Devuélvete tu sombra

Todos disponemos de un mágico rayo de la muerte dispuesto a fulminar las cosas que más detestamos. Más aun que dispuesto, predispuesto. Se trata de una animosidad especial, un instinto de destrucción que podemos volcar sobre lo más odioso o lo que nos resulta más peculiarmente desagradable. Naturalmente, en estos nuestros tiempos esa animosidad sólo nos visita en espíritu, por así decir, hace guiños a nuestras intenciones y por momentos nos hace imaginar como dulces acciones que por nada del mundo querríamos perpetrar en la realidad -matar a alguien, aplastarlo con la mayor de las sañas, o incluso torturarlo.

Con la profusión de violencia en los medios, incluso nos hemos acostumbrado a pensar en estos desahogos como algo sano y que nos ayuda a restablecer el equilibrio. Podría ser que nos acerque a algún género de equilibrio, aunque uno piensa, más bien, en el equilibrio termodinámico: aquel en que un sistema es incapaz de experimentar un cambio de estado, esto es, la más acabada de las muertes. No sería tan extraño que el mero deseo de matar mate algo en nuestra alma, o al menos lo insensibilice hasta un punto que se confunde con su desaparición. Pero aparte de eso, las efusiones de violencia u odio, incluso imaginarias, no pueden ser más profundamente desestabilizadoras.

Y además nos despojan de una fuerza, una virtud esencial e íntima. Quienquiera que desee controlarnos y desposeernos hará lo posible por excitar este fuego contra natura en nosotros, para que, mientras nos imaginemos por un momento lobos y creamos que se nos afilan los colmillos, nos convirtamos en la práctica en más dócil carne de rebaño suspirando por el matadero. Vienen a la memoria los dos minutos de odio de Orwell; la diferencia es que nuestra sociedad tiene medios mucho más sofisticados para despojarnos de nuestra virtud y dejarnos inermes. Ya no necesita llamarnos a filas para extraernos quirúrgicamente esa preciosa chispa que tanto haría por nosotros si la reserváramos para cosas mejores.

Nadie lo duda, es por nuestra imaginación que hoy se libran las grandes batallas.

Según Steven Weinberg, los buenos suelen hacer cosas buenas y los malos cosas malas, pero que para conseguir que un hombre bueno haga algo malo, hace falta la religión. Es una de esas frases que suenan muy bien y hasta impactan, pero esconde muy convenientemente el resto de pretextos encontrados hasta la fecha para que gente que no es mala haga cosas igualmente deplorables: la patria, el estado, la revolución, el enriquecimiento, la salud pública, el fútbol, o la ciencia misma, por mencionar sólo algunos. El fanatismo tiene esporádicos brotes violentos en casi todos los ámbitos de la vida, esto es tan evidente, que invita a suponer que el físico en cuestión escribía en ese momento como portavoz de su muy particular sombra. Y la sombra siempre es algo personal, aunque, ahí está lo interesante del asunto, aquí la palabra tiene al menos un sentido doble.

Sin duda la fe ha servido durante largo tiempo para que en lugar de acercarnos a la montaña, o esperar a que la montaña venga a nosotros, nos sintamos justificados para arrojar montañas sobre los otros. Ha sido, digamos, un ángulo favorito de ataque para permitir que nos desfoguemos, que hagamos por despojarnos de manera violenta de aquello que podría darnos un grado notable de invulnerabilidad sin necesidad de defensas ni corazas.

Aparte de que la religión ha capitalizado históricamente un enorme poder y se ha expuesto de lleno a su contaminación, la fe es oscura por naturaleza, aunque sólo cuando se convierte en pretensión de conocimiento en lo oscuro se expone mortalmente a convertirse en lo peor -sólo cuando lo oscuro se reviste con chispas de luz descentrada o desorbitada lucidez entramos de lleno en nuestro lado oscuro. “Entramos” allí fuera, allí donde nunca hubiéramos querido salir de haber tenido lucidez real y estar en nuestros cabales.

Es decir, no entramos en nada, sólo hemos sido expulsados de nosotros mismos. En un buen lío es en lo que nos hemos metido. El despojo y la subversión son los mismos aun si sólo cediéramos a estas intimaciones en nuestra imaginación.

Así, si fuéramos conscientes de lo que comporta este dardo de la animosidad, nos tomaríamos muy en serio el abstenernos de usarlo. Y no se necesita más que esta abstención consciente para cosechar los beneficios de los que su empleo nos despoja. La vigilancia social instalada en nuestras cabezas sabe muy bien que esa punta oscura de animosidad pueda conducir al odio, la ira o la cólera; lo que ignora ese vigilante es los destrozos que hace dentro, en casa.

Y a la inversa: cuando prestas atención a esos destrozos, a ese daño interno, cuando no quieres echar el fuego fuera ni en el permitido afuera de la imaginación, comienzas a burlar al centinela que han puesto a la puerta de tu casa para impedir tu entrada sin saber que ya estás dentro.

Recomponer mi maltrecha persona, esa tarea casi imposible, pasa por reunir las fuerzas dispersas y unificar las diversas energías. Pero sin traer de vuelta a casa a lo que de mala manera salió de ella no hay forma de desenredar el haz. Es como si la discordia hubiera separado las ramas, cuando sólo era una rama más.

Un voto solemne de no ensuciar ni aun en pensamiento el mundo ni a los semejantes revierte pronto toda la cuestión.

Se comprueba de inmediato que la energía de la intención es la más concentrada de todas y la que comanda al resto. Y que una mera mala intención, tu mera mala sombra, es suficiente para ofuscar la entera perspectiva de tu vida y conducirte a un rincón perdido de una remota ciudad.

Proyectar sobre otros da sensación de poder, porque nos sitúa por encima; pero en el mismo acto de proyectar descendemos “en persona”, y es personalmente como hay que expiar el acto.

La sombra juega con el insensato y es la cuerda que ata la gavilla del cuerdo; aunque ya nadie recuerde que cuerdo viene de corazón.

Lo que queremos expulsar fuera vuelve a nosotros en inquietante concordancia con la forma en que salió. Y si lo que regresa es un puñetazo en el ojo, seguro que fue el ojo lo que primero pegó. El imponente misterio de la sombra es cómo se combinan en ella el poder de proyección y el poder de ofuscación para hacernos olvidar la realidad.

Sí, la sombra es algo personal e intransferible, e incluso es, por así decirlo, el perfil de la persona mismo -como silueta fuera de sí. Es el guardián más neto entre el dentro y el fuera en un mundo que se mofa de tales diferencias. Así se nos antoja también como el guardián de nuestra identidad, el genio tutelar, el espíritu-guía interno, nuestro daimon.

Sabido es que para los antiguos griegos el daimon oficiaba de mediador predestinado entre el hombre y la inconmensurable esfera de la divinidad. Para Hesíodo los hombres primordiales de la Edad de Oro persistían protectores en esta discreta penumbra; para Platón el démon es la guía del hombre en la vida hasta llevarlo al dominio de la muerte. También se percibe que la negra suerte de los demonios posteriores en la iconografía cristiana responde a una intensa transformación de la ecología de lo humano, de su voluntad, su titanismo y sus fantasmas -de su realidad en suma.

La sombra como muy parcial reconocimiento nos hace creer que sólo pueden existir blanco y negro, luz y sombra, mientras que una contemplación más detenida nos hace advertir que hay una desdibujada zona fronteriza a la que denominamos penumbra. Penumbra que sólo puede ser gris para los adictos al dualismo pero que para una visión más contentada con los fenómenos mismos es el ámbito mismo de manifestación de los colores.

Todavía hoy el contacto consciente con la sombra nos remite directamente a la restitución, a la reintegración de nuestro ser indiviso, al origen siempre presente. Y no tiene nada que ver con la exploración de un figurado “lado oscuro” ni con el bullir de miasmas de la imaginación. Más bien al contrario, trátase sólo de tomar consciencia de nuestras proyecciones, pues no hace falta nada más para desear abstenerse de ellas.

Quien hace votos de no ensuciar el mundo ni tan siquiera en pensamiento limpia sin darse cuenta su propia casa y hasta deshollina la chimenea, el eje hueco por el que, según cuentan los cuentos, descienden los buenos espíritus. En un mundo cada vez más preocupado por la inundación de agentes tóxicos, ésta tendría que ser sólo la más básica de las higienes mentales; pero por otro lado reside aquí inconmovible, ajeno al escrutinio público, el principio de lo maravilloso, de lo numinoso, ése que sólo se revela cuando el hombre es capaz de no hacer nada y observa.

Podrá decirse que en un mundo tan repleto de agresiones potenciales y efectivas conservar la mala idea es mera cuestión de supervivencia, como también podrá decirse que sin odio al mal no es posible amar el bien. Pero esto es confundir órdenes de cosas muy diferentes, que, sin embargo, terminan estando ligados aunque de otra forma a la que suponemos. Ver el mal ajeno nada tiene que ver con proyectar el mal propio, y sin embargo, centrarse en el mal ajeno impide ver el propio mal.

Lo inadvertido aquí es que la esfera de la visión y la de la proyección se interpenetran, no sólo de dentro a fuera sino también al revés. Esta reciprocidad no controlada de potenciales también forma parte de lo maravilloso, aunque, demasiado a menudo, se trate de lo maravilloso a nuestro pesar, de todo eso que entregamos con resignación al amplio apartado de “ironías de la vida” cuando ya se ha convertido irremediablemente en efecto.

El fanático quiere limpiar la faz de la tierra, eliminar de ella cosas que se antojan intolerables; para él no existe la cuestión de que podría ensuciar el mundo con sus desmanes, puesto que lo que pretende parece lo contrario. Así al menos parece por el lado de afuera. Pero por el lado interior el fanático no puede negar que se abre de par en par y se deja contaminar por la sensación de poder, una sensación de poder que parece purísima antes de la descarga, pero que se muestra tal como es en sus lamentables efectos. Esto último, que ya no es posible negarlo, requiere añadidas justificaciones y crea un entorno favorable a la psicosis.

En este artículo he hablado más de la sombra que conozco mejor, pero, dado que la sombra es siempre personal, la violencia no tiene por qué ser su nota dominante. En cualquier caso nunca nos faltarán oportunidades de advertir su presencia para indagar su verdadera naturaleza, puesto ya sea con contornos difusos o nítidos, siempre es algo que se proyecta sobre el prójimo.

Conviene aprender el arte de reabsorber en uno mismo la malevolencia arrojada en la sombra; del mismo modo que es tan saludable ver que el mal es lo menos personal de las personas, justo lo contrario de lo que la ofuscación pretende. El mismo hecho de conceder esto también se presiente anticipadamente como una pérdida personal, cuando en realidad permite que se disuelva lo endurecido e inhumano en nosotros.

No tendría que ser gran mérito el abstenerse de algo que nos embrutece y disminuye, y a pesar de todo, qué difícil es verlo y comprender el alcance de un acto en el que la renuncia y la restitución coinciden. Admitir como parte de uno lo malo que ve es recoger lo arrojado al suelo y ayudar a una restitución más general, donde lo impuro es sólo impersonal y lo realmente personal es lo que ignora lo impuro.

Lo único impuro sólo podría ser la proyección, que ciertamente no hace a nadie más persona.

Hablando de la sombra como algo personal aceptamos una terminología muy anglosajona; tal vez podría hablarse, con más razón, de las limitaciones de la individualidad, pero curiosamente el citado contexto cultural no admite límites para el individuo.

El más conocido psicólogo de la sombra dijo al respecto: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.” A esto poco se puede añadir. Proyectando desciendes, recogiendo te elevas.

Sin embargo no existe tal cosa como un conocimiento de la sombra, no está permitida tal intromisión. Esto es más bien la parte novelesca tejida en torno a la psicología profunda. La parte negada del yo es la única que lo delimita; ¿qué piensas hacer con eso?

Es abstenerse voluntariamente de emitir la sombra lo que infaliblemente la convoca. No vamos a buscarla, ella se presenta fielmente ante la conciencia de quien ha decidido dejar de usarla. Dentro del orbe imaginario nos encontramos aquí en la antípoda del pacto con el diablo. Habría así alguna esperanza para el hombre sin sombra moderno.

De la consabida banalidad del mal el sufrido individuo tendrá sobradas ocasiones de tomar buena nota: llámese a esto conocimiento o experiencia, si se quiere. Pero más allá de ello, y de la prosaica edificación del individuo completo, ¿cuál es el espacio que se abre? Ese espacio interesa más que los instructivos contenidos dispuestos a manifestarse.

Devuélvete tu sombra y recompón tu maltrecha persona. Depón tus humos y tus ínfulas y recobra vida e inspiración.

La parte negada del yo es la única que lo delimita. ¿Qué piensas hacer con eso?

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