Metanoia, continuo y cuaternidad

(Capítulo final del ensayo “Espíritu del Cuaternario”

Cualquier consideración científica, del orden que sea, es ya demasiado particular, y en un ensayo como éste es obligado encontrar una perspectiva menos especializada y más general.

Fue probablemente en una reacción contra el idealismo intrínseco al símbolo trinitario que una serie de pensadores de estilo muy variado se volvió en el siglo XX, y especialmente tras la posguerra, hacia los esquemas cuaternarios como símbolos de la totalidad. Quizás fue Jung el primero en percibir la necesidad de este giro, seguido luego por autores tan conocidos como Heidegger con su cuaternidad tierra-cielo-celestes-mortales, o el Schumacher de la magnífica “Guía para perplejos” con su cuádruple campo de conocimiento: yo interno, mundo interno, yo externo, mundo externo, opuestos dos a dos como determinantes de la experiencia, la apariencia, la comunicación y la ciencia.

Raymond Abellio también abogó por un modelo cuaternario de la percepción y por ende del conocimiento, en el que la mera relación entre el objeto y el órgano de los sentidos es siempre sólo una parte de una proporción mayor —una relación de relaciones- , puesto que el objeto presupone al mundo y la sensación del órgano a un cuerpo completo que lo organiza y le da un sentido definido:

Lo más importante de esta exactante proporción es la ignorada pero siempre presente continuidad entre los extremos “mundo” y “cuerpo”, donde el mundo no es una suma de objetos, ni el cuerpo de órganos, partes o entidades. En definitiva, el primitivo medio homogéneo de referencia al que por fuerza han de conectarse las llamadas “fuerzas fundamentales”, puesto que ya sabemos de antemano que cualquier movimiento o cambio de densidad es sólo una manifestación del principio de equilibrio dinámico, ya sea como suma o como producto.

El cuerpo desde dentro es el sensorio común indiferenciado del que han salido los diferentes órganos, y sin el cual no habría sujeto ni “sentido común”. En armonía con esto, puede hablarse de dos modos de la inteligencia, uno que parece moverse y seguir a su objeto, y otro absolutamente inmóvil que nos permite escuchar nuestras propias mentaciones, y sin el cual no podrían existir. Hágase la prueba de pensar sin escucharse a sí mismo y se verá que esto es imposible: la misma compulsión a pensar no es sino el deseo de escucharse.

Abellio propuso una “estructura absoluta” del espacio a la que estarían igualmente referidos los “movimientos de la conciencia”, y que no serían sino los ejes del espacio plano ordinario con las seis direcciones tradicionales.

La relación de los movimientos del cuerpo con respecto a su centro de gravedad como origen de coordenadas es similar a los movimientos de la inteligencia orientada a objetos con respecto a la inteligencia inmutable. Ciertamente el “espacio de la mente” no parece extenso en absoluto, pero para comprobar su íntima conexión con lo físico basta con poner en práctica cualquiera de esos ejercicios isométricos en los que uno permanece de pie y se ahueca simplemente para percibir el balance en los micromovimientos necesarios para mantener la postura. Si lo íntimo es la compenetración de lo interno y lo externo, tenemos aquí tanto un ejercicio físico como para la inteligencia, que permite comprobar la íntima, trascendental relación entre movimiento e inmovilidad.

Según Abellio, “la percepción de relaciones pertenece al modo de visión de la conciencia “empírica”, mientras que la percepción de proporciones forma parte del modo de visión de la conciencia “trascendental”: esto se aplicaría a las cuatro partes o momentos de la cuaternidad ya expresada. Como buen heredero de Husserl, Abellio hace un gran esfuerzo por ir más allá de los esquemas conceptualistas pero aún sigue dentro de la servidumbre del conocimiento. La toma de conciencia global o “conciencia de la conciencia” no es objeto de una regresión infinita sólo en virtud de una suerte de “paso al límite” en última instancia que sigue recordándonos cosas como el “interpretante último” de Peirce.

El dilema último de la comprensión, tal como lo puso Siddharameshwar, es que sin desapego no hay conocimiento, y sin conocimiento no hay desapego. Ahora bien, este desapego no es la mera separación que tomamos con respecto al objeto, sino algo que toca más hondamente a la voluntad. Se supone que queremos saber, ¿pero saber qué? Ni siquiera sabemos eso, y tal vez ni siquiera queramos saberlo. Los científicos se afanan en buscar la solución de problemas heredados, pero es mucho más importante saber dejar a un lado las preguntas que no se ha hecho uno mismo.

El yo empírico no puede ser el operador de la conciencia global o conciencia sin objeto, y el “yo trascendental” es sólo un nombre para aquello que nunca dice “yo” ni lo necesita: para ese continuo mundo-cuerpo dentro del cual aparecen objetos de los sentidos. Ese continuo a veces nos concede algo de conocimiento, si aspiramos a merecerlo, tal vez con el sólo objeto de que se produzca el desprendimiento de la inteligencia y el yo que normalmente son conscientes de la adhesión y la separación y viven de su alternancia, pero pierden el suelo en el punto intermedio.

Así que podría decirse que todo conocimiento global es simplemente una gracia de la que el yo empírico es objeto para facilitar su desprendimiento y darle alguna aptitud; y está perfectamente dentro de la lógica que sólo pueda surgir más allá del deseo de conocimiento particular —la gracia es idéntica al ser, lo no particular por excelencia. Pero también hay en torno a esta palabra neutra, “ser”, una transubstanciación de intelecto y voluntad.

La cuádruple proporción de Abellio apunta a una sucesión de umbrales, de perspectivas cada vez más amplias, pero que no deberíamos ver sólo como ángulos de conocimiento, sino como grados de participación en el ser, surgidos de un doble movimiento de incorporación y asunción. Por supuesto, ese doble movimiento también se da en el conocimiento científico, pero mientras la Naturaleza sea tan sólo objeto hablamos de dos tipos de conocimiento que ni siquiera son comparables.

En este contexto la metanoia o metacognición no puede dar de ningún modo lugar a un regreso infinito, porque lo que en realidad supone es una repetida transformación de lo mudable o aparente con respecto a lo inmutable que nunca se deja ver.

Por otra parte el “giro hacia el cuerpo” de la filosofía más reciente es demasiado parcial como para no ser fácil presa de la instrumentalización —mucho se ha hablado del sexo y de “máquinas deseantes” pero lo cierto es que el deseo, que es una agencia femenina, está más en el alma o incluso en el espíritu que en el cuerpo; mientras que la voluntad, que sí está mucho más literalmente encerrada en los cuerpos y es un agente masculino, se ignora sistemáticamente. En el fondo se sigue viendo al cuerpo como objeto, aunque por otro lado la ciencia nos prevenga de considerar a una Naturaleza externa deseante, que es Naturaleza naturante.

Aunque este corto capítulo final no es lugar para volver a detenerse en las ciencias, considerando “la parte del cuerpo” es obligado mencionar la ambigüedad fundamental de la mecánica relacional inaugurada por Weber con respecto a las tres energías —cinética, potencial, interna-, que aunque es una mera consecuencia de sus ecuaciones no deja de resultar natural, y que habría que tener en cuenta al respecto de ciertos balances y proporciones.

Las vibraciones longitudinales internas a los cuerpos en movimiento de Noskov, postuladas precisamente para justificar la conservación de la energía que en Weber era meramente formal —ni más ni menos que en las otras mecánicas- son una parte esencial del mismo tema, y es fácil ver cómo deberían “encajar” dentro de los datos de la mecánica clásica, cuántica y la relatividad —y en el transporte paralelo de la llamada fase geométrica. En general, en cualquier campo al distinguir entre partícula y el campo tenemos un problema de auto-interacción bajo aceleraciones que coincide cuantitativamente con la oscilación de Noskov. Esta interpretación en términos de resonancia está mucho más en armonía con las concepciones más antiguas, y mucho más intemporales, de la Naturaleza.

Tal como ya hemos visto en diferentes lugares, el potencial retardado y las oscilaciones correspondientes no sólo estarían presentes a un nivel físico fundamental, sino también en sistemas orgánicos complejos como la respiración y la circulación sanguínea.

El Verbo Solar, el suscitador, Savitr, es totalmente incomprensible en nuestra representación objetiva de la Naturaleza sin las nociones gemelas de vibración interna y resonancia externa; y estas nociones se conectan naturalmente cuando ponemos fuerza y potencial sobre una misma base. Para obtener otra visión del Continuo físico, habría que tratar otras cuestiones de gran importancia, como las transiciones de escala en espacio y tiempo, las dimensiones fraccionales y los operadores fraccionales, pero eso nos devolvería de lleno al dominio de la complejidad; en cualquier caso ya hemos indicado algunas relaciones.

“Ayúdame y te ayudaré”, nos dice hoy como siempre la Naturaleza. La ciencia moderna, tan imponente como resulta, no sabe nada de esta continuidad, que pasa de inmediato por el propio cuerpo pero que se extiende hasta los límites del Mundo.

Referencias

Raymond Abellio, La structure absolue, Essai de phénoménologie génétique, París, 1965

Nikolay Noskov, The phenomenon of retarded potentials

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