LA REVOLUCIÓN QUE SÍ OCURRIRÁ: CHINA Y EL FUTURO DE LA TECNOCIENCIA

Ya se empieza a decir que este año 2020 podría marcar el comienzo del Siglo Asiático, o si se prefiere, del Siglo Chino; aunque no encontraremos a analistas chinos entre los que afirman tales cosas. Los autores que insisten en esta lectura apuntan, por ejemplo, al claro liderazgo de China en un sector tan estratégico como la 5G, o la inminente aparición del yuan digital, que podría hacer que tarde o temprano la hegemonía del dólar se derrumbe. De que China juega en serio caben ya pocas dudas.

Sin embargo esta necesidad que China tiene de hacer las cosas independientemente y a su manera se interpreta demasiado a menudo como una política agresiva o expansionista en Occidente, sin querer ver que es el mismo Occidente el que ha creado estas reglas abusivas en las que el ganador se lo lleva todo. En los próximos años no vamos a dejar de ver cómo aumenta la rivalidad por la supremacía tecnológica, con la acostumbrada guerra de acusaciones y descalificaciones dirigidas casi en exclusiva por una sola de las partes.

Pero aquí quiero tocar un tema mucho más vasto que el de la competición tecnológica y que sin embargo no está recibiendo la atención de nadie. Me refiero a la relación de la ciencia con la tecnología para conformar un todo, eso que hoy llamamos Tecnociencia. La tecnociencia es la acción recíproca o continuidad existente entre las aplicaciones utilitarias y el desarrollo del método científico, entre práctica y teoría, entre el poder y el saber. Poder y saber se limitan mutuamente, pero los modernos estudios sobre la tecnociencia, de forma increíble, no saben todavía nada sobre cómo y de qué depende que saber y poder se autolimiten —de forma totalmente involuntaria y espontánea.

Para empezar a saber algo de esto, se necesitarían contraejemplos, es decir, deberíamos poder contrastar lo que ahora tenemos con otros desarrollos de la ciencia y la tecnología del mismo nivel pero realmente independientes. Sin embargo, en los países occidentales se insiste de manera llamativa en que sólo hay una forma posible de hacer ciencia, que es justamente la misma que propugnan y controlan esos países.

Este es un supuesto tan abrumadoramente aceptado que ni siquiera necesita ilustraciones; pero aun así traeré un ejemplo a colación para que apreciemos cómo suena cuando alguien quiere ponerlo en palabras. En un artículo de Foreign Policy de hace poco más de dos años, titulado “El futuro de la física de partículas vivirá y morirá en China“, su autor se lamenta de que el próximo y costosísimo superacelarador de partículas ya no lo construirán los europeos o los americanos, sino los chinos. Y lo malo no es eso, sino que los investigadores occidentales tendrán sólo el rango de observadores invitados, en lugar de decidir qué experimentos se realizan o cómo se filtran los datos [1].

Así que para impedir que tal cosa suceda, el autor no deja de invocar la universalidad de la ciencia: los chinos deben saber cuanto antes que no existe “una ciencia con características chinas”, sino ciencia sin más, que, sólo por casualidad, no es otra que la que se decide en los despachos de Princeton, Cambridge o Ginebra. Es decir, los chinos deberían darse por muy satisfechos con pagar el proyecto, mientras observan y aprenden de los creativos científicos americanos cómo se le saca partido a una inversión. Nos lo dice Foreign Policy, nada menos.

Huelgan los comentarios ya que este tipo de posturas, a las que estamos demasiado acostumbrados, se descalifican por sí solas. Por lo demás, los megaproyectos de la Big Science occidental con sus enormes inercias siempre han sido el peor lugar que pueda imaginarse para el pensamiento crítico, puesto que tamañas inversiones obligan a justificar dichas empresas a cualquier precio. Eso lo sabe hasta el último operario que ha participado en ellas.

Es precisamente por esto que los científicos chinos tienen muy buenos motivos para desconfiar. Por el contrario, las autoridades chinas podrían considerar seriamente si merece la pena invitar a científicos occidentales a los que, libres ya de tener que justificar sus propios proyectos, se les reavivaría todo ese espíritu crítico que han tenido que guardarse para mejor ocasión.

Si no hay una ciencia china, americana o europea, sino una ciencia internacional sin más, ¿por qué alarmarse de que China haga sus propios experimentos? Deberían relajarse y esperar tranquilamente los resultados, y dar gracias porque se les ahorre tanto dinero y trabajo; pero parece que hay algo más en todo esto.

El caso más manido de “preocupación” por lo que puedan hacer los científicos chinos lo tenemos en la biotecnología y la manipulación genética, especialmente en lo que afecta a los seres humanos. Pero, una vez más, no son los chinos los que han inventado la clonación, ni los que han puesto en circulación la idea hoy universalmente aceptada de que los genes no son nada más que “información”, ¿verdad? Y sin embargo esta última reducción es lo primero que habría que impugnar, pues es lo que nos ha conducido a la manipulación indiscriminada de la vida. Por lo demás, está claro que ninguna corporación privada va a tener a este respecto niveles de exigencia más elevados que los gobiernos.

Pero aunque estos temas ya atraen a los medios de comunicación y son objeto de discusiones, aún se sitúan en los niveles más groseros del debate —aquellos propios de la propaganda, la sospecha y la acusación velada o abierta. Lo que aquí quiero plantear, y nadie ha planteado todavía, es un desafío de mucho mayor alcance para nuestras ideas y nuestra imaginación, y seguramente para el futuro de la humanidad. Lo que aquí quiero plantear es si China será finalmente capaz de desarrollar una ciencia, o una tecnociencia, realmente diferentes de las que hasta ahora ha desplegado Occidente.

Se ha convertido en un tópico hablar de la falta de originalidad de los investigadores chinos, ignorando sistemáticamente el enorme esfuerzo que ha supuesto para ellos ponerse al día y adaptarse a unas reglas del juego completamente ajenas a su mentalidad. No nos damos cuenta de que esta “falta de originalidad” no es sino el efecto de pertenecer a una cultura que ha sido la más diferenciada y original del mundo, pero en la que además se ha dado la trágica circunstancia de una amputación de sus tradiciones autóctonas.

Son estas dos circunstancias simultáneas, una modernización tan rápida como jamás se ha visto, junto a la desgraciada destrucción de sus propias tradiciones, lo que ha creado esta imagen coyuntural y momentánea del chino como falto de originalidad, que sería muy fácil de desmentir con sólo hacer un poco de memoria. Por otra parte, China ha tenido una maravillosa tradición de filosofía natural única en el mundo, pero su concepción de la Naturaleza hasta ahora ha sido incompatible con los estándares del positivismo modernos. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a un conjunto de tradiciones englobadas bajo el nombre de “taoísmo”.

La ciencia moderna, desde Descartes, se basa en la idea de un yo separado del mundo. Para la tecnociencia actual, que la inteligencia esté totalmente separada de la naturaleza es condición indispensable para recombinar todos los aspectos de la naturaleza a nuestro antojo: átomos, máquinas, moléculas biológicas y genes, o la interfaz entre cualquiera de ellos bajo el criterio mínimamente comprometido de la información. Se trata de la condición de lo que llamo nuestro material-liberalismo o liberalismo material.

Sin embargo, aunque el taoísmo no desempeñó ni mucho menos un papel central en la sociedad china anterior a la Revolución, si ha permanecido para ella la exigencia de reintegrar la inteligencia a la unidad del ser, a la unidad de la naturaleza de la que nunca ha dejado de formar parte. Y la misma amputación violenta de una parte tan consustancial de la cultura china continua demandando una reparación, que tendrá lugar tarde o temprano.

El gran sinólogo inglés Joseph Needham planteó hace tiempo una pregunta famosa conocida como “la cuestión de Needham”, a saber, por qué no fue China sino Europa la que llevó a cabo la revolución científica moderna, cuando era la civilización china la que efectivamente estaba mucho más avanzada en el plano material de las industrias, inventos y logros tecnológicos.

Se trata de una pregunta que ha suscitado un amplio debate entre los historiadores, pero que a mi juicio aún se confronta con una más que notable ingenuidad. Se dice por ejemplo que no tiene sentido hacer preguntas contrafácticas, y en cierto sentido eso es evidente. Pero incluso así estamos dando por supuestas muchas cosas. La primera, que el desarrollo tecnológico ha sido bueno, y no haberlo promovido, un error. La segunda, es que la historia ha terminado, y que no habrá ya más giros inesperados en la relación entre ciencia y tecnología. La tercera, relacionada con la anterior, es que a todos nosotros ya sólo nos queda adaptarnos a un rumbo inexorable y que no podemos darle un cambio de sentido. Y todo esto, que ahora nos parecen hechos consumados, no son más que meras suposiciones.

Se ha creído entender que durante la dinastía Ming (1368-1644), justo antes de la revolución científica europea, cuando el número de invenciones chinas parecía acercarse a una masa crítica, la clase dirigente decidió frenar el desarrollo tecnológico por considerarlo una amenaza para la estabilidad social. Y seguramente esta habría resultado la decisión más sabia, de no haber sido porque otros pueblos menos desarrollados y en lucha permanente al otro lado del continente euroasiático fueron incapaces de ponerse un freno. El resultado ya sabemos cuál fue.

A los occidentales se les ha llamado durante mucho tiempo en China “bárbaros”, y no creo que sea una calificación inapropiada a juzgar por su comportamiento general en el mundo. Sin duda Occidente a tenido grandes valores, pero pensar que nuestros valores son superiores al resto de las civilizaciones debido al avasallador éxito material de su modelo demuestra una concepción bien baja de lo que significa la palabra “valores”. Y lo mismo podría decirse de la antigua civilización china antes de su decadencia, si sólo somos capaces de juzgarla por su desarrollo material.

Hoy vivimos en plena barbarie tecnológica, y la creencia, impulsada desde arriba, de que la solución a todos nuestros problemas reside en la tecnología nos conduce hacia el peor de los mundos posibles. Lo mismo cabe decir del programa gemelo que nos asegura que la sociedad ha de existir para la economía en vez de la economía para la sociedad. Se trata de programas inseparables cuya mera asunción es ya la mayor de las derrotas, pues una vida regida por el funcionalismo ni siquiera es digna de ser vivida.

Y es Occidente, y no China, quien ha expandido este programa a sangre y fuego por el mundo. Pero cuando China ha tenido que asumirlo hasta sus últimas consecuencias, aunque sólo fuera para sobrevivir, nos asusta y hasta nos horroriza —porque nos devuelve en un reflejo no sólo lo que no vemos de nosotros, sino sobre todo lo que no queremos ver: que nuestras vidas no tienen más sentido que las suyas, por más que nos empeñemos en que nosotros somos los buenos y los que hacemos las cosas con alma y originalidad.

Y aquí viene mi primer juicio y mi primera “predicción”. Occidente ha sido incapaz de domar la tecnología y su deriva que nos lleva a galope hacia la infamia. En esto su fracaso es tan espectacular como el propio desenfreno de la esfera funcional, tecnológica y económica. Sin embargo, si China es realmente capaz de asimilar y hacer suyo el método científico moderno —algo que hasta ahora sólo ha hecho en apariencia-, su mayor empeño residirá precisamente en dominar lo que nos domina y gobernar lo que hoy nos resulta ingobernable.

Es decir, volvería a los mismos reflejos de la dinastía Ming, cuando aún era el imperio más poderoso de la Tierra —sólo que en un mundo que ya no tiene absolutamente nada que ver con aquel, y en el que la vuelta atrás resulta sencillamente imposible. Y esto a mi me parecería digno de alabanza, pues demostraría que aún hay cierta sensatez en este planeta. Entonces, el mayor peligro no es que los chinos desarrollen “una ciencia con características chinas”; el verdadero peligro es que no la desarrollen.

Es más, Occidente debería facilitar todo lo posible este proceso, y contribuir a él con lo mejor de su inteligencia. Primero, porque si se liberan ellos, también nos liberamos nosotros. Y segundo, porque pisamos un jardín de senderos que se bifurcan. Aquí no hay malos ni buenos, sino buenas o malas decisiones. Y lo bueno puede convertirse pronto en malo y viceversa, como ha ocurrido toda la vida.

Si continuara el guión de la historia conocida, China podría darle un sentido social y colectivista a la nueva revolución de la tecnociencia; los Estados Unidos, uno individualista o basado en el entretenimiento y el consumo; y otras partes del mundo, como Europa, Rusia, o India, tendrían que elegir entre los modelos disponibles o desarrollar los suyos propios. Las monedas digitales o criptodivisas ya nos van a situar bien pronto en este terreno de las decisiones delicadas y las esferas de influencia; pero no son sino una pequeña parte de cambios mayores que se avecinan en nuestra forma de ver y actuar en el mundo.

Creo que en un mundo donde todo está revolucionado esperar o hablar de revoluciones es como querer empujar a alguien que cae —algo innecesario y sin efecto. Y lo mismo puede decirse de todo los cambios “revolucionarios” en la ciencia y la tecnología, que no son sino sucesivas ondas concéntricas de un único gran impacto que tuvo lugar en el siglo XVII. Pero de lo que estoy hablando no es de la presente “revolución tecnológica”, ya que eso, aunque nos arrastre, es poco más que inercia consentida. Pues si hoy no nos apercibimos de que esta deriva simplemente nos arrastra, ¿cuándo nos daremos cuenta?

La “revolución” de la que hablamos requiere por el contrario una voluntad activa capaz de desviar el curso de los acontecimientos sin oponerse frontalmente a la corriente, lo que pocas veces tiene sentido. Esa voluntad política hoy sólo parece tenerla China, porque aún es plenamente consciente de que se mueve en desventaja en un mundo en el que no ha hecho las reglas. Y las reglas científicas y tecnológicas, son básicamente convenciones y estándares. Si esto ya lo afirmaba Poincaré en 1900, teniendo una idea de la ciencia infinitamente más elevada y exigente que la actual, no sé qué tendríamos que decir ahora. En cualquier caso los científicos e ingenieros chinos lo perciben con dolorosa claridad. ¿Acaso no hablan los propios científicos del modelo estándar de cosmología o el de física de partículas?

En la Gran Ciencia moderna hay muy poco lugar para la originalidad, y sin duda es por eso que se habla tanto de ella. Esto es hasta tal punto así, que los que realmente quieren hacer cosas diferentes tienen que abandonar la investigación cuando experimentan en carne propia la aplastante realidad de la fabricación del consenso a escala industrial. Al menos eso es lo que dicen muchos investigadores que ha tenido que optar por buscarse otros medios de vida, y se puede estar seguro de que no son mediocridades sino más bien todo lo contrario.

Lo de la originalidad es un reclamo típicamente americano de relaciones públicas para extraer ilusión y dar una imagen “positiva” y fresca de la investigación científica. La ciencia a gran escala nunca puede ser original, ni en Boston, ni en Londres, ni en Pekín. A esto se suma la circunstancia de que en la ciencia occidental, es decir, en la hegemonía americana de la ciencia mundial, la competencia científica, como la neutralidad de los mercados y todo lo demás, es algo en su mayor parte ficticio, que se reduce a quiénes se llevan los premios de consolación y las partes menores del botín. Todo lo fundamental está fuera de cuestión, sólo queda “innovar” en aquello que a uno se le permite.

No decimos esto con espíritu de polémica ni para denunciar nada, sino para traer a la memoria que una “ciencia libre” y “una ciencia sin más”, tal como se pretende en Occidente, son cosas absolutamente contradictorias e incompatibles. Ya desde los tiempos de la Roya Society de Newton se comprendió claramente que la ciencia era otra forma de conquistar el mundo y las mentes de sus habitantes. La “ciencia sin más” de hoy es un fenómeno tan natural y “espontáneo” como la hegemonía del dólar, y seguramente no va a durar más que esta, pues ambas viven de nuestra confianza.

Y precisamente aquí empieza lo interesante. Todo lo que hoy nos parece inevitable, y como caído del cielo, tiene todavía un margen casi ilimitado de cambio en un sentido o en otro. Por ejemplo, la actual internet en la que ya casi hasta respiramos, puesto que internet y su revolución digital tampoco es un producto de la tecnología sin más, sino de la forma que a la tecnología le ha dado y le sigue dando Silicon Valley.

Pero todo esto, por más que dé forma a nuestro actual entorno, aún es muy superficial. Los cambios más profundos no dependen meramente de la tecnología, sino de la relación específica entre las teorías científicas y las aplicaciones prácticas, y es justamente en esto que hay mucho más de lo que se ve a simple vista.

Los Estados Unidos hicieron su oficiosa toma de poder de la ciencia mundial a la sombra del proyecto Manhattan y otras investigaciones militares de la gran guerra. En torno a 1948, cristalizan la electrodinámica cuántica, la cibernética y la teoría de la información. Cinco años más tarde se identifica la hélice del ADN, que también sería reducida pronto a la nueva categoría reina de la información.

Todos estos desarrollos tienen una gran continuidad con la ciencia europea de entreguerras y el cambio es sólo de énfasis, hacia un enfoque más “algorítmico”. La electrodinámica cuántica, por ejemplo, que se nos ha vendido como la “joya de la física”, no es sino una proeza del cálculo que nada nuevo añade a las ya diversas formulaciones de la mecánica cuántica de Schrödinger, Heisenberg o von Neumann. La teoría de la información recicla el concepto de entropía de la ya vieja mecánica estadística y lo aplica a máquinas y canales de comunicación. La cibernética es un desarrollo gradual de la teoría del control y la estabilidad a la que Wiener aporta muchas contribuciones nuevas pero con un monumental agujero estratégico en su centro que la ciencia actual ni siquiera ha percibido.

En definitiva, y para decirlo claramente: si la toma de posesión de la ciencia americana resultó poco traumática para los europeos, fue más que nada debido a la escasa originalidad de sus aportaciones. Se trataba sólo de un pequeño cambio de acento en el programa general, despejando el camino de obstáculos y escrúpulos innecesarios. Sin embargo, en el caso de que China llegue a hacer realmente suyo el método científico, y no sólo las aplicaciones tecnológicas, la transformación será incomparablemente más profunda, y hasta cierto punto, una antítesis de todo lo que Occidente ha conocido. De hecho, esto es lo único que podría equipararse en magnitud a la revolución científica del barroco.

¿Y qué aspecto podría tener este nuevo Tao de la Tecnociencia? Eso nadie lo sabe, ni tiene que ser algo de lo que ahora haya que preocuparse. Mucho más importante es darse cuenta de que efectivamente existe ese Tao de la Tecnociencia, es decir, hay una relación de dependencia recíproca entre teoría y práctica que determina el alcance de nuestra visión, nuestra interacción con la naturaleza y sus resultados.

Esta dependencia no se ha calibrado ni remotamente debido a una típica presunción occidental. Distinguimos entre ciencias “duras” y abstractas que hacen predicciones, como la física matemática, y las ciencias “blandas”, descriptivas, mucho más cercanas al mundo de apariencias en que vivimos y con un papel mucho menos relevante para las matemáticas: las ciencias naturales, la biología, la cosmología.

Ambos tipos de ciencia necesitan concurrir en alguna medida para dar coherencia de nuestro mundo: son como la recreación subjetiva que hacemos del tiempo por el juego mutuo entre la memoria y la anticipación. Sin embargo la ciencia occidental cristalizó con las ciencias predictivas y la aplicación de la matemática a la física; y luego añadió suplementos descriptivos para la inmensa mayoría de los fenómenos que no admiten la predicción. Se trata de circuitos de razonamiento paralelos, pero es su grado de conexión lo que decide lo que podemos imaginar y lo que no.

Siempre me gusta dar un ejemplo que expone la conexión de práctica y teoría en la ciencia moderna. En 1956 Bohr y von Neumann llegaron a Columbia para decirle a Charles Townes que su idea de un láser, que requería el perfecto alineamiento en fase de un gran número de ondas de luz, era imposible porque violaba el inviolable Principio de Indeterminación de Heisenberg. El resto es historia. Sin embargo ahora lo que se dice es que la mecánica cuántica predice y hace posible el láser. En una palabra, los teóricos son expertos en colgarse las medallas del duro trabajo de los científicos experimentales e ingenieros, que en realidad han tenido que luchar con una teoría que casi les hace imposible figurarse las cosas.

Pero está claro una teoría que puede llegar a “predecir” cualquier cosa a posteriori no es una gran teoría, sino una gran racionalización, y esto vale para cualquier tipo de construcción teórica. Piénsese por ejemplo en la electrodinámica cuántica, que resta infinitos de infinitos en ciclos recurrentes de cálculo hasta llegar al resultado esperado. Hoy todo se justifica en nombre de la predicción, pero también los epiciclos de Ptolomeo tenían una capacidad predictiva insuperable para su época.

A los occidentales se nos da muy bien especular, del mismo modo que los chinos son alérgicos a las teorías. Los occidentales decimos: “no hay nada más práctico que una buena teoría”, porque vemos el provecho que le extraemos, pero lo que no vemos es el coste de adherirse a ella. Cualquiera puede hacer teorías, lo difícil es sustraerse a la tentación de formular una. Es típico del genio especulativo occidental sobrestimar el papel de la teoría hasta el punto de creer realmente que la Naturaleza obedece a sus ecuaciones. Hasta tal punto ha olvidado las mañas de su ingeniería inversa.

La tecnociencia tiene como su asunto propio la relación entre la práctica y la teoría. Es un hecho que debemos a China más invenciones técnicas que a cualquier otra cultura antes de la revolución científica; sin embargo el método hipotético-deductivo moderno y sus procedimientos son muy diferentes de los antiguos métodos chinos de observación, inferencia e invención. Hay aquí un serio problema de compatibilidad que aún no se ha resuelto, pero también hay un camino para conseguirlo.

Debería saberse de que se pueden cambiar los principios, métodos e interpretaciones de la ciencia y aún tener las mismas observaciones y predicciones; por lo tanto, es sólo cuestión de tiempo que los científicos chinos adapten los resultados de la ciencia moderna a su propia forma de ver las cosas. Esto es perfectamente legítimo; lo que no es legítimo es querer prescribir a otros cómo tienen que entender la naturaleza.

En realidad la ciencia actual ha agotado su potencial teórico y se encuentra en un callejón sin salida. Ha abusado hasta tal punto de la especulación, y ha recogido tan bien toda la fruta baja de las cosas predecibles, que ya sólo le queda repetir los mismos trucos una y otra vez. Con un control férreo de la producción científica, se ha eliminado la competición real y se ha marginalizado a las voces disonantes. Por otra parte, el mismo proceso de diferenciación y especialización tiene un carácter eminentemente irreversible.

El problema no es que haya una ciencia americana, china, o europea, sino que la ciencia no puede ser muy diferente de la sociedad en la que tiene lugar y a la que sirve; y por lo visto, parece ser que aún estamos hablando de sociedades muy distantes en sus objetivos y supuestos.

En la ciencia, como en la vida, lo importante es no querer solucionar los problemas que uno mismo no se ha planteado. Lo que hoy impera no es ni “la ciencia occidental” ni la “ciencia internacional”, sino el sistema anglosajón de extracción de talento de la reserva global, que decide qué problemas y enfoques le convienen y resultan pertinentes, todo ello con campañas ininterrumpidas de propaganda y relaciones públicas.

En esta situación de abrumadora hegemonía, si no existiera China, la historia y la naturaleza la habrían tenido que inventar. La óptica nacional tiene un alto grado de contingencia, pero la apariencia misma se resiste a ser reducida a un solo principio. Lo unilateral de la supremacía americana y sus excesos no podían dejar de crear un enorme vacío en otras áreas que tiene que llenarse de alguna forma, y la ciencia y la tecnología sólo son manifestaciones de algo más general. A esto lo solíamos llamar “dialéctica”.

La ciencia china conseguirá armonizar la parte descriptiva y la predictiva, así como sus principios, medios y fines. Nadie lo podrá impedir, y cuando lo consiga, nos daremos cuenta de lo primitivo, miope e improvisado que ha sido el avance científico durante estos cuatrocientos años —especialmente en esta última época de la ciencia de los despachos. Hablaremos de estos tiempos como de “la era de la predicción” y “la religión de la predicción”, algo muy parecido a la fiebre del oro de California y la conquista del Oeste, en la que los pistoleros se desafiaban a ver quién tenía la predicción más gorda.

Sin embargo, ningún grado de conocimiento ni de desarrollo científico nos llevará por sí solo a un mundo mejor. Esto depende de algo muy diferente. Aún así, la polis ha salido de la physis, las culturas son una segunda naturaleza, y el hueco indeterminado que media entre la primera y la segunda naturaleza define nuestro plano de existencia.

Nos ha costado cuatrocientos años tejer toda esta fantástica trama del conocimiento, pero no se requieren cuatrocientos años más para darle la vuelta a un guante sin romperlo, ni mucho menos. Mientras los gestores científicos se preocupaban del control, se ha desperdiciado por completo la enorme ventaja que nos daba la perspectiva histórica. Tendrán que ser otros los que se beneficien de ello.

No, no estamos hablando de la llamada Cuarta Revolución Industrial, sino de la Segunda Revolución Científica, que es algo completamente diferente y ni siquiera ha empezado. A Europa, cuando aún se llamaba a sí misma la Cristiandad, le llevó siglos asimilar los procedimientos experimentales de la cultura árabe, que se combinaron con la propensión griega por la teoría. Ahora estamos hablando de un proceso de transformación cultural de un alcance como mínimo semejante, y probablemente mayor, pero al que podremos ver tomar forma ya en esta misma década de los años veinte.

No, no estamos hablando de la llamada Cuarta Revolución Industrial, sino de la Segunda Revolución Científica, que es algo completamente diferente. A Europa, le llevó siglos asimilar el sistema numérico y los procedimientos experimentales de la cultura árabe, que se combinaron con la propensión griega por la teoría para dar lugar a algo extraordinariamente distinto de todo lo anterior. Ahora estamos hablando de un proceso de transformación cultural de un alcance como mínimo semejante, y probablemente mayor, pero al que podremos ver tomar forma ya en esta misma década de los años veinte.

También se puede pronosticar que esta transformación de la ciencia, que no puede reducirse a un sólo país y terminará por afectar a muy diferentes partes del mundo, tendrá una penetración cultural mucho más profunda que la que hasta ahora ha tenido la tecnociencia al uso —puesto que los conceptos científicos conocidos son fruto de una peculiar especialización que limita mucho su calado. No ocurrirá lo mismo con los nuevos viejos conceptos, que por su naturaleza misma serán mucho menos aislados; pero, para empezar, partiremos de un grado más alto de autoconsciencia.

Cuando los conceptos científicos más básicos conecten con el ser profundo del ser humano, todo cambiará.

He tratado estos temas con más profundidad en un libro titulado “Polo de inspiración — Matemática, ciencia y tradición“, que sólo recomendaría a quienes quieran ver la ciencia desde una perspectiva totalmente diferente a la que hoy impera.

Referencias

[1] Foreign Policy — Yangyang Chen, The Future of Particle Physics Will Live and Die in China, 2017.

[2] Miguel Iradier, Pole of inspiration —Math, science and tradition, 2020.

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