El tiempo y el reloj

Péndulos, círculos, ondas, vórtices, electrones, elipses, espirales… ¿Qué clase de “reloj” podría construirse con todo esto? O mejor todavía, ¿qué clase de “tiempo” estaría midiendo, contando, o calculando? Y además, ¿lo estaría calculando, o más bien señalando?

Hablar del tercer principio en dinámica es hablar del concepto mismo de reciprocidad —dentro de sistemas cerrados. La reciprocidad de los sistemas de referencia relativistas es puramente matemática, puesto que no está ligada a la masa de ninguna partícula—pero lo mismo ocurre con las fuerzas en las elipses según Newton.

La simultaneidad relativista, incluso el determinismo local de la mecánica cuántica, se insertan en el supuesto básico newtoniano del sincronizador global, el tiempo absoluto en el que el tercer principio no tiene lugar de forma secuencial sino simultánea. Pero el mismo vórtice del experimento del cubo del propio Newton, como nota Pinheiro, niega ese tiempo absoluto de la forma más convincente y categórica —y no sólo para el instinto, siempre más fuerte que la metafísica. La lectura termomecánica permite obtener más información, además de otro tipo de indicación. Y ese mismo vórtice es ya otro modelo de reloj, completamente diferente, que hemos de aprender a contemplar —si es que para contemplar algo, en este nuestro mundo artificial, hemos de empezar por poder de algún modo reproducirlo.

Nuestro punto de vista aquí es el mismo que el Pinheiro y otros autores [59]. Diversos argumentos y cálculos numéricos indican que el tercer principio no es aplicable a sistemas fuera de equilibrio; y si es aplicable, sólo puede serlo en el sentido de los potenciales retardados. Es decir, damos por supuesto que incluso las órbitas órbitas celestes están siempre fuera de equilibrio y que sólo lo alcanzan instantáneamente gracias a un término adicional que representa la acción del medio sobre la materia; este término puede ser entrópico, o responder a una vibración longitudinal, o un bombardeo constante por otras partículas.

En mecánica cuántica, que se supone que es la teoría fundamental, las fuerzas pasan a ser secundarias con respecto al potencial; sin embargo seguimos entendiéndolo todo según la lógica de los tres principios, incluso tras la generalización relativista del principio de equivalencia.

Pero el giro decisivo ya había tenido lugar cuando el potencial pasa, de ser una mera posición, a tener un componente temporal irreductible. Para la mecánica relacional de Weber que surgió a mitad de camino entre la clásica y la cuántica no tiene sentido separar el componente dinámico del estado del sistema, ni las fuerzas del entorno en el que se presentan. La aplicación rigurosa del principio de equilibrio dinámico también hacía improcedente esta distinción, como lo hacía al principio de equivalencia, puesto que también la inercia es irrelevante.

Si en virtud del principio de equilibrio dinámico prescindimos del concepto de inercia, prescindimos también de la intencionalidad subyacente a la mecánica, su dispositio. El Sincronizador Global, tan perfectamente intangible, es el símbolo supremo de poder en el presente ciclo civilizatorio. Es inatacable por lo metafísico, pero suprime o en todo caso vuelve irreconocible el intercambio local de información del sistema abierto y su interacción con el medio.

Se ha dicho que después de Newton el universo pasó de respirar como una madre a hacer tic tac como un reloj; todavía estamos a tiempo de devolverle el aliento a su cuerpo.

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