EL ÁNGEL DE INTERNET: VALOR Y VANIDAD DE LA RED

No se miden igual las cosas del Cielo que las de la Tierra, el valor aquilatado del conocimiento, que la vanidad de la cantidad de información, el número de clics o las cifras de audiencia. La censura y la autocensura crecen a pasos agigantados y mientras los discursos dominantes copan el espacio virtual la independencia se retira a archipiélagos y catacumbas.

Desde los primeros meses del 2020, en perfecta sincronía con el ascenso de la plandemia y la furiosa ofensiva de la publicidad comercial, se perciben grandes cambios en internet y en la política editorial de los sitios de noticias. Cada vez es más común que no te publiquen los artículos por considerarlos inapropiados o fuera de tono para lo que demandan los tiempos, y en otros espacios que se pretenden abiertos, cuando te los publican lo hacen mal y les falta el tiempo para quitarlos.

Nada que deba sorprender. Los mal llamados “medios alternativos” con una cierta audiencia ya estaban más que dirigidos, y ahora sólo han consolidado su plena integración. Lo que no deja de tener su lado positivo, ya que así contribuyen a despejar las dudas que podían quedar sobre su grado de control. Hoy en Internet ya no hay casi nada gratis.

Así que en buena hora he decidido dejar de mandar artículos de este sitio a otros soportes. ¿De qué sirve que pueda encontrar más gente tus escritos si se trata de la clase de lectores que se identifican con líneas editoriales ya de por sí tan sospechosas? No merece la pena en absoluto. También he pedido a estos medios que retiren todos mis artículos de sus archivos, ya que, convertidos finalmente en pura propaganda, no quiero que mi nombre tenga nada que ver con ellos.

Los mensajes buscan a sus lectores, y los lectores a sus mensajes, por una lógica aparentemente aleatoria pero que también tiene su medida —y esta medida es justamente la inversa de la dinámica del dinero y de todo lo que se compra. Lo gratuito atrae a los mejores propósitos, y justamente en la medida de la pureza de esos propósitos. Lo gratuito, aquí, no es lo que se puede obtener sin pago previo en internet, sino lo que no ha sido comprado antes.

Hemos hablado repetidamente de la ley de potencias y el principio de Pareto del 80/20 que se presenta en todo tipo de distribuciones sociales y de la naturaleza: en la riqueza, el tamaño de empresas y ciudades, la intensidad de terremotos, y un interminable etcétera. Una quinta parte de la población tiene cuatro quintos de las propiedades, pero a su vez la quinta parte de esa quinta parte pose 4/5 de los 4/5, y así sucesivamente. De esta forma, tres individuos pueden tener tanto como la mitad de la población del planeta.

Algo similar tiene que ocurrir con el conocimiento neto y valor añadido que aportan las fuentes de información y opinión en la red: casi todo lo nuevo lo dicen muy pocos, y la inmensa mayoría lo que aporta es redundancia, amplificación de tópicos y ruido. Hay cientos de millones de páginas, pero al final del día hay muy pocas que merezcan una visita para ver si han publicado algo nuevo.

El dinero compra presencia en la web pero es incapaz de crear nada. Uno obtiene más satisfacción de una comunicación personal con alguien que puede aprovechar lo que dice, que de miles de lectores equivocados que se rascan la cabeza y se preguntan “¿Pero esto, qué es?” Así que nunca hay que lamentar “la pérdida de presencia”. El que necesite algo ya aprenderá cómo encontrarlo.

La ciberpolicía, las agencias y los mineros de datos pueden estudiar todo lo que quieran las estadísticas del flujo de información del mismo modo que lo hacen con el del dinero, pero siempre se van a quedar con la parte más externa del asunto. Ven movimiento pero no saben qué se mueve; no tienen la menor pista, ni merecen una estrella que les guíe.

El ángel de internet es el mismo que nos guía por los pasillos de una gran biblioteca, enlazando nuestro interés y un potencial ignoto con el toque impredecible del azar. En principio, sólo cambia la celeridad de sus alas y el ritmo de nuestro parpadeo, aunque en la práctica la redundancia en la red se antoja mucho mayor. Esto obliga a hacer más selectivos los filtros.

Medida por medida, el ángel de internet destila nuestra inteligencia colectiva, la quintaesencia misma de la civilización. Pero esta inteligencia recibida sigue siendo un modo subalterno, y aun dentro del conocimiento elaborado, apunta hacia una inteligencia solitaria que no quiere mediaciones ni busca “contenidos”.

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