El multiespecialista y la torre de Babel

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Bastarían 100 multiespecialistas con un mínimo acuerdo en sus prioridades y sin intereses personales en el actual sistema de producción científica para reescribir la ciencia por entero sin perder el grueso de sus logros efectivos, tan distintos de los teóricos.

Pensar hoy que la empresa colectiva de la ciencia está al servicio de todos es simplemente despreciable. Nunca lo estuvo, y con la pantalla de la sociedad de la información, mucho menos todavía. Es justo en esta época de «explosión informativa», en que vamos dándonos cuenta que lo que se publica sobre investigación es ante todo fachada, que hay que suponer que la investigación real ha pasado a las catacumbas y que sirve a intereses cada vez más particulares y minoritarios, en consecuente armonía con la pirámide invertida de distribución de la riqueza. ¿O qué esperábamos? ¿No sabemos todos que el científico depende de sus fondos no menos que el cobaya enjaulado de su ración periódica de comida?

Esto tendría que volver del revés nuestra apreciación del conocimiento científico como claraboya abierta en el techo hacia lo universal. Algo que nos resulta muy difícil, pues si no reconocemos lo universal en la ciencia… ¿dónde si no? Hace mucho que pasamos de hablar de la revolución científica a hablar de la revolución tecnológica, una admisión tácita de que la ciencia por sí sola cada vez nos interesa menos; y sin embargo ya en tiempos de Newton la balanza se inclinaba decididamente a hacer de la práctica teoría, y en eso seguimos después de todo.

Y lo más gracioso es que para la moderna figura del científico nunca hubo traición, ni respecto a quién pudiera ser su amo, ni en cuanto a la universalidad, pues en ambos casos tan sólo se trataba, entre el compás y la escuadra, de ir trayendo poquito a poco el cielo a la tierra. La ciencia tuvo algo de grandeza mientras era consciente de que podía estarse equivocando y tomar decisiones erradas que podría llevar generaciones subsanar; pero ahora que funciona en piloto automático y se vende como el algoritmo ganador de Occidente, podemos estar bien seguros de que se ha convertido en la mejor manera de estar profundamente dormido incluso si se cosechan ciertos resultados, cuyo rendimiento siempre decreciente es difícil ocultar.

Todo lo cual no deja de ser una coyuntura afortunada y según se mire incluso favorable, pues la irreflexión en ciencia no puede dejar de pagarse muy cara, y la ciencia de hoy necesita irreflexión en grandes cantidades. Esas teorías, métodos y procedimientos tan exitosos sólo pueden marchar hacia adelante a costa de ignorar y negar categóricamente muchas cosas, y así lo mismo que les ha hecho coger un gran impulso se encarga de que encuentren un freno natural a sus exponenciales pretensiones.

Hoy el multiespecialista, el que se ha formado en distintas competencias y no ha depositado su destino en ninguna de ellas, parece la única fuerza con músculo suficiente y la posición necesaria para no tener que hacerse cómplice de las enormes inercias y mecanismos de frenado de los especializados feudos en su inevitable y triunfal proliferación. Pero tener el músculo necesario no lo lleva más allá de la categoría de mano de obra si no es capaz de elevar su perspectiva sobre un panorama cada vez más lleno de contingencias —sólo remontando el vuelo como generalista estará en condiciones de decidir dónde sitúa su lealtad y porqué. Más allá de la moral personal, la ciencia nunca tuvo un criterio para tales cosas, a no ser que se crea en el valor de esos comités de ética tan difíciles de distinguir de sus homónimos para las corporaciones.

Hay una cuestión de contenido y otra de forma en el bloqueo de la ciencia moderna, si es que queremos llamarlo así y no hablar, sin más, de una muerte de la ciencia que sería tanto más inapelable cuanto menos sentida resulta. Ambas cuestiones dependen más del puro instinto que de cualquier argumento racional de entre los infinitos que pueden aducirse, y por eso mismo, porque ponen a prueba nuestro instinto, al servicio del cual se pondrá la razón, es que resultan reveladoras e interesantes. Porque no son cosas que afecten sólo al hombre de ciencia o de conocimiento, sino al espacio que comporta el hombre en cuanto hace o deja de hacer, y que termina por definir también el contorno de su acción-conocimiento.

La cuestión interna es el peso que otorgamos al movimiento, en nuestro imaginario y fuera de él, a la hora de explicar las cosas. La cuestión externa es la relación entre lo cuantitativo y lo cualitativo. Ambas cuestiones están íntimamente relacionadas pero son demasiado vastas como para reducir sus conexiones a un simple criterio.

Respecto al movimiento, desde siempre hemos sabido que la realidad física —por no hablar de la realidad sin más- no se limita a la extensión y el movimiento. Por supuesto, tampoco el movimiento es sólo extensión, aunque nos inclinemos tantísimo a pensar en ello, ni el movimiento se reduce a la traslación o el desplazamiento. El caso es que se pueden utilizar las magnitudes físicas —ya sean vectoriales o escalares, fuerzas o masas- que siempre tienen un componente intensivo hacia la interpretación en términos de movimiento, y se puede por el contrario utilizar los movimientos en dirección a interpretaciones más intensivas en las que el movimiento es una resultante.

Sí, estamos hablando de interpretaciones con todo lo subjetivo que eso conlleva. Poco importa que sea subjetivo si es el timón que determina todas las síntesis y aplicaciones… la ciencia es una empresa altamente teleológica empeñada en negar este último punto, pero esa negación no la acerca más a la realidad sino más bien al contrario. Así pues, podemos interpretar lo que no se mueve en función de lo que se mueve, como hace la física desde Galileo, y podemos intentar interpretar lo que se mueve en función de lo que no se mueve.

Newton dedujo la fuerza de la gravedad del movimiento, a pesar de que lo que hace que se deforme un cuerpo —el más inequívoco signo de fuerza- es el potencial, y no la energía cinética. La energía cinética y potencial no eran iguales ni siquiera en la cantidad conservada, el lagrangiano, pero poco podía importar, cuando de lo que se trataba era de sacar a discreción las derivadas. Lo diré más claro por si aún alguien no lo ha entendido: la aplicación es la interpretación. ¿Podríamos decir «y viceversa»? En general, es lo que hacemos lo que determina lo que pensamos, y no al contrario. Pero a veces la voluntad de hacer otras cosas se abre a sí mismo camino a través de «otra interpretación».
De modo que si queremos profundizar en lo más interesante de la física, en esa gran incógnita que siempre ha estado ahí, pero que hemos interpretado en beneficio de la superficie, ya sabemos lo que hay que hacer: ir en la dirección opuesta a toda la abrumadora tendencia actual. Estando esa parte siempre presente, es menos difícil de lo que pudiera parecer. Y además, en la todavía muy breve historia de la física no es nada difícil tampoco identificar los puntos de ruptura, la introducción de criterios operacionalistas a mayor gloria de nuestra arbitrariedad.

Lo que se mueve no cambia, y lo que cambia no se mueve —si entendemos el movimiento como mero desplazamiento en la extensión. Esta certeza indudable para la honda sencillez machadiana se vuelve poco menos que irrecomponible en un mundo incapaz de descifrar la actividad en la inmovilidad. Más que la ciencia misma, que para esto ni siquiera tiene una posición, es el arrastre del imaginario científico, de un funcionalismo más presupuesto que deducido, el que nos traiciona.

El otro punto es la no menos arbitraria oposición entre lo cualitativo y lo cuantitativo. Es indiscutible que la física es una disciplina cuantitativa basada en la medida. Pero también parece obvio que la matemática, el lenguaje en que la física se expresa, no es menos cualitativa que cuantitativa —algunos incluso han dicho que es la traducción cuantitativa de aspectos puramente cualitativos. La distinción, también desde Galileo, en cualidades primarias que son medibles y cualidades secundarias que no lo son está en la base de una disociación que con el tiempo ha llegado muy lejos.

Y así hoy se ha convertido en una creencia universal pensar que para llegar más lejos que con las actuales teorías se necesita un instrumental y unos experimentos de un grado de precisión prohibitivo sólo al alcance de la Megaciencia. Lo cual no suele ser cierto sino justamente dentro de la actual versión de la ciencia y no en otras. Hay experimentos muy simples, al alcance de los medios del siglo XIX, que rinden toda una gama continua de información y conceptualmente van más allá de los modelos que manejamos, experimentos como los de Fizeau, Hoek, Scanglon, Miller, Sagnac, etc. Lo único que ha ocurrido es que entre tanto se ha descartado la idea de un medio continuo por consideraciones puramente cinemáticas, que sólo son una parte de la física, y por cierto la más superficial. Y así el tema del movimiento vuelve a incidir en lo que se considera medible o no, cuantitativo o cualitativo.

Ahora bien, si incluso ahora se admite que teorías más amplias y generales demandan conceptos y criterios nuevos, lo único que se está admitiendo es que estas teorías no pueden seguir por los mismos caminos trillados de un determinado procedimiento de cálculo y tienen que ser cualitativamente diferentes de las anteriores. Así, los cambios y los reordenamientos más profundos son más cualitativos que cuantitativos, y luego es el cálculo el que se encarga de explotar en forma de rutinas estos avances cualitativos en la comprensión.

Ocurre sin embargo que los físicos teóricos han exagerado la grandeza de la teoría, en realidad la parte del cálculo, y han subordinado a ella la parte experimental, que a menudo es la que mejor encarna los nuevos conceptos. La distorsión en este sentido ha sido extrema, convirtiendo al físico teórico en el sacerdote que define la realidad y al físico aplicado como a un inevitable operario. Si comprendemos que lo contrario es cierto, entenderemos también que el avance conceptual y cualitativo están más del lado experimental, y que es el aspecto teórico, que debería estar a su servicio, el que pasa a confiscar los logros prácticos y decide qué se debe o no experimentar.

Como decíamos, es lo que se hace lo que cambia nuestra forma de pensar, mucho más que al contrario.

La mecánica cuántica no ha hecho a menudo otra cosa que obstaculizar multitud de logros prácticos que luego se ha atribuido. Se habla de teorías físicas con una precisión de once o doce decimales pero se obvia la gran cantidad de cosas que no pueden prever de ningún modo, por no hablar de discrepancias que sólo involucran dos o tres decimales, como en el caso de la gravedad. Que nadie se engañe con estos alardes.

La tergiversación de los experimentos en nombre de la teoría ya estaba presente de la forma más descarada en experimentos tan célebres como el del prisma de Newton o el de Joule de la equivalencia mecánica del calor; pero todo esto no ha dejado de agigantarse como una bola de nieve con la estandarización y burocratización de los procedimientos de la llamada Gran Ciencia contemporánea.

Si se entiende lo que queremos decir, todo esto son excelentes noticias, además de ser de sentido común. ¿Pues quién irá a creer que la profundidad de conceptos depende del dinero invertido en ellos? Lo contrario es, con mucho, lo más probable: cuanto más dinero se invierte en un proyecto, cuanta más gente se haya involucrada en él, mayor tendrá que ser el aplanamiento de su perfil; es casi imposible que sea de otra forma.

Bastarían 100 multiespecialistas con un mínimo acuerdo en sus prioridades y sin intereses personales en el actual sistema de producción científica para reescribir la ciencia por entero sin perder el grueso de sus logros efectivos, tan distintos de los teóricos.

De entre todas las ciencias experimentales concedemos prioridad a la física porque es la que tiene la estructura de conocimiento más sólida y más difícil de cambiar; si esto puede hacerse con la física, no hay ni que decir con cuánta más facilidad podrá hacerse en la biología u otras disciplinas mucho menos estructuradas.

La actual deriva de la ciencia es completamente irreversible, sí, dentro de sus presentes supuestos. Así que a los que estén satisfechos con su algoritmo ganador habrá que dejarles que sigan comprando. Nunca podríamos convencerles de nada, ya que ante todo es una cuestión de instinto. Mi instinto me dice muy claramente que el modelo actual va para abajo, y eso desde hace ya mucho tiempo.

Cuando digo que para revertir la situación apenas se necesita otra cosa que independencia, valorar lo cualitativo sobre lo cuantitativo y los factores que no dependen del movimiento como extensión sobre los que sí dependen de él, va de suyo que hay una buena nota de exageración y simplificación en ello. Pero si se admite que el presente sistema de investigación ha llevado la exageración en su propio sentido tan lejos como se podía llevar, se entiende que la mía es sólo una forma de volver a un cierto equilibrio por la cuenta que nos trae. Sin embargo este reflejo más bien de sentido común estaría cargado de consecuencias poco obvias.

Occidente ha llegado a un grado tal de embotamiento que sólo la amenaza de algo que perciba como externo parece capaz de hacerlo reaccionar. La ciencia fue su gran baza, su argumento dominador, pero ahora que pierde la convicción moral de su universalidad, como dominación pura, se encuentra en una situación que la convierte en algo realmente detestable, y contra ello se dirigen todos los prestigios y falsedades de sus omnipresentes relaciones públicas.

Y justamente uno de los argumentos más aducidos a la hora de hablar de la superioridad de la ciencia occidental, y con ella de Occidente mismo, sobre sus precursores era la universalidad de su conocimiento. A otras culturas les habrían interesado más los resultados prácticos que su generalización, y a la mayor universalidad del conocimiento le correspondió una cultura igualmente más universal con un mucho mayor derecho natural de expansión.

Nos guste o no, algo de cierto tenía que haber en estas pretensiones, pues no se remitían meramente al argumento de los resultados mismos y la dominación, sino, a menudo, a las condiciones formales del conocimiento —a cuestiones del conocimiento por el conocimiento mismo. En un proceso paulatino de degradación, son estas condiciones formales las que se han desvirtuado, confundiendo sin más el lenguaje matemático con la universalidad. El cálculo siempre fue un compromiso heurístico, pero si ya todo para nosotros es algoritmo difícilmente lo podemos notar.

Por eso es que insistimos en el no-movimiento y en la cualidad, para que podamos notarlo de nuevo. Que el lenguaje de la física sea la matemática no significa automáticamente que el lenguaje de la matemática se haya emancipado de las limitaciones humanas, como tan comprensiblemente tienden a creer los físicos. De hecho que nuestra idea de leyes naturales se pliegue a lo que podemos predecir es un criterio utilitario por antonomasia, y por lo mismo, igualmente humano, centrado además en un objetivo sumamente parcial y limitado.

Cuanto más «algorítmico» es el conocimiento, más desciende este a un orden inferior. Se hablado a este respecto de dos grandes modos de hacer ciencia, un «estilo griego» o axiomático, y un «estilo babilónico» o heurístico. ¿Pero alguien tiene dudas del lado en que nos situamos ahora? Uno es libre de proceder como quiera o como pueda, pero lo peor de todo es que bajo los actuales procedimientos no se renuncian a la pretensión de universalidad. Tanto peor para quien lo pretenda.

Empezábamos hablando de una pirámide invertida y eso es justamente lo que es la actual torre de Babel de las ciencias —y es la matemática la que ha invertido su propia universalidad. Se ha creído y se sigue creyendo que la matemática nos ahorra los difíciles problemas de interpretación de los experimentos, y que con limitarnos a la predicción de sucesos nos libramos también, santa simplicidad, de las limitaciones de la subjetividad. Sólo que subjetividad y universalidad son prácticamente sinónimos, lo que simplemente nos ayuda a corroborar la mencionada inversión.

En el fondo, por más que se hable de la complementariedad de la observación y la teoría, lo que subyace siempre es la mentalidad dualista: en el mejor espíritu baconiano, la naturaleza nos sirve para hackearla. Los experimentos tendrían que ayudar a refinar los «modelos cuantitativos», pero no en el número de decimales, sino en la cualidad misma de las herramientas matemáticas. La mecánica del continuo es la mejor guía para esto; el continuo físico mismo es el supuesto de base para que la matemática, incluso la más pura, pueda refinarse aprendiendo de la física realidad. Si oponemos observación y pensamiento ya hemos perdido de antemano la partida.

Hay una escalera de retorno para esta nefasta situación de sonambulismo cuantitativo que pasa por los mismos matemáticos. Ellos serían el prototipo del multiespecialista, con sólo que aprendieran a redefinir su situación respecto a la observación, el continuo físico, la relación entre lo cualitativo y lo cuantitativo y su contemplación del movimiento, lo inmóvil y la mutación, que tienen su arquetipo en el mismísimo proceso del pensar.

Ya sea en China o en India, en Rusia o en cualquier parte, todavía es posible cambiar el aciago destino al que nos somete la ciencia como objetos de la cantidad. Este camino pasa necesariamente por la pequeña escala, la independencia de los grandes presupuestos, y la convicción inquebrantable de que hay cosas más importantes que la precisión cuantitativa; cosas con las que se adquiere perspectiva e igualmente se reduce la probabilidad de convertirse a uno mismo en objeto de manipulación.

Escribo ante todo para los que ya están convencidos de que todo el conocimiento científico actual es de un orden decididamente inferior; para los que no esperan que el mañana alumbre sólo un poco más de lo mismo. Y sin embargo no hay mediocridad como la que nos invita a pensar «fuera de la caja» pretendiendo que no es necesario romper ésta. Para este dilema hay una clara solución: no hay mejor maestra que la historia. Los descartes del pasado muestran suficientemente que no es tanto una cuestión de inventar cosas nuevas, sino de ver las viejas con un mínimo de profundidad, algo que el operacionalismo moderno ya procura hacer imposible.

El especialista no lo sabe todo de su especialidad; por el contrario, está adiestrado para ignorar selectivamente muchos de los pasos decisivos que han constituido su dominio. Los multiespecialistas han de saber sacar partido de esto incluso aunque en principio no tengan vías abiertas para expresar su discrepancia: tendrán que crear las suyas propias.

El multiespecialista se ha tomado un gran trabajo en saber lo que el especialista sabe; el especialista se ha tomado un gran trabajo en no ver lo que el multiespecialista ve. Esto da al último una enorme e inesperada ventaja.

Sorprende la poca o nula comprensión estratégica de la actual situación de la ciencia, salvo que nos inclinemos a pensar que lo que ocurre es que estas cosas simplemente no se discuten públicamente. Acabáramos si las cosas por dentro se movieran al nivel que reflejan los medios.

Nuestra mal llamada «ciencia reduccionista», en realidad ciencia algorítmica puesto que no ha podido reducir nada a mecanismos, se mueve entre la reducción del caso general a un caso particular, que luego se generaliza de nuevo sin contención, y una creciente e irrefrenable falta de fe en la existencia de cualquier realidad física, que ha venido a hacer de la materia primero un equivalente de la energía y luego un mero soporte de la información. Lo que no se comprende es que esto deja libre un eje interno para otro tipo de generalización inversa de lo global que está justamente basado en el excedente de fisicalidad rechazada: en los cinco artículos anteriores de este blog he tratado de aspectos muy diversos de esta misma contingencia.

Chris Anderson en su artículo sobre «el fin de la teoría» en la era del diluvio de la información ha definido bien el nivel o más bien falta de cualquier nivel que ha alcanzado la ciencia moderna y que la cultura anglosajona ha tenido el dudoso honor de liderar. Y puesto que han estado luchando a brazo partido por pasar por esto a la historia, seguramente su deseo se tornará realidad.

Ahora bien, hay mucho más aquí todavía. Anderson se refiere a la destilación de conocimiento de la masa del Big data, la granja definitiva de los matemáticos. Claro que estos serían los asistentes de un proceso autónomo e incluso con aspiraciones de hacerse automático para prescindir finalmente de sus torpes operarios. Como se ve, un gran futuro para los microsiervos. Ni que decir tiene, el objeto del Big data somos todos y todo, y el sujeto es simplemente el poder.

No sé si alguien ha reparado siquiera que la fase de destilación del Big Data se corresponde sorprendentemente bien con una profecía completamente olvidada de hace cien años: la morfología comparada o «ciencia fisiognómica» de la que habló Oswald Spengler. Pues éste vaticinó enfáticamente el advenimiento de una ciencia puramente formal liberada definitivamente de las estrecheces de la causalidad y de la lógica. Nadie ha sabido que hacer con esta anómala previsión, pero Anderson, que en lo último que podía estar pensando era en esto, sentenciaba en el 2008: «la correlación reemplaza a la causación». Bingo. Quién lo iba a decir; qué revelación intolerable.

Uno siempre supo que el pronóstico metacientífico de Spengler superaría inmensamente en calado las naderías de los filósofos de la ciencia de rigor, pero le costaba ver cómo y con qué tendría lugar su advenimiento y «materialización». Y es que su material, justamente lo contrario de la materia, es la ubicua circulación de información que nos envuelve. La más pura creación del espíritu, tal como bien supo ver este anormal profeta-historiador-filósofo, al servicio del poder y el control social. La transmutación final del viejo organismo social en mera organización.

Y aquí llega el derroche de ironía. Spengler, a su manera otro de tantos abogados en aquella época de «la carga del Hombre Blanco», advertía del peligro de poner en manos de otras culturas los conocimientos del hombre fáustico, que debían permanecer bajo su escrupulosa administración y responsabilidad. Pero resulta que esta última creación mefaustofélica, al menos en la versión anglosajona de «Bacon con matemáticas» que hoy impera, ha supuesto un rebajamiento de la ciencia y del sujeto cognoscente al rango de tanteador de algoritmos «babilónico», el redoblado avatar del «hombre inferior», del bárbaro a quien sólo le importan los resultados, sólo que muy debajo de él en cuanto a su insaciable gusto por manipular y revolver hasta las cosas más indefensas: la Super-élite y el Club de la Chusma todo en uno. Pero tal vez no sean estos los únicos extremos que se aparean en este mysterium coniunctionis.

El dilema es éste: la ciencia, sin aspiraciones de universalidad, es algo abyecto y destinado a servir al poder en contra del resto de la población. Pero una ciencia que verdaderamente buscara la universalidad, más que los resultados, sería mucho más trasparente y asimilable para el resto de la población, que de este modo dejaría de ser ignaro objeto de gobierno. Entre verdad y poder este dilema es ineludible y ha existido siempre. Pero en una época de difusión aparentemente irrestricta de la información tiene que adoptar unos sistemas de defensa completamente diferentes, que de forma obvia pasan por apoyarse en el mismo exceso de información para filtrarla y modularla de la forma más conveniente. Esto parece haber llegado muy lejos y cabe suponer que el proceso continuará refinándose en grados sucesivos.

Por otro lado, y a modo de contrapeso, ha existido siempre una suposición que está en la misma raíz del optimismo científico: es muy difícil ocultar una verdad universal, por su propia naturaleza ésta busca ser compartida sin trabas. La trasparencia intrínseca de la verdad. ¿Es realmente cierta esta verdad sobre la verdad? No lo sabemos, pero sí sabemos que también al poder le gusta airear esta convicción contagiosa.

Ahora bien, si las verdades universales quedan cada vez más lejos y lo que tenemos es el mero conocimiento instrumental, ya hay poco lugar para la duda respecto al destino de tal conocimiento. ¿Pero tiene aún algún valor? Tal vez sí para otros, no desde luego para mí.

Los ordenadores pueden analizar pero hasta Anderson sabe perfectamente lo pobres que son a la hora de producir o sintetizar conocimiento, que es como decir «sintetizar trasparencia». La función zeta de Riemann es infinita y completamente analítica, pero pídele a un ordenador que te saque conclusiones globales sobre ella. Lo único para lo que podrían servir ahí los ordenadores es para encontrar un cero fuera de la línea crítica, como ya pretendió el inefable Turing con un ordenador de piezas de madera, pero igual podrías esperar un cuatrillón de años. En fin, da un poco de embarazo tener que hablar de estas cosas.

¿Qué tienen en común la zeta, la luz, el principio holográfico, la electrodinámica, la cromodinámica clásica, la mecánica del continuo? Y ni siquiera hemos mencionado aquí a la mecánica cuántica. Lo que tienen seguramente en común son aspectos globales que pueden entenderse mejor al compararlos entre sí. ¿Puede hacerse eso con algoritmos? También los algoritmos pueden ayudar, pero la síntesis la tiene que producir —o reproducir- el sujeto.
Veo una verdad con muchas más capas que una cebolla. La energía trasmite información pero no la soporta, la materia soporta la información pero no la trasmite. Sólo el sujeto puede soportarla y trasmitirla. Cada vez que dejamos de atribuirle al movimiento la razón de un fenómeno, nos desprendemos de una mínima capa de nuestra superficialidad y nos acercamos al omnipresente núcleo, tan parecido a una llama.

El movimiento, por sí solo, es lo insignificante; sólo con respecto a lo que no se mueve puede tener algún valor. Si yo percibo movimiento y actividad en mi pensar, es porque hay algo en mi que no se mueve, de otro modo, ¿qué movimiento podría detectar? La técnica como pura funcionalidad es la más viva encarnación del nihilismo, de la «vida de insectos» que seguimos atribuyendo a otras culturas. La técnica hoy es lo mostrenco, lo sin dueño. La técnica domina a las cosas, ¿pero quién dominará a la técnica?

¿Se imaginan que fueran los chinos quienes finalmente domaran al domador, dominaran al dominador? ¿Ellos, a los que tantas veces se les ha echado en cara su carencia de originalidad? Es curioso, que se atribuya a la lectura lógica de Leibniz de los exagramas chinos del Libro de los cambios el origen del código binario; curioso porque el espíritu chino había usado la lógica binaria como mero soporte para un código autosuficiente de imágenes, la abreviatura mínima de una omnímoda pansofía analógica. ¿Y no podrían conseguir ahora darle otra vez la vuelta a la tortilla?

Sin embargo, ya lo hemos sugerido, la cosa pasa por donde menos lo esperaría el libérrimo y bienpensante científico de hoy: por la reinterpretación de la realidad física. No hay resurrección del Logos sin renacimiento de la Physis. La ciencia moderna voló muchos puentes a su paso pero ahora no puede controlar todo ese inmenso terreno desde el aire con algoritmos voladores. La lógica no suele caer del cielo.

En cualquier caso hay que ir más allá de la accidental geopolítica del conocimiento y concentrarse en el problema de fondo: la enconada lucha entre lo universal y lo particular en la arena del saber y del hacer. Si se ignora este contexto y su alcance, es casi imposible hablar con sentido de nada.

El poder es lo inmóvil que puede hacer que otras cosas se muevan. Uno tendría que desconfiar por principio de cualquier «empoderamiento» que le conmina a movilizarse —por más que el movimiento sea muchas veces obligado y necesario. Si el saber no particular empieza a entrar en la esfera inmóvil del poder tendrá lugar un problema de desalojo. ¿Quién desalojará a quién? Sólo que no hay un solo saber, como no hay un solo poder.

Lo malo no es el movimiento, sino la compulsión de moverse y entenderlo todo en esos términos. Siempre se delata en su raíz, en su primer impulso. La actual e innombrable prisión en la que participamos es una cárcel echa casi exclusivamente con nuestro propio movimiento, o agitación, una técnica a la que podríamos denominar confinamiento inercial o autoconfinamiento del sujeto y su sustancia. Otros lo siguen llamando enajenación o alienación de lo social, sin reparar en que la sociedad misma es la cárcel y la estampida, la huida pensada a lo grande.

Así que no sólo estoy persuadido de la existencia de un éter electrodinámico, también doy por hecha la existencia de un éter financiero, al que toda la financiarización rinde cuentas. Y si vosotros no lo creéis, mejor para mí, dice el poder. Vuestra agitación es mi filón, y como saben los mineros de la miseria, no hay forma más rápida de separar el oro que con el volátil y tóxico mercurio. Lo que se mueve no cambia, lo que no se mueve tiene libertad para cambiar.
De la situación presente tendríamos que echarle la culpa más a los científicos que a la ciencia, pues de otro modo sólo estamos admitiendo que nunca han podido nada y son en todos los sentidos una pura nulidad.

Comprender hasta qué punto nuestro conocimiento es de un orden inferior equivale a dejar en el mismo nivel la sociedad que lo ha producido y aun se ha preciado de él. Esto no puede lograrse por la impotente deriva de arrastre del futuro, sino por el impulso del pasado que se le opone, pues en la presente correlación, ambos son como el movimiento sin fuerza frente a la fuerza sin movimiento.

Referencias

M. A. M. Iradier, Light, gravity and color

M. A. M. Iradier, Autoenergía y autointeracción

M. A. M. Iradier, Beyond control —Feedback and potential M. A. M. Iradier, Salud, vida, envejecimiento, evolución

M. A. M. Iradier, Entre la presión y la tensión

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