio; lo que se deforma es el espacio-tiempo, que es una criatura enteramente diferente del espacio ilimitado y sin cualidades. El espacio-tiempo parece ser un todo más amplio que el espacio porque tiene más variables, sin embargo, más allá de cálculos particulares, es sólo un subconjunto del espacio ordinario sin deformar, porque toda deformación impone contornos y límites. La prueba de esto la tienes en el llamado «Principio Holográfico» que ahora manejan los cosmólogos y que surgió para describir los acontecimientos en agujeros negros, los lugares de máxima contracción del espacio debido a la materia. Lo que dice este principio es que todo el universo cuatridimensional con todos sus eventos no estaría más que en la película más superficial de la realidad, es enteramente superficie, el contorno de una deformación… lo que sólo parece increíble si no has pensado lo que digo -que el espacio ordinario, sin deformaciones, es ya la realidad primaria.
Sólo que tampoco conocemos el espacio ordinario, lo mismo que no conocemos la luz fuera de su interacción con la materia. Según el principio de Huygens, que nunca ha fallado y sigue plenamente vigente con la mecánica cuántica, la luz se difunde de forma continua disminuyendo proporcionalmente de manera que su superficie de onda es una deformación continua en cualquier parte, y así indefinidamente, siendo cada punto por el que pasa la luz otro nuevo foco de luz: «A todos los puntos, desde todos los puntos, pasando por todos los puntos.» Tal es el plenum de la luz, la plenitud inconcebible y sin costuras de su actividad. El efecto al ser captado en la materia es en promedio rayos rectos, dándonos la medida misma del espacio sin deformar; pero en sí mismo cada punto de luz tiene una actividad infinita, virtual si se quiere, que se mezcla de infinitas formas con el resto de focos de luz armónicamente y sin la menor interferencia -la luz se mezcla pero no interactúa con la luz. Así que la luz puede ser lo más simple, y a la vez lo más complejo y alejado de nuestros esquemas: la luz es pura expansión y la realidad viva del espacio, no el mero esquematismo de las tres coordenadas ortogonales.
La luz es la signatura infalible del Padre de las Luces y no puede haber otra. Pero esta luz inafectada y primordial es espacio y hondura ilimitadas, no la pequeña y cálida presión superficial que conocemos desde la materia, que no es sino la piel de la luz, el límite de la existencia. La luz o el espacio, la conciencia, son pura expansión; la materia es pura contracción, y la energía que media entre ambos sólo puede hacerlo oscilando en infinitos grados entre la contracción y la expansión. Es en el dominio de la energía donde propiamente podemos hablar de actividad, tiempo y causalidad; El espacio, visto meramente desde fuera, es puramente inerte, igual que lo es la materia, que está a merced de lo que las fuerzas que emanan de otras fuentes de materia tengan que hacer con ella. Y sin embargo, desde dentro, ese espacio es actividad y expansión pura; y la materia, aunque sea inerte e inconsciente, sueña, porque tantea incansable los caminos de la luz conducida por la energía.
La energía es el dominio donde emergen y se disuelven los agregados guiados por la atracción y repulsión, el amor y el dolor. Se sobreentiende que un agregado para subsistir y mantener su individualidad debe soportar dolor, de otro modo, si sólo está en concordancia con el ambiente se disuelve bien pronto. Vivimos sobre todo en este mundo de la energía, de la actividad incesante, el mundo de la mente o alma humanas; y que el placer lleve a la disolución y el dolor a la conservación sólo nos dan un poco el tono de lo insensato que es este mundo, mundo de la lucha y la contradicción. Frente al dolor y la perpetua tensión entre las alternativas, eterno drama del alma humana, sólo le quedan dos salidas: o la conciencia inafectada por los acontecimientos, o el sueño y la inconsciencia de la materia, donde olvidar sus amenazas y sus males.
Hasta para el actual modelo estándar el 98 y pico por ciento de la masa ordinaria está hecha en última instancia de luz… ¿Y qué puede ser ese uno y pico por ciento restante? Pues luz también, qué otra cosa va a ser. Luz echada a dormir, enredada o enrollada en sus sábanas, energía cinética atrapada en sus propios giros y nudos. Nudos de inconsciencia; porque si la luz es conciencia sólo está esa alternativa.
Pero como decimos, la luz convertible en masa o interacción no es verdaderamente el dominio de la luz, sino su límite, el límite al que llega en este bajo mundo nuestro. Este bajo mundo cuyo único sentido sólo puede ser salir de la inconsciencia de su modorra aunque tenga que ser bajo el fiero arado del dolor. Este mundo es el taller de Dios, y del Sol que es su imagen encarnada, no el lugar donde tengan que realizarse nuestros sueños; otra vez, olvidando nuestro lugar, nos engañamos y sufrimos más.
Hay una luz creada, que es la que vemos, y hay otra luz increada, inaccesible a la materia, que es pura esencia y consciencia desnuda, porque su actividad consigo misma es infinita sin obstrucción ni interferencia. En ese mundo la armonía es ley, en nuestro loco mundo la armonía se hermana con la indiferencia y la disolución. Ese mundo de luz, de las ideas, lo llamaron los antiguos Pleroma, Empíreo, Espacio de la Síntesis Universal, Mundo de la Inteligencia pura, Mundo Arquetípico, Cielo y mil nombres más. Todo es lo mismo, apunta a una misma realidad -sin embargo no es algo que exista después de este mundo, sino que es siempre antes y después del tiempo y fuera por completo de él. Por eso se le llama también Eternidad; si tuviera principio en el tiempo no podría ser eterno.
Esa Eternidad arquetípica es lo más cercano al estado fundamental de lo Real, pero tampoco es la Realidad. La Realidad es lo que está presente siempre en todas partes, lo incondicional, y eso sólo le corresponde al Principio.Lo que no nos damos cuenta es de que, desde esta perspectiva más amplia, aquí estamos en el límite mismo, a un paso de las tinieblas exteriores, mantenidos tan sólo por la Providencia y el Sol. Los mismos físicos lo dicen, todo este universo es sólo una pequeña perturbación del estado fundamental -así mismo es como hablan los físicos del comienzo. No te extrañe que seamos unos perturbados, si viene así todo el lote. ¿Pero qué es el estado fundamental? Nadie contesta a eso. En realidad para ellos se trata de una convención como hablar del tiempo cero, pero allí no tienen nada que rascar.
El estado fundamental es la Preexistencia, lo que no ha nacido nunca. Pero si no ha nacido nunca, no puede haber dado origen a este universo que depende de un origen. ¿Cuál era tu rostro antes de nacer? ¿Cómo es la luz antes de llegar a la materia?
Pero si la materia es luz atrapada, si es conciencia hundida en la inconsciencia, liberar luz de ella es como hacer que de ella se desprendan destellos de consciencia. Es también dar espacio a lo que está encerrada. Es dar el paso que media entre el no ser y el ser, donde se halla justamente la existencia -luego es entrar en la existencia desde la pura nada anterior. Porque la inconsciencia es para sí misma la nada.
Tampoco sabemos si la luz en este mundo ha surgido inevitablemente por la acumulación de masas, como se supone, o más bien las masas han empezado e emitir y devolver la luz tras haberla primero recibido. Porque ya digo que en realidad la luz y el espacio es lo mismo: no la luz del espacio-tiempo, sino la luz y el espacio previo a las deformaciones impuestas por la materia.
La luz como onda tiene una difusión continua y sin embargo imposible de representar; la luz como interacción material, como partícula, reviste un carácter discreto y aleatorio, y sin embargo es estadísticamente responsable de las trayectorias aparentemente rectas y simples de los haces luminosos. Esta irreducible paradoja es el nudo de los dilemas de la física cuántica; pero si lo piensas no es tan extraño, es inevitable. La acción de la luz, de suyo, es completamente gradual y sin saltos, mezclándose absolutamente su promedio con todo el resto de fuentes de luz del universo… pero si esta acción ha de ser interceptada por una partícula de materia, que es discreta y está distribuida al azar, el efecto visto y comprobado tiene forzosamente que ser discreto y aleatorio.
No hay contradicción, sólo hablamos de dominios diferentes. La naturaleza sigue siendo siendo continua y gradual en su acción por un lado, pero los efectos materiales tienen que ser fortuitos, porque está en la naturaleza de la materia su distribución al acaso de las circunstancias. Y en nuestra vida ocurre exactamente lo mismo; hay fuerzas constantes que nos guían, pero por todas partes han de aparecer efectos inopinados, desperfectos, desgarrones y mal disimulados remiendos de los huecos. Pero esto no es un defecto de nada, es que el mundo de la materia no es sino innumerables grumos de oscuridad recibiendo algo de luz. No puede ser orden, porque es el desorden mismo saliendo del desorden, el caos que gracias a la luz divina comienza a desperezarse y ordenarse -ya lo hemos dicho, es la nada en el acto de pasar a existir. La conciencia es sólo una, pero se es inconsciente de infinitas maneras. Y si la matemática tiene la última palabra, ella ya nos dice que entre el continuo y lo discontinuo no hay transición sin saltos, luego no hay conciliación posible.
Y en ésas estamos; aunque ese ordenarse sólo secundariamente afecta a lo que está a nuestra vista; la parte principal por fuerza nos pasa inadvertida. Basta recordar que los hechos y los acontecimientos, aunque ahora nos parezcan todo, son sólo el límite perceptible y exterior de una realidad ilimitada a la que la luz increada nos llama.
También creemos que podemos producir luz a voluntad, y en promedio podemos hacerlo a discreción, pero en sí mismo cada destello de luz emitido es aleatorio e incontrolable: no es automático, sino espontáneo. Y lo mismo pasa con la absorción. La diferencia entre lo automático y lo espontáneo es toda la diferencia que hay entre las máquinas del hombre y la Naturaleza. Así que en lo más íntimo la luz no pierde su misterio inviolable.
La espontaneidad es la manifestación más básica de la libertad, pero es una con ella desde el límite de la materia a lo más despejado del espíritu, mostrando a todo lo largo un eje intacto que la consideración interesada de la mente jamás logra ver. Naturaleza y Espíritu nunca se oponen, sólo la humana parcialidad las confronta.
La materia, como la inconsciencia, es dócil; pero el mundo de la energía que la conduce es de suyo de un toma y daca continuo de alternativas y contradicciones, entre contracción y expansión, presión y tensión. Las llamadas fuerzas fundamentales de la naturaleza surgen de esto. Las fuerzas no son lo fundamental, son el efecto, lo que pasa es que podemos controlar vectores, mientras que controlar presiones y tensiones en cuerpos en tres dimensiones es matemáticamente imposible, y nos quedamos con la parte más simple.
No hay nada simple en el mundo de la energía, en él todo es lucha continua y variedad de alternativas, y es por eso que su variedad nos parece vida, aunque tienda a repetirse con insistente monotonía. De lo animado de las alternativas pasamos a lo previsible de su alternancia.
El mundo de la información que procesa continuamente la mente está igualmente en este mismo plano de puro intercambio. El uso de más información o energía no soluciona a la larga ningún problema, sólo lo amplifica. La mente y el alma, si no pueden suspender su quehacer para observar lo que hacen, son incapaces de ver su situación, su continuo darle vueltas a la rueda. A pesar de ser tiempo, la energía no tiene conciencia de escala: si no es la conciencia, sólo la materia y el espacio terminan por imponerle sus límites.
El mundo de eventos o hechos pertenece a la materia; pero la realidad es muchísimo más amplia que esos eventos contingentes. Por que vamos a ver, ¿Quién entiende que el espacio-tiempo con sus cuatro dimensiones resulte ahora ser literalmente una película, tal y como aseguran? ¿Una superficie de qué, de un espacio con todavía más dimensiones? No se tiene ninguna idea clara sobre esto; pero la respuesta nunca está más allá ni en dimensiones extra, sino en el nunca lo bastante ponderado más acá, en el Aquí sin evasivas ni desviaciones.
No conocemos el espacio normal y ordinario, es hondura insondable, como la luz virgen que no conoció jamás contacto con la materia. Este espacio normal no son las tres dimensiones de las coordenadas, sino que las coordenadas son un esquematismo para movernos alternativamente en una u otra dirección y hacer ciertos cálculos simultáneos. Pero la expansión simultánea en todas las direcciones se nos escapa, como la representación de la difusión de la luz, porque el pensamiento puede reproducir objetos de la conciencia, pero no seguir el paso al proceso mismo de la conciencia, igual que no te puedes pisar la sombra porque siempre va por detrás del acto mismo. La conciencia o el pensar es acto puro y el pensamiento un producto privado de esa cualidad original. Por otra parte, vemos que tampoco en la percepción captamos los cuerpos como cuerpos, con sus supuestas tres dimensiones, sino distintos cortes transversales de lo que se supone que es un cuerpo en secuencias de movimientos ordenadas idealmente. Así que el esquematismo de la mente por un lado, y las limitaciones de la percepción de la profundidad en los cuerpos por otro -límites en suma de nuestra organización, nos impiden ver la profundidad verdadera del espacio, a pesar de ser tan natural como el movimiento de la luz sin obstrucciones.
La luz que vemos ya es una perturbación material, una deformación de su contorno. La luz que vemos es un mediador entre los otros dos planos, luego pertenece al dominio de la energía; lo mismo que la luz curvada en el espacio-tiempo.
El espacio vacío no es la nada; nada es la materia si no tiene espacio por el que moverse. En la relatividad general espacio y materia son recíprocos en el espacio-tiempo a través de la energía; pero el espacio sin deformación, el espacio sin más, el espacio puro no depende de nada para existir -nada lo ha traido a la existencia. Espacio y conciencia son dos nombres de lo mismo.
La materia resiste la intrusión de otra materia en su espacio, pero no resiste el espacio porque es parte de él. El espacio puro no depende de la materia, pero la materia sí depende del espacio para comenzar a ser algo; aunque su presencia cree una curvatura, una «perturbación».
Nuestra cabeza se mueve en las ideas, que son su espacio y su luz; en la vida lidiamos con las opciones y contradicciones de la energía; y la materia lo que pone es el límite y base de nuestra percepción y actividad. Los tres hacen uno, pero el uno no está hecho de tres.
Y como inconsciencia que la materia es, marca los límites de la consciencia, de la consciencia de esto o aquello, de lo que llega a manifestarse. Pero no los límites de la conciencia, que está más allá de lo que se manifiesta, y que como el espacio puro es ilimitada por naturaleza.
Si la materia es contracción, es contracción con respecto a algo, que sólo puede ser el espacio; igual que si hablamos de inconsciencia es sólo con relación a la conciencia, y no al revés. El mero espacio vacío no necesita expandirse desde nada, ya está perfectamente expandido en toda su amplitud.
Pero si lo coges por el otro extremo, la materia es contracción o mero ensimismamiento con respecto a otras masas igualmente divididas: si todas las masas se unieran, deja de haber espacio-tiempo, energía de interacciones, y por tanto deja también de haber materia como tal. Vuelve a quedar el mero espacio sin curvaturas ni deformaciones, la conciencia sin obstrucciones en medio del máximo ensimismamiento. La luz brilla en las tinieblas aun si las tinieblas no la recibieran.
Así se ve que la conciencia subyace incluso a la misma inconsciencia de la materia. Igual que en el sueño profundo perdemos todo sentido del cuerpo, del mundo y el yo, pero al despertar sabemos que estábamos durmiendo profundamente y que empero no hemos perdido en ningún momento la sensación de ser. Esa sensación de ser es la conciencia más grande de la que la conciencia individual es un ínfimo orificio.
Esta sensación de ser o telón de fondo es el Tono mismo de la Existencia, en una sola pieza la sensación de estabilidad de la materia, la vibración de la vida y el vuelo imperceptible del espíritu. Este Tono une en sí mismo y sin partes el potencial de base y la cumbre más elevada: es el Verbo Áureo y el Sol Invicto de los antiguos.
El sueño profundo es como la materia inerte, el sueño con sueños como el mundo de la vida y de la mente, y la vigilia es como la atención u observación que prestamos, ya sea a las ideas o a lo que fuere.
¿Cómo juntando materia inconsciente en un cerebro puede éste llegar a ser consciente? Uno podría ver el color rojo y procesar la información sin saber que lo está haciendo, sin darse cuenta. Pero la conciencia es darse cuenta. La física nos da relaciones matemáticas entre cosas y lo llama materia; ¿Pero es la materia sólo relaciones matemáticas? Eso es como decir que las obras se hacen sin actores y los castillos con el aire.
Si la materia es sustancia no puede ser relaciones matemáticas. ¿Y cuál es la única cosa evidente de por sí, la única cosa autoevidente? La conciencia. Luego ésta es el soporte, la sustancia, y la única posibilidad de que la materia llegue a ser consciente. La sustancia de la materia, la cosa en sí, es la Conciencia -lo indudable, lo ineludible.
La Conciencia no es el software de un hardware que sería la materia, sino al revés: la Conciencia es lo único irreductible, lo demás son relaciones.
Al ponerle mayúscula lo estamos diferenciando de la conciencia humana individual. Ésta es sólo un hueco mínimo que no deja de participar del Espacio, el continente universal. El mundo sigue existiendo con entera independencia de nosotros, pero de no de esa Conciencia que es el soporte indestructible e inmutable.
Se ve entonces claramente que ese Principio único, ese Uno que no está hecho de partes pero en el que todas las partes surgen y convergen, sólo puede ser la Conciencia. Y ésta no puede ser sólo el continente de todo lo que sucede en su interior, sino que es también el principio actuante de parte a parte y de lo más alto a lo más bajo; lo que realiza el milagro de convertir la ensimismada sustancia en diáfana esencia, lo que consigue lo imposible y extrae de la nada lo nacido y mortal, de lo mortal lo inmortal y de lo inmortal lo eterno.
Uno de los mayores obstáculos para advertir lo que hay aquí es concebir esa conciencia como algo vacío o inerte, cuando es el Sol de soles y la fuente de toda vida. Para encontrar allí esa Vida sólo hace falta dejar de ponderar tanto nuestra estrecha actividad y pasar a apreciar la Actividad suprema que comprende a la nuestra y a todas.
Y puesto que esta Conciencia que no conoce alturas ni grados es la Bondad misma sin mezcla, nada nos ayuda más a aumentar su visión que intentar ver siempre y no negarle el fondo de bondad y de conciencia a nuestro prójimo, por más que lo contradigan las apariencias. Con esto creamos espacio, conciencia y bondad en nuestra propia oscuridad y en la de los demás. Admitir la luz en los otros es darle su cabida en nosotros. La generosidad del dar es indudable, y esto es lo máximo que se puede dar y la máxima generosidad. Y si esto mismo logramos aplicarlo a todos los seres sintientes, tanto mejor. Si liberamos del sacrificio a lo más débil que está a nuestro cargo, redimimos lo más débil en nosotros para que esa misma libertad vuelva a nuestra vida.
En este mundo ni siquiera podemos poseer la materialidad de los cuerpos, su volumen y profundidad, sino que nos deslizamos por sus superficies y cortes e inferimos el resto. Hasta los cuerpos se nos hurtan de las manos. Entonces, no hace falta buscar una cuarta dimensión ni más dimensiones para aquello a lo que no le encontramos cabida aquí, porque lo único que no le deja cabida es el movimiento mismo y con él el tiempo y la causalidad. La luz ya está quieta; La luz ya vibra en la quietud y en la profundidad total; la luz ya está dentro, porque para ella, como para toda esencia, toda relación es interna. Es sólo la materia en movimiento, y el movimiento de nuestras representaciones, la que le imponen límites externos y deformaciones -las que se alejan de la ineluctable Presencia. Pero incluso en lo que vemos a través de la materia, la luz no distorsiona nada y es en sí misma absolutamente fiel, no siendo nunca responsable de las distorsiones.
Es este desfile imparable de movimiento dentro y fuera de nuestra mente, los prestigios del dominio de la energía, los que producen todas las fantasmagorías e ilusiones; si detuviéramos la película, no saldríamos de nuestra perplejidad y nuestra mudez sería la misma que la maravillosa mudez del mundo.
Así que todo lo que podamos captar y calcular sólo es la parte más ínfima del estado fundamental ya presente; hemos sido tan inocentes que creíamos tener que trascender estas tres dimensiones para poder acceder a la realidad completa. Pero el espacio ordinario no está «hecho» de tres dimensiones, es el infinito en todas direcciones, sin límites a su expansión y actividad. Y a toda conciencia le pertenece de forma innata ese reino -porque se trata simplemente de su ser.
El pensamiento busca afanosamente la verdad tanto por su utilidad como porque intenta recuperar la unidad de la que ha formado parte. Pero la verdad de la vida es algo mucho más amplio, aunque el hombre nunca ha estado separado de ella… salvo en su pensamiento. La verdad de la vida empieza a despuntar cuando comprende cabalmente que su yo, que es un pensamiento, y todos los otros pensamientos constelados en su derredor, y la misma naturaleza física, son sólo un extremos de la cadena y no el centro de mando de nada.
En lo humano pesa más el desfile de representaciones de la imaginación que el conocimiento o los hechos materiales. La imaginación por sí sola es impotente, pero en mediar entre las otras dos esferas es todopoderosa, y es en ella donde realmente sentimos la vida creadora, modelando los contornos fugaces de cuanto se nos presenta. La imaginación es la forma y porción humana del mundo de la energía, que por fuerza ha de desplegar una fuerza creadora análoga pero tanto más vasta, en los infinitos e irrastreables tanteos de la materia, el espacio y la luz.
Igual que en la historia humana, drama en representación, la imaginación resitúa sin descanso los términos para no llegar nunca a un final, porque si ni los hechos definitivos pueden ser ordenados de una sola manera, no digamos de los acontecimientos en curso. Y en cuanto a la influencia de las ideas, más que las ideas mismas pesa a menudo de dónde nos figuramos que las sacamos. Unos creen que sólo surgen fuera al duro contacto con las cosas; otros que las llevamos dentro y sólo basta descubrirlas. Para un matemático todas las relaciones posibles ya están ahí desde siempre; para otro no son más que esforzadas construcciones humanas. Están los teóricos y contemplativos dados al descubrimiento y los prácticos que sólo comprenden a base de golpear y mancharse las manos; los que martillean el yunque y los que elevan la ofrenda; los que levantan la copa y luego beben, y los que se precipitan a beber y luego la levantan. ¿Pero no beben todos lo mismo? Sólo que cada uno quiere hacerlo a su manera. No se puede luchar contra la inclinación.
Por eso las mitologías nos han hablado tanto de ángeles y demonios y la lucha permanente entre dioses y titanes. «Estas cosas no han existido nunca, pero son siempre.» Y lo que no existe busca reflejarse en lo que existe, en este caso las alternativas de la historia humana. Y a esto no podemos ponerle humanamente término, porque la realidad no se deja encerrar ni por arriba ni por abajo, ni por lo que nos parece bueno ni por lo que nos parece malo, ni por lo interior ni por lo exterior. Y sin embargo están en todo momento en la balanza la conciencia y la inconsciencia, la libertad y la seguridad, Pero no es la palabra ni el gesto nunca los que deciden, sino lo que se hace y lo que realmente se atiende. Muchos señalan hacia arriba y sólo piensan en lo bajo, otros trabajan fieramente pero extraen conocimiento de todo ello; nuestro mismo mundo, en nombre de la libertad, va esclavizándonos sin salida porque no estamos dispuestos a renunciar a nuestras comodidades y seguridad.
Todo lo importante está ya presente y actuante ahora, nada hay con lo que uno no tenga relación. Es sólo que ponemos nuestro yo donde no le corresponde; y esto también nos hace confundir el mero movimiento con la verdadera actividad. Ambas ilusiones van de la mano. Fuera de nuestras máquinas, en la Naturaleza y en nosotros mismos, todo lo que se mueve depende de algo que no se mueve ni se ve. No vemos ni la Luz, sólo sus interferencias.
No la vemos porque somos la luz.
«Lo que está aquí, está también en otra parte; pero lo que no está aquí no está en ninguna parte.»
La gota se funde en el océano, pero el océano se hunde en la gota.
Lo que creíamos nuestra conciencia era sólo consciencia de esto y de lo otro; y es justo ahora que creíamos salir fuera que nos deslumbra el Sol de nuestra autoconciencia -la ilimitada esfera de lo autoevidente. Es la hora de la Verdad.
Entonces se acaban para siempre los sentimientos de tragedia, de pérdida o de anhelo por recuperar nada perdido. Sólo en el mundo de eventos se producen pérdidas; pero es que en él nada dura. Lo que queda es el asombrado reconocimiento y unas ganas locas de entregarse con los brazos abiertos a esa vida que es la actividad verdadera y la definitiva realidad, y de la que nunca hemos salido. ¿Qué pérdida podría haber allí?
Como alguien ha dicho, la muerte sólo se opone al nacimiento, no a la vida. La vida no tiene opuesto.
Apreciar y disfrutar la vida no es otra cosa que ver su unidad; con esto ya hay suficiente. Pero nada de lo demás parecerá bastante sin esto.
Naturalmente este pobre amigo tuyo no sabe casi nada de nada. Pero para ganar comprensión global no hacen falta muchos conocimientos; basta con situarse correctamente a uno mismo para que, observando el espacio libre que deja, todas las cosas dispersas comiencen a juntarse por sí solas. Y ahí el lugar para la auténtica reflexión: en dejar que todo se nos refleje. Por eso ha habido tantísimos sabios que han leído mucho menos que nosotros y han tenido mucho más conocimiento que nosotros.
La auténtica tragedia, tan común, es morir aferrado a cosas nimias; cuando no puede haber placer como el de sentirse el alma desprendida, definitivamente y para siempre.
En este descubrimiento nunca te hallarás solo. Una extraordinaria y valerosa humanidad nos precede y muestra el camino.
Antonio, amigo mío: tú has dado mucho y bueno a muchas personas entre las que me incluyo. Ahora se trata de recibir; pues basta con saber recibir, pero uno no puede recibir ni abrazar sin dejar lo que tiene entre manos.
No hay otra reunión que en la Verdad.
Alégrate y estáte con Dios.
Él es la mejor compañía. Él es lo único incondicional.
Un fuerte abrazo.
Miguel
