Oso constante, roca oscilante

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«Lego el movimiento del Oso Constante a los ancianos, a los enfermos y a los débiles. Es un ejercicio maravilloso y tradicional que es a la vez simple y fácil. También puede usarse para la autodefensa hasta una edad avanzada. Todo esto se obtiene fácilmente. Aunque mi explicación es corta y simple, si entiendes sus principios y practicas con perseverancia, después de tan solo cien días de mover tu chi, notarás una marcada mejoría en tu salud y fuerza y ya no tendrás que preocuparte por la enfermedad. Es verdaderamente una «balsa sagrada» para fortalecer nuestros cuerpos y no admite comparación con otros ejercicios más conocidos pero inferiores» 1.

Estas eran las palabras con las que Cheng Man Ching confiaba a la posteridad lo que él consideraba como la más concentrada síntesis posible de los principios del Tai Chi Chuan: el ejercicio del Oso Constante. ¿Eran demasiado altas sus expectativas?

Han pasado más de 44 años desde que el «maestro de las cinco excelencias» se marchara, pero aunque su concepción del arte marcial se haya difundido notablemente por el mundo, el ejercicio que estaba llamado a ser el gran divulgador del Tai Chi entre los más variados sectores de la población sigue siendo muy poco conocido a pesar de su simplicidad extrema.

Contradictorio, sin duda. Pero no debemos de olvidar que el mismo Cheng ya advirtió sobre el carácter elusivo del principio que subyace al ejercicio: «Aunque es más fácil conseguir cien onzas de oro que el verdadero método, incluso éste se deja caer fácilmente al pasarlo y se te puede escurrir de las manos» 2.

Lo elemental del movimiento lleva muy fácilmente a subestimar su potencial para infinitas transformaciones como el hilo dorado que conecta las más diversas acciones y posturas: «El Oso Constante combina los cinco animales y el Tai Chi en un solo movimiento, búscalo y lo recibirás, descuídalo y lo perderás» 3.

Así pues, tenemos un movimiento elemental pero que contiene un principio de largo alcance, tan fácil de obviar como difícil de apresar. Tai Chi en estado puro.

El Tai Chi Chuan carece de opinión
no tiene intención
es una idea sin motivo

Es un acto sin deseo,
es propiamente la respuesta natural
a una fuerza externa
cuando no es percibida como tal

Pues en la naturaleza
todo es uno
y acción y reacción son una sola cosa
no se ejerce un poder sin resistencia
la misma fuerza se ve corregida y reciclada

El movimiento malintencionado retorna
los principios del Tai Chi son los mismos que rigen
los engranajes de la gran máquina del universo 4

Para muchos de los que hemos practicado Tai Chi, el origen de este arte y de sus movimientos supone un enigma fascinante. Hoy se acepta generalmente, como asunto de mero sentido común, que las formas elaboradas con una secuencia de movimientos, por las que hoy se distingue a los diversos estilos de este arte, son el resultado último de una evolución; es decir, son una composición o síntesis de posturas, gestos y ejercicios dispersos, bastante elementales, que en tiempos anteriores debieron practicarse por separado. Algunos de ellos, como el ascenso y descenso de las manos, el empuje frontal, o las manos ondeantes como nubes, se encuentran entre los más primarios y aunque han sufrido todo tipo de transformaciones, siguen trasmitiendo por sí solos el aroma de esta disciplina.

Y así, las rutinas clásicas hoy más conocidas, cualquiera que sea su estilo y ya tengan 24, 37, 66 o 108 movimientos, conllevan un nivel de composición que podríamos asemejar al de las sinfonías, aunque nadie pone en duda que antes de las sinfonías tuvo que haber canciones, y antes de las canciones, acordes y tonadas. Lo contrario carecería por completo de sentido.

Las interminables disputas entre estilos y linajes suelen versar, ya sea sobre asuntos de prioridad histórica, ya sea sobre quién ha capturado mejor la esencia de un arte que reclama para sí lo intemporal. Lo primero se deja zanjar por documentos fechados dentro de cronologías, sin bien siempre de forma provisional —porque, del mismo modo que ocurre con el registro fósil en paleontología, los documentos que llegan a las manos de los mejores especialistas, aun en el caso de que sean auténticos, son siempre una parte ínfima de los documentos desconocidos que aún podrían aflorar para desmentir nuestras suposiciones.

Así por ejemplo, la idea más comúnmente aceptada y consolidada es que el Tai Chi, tal como hoy lo entendemos, tiene su origen mejor documentado en el linaje de la familia Chen desde el siglo XVII y en particular desde el general Chen Wangting (1597-1664); sin embargo ahora diversos estudiosos como Christensen sostienen, apoyándose en evidencia documental, que el primer clásico sobre la materia procede de la familia Li de la localidad de Tang, en Henan, y dataría de 1590. Tal vez esto no introduzca una gran disonancia en la cronología hoy consagrada, pero sí en las líneas de transmisión, lo que a su vez abre nuevos interrogantes, pues la misma familia Li cuenta sus ancestros hasta un casi legendario Li Dao Zi, nacido unos mil años antes 5.

Las disputas sobre las esencias son, como podía esperarse, mucho más difíciles de demarcar, aunque no por ello son menos importantes. De hecho, para el que busca en el Tai Chi una experiencia viva y siempre renovada, tienen mucho más peso que dataciones y cronologías, más propias de historiadores y eruditos: no se deciden en el papel y en la tinta de viejos manuscritos, sino en el cuerpo y el espíritu del practicante.

La posición de Cheng Man Ching sobre esta cuestión de los orígenes contiene una hipótesis altamente especulativa en lo histórico pero bastante irreductible en lo esencial.

Y de hecho en la perspectiva de Cheng lo histórico se acomoda sin necesidad de mayores detalles a lo intemporal. Puesto que está claro que él no pretendía que el médico Hua Tuo (c. 140–208) estuviera en el origen del moderno Tai Chi, sino del ancestro común que éste compartía con los gestos del Wuqinxi o Juego de los Cinco Animales, que ya incluían al Oso y que efectivamente se le atribuyen.

En toda esta evolución lo más antiguo nos remite siempre a formas menos diferenciadas, y por añadidura, tampoco nos han llegado instrucciones detalladas de cómo pudieron ser los Cinco Animales de tiempos de Hua Tuo, ya fuera él su autor o su recolector. Ha habido desde entonces un gran número de ejercicios imitando el porte y marcha del oso, así que la figura original es lo bastante difusa como para admitir una amplia descendencia —si bien no tanto como para que no pueda reconocerse su linaje. También en esto es indispensable mantener un sentido de las proporciones.

Ni siquiera Cheng dejó una demostración grabada de cómo entendía él ese balanceo incesante del oso, así que no queda más remedio que volver sobre sus palabras:

«Hay tres aspectos a observar en la práctica del ejercicio del Oso:

Lo primero es el constante balanceo de la cintura de izquierda a derecha y de adelante a atrás. Debería practicarse pasados unos treinta minutos después del desayuno o la cena. Los más débiles deberían empezar con 200 ó 300 balanceos, añadiendo 5 o 10 más cada semana. No disminuir el número, sino aumentarlo siempre. Cuidarse de progresar gradualmente. Aumentar el número de vaivenes hasta completar un tiempo de entre 10 ó 15 minutos manteniendo en todo momento un estado de ánimo agradable.

Lo segundo es que al practicar no descuelgues la cabeza como lo hace el oso real, sino que lo combines con el llamado ‘mirar como un búho’, en el que la cabeza queda como suspendida desde lo más alto y gira alineada sobre su propio eje mirando siempre al frente. La cabeza no se debería de mover de manera independiente, se mueve alineada con el ombligo. En Tai Chi esto se denomina ‘la energía más fina y ligera asciende hasta arriba de la cabeza’, y ‘mantener el weilu centrado y recto para que el espíritu llegue hasta lo alto de la cabeza’.

Lo tercero, como en el Tai Chi, es distinguir claramente entre lleno y vacío, tal y como apunta la expresión ‘pesado como una montaña y ligero como una pluma’. Cuando giras a la izquierda, tu peso debe estar totalmente en tu pierna izquierda, siendo pesado como una montaña. Y lo mismo al volver sobre tu pierna derecha.

Asegúrate al practicar de que tu mente y tu aliento se mantienen por debajo del ombligo, y también de que las plantas de los pies guarden el contacto con el suelo»6.

Aunque lo que aquí se describe es un simple movimiento alterno de balanceo y giro, todavía quedan muchos cabos sueltos que permiten ejecuciones diversas en espíritu y en apariencia. De forma muy característica, podemos distinguir entre las cuestiones de principio, que son de observancia obligada, y las cuestiones de grado que quedan libradas a lo que la discreción del practicante juzgue conveniente. Por ejemplo, aquí nada se dice sobre el grado de flexión de las rodillas o el ángulo que pueda describir el eje del tronco en su vaivén; por no hablar de otros aspectos como el ritmo, la altura o movimiento de las manos o si el balanceo y el giro hayan de realizarse conjuntamente o por separado.

En cualquier caso, el movimiento, cerrado sobre sí mismo en un círculo incesante, y aprovechando el impulso obtenido en el movimiento anterior para continuarlo en el sentido contrario con el mínimo de esfuerzo, incorpora de la forma más literal el popular dicho para siempre asociado con Hua Tuo: «el eje de la puerta que se usa no se oxida». La atribución del ejercicio al médico de la dinastía Han, aun no siendo demostrable, es cuando menos juiciosa y atinada.

Pues pocas dudas puede haber de que muchos siglos antes de la elaboración de rutinas específicamente marciales con coreografías definidas tuvieron que existir movimientos que encarnaban el espíritu del Tai Chi de una forma más o menos completa. ¡Después de todo, cualquiera de sus linajes se reclama heredero del taoísmo y el yangsheng, que sabemos que son miles de años más viejos! Y además, está en el orden natural de las cosas que estas artes hayan evolucionado de lo más difuso e informe a las formas más definidas y diversificadas.

El Oso Constante se encontraría entonces en ese cruce de caminos, tan difícil de concebir, entre los movimientos primitivos menos perfilados y la recapitulación secuenciada de una totalidad en una serie de pasos organizados. Y es aquí donde ejerce todo su ascendiente la fascinación, la magia del Origen como rememoración.

Comprendamos un dilema que no es tal. Por un lado parece obvio que el ejercicio que propone Cheng Man Ching, después de toda una vida dedicada al estudio y síntesis de estas artes, no puede ser igual que un «movimiento primitivo y espontáneo» hecho a semejanza, esto es, imitando a los retozos libres de los animales que no están compelidos por necesidad ni restricción alguna. Por otro lado, ya vemos que este movimiento primitivo en cuanto arte sólo puede ser imitación —de otra síntesis, esta espontánea, que es la que supone el hábito y jugueteo de un animal al poner en armonía impulsos e instintos que apuntan en muchas direcciones.

Pero el caso es que Cheng, por añadidura, atribuye la paternidad del ejercicio a Hua Tuo, también un médico sumamente experimentado y consciente, creador para colmo de una serie de cinco ejercicios que imitan movimientos de otros tantos animales y en cuyo centro, como si fuera el elemento tierra, se encuentra el oso —la síntesis de un marco que ya es a su vez una recapitulación.

Entonces se entiende que la coartada de Cheng es perfecta: lo mismo que a la historia, no podemos concebir el origen sino reproduciéndolo, el análisis nos dejará siempre fríos. Y aquí en el cruce de caminos entre la prehistoria del Tai Chi y el Tao Yin o qigong de la salud se nos pone a otro médico autoconsciente creador de su propia síntesis. El Oso constante es tanto un descubrimiento como una recreación.

Lo que ocurre es que si hay muchas ejecuciones posibles del Oso, han de tener ciertos elementos irreductibles, que no son otros que los que Cheng destaca, y que además coinciden puntualmente con los principios más básicos del Tai Chi. Es por eso que se cuida mucho de dar más especificaciones, que restringirían innecesariamente su campo de acción. Lo que también conviene por la otra parte, pues las sueltas de los animales no deben de estar menos libres de restricciones.

Así pues, aquí lo irreductible está condenado a coincidir con cierto grado no menos irreductible de indefinición o ambigüedad, y también aquí hay que decir que se halla el Principio mismo del Tai Chi en acción. Liu Hsi-Heng cuenta haber visto a Cheng practicar el ejercicio en su casa de Taipei mientras editaba uno de sus manuscritos, y decir: “Este simple movimiento es Tai Chi, no hay nada más que esto” 7. Es la prueba por síntesis, la prueba del crisol, la prueba de lo irreductible —la prueba del oro. No hace falta más, puesto que la práctica contiene la prueba:

«Si practicamos estos tres puntos, la postura del ‘Gallo Dorado Sobre Una Pierna’ tendrá firmeza; ‘Rechazar al Mono’ no será estropeado por el movimiento de Mono Sensible; ‘Abrazar al Tigre y Regresar a la Montaña’ será tan decisivo como el rugido de un tigre; el ‘Mirar a la Derecha y Ojear a la Izquierda’ o el ‘Vuelo Diagonal’ serán más rápidas que el propio Ciervo. 8»

Y si alguien tiene dudas, que busque otro movimiento, uno sólo, con entidad propia que pueda resumir el Tai Chi de forma tan breve y completa como el Oso Constante. Así pues, este es el genuino Tai Chi del bolsillo, el único que puede desenvolverse libremente en un solo metro cuadrado. El Oso revela su identidad por el hecho de que se queda sólo: para igualarlo, cualquier otro movimiento se tiene que asimilar a él. Reúne en su abreviatura mínima la condición necesaria y suficiente. Es por eso que, si tuviera que elegir uno sólo de entre la infinidad de ejercicios que existen, sería seguramente este.

*
Si Hua Tuo concibió efectivamente un ejercicio del Oso, seguro que éste no comportaba una realización de los principios formales tan depurada y autoconsciente como la que pudo aportar un maestro de Tai Chi de la segunda mitad del siglo XX, con un conocimiento exhaustivo del Qigong y las artes marciales de China. Ahora bien, el conocimiento de la forma es sólo la exteriorización del conocimiento en el espíritu, que aún se puede pasar sin ella, pues la forma sigue a la función y ésta a la intención. Volvamos de nuevo la vista al pasado.

Es un lugar común aludir a los más que plausibles orígenes chamánicos del taoísmo. De entre las solitarias danzas chamánicas, la del Oso ha mantenido siempre un lugar prominente. El Yubu y el Bugang, que rememoran «los pasos» del legendario Yu el Grande, se han relacionado siempre con la Estrella Polar, la séptuple constelación de la Osa Mayor (para los chinos «el Cazo del Norte», cuya cuarta estrella se denomina precisamente Tian Quan, «Balanza Celeste»). Si bien estos pasos se utilizaron posteriormente en rituales taoístas y se asociaron con la demarcación de recintos y otras delimitaciones, la idea original que subyace es el vuelo extático de ida y vuelta por las estrellas del extremo norte indicadoras de la salida y entrada en el cosmos, tema chamánico por excelencia.

Pues según los viejos tratados como el Zhengyi xiuzhen lueyi, el propósito de estos pasos rituales, como medio de autocultivo, no era otro que conducir al practicante, que a menudo resultaba un gobernante, «de la existencia a la nada», motivo tan inconcebible como absurdo para los modernos. Lo que nos obliga a detenernos en ciertas consideraciones.

Con razón dice Cheng que el Tai Chi carece de intención y de motivo. Lo que llamamos pensamiento es sólo el ejercicio intermitente y discontinuo de la intención, que hilvana y da una apariencia de continuidad a lo que no dejan de ser conceptos separados y en sí mismos huecos. Acercarse al Tai Chi comporta buscar la continuidad real más allá de esas fulguraciones, esto es, suprimir la intención y la parcialidad que colorea nuestros pensamientos. Pero no hay nada en el mundo que no esté coloreado por nuestra intención, de modo que si nuestra intención queda suspendida, salimos por el hueco del mundo y entramos en la «nada», que en realidad es el puro potencial de la mente previo a cualquiera de sus actos.

El pensamiento ordinario, sin darse cuenta, está haciendo continuamente lo contrario: sale de la nada, de lapsos inadvertidos en blanco, y entra una y otra vez en «el mundo», en la selva de los pensamientos entre los que salta como un mono de rama en rama. El Oso que se yergue sobre sus patas traseras fue para el hombre un jeroglífico viviente del Polo, y el polo es la propia Intención cuando no está dirigida hacia los pensamientos y las cosas terrenas —cuando no está, por así decirlo, «a cuatro patas». El Polo es lo que queda de la Intención cuando no intenta; «intentar no intentar», «tratar de no tratar», parece haber sido siempre la aspiración y divisa del taoísmo.

La idea incondicional del Destino Manifiesto surgido entre los pueblos más occidentales apunta hacia una misión terrena en la que el espíritu necesariamente se agota. La condicional idea china del Mandato del Cielo apunta por el contrario hacia una guía celeste que hace posible la renovación de las cosas. En nuestros tiempos la virtualidad de esta noción se ha perdido casi por completo. La expresión china Tianming, nos habla de una «voluntad del Cielo», pero si el Cielo nos reconduce a la unidad del Polo Supremo (Tai Chi, literalmente) es justamente porque carece de voluntad particular, de intenciones, de motivos. El Cielo es la guía que desata los nudos, nos libera de cada intención particular y nos abre un espacio con nuevos grados de libertad. Esa es su prerrogativa y en ello consiste su incesante e sigilosa capacidad de renovar el Tiempo y los tiempos.

Como bien se ha notado, el taoísmo juzga el progreso en el autocultivo del hombre según sus transformaciones físicas desde las más superficiales a las más sutiles, el confucianismo tiene como criterio la conducta y el budismo las manifestaciones mentales; son sólo tres perspectivas diferentes de un único proceso.

Incluso en los aspectos más elementalmente físicos del Tai Chi o de un ejercicio como el Oso Constante, el requisito de mantener recto el eje vertical de la columna guiándolo desde lo alto de la cabeza se le antoja al no iniciado como una rigidez y una restricción innecesaria, cuando en realidad es la condición básica del movimiento sin esfuerzo y libre. Sin duda hay una libertad para agotarse como hay una libertad para renovarse, y ambas, incluso viendo lo mismo, miran en direcciones opuestas.

Por si alguien no se ha dado cuenta todavía, el movimiento del Oso tal como lo hemos descrito traza en el espacio un dibujo del todo similar al propio Taijitu, el símbolo popularmente conocido como «círculo del Yin y el Yang», y lo hace no sólo en dos sino también en las tres dimensiones además de en el tiempo, lo que da un interés añadido y otro sentido vertical, más allá de la dualidad, a este elusivo, incierto moverse entre el ser y el no ser.

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Descendamos de nuevo a aspectos más terrenales y tangibles. Sabido es que muchos maestros y practicantes de Tai Chi tienen un vientre distendido o prominente debido a la respiración abdominal que promueve. Esto no tiene porqué ser malo, si bien hoy se ha impuesto artificialmente la idea de que nuestra tripa tendría que estar lisa como una tabla. Como no hay regla sin excepción, también existen maestros de Tai Chi que contra la norma general promueven una respiración pulmonar alta, son más corpulentos y no exhiben ese típico vientre. De todos modos no entraremos aquí en qué forma de respirar pueda ser mejor; si de lo que se trata es de respirar con libertad, ninguna modo deliberado puede serlo.

En mi caso, las formas Yang de Tai Chi nunca me produjeron ninguna distensión abdominal, pero el Oso Constante sí, y hasta tal punto que me obligó a cuestionarme si estaba haciendo algo mal. Puesto que este ejercicio es como si dijéramos un concentrado de los movimientos desplegados en una forma, también puede pensarse que tiende a amplificar cualquier problema básico en la ejecución. El problema disminuía tras un día o dos de suspender el ejercicio, y volvía a presentarse casi de inmediato cuando lo retomaba, así que pocas dudas podía haber sobre la causa. Sin embargo no alcanzaba a identificar qué detalle en particular podía ser el responsable de este efecto indeseado.

En Qigong hay muchas modalidades de ejercicio y yo había explorado diversos estilos y variantes a lo largo de varias décadas. Hay muchos ejercicios exigentes que en absoluto son recomendables para practicantes poco preparados y tienen numerosas contraindicaciones, mientras que en el extremo opuesto existe el Qigong médico o terapéutico cuyos riesgos para personas de condición física normal son mínimos o prácticamente nulos. Sin duda hacer el Oso pertenece a esta última categoría y por eso Cheng Man Ching no dudó en recomendarlo como ideal para la recuperación de las personas de salud más frágil. Y a pesar de esto y de la absurda simplicidad del ejercicio, era incapaz de detectar el origen del problema.

El juicio sobre el fenómeno se complica por el hecho de que, hasta cierto punto, la práctica de esta rutina conduce a una sensación natural de acumulación de poder en esa zona; pero si sobrepasa el límite de la comodidad es seguro que se está haciendo algo mal. La presión interna debería circular y distribuirse, antes que acumularse; aunque ambas cosas están íntimamente relacionadas.

Consulté a instructores descendientes del linaje de Cheng, pero los dos que conocí no parecían estar mejor que yo. Uno de ellos, profesor excelente que le dedicaba al ejercicio cerca de una hora diaria, tenía un vientre prominente como una sandía, así que ni siquiera quise sacar el tema puesto que era evidente que tampoco había resuelto el problema. Ejecutaba además una forma muy baja, con las rodillas muy flexionadas, que a mí no me resulta la más conveniente para que la presión se distribuya sin tensiones ni trabas. Sin embargo la lentitud y firmeza de su postura tenían gran valor. No se puede juzgar sólo por la forma ya que el efecto total depende de la condición física, el grado de relajación y la sensibilidad despierta en el ejecutante.

Mucho después le pregunté por correo a Jacob Newell de la Old Oak School of Dao en Sonoma, California. Él también admitió que el ejercicio del Oso existe una presión que se acumula en la práctica, aunque en el estilo Ruyu de Tai Chi desarrollado por C. K. Chen se procura que no se acumule allí sino que descienda hasta la planta del pie9. A Jacob le costó años llevar la presión hasta el suelo después de desbloquear primero la articulación de la cadera, y más tarde la de la rodilla. Para llegar al fondo de la cuestión usó como método permanecer de pie en una roca oscilante.

Usar una roca oscilante es una forma excelente de aprovechar nuestro innato sentido del equilibrio para soltar las articulaciones y unificar la coordinación del cuerpo. Son tres aspectos relacionados que yo había aprendido a desarrollar en un grado suficiente a lo largo de una práctica de muchos años de zhan zhuang, —posturas estáticas como el famoso «abrazo del árbol». Estaba convencido de que ya llevaba la presión del peso hasta la planta del pie, por lo que la causa de la hinchazón abdominal debía estar en otra parte.

Reparé luego en que no se suele especificar cuánto se debe girar a uno y otro lado, y que yo solía ejercitar el giro casi al máximo, llevando la mirada en dirección más o menos opuesta entre 150 y 180 grados. Esto retuerce especialmente la zona media del cuerpo, y puede hacer que la presión quede estrangulada en dicha región. Probé a realizar unos giros más moderados, de unos 120 grados, y el problema desapareció casi por completo. Luego encontré un artículo de la citada Old Oak en que se precisa un giro total de 90 grados10. Tras esto he comprobado que no hay ninguna necesidad de extremar los giros para buscar un ejercicio más intenso, como tampoco lo hay de bajar mucho en la postura. Más que la postura, es la percepción del peso lo que debe bajar. En Tai Chi menos es a menudo más. Pero desde luego mi experiencia es muy limitada, y sería deseable conocer un amplio abanico de opiniones11.

Me quedo sin embargo con la idea de usar una roca o una tabla oscilante como ayuda para desarrollar del modo más rápido ese sentido unificado del cuerpo y del movimiento que es la esencia del Tai Chi. En las escuelas y templos de antaño los útiles elementales de este tipo siempre fueron medios aceptados y aun consagrados. Aunque también necesite su tiempo, no es necesario que la gente se dedique durante años a disciplinas exigentes como el zhan zhuang cuando podemos adquirir la aptitud necesaria de una forma mucho más disfrutable y llevadera.

Se nos ocurre entonces que, si ya el Oso Constante es una magnífica forma de divulgar el Tai Chi y hacer accesible su esencia a sectores muchos más amplios de población, ponerlo sobre la «roca oscilante» sería una piedra de toque ideal para profundizar en un ejercicio que demasiado a menudo sólo se aborda de la forma más superficial. Especialmente por aquellos que no practican las formas largas, dado que éstas son en sí mismas un medio de poner a prueba el calado de nuestro aprendizaje. Otros medios en compañía son el empuje de manos y la competición.

Como el propio Tai Chi, el Oso tiene un amplio margen de lecturas y ejecuciones posibles; incluso su práctica fuera de los preceptos básicos del Tai Chi, como mero ejercicio de soltar el cuerpo, sin cuidarse de la alineación del tronco, procura notables beneficios para la salud.

El tercer y más concurrido campo de batalla entre las diversas escuelas de Tai Chi gira en torno a la eficacia. Enconado, ciertamente, puesto que tradicionalmente se ha recurrido al combate para ver quién tiene la última palabra. Pero aunque la competición puede cambiar muchas opiniones, tampoco es un tribunal supremo en el que puedan dirimirse adecuadamente cuestiones más sutiles como la eficacia médica y el efecto sobre la salud.

La diversidad de estilos en el Tai Chi ha surgido más por diferencias de acento y énfasis que de principios; y las diferencias de acento sólo se hacen eco de diferencias en el espíritu, la complexión y la sensibilidad de los practicantes. Una complexión corpulenta no suele tener la misma sensibilidad que una delgada, y la sensibilidad es crucial en este arte, pues es ésta la que descubre el margen de acción y los grados de libertad disponibles. Por lo demás, el Tai Chi no sería un arte si no existiera ese indefinido margen junto a la necesidad de su interpretación. Por supuesto, por mera cuestión vital de adhesión a la práctica, todos necesitamos creer que nuestra escuela o estilo es el mejor y los demás son inferiores —al menos de momento y hasta que decidamos cambiarlo por otro.

Muchos practicantes de otras formas más bajas, no menos que el sentido común, pondrán seriamente en duda que se pueda practicar una forma tan derecha, natural y relajada como el Ruyu sin perder potencia y empuje, pero si no existiera esa posibilidad, el Tai Chi no tendría particular interés. En general, y aunque todo depende del grado de sensibilidad, los estilos más relajados se encuentran en mejor disposición para ahondar en los grados de libertad del arte.

Enumeramos en una nota aparte los puntos a atender para realmente aprovechar el potencial del ejercicio, según el estilo Ruyu. Debería sentirse la pierna con peso como el auténtico pivote del giro, más que la cintura o la columna.También encuentro preferible concentrarse en el centro de la planta de pie en lugar del dantien bajo el ombligo; la función energética de ambas regiones es completamente diferente.

Lo que queremos es apreciar el potencial del ejercicio lo antes posible. Los aspectos biomecánicos, con una visión en tercera persona, constituirían el componente más externo de este potencial. En una visión en primera persona no podemos descuidar las sensaciones que percibimos, pues han de ser sólo el aspecto más sutil e interno de esta misma realidad física. En la moderna ciencia de los materiales hablamos de carga y estrés, de tensión-presión y deformación —y esto comporta necesariamente fuerzas tanto dentro como fuera de los cuerpos. Aquí, primera persona sólo significa desde el interior, y ha de ser subjetiva por necesidad. Y en el cuerpo tenemos partes y tejidos duros y blandos, que en el viejo lenguaje taoísta serían más yin y más yang. En relación con esto y con la presión y la tensión asociada, podemos hablar en nuestras sensaciones, tal como las percibimos, de energías frías y calientes, del «elemento agua» o de «elemento fuego».

Para simplificar al máximo podemos decir que en el cuerpo percibimos energías frescas y cálidas, en un sentido positivo, así como se perciben zonas recalentadas y frías o rígidas, en sentido negativo; lo que puede equipararse a la tradicional distinción entre joven yin y yang, y yang y yin viejos. El dantien o «campo de cinabrio» inferior se llama así precisamente porque es el lugar natural para la mezcla íntima de lo fresco y lo cálido (estando el cinabrio hecho de mercurio y azufre). Sin embargo el lugar por donde más entra lo fresco en el cuerpo es la suave planta del pie —especialmente, después de que las energías residuales ya usadas han sido llevadas a tierra.

Trabajar desde la planta del pie equivale, para usar una expresión de los antiguos taoístas, a «respirar desde los talones», o, como también se decía, desde los huesos. Es decir, desde el nivel más profundo y desde los extremos, mientras que el centro del cuerpo es el lugar donde los extremos se funden. La diferencia puede ser grande cuando esto se lleva realmente a efecto: como la que hay entre andar por un trayecto ordinario y caminar por la montaña inspirando la frescura de las cumbres nevadas. Sin embargo, probablemente lo mejor de todo es no concentrarse en ningún punto en particular y permanecer en la sensación global.

Las viejas representaciones del neidan que recreaban todo un paisaje de montes y cascadas en el interior del cuerpo humano responde a una muy elemental realidad, con la única condición de que uno sepa atender a la cualidad de sus propias sensaciones.

La medicina china tradicional hablaba de dirigir el fuego del cuerpo hacia abajo y el agua hacia arriba para compensar la tendencia natural de estos elementos a divorciarse y dejar de reaccionar. No se pueden resumir procesos más complejos con menos palabras. A nivel biomecánico, lo que corresponde al fuego y el agua son la tensión y la presión. Vivimos entre la presión y la tensión, toda nuestra vida es un escenario de ese juego, con la deformación, la capacidad de ceder, como una interfaz o superficie de contacto entre ambas. Los otros elementos o actividades que distinguían las medicinas tradicionales surgen de las combinaciones y entresijos de esta relación básica.

En Tai Chi tiene más valor mover un poco todo —coordinamente, se entiende- que mover mucho desacompasadamente unas cosas para olvidarse por completo de otras. Cuantitativamente, no es poco obtener un 50 por cien de los beneficios de un ejercicio como éste; pero cualitativamente, ese 50 por cien es quedarse a mitad de camino de la unión de los extremos donde tendría que gestarse su fruto. Si las altas expectativas que Cheng puso en el ejercicio del Oso no se han cumplido, tal vez se deba a que aún no hemos acertado a enfocar mejor la singularidad de su camino propio.

La roca oscilante es sólo una piedra de toque para afinar el sentido interno del equilibrio. Cualquiera que hace equilibrios sobre una tabla aprende que tiene que ahuecar el cuerpo de una forma determinada para optimizar la capacidad de respuesta coordinada de los miembros. El equilibrio, efectivamente, involucra a la totalidad del cuerpo, y en este arte siempre deberíamos partir de la totalidad. La totalidad es tanto el principio como el objetivo último.

Del mismo modo haciendo el Oso podemos sentir que nuestra ejercitación está siendo excesiva o del todo insuficiente, demasiado vacía o demasiado llena. Pero ya sea un tipo u otro de exceso, ambos nos dejan una sensación de insatisfacción y de falta de aprovechamiento. El ejercicio mismo parece quejarse: «si no fueras tan torpe, podría ser mucho mejor que como me haces». Esta sensación de incumplimiento nos está mandando el mensaje correcto, que es que estamos perdiendo el punto del ejercicio.

Lleno y vacío son términos correlativos; cuando el cuerpo entero se siente homogéneamente lleno, en la misma medida deja de percibirse la línea que separa lo interior y lo exterior, y por lo mismo, la que distingue entre lo lleno y lo vacío. No es pequeña cosa armonizarlos, y sin embargo, tampoco es algo que se pueda «hacer», sino más bien algo que se descubre a través de la acción, como se descubre un sendero insospechado en la montaña que puede llevarnos a no se sabe qué magníficas vistas. El margen u holgura cambiante nos define la anchura y las vueltas del camino.

Dado que cada cual ha de encontrar su grado óptimo de ejercitación, que no sólo varía con cada individuo sino para el mismo individuo a lo largo del tiempo, cualquier regla general tendrá algo de engañosa. Merece en cualquier caso recordar las palabras de Cheng Man Ching: «Las indicaciones para los Cinco Animales se perdieron, salvo las palabras ‘hasta la transpiración’. Sudar un poco no está mal en los días calurosos del verano, pero en otoño o invierno sólo debería practicarse hasta sentir la apertura de los poros antes de que el sudor brote en la espalda o en la frente; descansa entonces, no sigas hasta sudar» 12.

Esto es una indicación válida, pero indirecta, pues no nos habla de cuánto bajar en la postura, que, más que la duración del ejercicio, es lo que hace que se sude o no. En Tai Chi se habla de no ejercitarse nunca más allá de un 70 por ciento de la propia capacidad. De todos modos, se puede obtener una gran fuerza de este movimiento sin la menor necesidad de sudar.

Una buena orientación sobre el grado de flexión en la postura puede ser esta: cuanto más bajes, más debes buscar la ligereza; y cuanto más erguido estés, más debes concentrarte en hundir el peso. De este modo exploramos una y otra vez la amplitud de nuestra escala y podemos estimar el justo medio reuniendo doblemente los extremos. Un «barrido paradójico» similar puede hacerse con respecto al ritmo o velocidad óptima. Firmeza y sensibilidad tienen que estar unidas, no separadas, si queremos progresar.

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El Oso Constante puede aportar todos los beneficios del Tai Chi con un movimiento ridículamente simple. Puesto que el balanceo y el giro usan el impulso de un movimiento para iniciar el siguiente, el esfuerzo es mínimo y parece que podríamos continuarlo indefinidamente; a menudo cuesta más pararse que seguir. Si se ha dicho con razón que el Tai Chi es tanto más placentero cuando más circular es, en ningún otro caso podría disfrutarse tanto como en este movimiento alterno circular, que equivale a un cargarse y descargarse a sí mismo —cargarse de esa presión natural que es vitalidad, y descargarse de esa tensión que obstruye la libre circulación de la presión. Cuerpo y movimiento conforman un solo campo, no se trata de cosas separadas. La cuestión es aprender a ahondar en el ejercicio de la forma más satisfactoria para uno mismo.

Dicho sea de paso, la comparación con un generador eléctrico o alternador no es del todo trivial, pero aquí el juego de «corrientes», si se nos permite la analogía, es más rico y tiene un interés añadido, puesto que también estamos ante un eliminador, o si se quiere, un sistema de bombeo doble o más bien cuádruple. Sería fantástico si pudiéramos aplicar estos mismos principios a nuestro entorno y a la atmósfera, y si entendiéramos la analogía con la debida proporción, no tardaríamos en identificar a distintos niveles los procesos naturales correspondientes.

Algunos afirman que, si lo que buscamos es un método de mantenimiento de la salud, existen series de qigong como las 18 manos de Lohan (Shaolin) o las famosas 8 piezas de brocado (ba duan jin) que son tan eficaces como el Tai Chi y llevan mucho menos tiempo aprenderlas. Pero si estas series se aprenden en unas pocas sesiones, el Oso Constante, o «ejercicio del Taijitu», como también podríamos llamarlo, puede aprenderse literalmente en cinco minutos sin renunciar a nada del misterio. ¿Quién puede superar eso?

Hay ejercicios como el zhan zhuang, el cultivo de las posiciones estáticas, que pueden ser igualmente potentes y profundos. Algunas escuelas de Tai Chi, especialmente la Chen, recurren a su práctica para dar firmeza y potencia a sus movimientos. Pero en nuestra sociedad hipercinética es cada vez más difícil encontrar gente con la paciencia suficiente para estarse inmóvil por periodos apreciables de tiempo —para la mayoría de nosotros es poco menos que una tortura, y en el mejor de los casos, un «aguantar la postura» que en sí mismo bloquea el acceso a los niveles profundos de la práctica. Este tipo de cultivo nunca estuvo muy extendido, y hoy sólo puede ser explorado en profundidad por una exigua minoría, muy inferior al 1 por ciento de la población.

Por añadidura, tales posiciones estáticas hacen casi indispensable la supervisión, pues si no se aplican debidamente los principios de alineación del cuerpo o no existe la debida relajación se pueden cosechar tantos problemas físicos como beneficios.

Está claro que en un entorno como el nuestro que nos hace acumular tensiones la ejercitación con movimiento es mucho más atractiva, puesto que el movimiento es la forma más básica de aliviar las tensiones y arrojarlas fuera. Aunque lento generalmente en sus formas, el Tai Chi no deja de aprovechar los atractivos y virtudes del dinamismo. Algunas estadísticas meramente orientativas hablan de entorno a un 5 por ciento de practicantes de Tai Chi en China y un 1 por cien en los Estados Unidos de América.

Aun recurriendo al movimiento, para la mayoría, tanto en Occidente como en China, el Tai Chi sigue siendo algo incomprensiblemente lento y complicado, y por más que emane de un principio universal, esto ni siquiera puede ser apreciado. Sin embargo hacer el Oso nos permite imbuirnos por completo de su espíritu con una simplicidad tal que desafía abiertamente a nuestra inteligencia.

Naturalmente, nadie dice que el Oso deba sustituir a las formas más desarrolladas; sino que, por el contrario, es una introducción insuperablemente simple al Tai Chi que no traiciona en lo más mínimo su esencia.

Además de ser más accesible sin comparación, la rutina del Oso tiene un buen número de ventajas: No requiere un espacio amplio como las formas de Tai Chi tradicionales, siendo ideal tanto para interiores ventilados como para espacios exteriores; tampoco exige cambiarse de ropa ni esperar mucho tiempo después de las comidas. Dado que no hay que memorizar muchas formas, la atención se hace más inquisitiva desde el principio y emprende sin demora la búsqueda de lo que está más allá de ellas.

Otras grandes ventajas están relacionadas con la investigación en geriatría, rehabilitación, y los efectos médicos del Tai Chi o el qigong. Todo se simplifica enormemente cuando la población de muestra para un determinado estudio sólo tiene que aprender y practicar un elemental movimiento. Además, la mayor parte de estos ejercicios para mantener o recuperar la salud demandan que el practicante cuente de entrada con una condición física mínima, mientras que un movimiento como el Oso, que admite una amplísima gradación de intensidades, lo puede practicar cualquier persona de cualquier edad que cuente simplemente con las fuerzas necesarias para andar y mantenerse en pie.

La importancia del ejercicio de cualquier tipo para el mantenimiento de la salud no puede subestimarse, pues se trata de algo que ni siquiera las condiciones más favorables pueden sustituir. Sabemos de sobra, sin embargo, que las circunstancias en que casi todos vivimos están muy lejos de serlo, que nuestro organismo tiene que librar un combate continuo contra todo tipo de agresiones del entorno —físicas, químicas y psicológicas-, y que las sociedades más desarrolladas, con el envejecimiento de la población, se ven abocadas a una crisis sanitaria de grandes proporciones.

Pues está claro que los grandes triunfos del modelo biomédico contemporáneo han sido la lucha contra las enfermedades infecciosas, debida tanto a la mejora de las condiciones higiénicas como a las propiamente médicas, y los prodigiosos avances de la cirugía. Pero todo eso, y lo que aún quede por avanzar en esa dirección, tiene muy poco que decir sobre las enfermedades degenerativas, que no son sino la postrera manifestación de cómo hemos vivido. Y aunque no se dejarán de probar nuevas tecnologías para evitar la inevitable reacción de la naturaleza en nuestra propia carne, no será sin grandes costes, tanto económicos como morales.

Envejecer es como arruinarse: primero ocurre poco a poco, luego de repente. No se puede engañar a la naturaleza, no se puede revertir sin más un proceso que ha llevado muchas décadas gestarse antes de aflorar. Verdaderamente, quien crea lo contrario, cree en la magia; pero ya se sabe que la medicina moderna se basa en gran medida en la idea de que hay una «bala mágica» para todo. Si hemos podido llegar a creer en estas cosas, es por el muy breve tiempo transcurrido entre los grandes triunfos de la medicina y la acumulación de los efectos perniciosos de la vida moderna, que apenas empiezan a manifestarse. Y es que, además, el mismo éxito en alargar la duración de la vida multiplica la incidencia y peso de las enfermedades degenerativas. Sin duda la percepción de estas serias cuestiones cambiará mucho tan sólo de aquí a treinta años, por no hablar de escalas de tiempo mayores.

En el extremo opuesto, nos encontramos que el mayor problema hoy y en el futuro para la formación de los más jóvenes es la hiperactividad y la incapacidad de mantener la concentración, conocida clínicamente como «déficit de atención». Por supuesto, hay todo tipo de niños, y los impulsos individuales, junto al entorno familiar, son una gran parte de la cuestión. Pero antes de convertir al niño en un enfermo sujeto desde edad temprana a medicación, es necesario admitir que el primer factor de desequilibrio es nuestra apresurada sociedad enviando sin cesar estímulos contradictorios y produciendo todo tipo de excitación artificial.

En este contexto de permanente excitación mental, creo que estaría muy bien invitar a los niños a «imitar el movimiento del Oso» para que la energía de su cuerpo, que sube continuamente a su cabeza y se extiende a la periferia por la demanda que ocasiona la sobreestimulación, descienda de nuevo hacia su centro de gravedad natural. Uno podría pensar que un ejercicio como éste es demasiado lento para la impulsividad infantil, pero si sabemos combinar hábilmente los elementos de imitación y el juego paradójico entre los extremos, como sentir velocidad cuando uno se mueve lentamente, y al contrario, y sentirse ligero al bajar en la postura y pesado al elevarla —algo que los niños aman y a lo que se sienten muy dispuestos—, podemos reconducirlos a la serenidad y ayudarles a crear armonía en su propio medio interno. Hay para ellos un gran fascinación en moverse entre dos puntos oscilantes que tranquiliza la mente y el ánimo. Esto podría ser una gran ayuda, tanto para una genuina educación física, como para la formación del carácter.

*

Las cinco artes o excelencias de las que habló Cheng Man Ching y que siempre consideró como expresiones varias de un mismo principio rector fueron la caligrafía, la poesía, la pintura, las artes marciales y la medicina. Que el Tai Chi y la caligrafía con pincel comparten la misma idea rectora es algo bastante evidente: el pincel se ha de sostener vertical y con la muñeca suelta, del mismo modo que en Tai Chi la columna debe estar recta y con todas las articulaciones tan libres de trabas como se pueda.

En cuanto a la poesía y la pintura, también está claro que ambas aspiran a la «suspensión de la realidad ordinaria», en verdad sólo un sesgo extremadamente parcial; esto es, aspiran a suspender la intención y los más estrechos propósitos utilitarios para acceder a una economía, una eficacia, y una lógica más abarcantes y de un orden superior. ¿Y qué es el Tai Chi sino la indagación y puesta en práctica de la Ley de la Levedad, de un uso del movimiento que aspira a suspender el sentido del Tiempo?

Así pues, el hermanamiento de estas disciplinas tendría que resultar natural. La conexión con la medicina china tradicional, tan abierta a los matices, tampoco era muy problemática; la auténtica dificultad ha surgido con la biomedicina, y en general, con la fisonomía de la ciencia moderna. Y sin embargo no es imposible que aquí nos aguarden sorpresas, una vez que hayamos hecho los deberes y se depuren conceptos más enfocados en un interés particular que general.

En Tai Chi se utiliza el movimiento para acceder a un potencial que siempre mantiene un fondo indefinido. Junto con otros muchos maestros, Cheng Man Ching ha podido decir que «la quietud en el movimiento es verdadera quietud». En física, la fuerza en movimiento tiene preeminencia y todo se deduce a partir de ellos: masa y movimiento, energía cinética y potencial están bien definidos… por definición, y en campos, también, por elección. Ahora bien, los sistemas donde en la práctica estos componentes no están bien definidos son legión: desde la biomecánica del propio cuerpo humano hasta el clima, pasando por la economía. En realidad, todo lo que tiene un margen de incertidumbre interno se puede interpretar como algo más que indeterminación.

Dicho de otro modo, la física se ocupa de la reacción de los sistemas sujetos a fuerzas externas, mientras que el Tai Chi, como nos recordaba Cheng en su poema, indaga en «la respuesta natural a una fuerza externa cuando no es percibida como tal». Parece un acertijo insoluble, y sin embargo resume de algún modo tanto las diferencias como las posibles formas de contacto entre ambas perspectivas.

¿?

Una partícula cargada siente el potencial
incluso allí donde los campos eléctrico y magnético son cero
los físicos dijeron que era incomprensible
y que así son las cosas de la mecánica cuántica
pero hoy se admite que ocurre un poco en todas partes
enroscando una bombilla
o aparcando en paralelo
lo llaman desplazamiento o fase geométrica
cambio global sin cambio local
La serpiente se vale de ello en su avance
o el gato que se revuelve al caer
y que tanto asombraba a nuestro amigo Maxwell

«Los potenciales son traicioneros»
dijo mister Heaviside,
que quiso declararlos proscritos
pero no son más extraños que tú y yo
cuando no hacemos nada
sin que por ello desaparezcamos

El Oso lo percibe
incluso cuando parece que hace el tonto
vacilando de un lado a otro
cayendo hacia adelante y hacia atrás
se mantiene sin embargo en pie
y aprende a andar antes del primer paso

Subiendo y bajando
torna y retrocede
alterna y simultáneamente
se ahueca y se suelta
se carga y se libera
se afirma y se dispersa
describe el vórtice esférico del mundo
sin levantar las plantas del suelo
acecha al Medio Invariable
y despeja el camino de su ascenso y descenso

Entre el Cielo y la Tierra
desde el fondo hasta lo alto
más allá de las palabras
se insinúa
la lenta puerta a lo sublime

Todos asociamos de forma inmediata la rigidez con la muerte, nuestro instinto lo sabe muy bien sin que nadie se lo explique. El Taoísmo aspiró siempre a armonizar la inteligencia y el instinto, puesto que sin ambos no podemos sobrevivir ni como individuos ni como especie. Un cuerpo rígido no puede hacer equilibrios sobre una tabla, se cae o no se cae; pero un cuerpo flexible y con márgenes internos hace las dos cosas a la vez, pues también sabe caer hacia dentro para seguir de pie. Aún queda mucho por aprender de estos los motivos más simples —o no, según se entienda la palabra «aprender».

Lo mejor de ser aspirante es que exige inspiración, pues sólo el sabio o el muerto no la requieren. El sabio, por su parte, probablemente no observa la quietud porque sea necesario, sino para honrar lo potencial: y aunque esto se halle en todo, difícilmente puede hacerse patente entre lo que se mueve, salvo por el hecho mismo de que se mueve. Desde este punto de vista, el movimiento conforma la parte más trivial de la realidad, por más que nada lo sea. Cuando un potencial se explota, retrocede; cuando se observa y se aprecia, enriquece. Entre ambos extremos habría un cierto margen de uso responsable que conviene no sobrepasar. Allí donde existe incertidumbre, existe siempre también la posibilidad de poner nuestra balanza para aprender donde se encuentran los límites, pero mientras nuestro estudio de «la» naturaleza se atenga sólo a la explotación y a la predicción, nunca interesará demasiado cómo podemos hacerlo.

*

El Tai Chi ha sido uno de los mejores embajadores de la cultura china en el resto del mundo, y Cheng Man Ching ha tenido su buena parte en este proceso de apertura y difusión. Aun así es como si una parte importante de su legado estuviera esperando a dar frutos. Ahí está sin embargo el pozo; que se saque o no agua de él no es asunto suyo, ni reclama derechos de propiedad.

Sin duda existen en el mundo diversos países y climas, pero para la Nación del Tai Chi, orientada hacia el Polo, todas las regiones convergen.

Oso blanco y oso negro,
lo importante no es que cacen ratones
sino que juntos den con la miel

Ya veo a la gente reuniéndose entorno a una tabla, una piedra o una losa inestable discutiendo sobre la mejor manera hacer el Oso y hablando de cómo han recobrado agilidad, seguridad en el andar y esa maravillosa despreocupación y ligereza que tenían de jóvenes. Y en verdad, si se persevera en la práctica y no se abandona, uno llega a andar como nunca lo hizo antes, porque el cuerpo-movimiento ha dado con una capacidad y unos grados de libertad enteramente nuevos. Y aunque la paciencia siempre compensa, dedicándole el tiempo suficiente los efectos empiezan a notarse desde el primer día.

Naturalmente, tratar de encarnar el Taijitu y de entrar en fase con él es bastante más que un ejercicio físico. Es una ayuda y un medio creativo para el autocultivo, que nos permite establecer una relación directa e infinitamente matizada entre lo más alto y lo más bajo de nosotros, entre el instinto y la inteligencia, entre la fuerza y la sensibilidad. No es necesario extenderse sobre algo que sólo la práctica permite comprender.

Notas

1 Cheng Man Ching, Master of Five Excellences, p. 113-117; traducción de Mark Hennessy. Frog Books, 1995.

2 Ibid.

3 Ibid.

4 Cheng Man Ching, Taichi, https://taiji-forum.com/tai-chi-taiji/tai-chi-philosophy/poem-prof-cheng-man-ching/ https://taiji-forum.com, Author Nils Klug.

5 Lars Bo Christensen, Tai Chi -The True History and Principles, 2016, ISBN 978-1539789314. Véase también Fighting Words de Douglas Wile, 2016: http://www.wooddragon.org.uk/fighting_words.pdf

6 Cheng Man Ching, Master of Five Excellences, p. 113-117.

7 Ibid.

8 Ibid.

9 La forma desarrollada por Cheng Man Ching es un estilo Yang más alto, y la del Ruyu desarrollada por el maestro Chen Qu Kuan (conocido como C. K. Chen) es heredera de la de Cheng pero aún es considerablemente más derecha y relajada, sin que, según sus defensores, se sacrifique la potencia.

10 Sam Edwards & Frank Broadhead, C.K. Chen’s Vertical Axis Taijiquan
http://oldoakdao.org/yahoo_site_admin/assets/docs/Ruyu-Like_a_Tree_Frank_Sam.1210359.pdf

11 Las directrices de la escuela Ruyu que Jacob Newell me recordaba en una comunicación personal son: 1) mantener el peso correctamente equilibrado en la fuente burbujeante – en Ruyu-Taiji llamamos «fuente burbujeante» a la mitad del arco (no al punto Riñón-1); 2) mantener la rodilla flexionada pero no demasiado; 3) «song-kua» que significa relajar y permitir que se hundan las caderas en el surco inguinal; 4) dejar caer la parte baja de la espalda, pero no forzándola; 5) colgar de la coronilla (bajar la barbilla pero mantener la garganta abierta); 6) los hombros se relajan, los codos se hunden, las axilas respiran; 7) separar completamente el cambio de peso del giro —esto es específico de Ruyu, y no todos los estilos que provienen de Cheng Man Ching lo hacen. El giro debería realizarse sólo tras haberse consolidado el peso en el otro pie, y es éste, más que la cintura o la columna, el que actúa como pivote. Esto favorece decisivamente la sensación de arraigo y la circulación a fondo de la energía.

12 Cheng Man Ching, Master of Five Excellences, p. 113-117

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