La luz y la ciudad

Tiene ya muchos problemas la ciudad moderna como para preocuparse de la calidad y cualidad de su alumbrado. Tráfico, ruidos, contaminación, omnipresente agresión publicitaria, explotación sistemática del hombre por el hombre y de la mujer por la mujer… no pararíamos de contar. A esto se añaden enemigos invisibles como los pulsos de ondas electromagnéticas y microondas que fríen a fuego lento nuestros sistemas nerviosos y cerebros, que ya están lo suficientemente habituados, preparados y precocinados como para someterse al inminente bombardeo de la infausta quinta generación de tontería móvil, que aspira a decuplicar o centuplicar la suma de todas las anteriores.

En tales condiciones, plantearse cuestiones sobre la luz que irradia nuestras calles, pues esto también es una irradiación, pero de la sensibilidad toda, podría parecer una frivolidad —pero sólo si tenemos una idea harto frívola de lo que es la esfera sensible, que no es sino la piel manifiesta de una cebolla de muchas capas que se nos escapa. Pues en materia de sensibilidad todo está relacionado, y las cosas más aparentes se conectan directamente con las más celosamente escamoteadas.

Durante las últimas décadas los astrónomos pusieron el grito en el cielo, nunca mejor dicho, por el grado de contaminación lumínica de nuestras ciudades. En general estoy de acuerdo con las soluciones que proponen, que convergen en la idea de usar el alumbrado público con la mayor sobriedad; coincido en lo cuantitativo, pero no en lo cualitativo y estético, que es bastante más de la mitad de la cuestión.

Pues los astrónomos, en su celo por recuperar la visibilidad de las estrellas en nuestras ciudades, que después de todo no deja de ser el interés y foco de su gremio, olvidan la damnificada sensibilidad de los transeúntes y atrapados y permanentes habitantes. Abogan así por las farolas de vapor de sodio de característica luz «amarillenta brillante» que hace tiempo impera en la mayor parte del globo, y que yo más bien he encontrado siempre de un amarillo anaranjado chillón del peor gusto imaginable.

Y pensar que con esa luz de verbena que nos recuerda a las bombonas de butano nos gloriamos de realzar nuestros mejores monumentos, catedrales, óperas, parlamentos y arcos del triunfo, cuyo color natural y sustancial acostumbra a ser el sobrio gris del granito, por no hablar del saurio ancestral que dormita en nuestro asfalto igualmente gris. Sabido es que el sodio es un elemento altamente corrosivo, incendiario y que quema la piel; un metal que pesa menos que el agua y explota al contacto suyo. ¿Habrán sospechado nuestros luminotécnicos que ese amarillo sulfúreo es el color de la corrosión de las piedras mismas y hasta del carácter?

Pero la vocación de lo urbano es no sólo perderse, sino también tratar de olvidarlo.

Si queremos cielos más oscuros y nítidos sobre nuestras cabezas, si en nuestro magno altar de la destrucción aún aspiramos a vislumbrar alguna tímida estrella, hay muchas soluciones sencillas que no ofenden nuestra sensibilidad, soluciones, además, que no cuestan dinero sino que lo ahorran. Reducir la cantidad de alumbrado, que ya de por sí es a todas luces excesiva y ostentosa; o evitar proyectar esa sobreabundancia lumínica innecesariamente hacia arriba, donde no hace ninguna falta. O usar reductores del flujo en plazas y calles a partir de ciertas horas, cuando la mayor parte de la gente descansa. Etcétera.

No hay ninguna necesidad de degradarnos ante nuestros propios ojos con una luz infecciosa, incriminatoria y cainita. «Tóxica», diríamos hoy, abusando de un calificativo que seguramente resulta demasiado superficial para lo que tratamos. Y es que aunque la luz baña las superficies, también es responsable de nuestro sentido de la profundidad.

Convendríamos en que el problema de ver o no ver las estrellas desde nuestros cañones excavados en el cemento es un asunto menor al lado del aire sospechoso y febril que arroja sobre nuestros semejantes —si tan siquiera hubiéramos reparado en ello.

Estas luces recuerdan vivamente a los reflectores de las cárceles de seguridad, y no parecen diseñados por urbanistas, menos aún por los amigos de la vida en común, sino por las Fuerzas del Orden y el Ministerio del Interior. Y en absoluto contradice esto el hecho de que las tonalidades que difunde sean una permanente inspiración delictiva.

¿Y cómo es que no ofenden a nuestra sensibilidad? Probablemente, porque ésta ha sido hasta tal punto acostumbrada a la violación y al ultraje que ya no acierta a ver algo anormal en ello. Hay pocas cosas a las que no pueda acostumbrarse el ser humano.

Nuestros temperamentos y fisiología difieren ampliamente, incluso recrean en pequeño su propio espectro de la totalidad con todas las combinaciones posibles. De forma reveladora, unos prefieren luces más cálidas, otros luces más frías ¿Quién pretendería entonces que hay una medida o un criterio común para toda la especie?

Por cierto que el frío o el calor no son las únicas cualidades presentes en la luz, aunque sea tan fácil de traducir cuantitativamente, que incluso la medimos con engañosa exactitud en grados Kelvin. Aun así, llamar «cálida» al tono de las lámparas de sodio me parece una broma. Pero en el extremo opuesto, la luz blanco-azulada es innecesariamente fría, depravada, y enfermiza, vampírica incluso, mostrándose frontalmente contraria a la normalidad de las funciones biológicas.

La luz de vapor de sodio tendría que asemejarse a la de las viejas antorchas y hachones, pero la luz de llama, ofensiva y peligrosa como de hecho es, aparte de estar viva y oscilar continuamente, encuentra naturalmente su irradiación mucho más limitada. En cuanto a la pretendida semejanza con la luz del Sol, no debería merecernos el menor comentario.

Lo único que evoca esta luz es la sofocada combustión del azufre asfixiado como está bajo tierra. Es por tanto una luz propia del inframundo, o al menos con clara vocación infernal.

La luz del Sol, que es blanca en su origen pero que se filtra en la atmósfera hasta producir ese tono amarillo, es incomparable con nuestro alumbrado porque para empezar llena todo el cielo sin ser cernida por la oscuridad y para terminar hace nuestros días y no nuestras noches.

¿Y qué es lo que nos da la Naturaleza para las noches? La tenue y serena luz de la Luna. Evidentemente, no se trata de que nos conformemos en todos los casos con una luz de intensidad tan débil con la de nuestro satélite, sino que se trata de la cualidad, de la que nos es dada inequívocamente la pauta.

La luz de luna es fresca más que fría, y en sí misma admite toda una gradación desde que sale hasta que se pone pasando por lo más alto. Podríamos tomar los extremos, la salida y la puesta, como el máximo de calidez admisible para una luz reflejada o apantallada, y el máximo de frialdad, para la luna en toda su altura.

Ya vemos qué poco difícil es encontrar el tono y el óptimo matiz. Hasta hace poco tiempo había relativamente poco entre lo que elegir en materia de alumbrado público, y los órganos competentes se veían más o menos forzados a elegir entre las viejas lámparas de vapor de mercurio, de luz blanca, y las de sodio de nuestras más recientes pesadillas. Pero desde que llegaron los leds o diodos luminiscentes tenemos acceso a todo tipo de mezclas de luz, con un consumo más económico, y una más fácil regulación de intensidad e incluso de matiz.

No hay ninguna necesidad de usar diodos con más contenido de luz azul que el de la luna. Ésta marca con suficiente claridad la línea entre lo saludable y lo no saludable.

No deberíamos buscar un mal remedo de la luz del Sol para el horario nocturno. Esto sólo denota nuestra falta de polaridad y de alternancia, la fijación las 24 horas del día con ese ojo único del panóptico de la eficiencia. Pero la insistencia sin alternancia es bastante más ineficiente.

No hacen falta estudios de psicología de la percepción para darse cuenta que desde el momento en que se pone el Sol una luz blanca es mucho más serena y apacible. Seguro que las trasnochadas lámparas de mercurio, con su blanco de tonos verdosos, no eran el súmmum de la calidad óptica, pero nunca quisimos las farolas para leer novelas sentados en un banco, ni para admirar la gama de colores de los últimos modelos de automóviles, ni para apreciar la calidad de reproducción de la última consola de videojuegos.

Basta con que nos eviten tropezar con el borde de la acera o nos permitan ver los charcos.

A los políticos municipales les encantan estas luces de relumbrón, puesto que subrayan hasta la náusea todos los gastos acometidos con el erario público, y así se figuran que los justifican. La noche no es para dejar a los ciudadanos tranquilos, sino para deslumbrarlos y acosarlos. Si brilla cuatro veces más, otras tantas veces más de dinero que se puede reclamar.

Así, las luces de nuestras calles, plazas y fachadas no son una invitación al bien ganado reposo y a la contemplación, sino que son ante todo la Luz de la Oficialidad y de lo Público como órgano sancionador, de la que los pobres peatones escapan como ratas asustadas.

Hecha la salvedad de la iluminación excesivamente fría, es fácil y casi inevitable generalizar y decir que la luz blanca es tan benigna como la amarilla de sodio es vejatoria. La primera nos llama a la tranquilidad y el descanso, la segunda nos conmina a hacer lo que tengamos que hacer lo antes posible, ya sea lícito o ilícito.

Verdaderamente la seguridad y el bienestar ciudadanos se inclinan mucho más del lado de una iluminación blanca que del de un amarillo estridente y casi radiactivo. Si hasta ahora había una dudosa coartada tecnológica, definitivamente esa coartada ha desaparecido.

Y en cuanto a invitación al descanso, el neoliberalismo y el turbocapitalismo no podían habernos situado bajo una luz más imperiosa que la de este demente amarillo naranja del sodio. Parece querer decirnos: «El dinero nunca duerme». Ni el sistema, ni el control. Como para que tú luego puedas dormir tranquilo. Es como si hubieran hecho un jugoso trato con los fabricantes de somníferos.

Lo increíble es que no haya habido protestas y revueltas contra esta envilecedora luz de la sospecha. Posiblemente la fealdad extrema obliga a nuestra sensibilidad a embotarse a modo de defensa y a ignorar lo que considera inevitable. No encuentro otra explicación.

¿Tanto abundar en nuestra refinadísima sensibilidad urbana y cosmopolita, tantas pinacotecas y orquestas filarmónicas, para luego tragarnos como si tal cosa 12 horas cada día este impávido rebuzno del desierto? ¿No es la cualidad de la luz algo mucho más inmediato y elemental que todo lo que leemos o aprendemos de oídas? ¿El fondo más decisivo que lo que aparece en primer plano? Parece ser que tampoco a muchos magnates les importa delatarse ornando sus mansiones y jardines con esta luz de feria.

Pero no escribo estas líneas para despotricar. Por el contrario, creo que hay muchos motivos para pensar que esta luz alucinante será finalmente proscrita. Su dominio no puede durar mucho, y en muchos sitios, incluso sin «concienciación», ya experimenta una clara retirada en favor de distintas modalidades de luz blanca.

Esto es además un ejemplo patente de que no siempre los avances deshumanizan nuestro entorno, y de que la tecnología puede ir decididamente en el sentido contrario, y revertir la imparable deshumanización sin costos adicionales.

Cuando llegué a China por primera vez, en el 2012, me sorprendió favorablemente ver que había mucha más luz blanca en calles, plazas y parques que en Europa, pero desde entonces la presencia de la luz amarilla no ha dejado de crecer. Espero que se trate de algo puntual de la pequeña ciudad donde vivo, y quiero creer que la sempiterna búsqueda de la armonía se impondrá a la larga en el antiguo Imperio de la Luna, que es por lo demás el principal fabricante de diodos.

La luz, como digo, es algo más que un símbolo; es el trasfondo sensible en el que otros símbolos más perceptibles nadan. Y en este caso la lectura es muy sencilla. La luz pública blanca expresa confianza en lo comunitario, mientras que la impostura del Sol por las noches, la sobreextensión de la autoridad del Estado y la corporatocracia a la intimidad de los seres humanos —del fascismo aplanador se venda como se venda.

Esa culpable luz naranja que tanto tiempo lleva haciéndonos la guerra quiere sofocar cualquier plácido crecimiento vegetativo de nuestros sueños. Quién sabe si a la larga la batalla por la luz y su espectro visible no será más determinante que la actual y efímera batalla por el espectro invisible de los pulsos electromagnéticos en la carrera digital —pues la primera podría ser determinante en nuestra «percepción» de la segunda.

Habrá que verlo. Tenemos en el fondo muy poca confianza en lo perceptible, y no es de extrañar, pues lo estamos ignorando todo el rato, mientras nos refugiamos en nuestras cabezas.

Pero si están teniendo éxito iniciativas para la reducción del tráfico en el centro de nuestras urbes y la promoción consciente de la lentitud en nuestras vidas, aún tendría que ser mucho más fácil ganar la batalla por una luz humana y natural. Si incluso la tecnología, para variar, está de nuestra parte, ya sólo nos queda convertirnos en alegres heraldos del cambio.

Reclamemos desde ya una luz suave y decente en nuestras calles. Son tantas las cosas que huirían de nuestras pesadillas.

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