STOP 5G

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Dedicado a Carlos Ruperto Fermín

2019 será el año del despliegue de la quinta generación de telefonía móvil y no hay tiempo que perder. ¿Puede zanjarse el debate científico sobre sus efectos? Sugerimos una via para detectar los efectos de la radiación no ionizante en los seres vivos con un argumento puramente biofísico y biomecánico.

Radiaciones

Este año de 2019 comienza en todo el mundo el despliegue de la telefonía móvil de quinta generación (5G), considerada en telecomunicaciones objetivo estratégico para el dominio de la emergente internet de las cosas y la expansión de la inteligencia artificial. El caso Huawei ejemplifica la tensión comercial y geopolítica que este avance genera.

A la mayoría nos importa muy poco quién gane esta carrera por freírnos a todos el cerebro, ya sean norteamericanos o chinos; muy al contrario, estaríamos sinceramente agradecidos al primer país que se tome en serio las múltiples investigaciones que sugieren los efectos perniciosos de la creciente polución electromagnética y tome alguna medida decidida al respecto.

Lo increíble es que aún no se haya hecho algo y sólo cuenten los intereses de la industria. Más de tres cuartas partes de los muy numerosos estudios independientes se inclinan por la peligrosidad de esta radiación, mientras que más de las tres cuartas partes de los estudios auspiciados por las compañías de telecomunicaciones se inclinan por su inocuidad. La divergencia estadística es demasiado grande para ser casual.

Es cierto que seguimos sin tener pruebas concluyentes sobre la incidencia biológica de estos campos, y ya se sabe que en este tipo de estudios las evidencias suelen ser siempre muy tenues y requieren tiempos muy prolongados y grandes dosis de inferencia estadística. Otra cosa es que dentro de diez o veinte años los médicos comiencen a reconocer nuevos síndromes y enfermedades degenerativas entre la población expuesta, que seremos prácticamente todos nosotros.

Pero ante la duda, cuando menos, lo único sensato sería una moratoria cautelar en espera de una elucidación satisfactoria del caso, así costara diez años. Nos jugamos algo bastante más importante que poder ver vídeos más rápidamente por el móvil, nos jugamos nuestra salud física y mental y la de las generaciones futuras.

Aunque resulte imposible de verificar, se estima que los picos máximos de exposición electromagnética son hoy entre quince y dieciocho órdenes de magnitud superiores a los del campo electromagnético natural del planeta Tierra. Un diez seguido de quince-dieciocho ceros. Comparativamente, la contaminación atmosférica y la emisión de CO2 humanas sólo habría aumentado en una ridícula fracción con respecto a la generada por el ciclo natural de incendios de la masa forestal.

Sí, los campos electromagnéticos son extremadamente tenues en relación con la materia ponderable; pero también el humo o el gas es mucho más tenue que los cuerpos sólidos y nadie duda de su efecto tóxico acumulativo e inmediato. Y además los tejidos más nobles o sensitivos, el cerebro, el sistema nervioso y el corazón, son los que dependen de forma más crítica de la actividad eléctrica para su correcto funcionamiento. Esto ya debería haber bastado para extremar las precauciones.

Pero se ve que un diez seguido de dieciocho ceros nos sigue pareciendo poco, ya que con la 5G podremos multiplicarlo todavía varias decenas o centenas de veces. Y es que para batir records no hay nada como la competencia.

La 5G no sólo supone un aumento en la cantidad neta de exposición sino en la cualidad, pues las nuevas longitudes de onda son mucho más penetrantes. También aumenta de forma alarmante el número de repetidores, pues se trata de tener siempre al usuario a menos de 30 metros. En muchos lugares incluso se están cortando árboles para postes metálicos de repetición de la señal. Hablamos de la instalación de millones de estaciones y 20.000 nuevos satélites.

No seguiré con algo que ya ha sido tratado más extensamente en cientos de artículos. Como se sabe el argumento dominante para rechazar la peligrosidad de la radiación no ionizante es que ésta no tiene la energía suficiente por cuanto para arrancar electrones de sus órbitas y desestabilizar la organización de la materia —no hay un mecanismo plausible. Desde el punto de vista teórico, parece un argumento claro y concluyente.

Con todo se hace necesario recordar que a día de hoy no existe ni mucho menos una teoría completa de la radiación. Tanto en la electrodinámica clásica como en la cuántica (QED), las más de las veces la radiación, la emisión y la absorción son operaciones contables para cuadrar el balance de conservación de la energía con respecto a los hechos observados —»si ha ocurrido esto, tendrá que haber sido por esto otro». Y así, por ejemplo, los físicos no se ponen todavía de acuerdo ni siquiera en algo tan elemental como si una carga acelerada irradia o no.

Con semejante teoría es imposible ser categórico. Sólo queda el arduo, trabajoso camino experimental. Además ya es sabido que no se pueden medir directamente potenciales eléctricos sino sólo diferencias de potencial.

Pero, la verdad, cuesto mucho creer que un factor que ha podido aumentar en un trillón su magnitud siga siendo insignificante, a menos que ese factor fuera de una total irrelevancia antes del Antropoceno. Por lo que se sabe del nuestro y de otros planetas, convendremos en que un campo que ya antes del hombre se habría extendido de forma apreciable hasta a 65.000 kilómetros del lado diurno y a más de 6 millones de kilómetros del lado nocturno no parece tan insignificante. Las dudas son pues bastante más que razonables.

Medida por medida

Mi intención aquí es sugerir una linea de investigación para poder detectar in fraganti la incidencia de estos campos en nuestra biología, algo que los mismos investigadores desesperan de poder conseguir. Lo apuntaba de pasada en un artículo más extenso titulado «¿Hacia una ciencia de la salud? Biofísica y biomecánica«. La idea al menos parece estar llena de sentido, aunque quede por ver cuánto pueda dar de sí en la práctica.

Se trata, gauge sobre gauge y medida por medida, de aplicar las mismas nociones de calibración de los propios campos electromagnéticos al movimiento celular. Fue justamente investigando el patrón de interferencia de campos electromagnéticos forzados sobre el espín de una partícula que Berry descubrió, en 1983, la llamada fase geométrica. Esta se traduce en un «cambio global sin cambio local», y, aunque los físicos lo asocien más con la mecánica cuántica, es pertinente tanto en el dominio clásico como en el cuántico, en lo macroscópico como en lo microscópico.

Inicialmente la fase de Berry se presentó como un desplazamiento para procesos adiabáticos, esto es, sin transferencia neta de energía, lo que supone el caso más adecuado para calibrar la influencia de la radiación no ionizante, como lo es la de las telecomunicaciones, si no hay energía suficiente para ionizar los átomos o moléculas.

Un ejemplo célebre de fase geométrica es el llamado efecto Aharonov-Bohm, en el que partículas cargadas son afectadas por el potencial electromagnético a pesar de que los campos eléctrico y magnético son cero en su región. Contrariamente a la opinión más difundida entre los físicos, incluyendo el mismo Bohm, esto no es un efecto específicamente cuántico, sino inherente a las ecuaciones clásicas del electromagnetismo de Maxwell, y se han encontrado ejemplos análogos exactos incluso en la superficie del agua.

Todavía hoy los físicos no saben cómo ubicar este fenómeno, si en la física fundamental o en la aplicada; pero su verificación experimental esta fuera de cualquier duda.

Después de que Berry mostrara el caso más simple para procesos adiabáticos cíclicos se han sucedido las generalizaciones para procesos no adiabáticos, no cíclicos, y también disipativos o no conservativos, como los biológicos.

Esta «anholonomía» tampoco es ajena a los seres vivos y a su locomoción. Inevitable el ejemplo del gato que se revuelve al caer o «gato de Maxwell», el más feliz ejemplo de como un ser vivo protege su invariancia frente a los esfuerzos contrarios; o la cifra no menos universal del movimiento de las serpientes. Shapere y Wilczek mostraron en 1987 su relevancia en la autopropulsión celular en fluidos viscosos describiendo un circuito de formas partiendo de deformaciones infinitesimales en cilindros y esferas.

En definitiva, en sistemas biológicos la fase geométrica es o tendría que ser una medida del grado de contorsión (forzada) del sistema con respecto a un estado fundamental no forzado, y como tal debería ser robusta frente a diversos tipos de ruido.

Un modelo de calibración del movimiento inspirado en los campos gauge como el de Shapere y Wilczek debería tener múltiples usos en biología y biomecánica, aunque aquí de lo que hablamos es de determinar el grado de estrés, a corto plazo y con efectos acumulativos, que sufren las células expuestas a diferentes intensidades y frecuencias de radiación electromagnética.

Ignoro si un razonamiento análogo podría aplicarse, en vez de al movimiento de las células, a las más esquemáticas ondas del electroencefalograma o EEG. La definición de forma que plantean Shapere y Wilczek es sólo una entre varias posibles que pueden extenderse a otros casos.

La fase geométrica facilita un argumento no sólo biofísico, sino incluso biomecánico, que en determinados casos como los de las macromoléculas se hace completamente tangible. Hoy se puede retorcer una hebra de ADN igual que una toalla y calcular exactamente su torsión usando la fase geométrica. Por lo tanto se puede medir y calcular su elasticidad dentro de un medio o potencial.

Piénsese bien en esto. Hasta ahora la ciencia se ha centrado en las reacciones molécula-molécula en lugar de las reacciones molécula-medio. Sin embargo hoy sabemos perfectamente, por ejemplo, que el llamado «dogma central de la biología molecular» es falso y que un mismo gen puede producir distintas proteínas dependiendo de cómo las enzimas interpretan el contexto y el medio. El problema es que esto parece casi imposible de medir; sin embargo la fase geométrica ya nos da un índice in situ del potencial, aun siendo imposible la medición directa de éste.

Este criterio podría emplearse para dilucidar otros aspectos del debate como la posible incidencia de esta radiación en el ADN o el acortamiento de los telómeros en los extremos de los cromosomas, relacionados con la muerte celular y procesos de envejecimiento.

Si de lo que hablamos es de un mecanismo directo, el argumento de los físicos sigue pareciendo correcto. Sin embargo los físicos siguen sin considerar el efecto del potencial, y este puede ocasionar emisiones electrónicas y efectos moleculares que se antojan «espontáneos» pero que estarían claramente inducidos por el potencial. Unos podrían llamarlo efecto indirecto, otros superdirecto, puesto que ni siquiera demanda la absorción por las partículas de la radiación; en cualquier caso sabríamos a qué atenernos en cuanto al vínculo causal.

Para concluir

Parece imposible enfrentarse con los grandes intereses de la industria, especialmente en un caso como este. Pero ahí están ejemplos como los del amianto o la industria tabaquera, en los que finalmente fue imposible ocultar la verdad aunque llegara dolorosamente tarde. Puesto que también en este asunto llegamos muy tarde, está claro que hay que hacer algo porque no podemos esperar veinte años.

Si las grandes compañías y países implicados en esta carrera pueden perder su gran apuesta por el control de los «flujos de información» con una moratoria, perderán mucho más si se llega a saber que han estado ocultando datos y obstruyendo la investigación imparcial. De hecho, esto podría suponer el comienzo del fin de muchas cosas, tal vez más de las que acertamos a imaginar.

Si a estas compañías y países les interesa tanto el dinero y el poder blando, me permito sugerir que sería más inteligente, además de más rentable, emprender investigaciones en una verdadera ciencia de la salud en lugar de nuestras conocidas ciencias de las infinitas dolencias y enfermedades. Rentable, al menos, siempre que se busque el bien de los demás en vez de mirar ciegamente por el propio.

Y si pensamos en términos de prestigio y apoyo social, que son los únicos que algunos pueden entender porque la búsqueda de la verdad les supera, también la comunidad científica se juega mucho en esto. Los argumentos que aquí aduzco tienen más de treinta años. Tal vez aún podría decirse que entonces no había el nivel experimental para cosechar evidencias con ese soporte teórico; pero esa excusa ya no existe ahora.

El tiempo lo dirá, pero creo que este tema supondrá un punto de inflexión para más cosas de las que se piensa, por más que lo único seguro, en caso de crisis, es que el eterno oportunismo tratará de encauzarla en su favor.

Obviaremos ahora eso.

Lo que importa es que aunque la situación parezca desesperada aún se puede invertir por completo. Podemos bloquear al que bloquea; podemos cercar lo que nos cerca.


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Referencias
Y. Aharonov, D. Bohm, (1959): Significance of Electromagnetic Potentials in the Quantum Theory
M. V. Berry, (1984): Quantal Phase Factors Accompanying Adiabatic Changes
J. Samuel, S. Sinha, (2003): Molecular Elasticity and the Geometric Phase
A. Shapere, F. Wilczek, (1987): Self-Propulsion at Low Reynolds Number
A. Ehrskovich, (2012): Electromagnetic potentials and Aharonov-Bohm effect
M. Iradier, (2019): ¿Hacia una ciencia de la salud? Biofísica y biomecánica

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