Come para todos

El mejor pensamiento, la más bella acción son los que más nos aproximan a la gratuidad divina.

Louis Cattiaux

Se dice muy a menudo que para que nuestra vida cambie es nuestra mente la que primero debe mudar; otros, aunque tornen las palabras, dicen en el mismo tenor que el que debe cambiar es nuestro corazón. Sorprende entonces que nadie diga, en esta nuestra civilización tan pretendidamente materialista, que deberían cambiar nuestros vientres -aunque no es que falten ni mucho menos quienes afirman que uno es lo que come. En vez de hablar de dietética o estilos de vida, o entremezclar cosas previamente separadas, intentaré acercarme al denominador común en el que vientre, corazón y mente participan.

La Chandogya Upanishad narra cómo un hombre de la casta guerrera inició a un brahmán en la realidad más íntima del sacrificio a través del simple acto de comer. Son los brahmanes los que se supone que tienen la última palabra en estas cosas, pero lo que el guerrero vino a mostrarle con la conveniente delicadeza es que oficiamos sacrificios exteriores porque ignoramos el más ineludible y patente de todos, aquel que sustenta nuestra vida en cada instante.

Lo que vino a decir aquel guerrero inmortal de la Upanishad es que si, en el momento de comer, y ya desde el primer bocado, lo hacemos pensando en que al satisfacer nuestro apetito estamos satisfaciendo las necesidades de todos los seres sin excepción, nunca nos faltará el sustento ni para nosotros ni para toda la gente que podamos tener a nuestro cargo.

Con la sustitución de los alimentos por los comestibles y el alejamiento de los lugares de matanza hemos incluso llegado a olvidar que todo alimentarse es destruir vida para incorporarla a la nuestra: que el comer es ante todo un sacrificio. Eso es lo que no ignora el indio, no tanto porque recuerde los Vedas sino sobre todo porque en su mundo el hambre nunca habita tan lejos.

El ensimismamientos del indio actual mientras come, aun siendo muy poco religioso, todavía guarda el remoto reflejo de aquella conversación entre un guerrero y un brahmán que cuentan tuvo lugar hace miles de años. Ambos estaban ya hartos de los sacrificios rituales de rigor, pero sólo el primero sabía como salir de su interminable ronda.

No busques más sacrificio que el comer, le dijo. Es el primero y con él tienes bastante. Si comes sabiendo que no comes tú, que en ti y en los demás come uno solo, comerás para ti y para a todos; te alimentarás tú y a todos, podrás querer a todos y todos te querrán. Y ya jamás volverás a realizar sacrificios para obtener abundancia.

El brahmán aprendió tres grandes cosas. La primera que no sólo los brahmanes dan lecciones, sino que también las pueden recibir de otros. La segunda que el sacerdote tampoco tiene el monopolio del sacrificio ni es el único que lo realiza; pues ni tan siquiera conocía el primero de ellos, que descuidado, en todos tiene lugar. Y la tercera y más importante, es que pudo encontrar dentro de sí el origen mismo del sacrificio de este mundo.

Los que tienden a desestimar el valor del conocimiento para habérnoslas con nuestros problemas dirán que, más importante que pensar en la satisfacción de otros, ha de ser atender directamente sus necesidades, y que más valdrá hacer algo por otros que pensar en que se hace algo por ellos. Uno querría ser el último en negar el valor de la ayuda y de la acción directas, pero entiendo que la consideración íntima jamás podrá oponerse a la acción externa, sino que por el contrario ayuda a su desenvolvimiento.

Pues, ¿qué es lo íntimo? Lo íntimo es lo que no es interior ni exterior, es justamente aquello que no admite separaciones. Y la satisfacción del comer es una con el brillo íntimo de esa luz incolora del Ser, que a veces llamamos también Consciencia.

Cuando comemos, ¿nos entregamos a nosotros mismos el fruto de nuestros esfuerzos, o se lo entregamos a ese tiránico fuego de la digestión que exige nuestro sacrificio? ¿Hay después de todo alguna diferencia?

Ese Dios que come y es comido, el fuego devorador del Antiguo Testamento y el fuego asimilado del Nuevo, ¿no coinciden en este sólo acto del comer del que estamos hablando? Sin embargo, qué gran diferencia entre comer con pasión y avidez, y comer entregando nuestra más íntima satisfacción a la satisfacción más íntima de todos, liberando así la consciencia de que son indefectiblemente una. La misma diferencia que hay entre la insensibilidad o el embotamiento y el reconocimiento que nos libra de la inconsciencia.

Mientras vivamos para nuestras pasiones, sacrificando a los otros a ellas, de igual modo seremos arrastrados al sacrificio a nuestro pesar. Tal la Ley. Y al contrario, asumiendo consciente y voluntariamente que ya somos el sacrificio, tomamos en su justo peso nuestra parte y empezamos a der con los sutiles ajustes y los misteriosos deslindamientos que desentrañan toda esta maraña.

Lo que ocurre es que el monstruo de lo social ha entremezclado hasta tal punto el sacrificio del egoísmo con el sacrificio en aras de la más abstraída eficiencia que, alcanzando ambos las cumbres de lo absurdo amén de lo deletéreo, ya nadie quiere oír hablar de renuncias ni sacrificios: lo cual es justamente el mecanismo que escalón por escalón nos ha llevado hasta aquí.

Me parece excelente que la gente se rebele ante un sacrificio impuesto despóticamente y que nada significa; y me parece igual de excelente que busquemos realizarnos personalmente, dar con un sentido y una vida plena. Y sin embargo, todo esto, liberarse de lo mostrenco externo, liberar la inspiración interna tanto tiempo sepultada, pasa por asumir libremente la porción que nos toca -pasa por el tránsito del consumir al consumar, y del ser consumidos al ser consumados.

Todo el cálculo del Moloch del sistema consiste en sustraerte la posibilidad de sacrificio voluntario y sustituirlo por el forzoso, en tratar de confundir los dos hasta lo indiscernible: para que huyas de ti mismo y busques por propia iniciativa lo que menos quieres. Evasión y encandilamiento, palo y zanahoria. No se necesita más para manejar a los brutos. Pero, ¿es posible salir de la lógica del matadero en que se ha convertido el mundo?

Ser o no ser no es nunca la cuestión: esa es la cuestión del matadero.

Lo más íntimo del sexo, del acto de comer, del sentir, el ver o el comprender, todos son una misma intimidad que sólo en apariencia se despliega como escala o jerarquía: y esa fuga que asciende por la escala disfrazada es justamente el sacrificio, cuya asunción es el único propósito de la vida. ¿Qué más se puede decir?

Comiendo por y para todos es mucho lo que liberas en positivo y en negativo, dentro y fuera de ti. Prueba a hacerlo todos los días venciendo tus propias resistencias y comprobarás en carne propia cómo “Vence quien Se vence”.

Por la entrega llega la liberación, por la liberación el amor, por el amor el conocimiento, y por el conocimiento, el cumplido reposo.

Empieza por entregar tus primeros bocados a este pensamiento sin límites que es la simple y universal satisfacción, el contento íntimo de todos. Verás que te cuesta hacerlo, porque es como entregar una parte íntima de tu ser, la de tu privado y particular contentamiento. Y esto, incluso cuando nos gusta compartir y departir en la comida, es una señal de que algo tenemos que ceder, de que algo se intercambia entre el fuera y el dentro de nuestra atención.

Es en esta economía de la atención -de tu atención- por la cual y en torno a la cual hoy todos se disputan, que una transformación inadvertida e imposible de describir se opera. Pero no sólo allí, pues para el que sabe que entre la más oscura inconsciencia y la consciencia más lúcida que quepa imaginar no hay a la luz del ser ni tan siquiera la menor solución de continuidad, existe el espacio necesario y también el suficiente para que todo cambie.

La diferencia es que, igual que entregas voluntariamente tu atención, mudas voluntariamente el objeto de su satisfacción; y por definición, la satisfacción es aquello en que lo insatisfecho descansa.

Sí, verás que te cuesta al principio entregar al mundo entero la satisfacción de esos primeros bocados; pero tras intimar con esa sensación tan básica, querrás ahondar en el espacio de consciencia que esa luz de la satisfacción abre -hasta el punto que ya no querrás dedicarle sólo tus primeros bocados, también el contentamiento que llega con el fin de la comida.

Estaremos transformando la consciencia insatisfecha en consciencia satisfecha y cumplida, y es evidente que el secreto de esa transmutación del consumidor en consumador no nos la va a brindar ninguna estratagema del intelecto. Te estás entregando en sacrificio. Y encima te estás ejercitando en ello. Poco a poco, pero a conciencia.

Come para todos y comulga para siempre con la vida: y no te faltará lo necesario para llevar adelante tu propósito, y para que en tu propósito comulguen finalmente vida y destino. Y ya no huirás de nada, ni correrás detrás de nada, y las cosas se presentarán debidamente ante ti.

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