ASTRONOMÍA, ASTROLOGÍA Y ASTROFÍSICA

Memoria de fase, trasporte paralelo y marco de referencia

El físico teórico y aplicado Nicolae Mazilu observó en su momento que si la astrología seguía siendo un tema denigrado era porque no había sabido plantear correctamente la cuestión del marco de referencia y sus transformaciones. Efectivamente, una persona que ha nacido en una fecha y hora concretas en un determinado lugar sigue manteniendo el “reloj interno” de su nacimiento incluso si se traslada al lugar más alejado del globo. Y por otra parte, a quien no está familiarizado con la complejidad propia de lo astrológico le puede parecer absurdo que los mismos planetas, que en tiempo real están en las mismas posiciones del cielo para todos los que están en un mismo lugar, puedan influir de forma completamente diferente para cada persona, pues cada persona es un cielo y un microcosmos particular.

La astrología es sólo uno más de los sistemas simbólicos que expresan la interdependencia universal, pero es el más directamente ligado al nacimiento de la física moderna, con la que sin embargo no tiene casi nada ver. Este contraste y esta proximidad ha creado sentimientos de agravio mutuo. Emilio Saura y Raymond Abellio distinguen tres niveles en la astrología: una astrología influencial o primaria que trata de relacionar configuraciones celestes y “hechos” terrestres, una astrología simbólica que atiende más a las propensiones y las resonancias, y finalmente una astrología orientada hacia lo absoluto que busca subsumir la multiplicidad aparente en la conciencia del “Yo trascendental”.

No pretenderé hacer en tan breve espacio justicia a tan vasto e incierto saber. Sí en cambio quiero subrayar el hecho de que, aunque la astronomía física y la astrología tienen hoy propósitos diametralmente opuestos que de ningún modo pueden coinicidir, inevitablemente han de tener una base común que aún no ha sido debidamente explorada por ninguna de las dos partes.

Toda la física está construida en torno al concepto general del marco de referencia. Un marco de referencia combina en uno solo los dos elementos primordiales: el reloj y el sistema de coordenadas. El reloj que regulariza nuestra percepción de un cuerpo físico en movimiento, y el sistema de coordenadas, que lo hace con muchos cuerpos. Pero la astrología tampoco es diferente en esto, sólo que, en vez de orientar todo su aparato hacia la predicción cuantitativa, lo lleva hacia la interpretación, y en el lugar mismo del marco de referencia sitúa al propio Yo, ya se trate del yo empírico preocupado por los asuntos del mundo o del yo trascendental que es la condición de posibilidad de la experiencia.

Así pues, la física, como ciencia objetiva en tercera persona, relega a un segundo plano la descripción e interpretación de los procesos en beneficio de su predicción, mientras que la astrología, como saber subjetivo que pone a la primera persona en el centro, sólo prioriza la predicción cuando se convierte en práctica degradada, mientras que la interpretación debería ser siempre su foco genuino. La astronomía ve objetos fuera y se ocupa de movimientos de materia y fuerzas, la astrología se ocupa de ciclos, potenciales e incluso potencias, e intenta ver finalmente al mundo como el propio dintorno de uno mismo.

La astronomía debería ocuparse del análisis, aunque el valorar la predicción en exceso ha impedido incluso hacer un análisis consecuente de problemas tan básicos como el de Kepler, mientras que la piedra de toque de la astrología es la composición global de un todo y su percepción y juicio sintéticos, mucho más parecidos a la composición y percepción de un cuadro u otra creación artística.

Esta diferencia diametral tendría que bastar para que cada disciplina se contentara con lo suyo y dejara tranquila a su hermana. Sin embargo el yo que se proyecta sobre el mundo no quiere contemplar la idea de que el mundo se proyecte sobre el yo y lo afecte. Preferimos pensar que la Naturaleza está siempre ahí fuera, aunque sea en forma de genes y moléculas, con tal de que podamos manipularlo; pero si existe la posibilidad de que la Naturaleza actúe sobre nosotros en modos que no podemos controlar, optamos por ignorarlo, puesto que cuestiona nuestro rango y posición. Por añadidura el gran monstruo de lo social es sumamente celoso y no está dispuesto a admitir que nada de lo que lleva en su seno pueda referirse a otra cosa que a sí mismo.

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Cuando la física habla de fuerzas, se refiere ante todo a las fuerzas controlables, puesto que también hay fuerzas medibles pero no controlables, como nos lo muestra algo tan terrenal como la ley constitutiva en la ciencia de los materiales. Las que no son controlables se interpretan, en todo caso, en función de las fuerzas controlables, y así por ejemplo aplicamos las tres leyes del movimiento de Newton a los cuerpos celestes a pesar de que, por ejemplo, el tercer principio no es verificable en una órbita dado que el vector de fuerza apunta a un lugar vacío, y no al cuerpo del Sol. Esto al propio Newton tuvo que parecerle de lo más embarazoso, pero con el tiempo la gente hasta se olvidó del hecho.

Una fuerza controlable es una fuerza proyectada, pero una fuerza incontrolada, no. El agujero de la teoría newtoniana se tapó luego con la mecánica de Lagrange basada en los potenciales, y se pensó que estos potenciales eran sólo un auxiliar o suplemento matemático para la descripción completa de fuerzas que siguen siendo incontrolables, pero se suponen de idéntico tipo que las controlables. La teoría de Newton, razonaron Gauss y Weber entre 1830 y 1846, es una gravitoestática, no una gravitodinámica, y podía ser que las fuerzas, empezando por la electrodinámica que entonces tenían entre manos, dependieran no sólo de las distancias, sino también de las velocidades y aceleraciones relativas. Esto también implicaba un fenómeno conocido como “potencial retardado”.

La teoría de Weber fue reemplazada por la de Maxwell pero mucho después, su heredera la mecánica cuántica empezó a comprender, para el desconcierto general de los físicos, que los potenciales cuánticos eran algo más que auxiliares matemáticos. El efecto Aharonov-Bohm certificaba que un electrón acusaba la presencia de un campo magnético incluso cuando la intensidad del campo en su posición era cero. Luego Berry, en 1983, generalizó este tipo de fenómenos a procesos adiabáticos sin intercambio de calor, y en pocos años aún se generalizó mucho más a todo tipo de condiciones físicas.

El fenómeno en cuestión, que hoy conocemos como “fase geométrica”, había sido detectado por vez primera por Pancharatnam en 1956 en experimentos de interferencia óptica. Respecto a este fenómeno completamente universal de la fase geométrica la mayoría de los físicos siguen sosteniendo dos afirmaciones falsas: que se trata de algo exclusivo de la mecánica cuántica, y que en nada afecta al carácter completo y exacto de dicha teoría.

Lo cierto es que la fase geométrica puede darse a cualquier escala y se detecta en experimentos eléctricos macroscópicos tan conocidos como la inducción de Faraday, en la precesión del péndulo de Foucault o incluso sobre la superficie del agua. Y por otro lado, sí requiere que se le añada un haz suplementario al espacio proyectivo de Hilbert en el que se formaliza la mecánica cuántica, lo que implica que no pertenece a la dinámica hamiltoniana que define a los sistemas conservativos o cerrados. Luego algo se le escapaba a la mecánica cuántica, y no hay más que ver hasta qué punto quedaron fuera de juego los físicos durante décadas, hasta que Berry “formalizó” la embarazosa situación.

El mismo David Bohm, que tan elocuentemente habló del orden implicado, no pareció haber comprendido del todo la universalidad de la llamada fase geométrica; pero tampoco ahora es diferente la situación, cuando dicha fase entra rutinariamente en los cálculos de los ingenieros que se afanan por lograr la “computación cuántica” o manipular átomos a nivel individual.

A la fase geométrica, “cambio global sin cambio local”, también se la conoce como memoria de fase, puesto que supone la sujeción o “esclavización” del sistema a ciertos parámetros adicionales; consecuentemente se la estudia en robótica y teoría del control, y también se ha observado en sistemas disipativos y en movimientos de los animales, como el reflejo de enderezamiento de los gatos en caída libre o el ondulante avance de las serpientes.

La interpretación de este fenómeno universal sigue estando completamente abierta, por más que la mayoría de los físicos prefiera ignorar la cuestión. Decir que los sistemas tienen una fase dinámica y otra geométrica es sólo un compromiso, pero, en cualquier caso, y sin necesidad de especular, ¿de qué clase de geometría estamos hablando? La respuesta a esto sí es clara: se trata de la geometría del ambiente que atraviesa el transporte paralelo que se llega a medir. Es decir, es una medida indirecta del ambiente mismo, de cómo el sistema no está perfectamente e idealmente cerrado tal como la mecánica por puro principio pretende.

Existe además un lenguaje matemático extremadamente elegante para describir estos fenómenos de transporte paralelo: la geometría diferencial desarrollada por Cartan, además de la también muy compacta álgebra geométrica iniciada por Grassman e impulsada en tiempos más recientes por Hestenes. Desgraciadamente ninguno de estos formalismos tiene gran predicamento entre los físicos, que seguramente por inercia siguen aferrados a la formulación vectorial, con una descripción más pobre y plana que supone también una menor información.

Hablando de información, que como ya decimos suele estar recortada en los formalismos vectoriales, a menudo se explica la fase geométrica como una pura e inmaterial transmisión de información sin relación alguna con la dinámica. Por un lado tendríamos “fuerzas ciegas”, y por otro lado, “pura información” sustentada por nada; ciertamente no parece una descripción coherente ni creíble, pero después de todo el problema de la “comunicación” ha estado ahí desde siempre: nadie ha dicho cómo la Luna sabe dónde está el Sol y qué masa tiene para moverse como se mueve.

La mecánica celeste, en definitiva, sigue teniendo enormes agujeros, que la relatividad general, que apenas hace otra cosa que complicar las ecuaciones, de ningún modo es capaz de cubrir. Por no hablar de la teoría de perturbaciones de Laplace y sus “resonancias”, que, aparte de que nunca se nos dice cómo puedan ser físicamente posibles, nos obligan a creer que la gravedad puede tener además un efecto repulsivo, lo que no deja de tener su mérito.

La fase geométrica nos muestra simplemente la indudable presencia de los potenciales, aun cuando no se sepa cómo explicar su acción, y su asociación con las fuerzas “controlables”, con justificadas comillas porque nadie ha controlado hasta ahora la gravedad. Y si la astrología es completamente incapaz de justificar ningún tipo de influencia planetaria en términos de fuerza, en términos de potenciales y sus desfases la mecánica celeste no se encuentra en una situación mejor.

Como decimos, el planteamiento puramente relacional de la dinámica propuesto por Gauss y Weber, que al menos pone a fuerzas y potenciales sobre una idéntica base, era bastante más lógico. Esta era la verdadera teoría de la relatividad, mucho antes y con menos postulados y complicaciones, por no hablar de innecesarios espacio-tiempos curvos. Pero la dinámica relacional ni siquiera necesitaba del principio de inercia y todos los escolásticos arbitrajes asociados con la distinción de marcos de referencia inerciales.

La mecánica de Newton se resume en la frase “nada se mueve si no lo mueve otra cosa”, pero con el principio de equilibrio dinámico, que sustituye al de inercia, nada necesita ser movido por nada, sino que cualquier estado de movimiento o reposo de un cuerpo ya es el resultado de la suma de todas las fuerzas del universo sobre él. De este modo, el principio de equilibrio dinámico, clave de la mecánica relacional, se encuentra en perfecta armonía y consonancia con el principio de interdependencia universal, e incluso puede decirse que no es sino otra forma de expresarlo.

Es más, el principio de equilibrio dinámico, sin dejar de ser neutral, puede interpretarse directamente como que los cuerpos se mueven por su propio impulso, tal como hace por ejemplo Alejandro Torassa, sin romper en lo más mínimo con la interdependencia, y sin que ello altere el comportamiento de las ecuaciones y sus predicciones. Entonces, realmente no se necesitan nuevas teorías ni nuevos postulados ni nuevas partículas, sino tan sólo una nueva forma de contemplar el Principio y los principios.

Esto no significa que un buen principio explique causas o influencias, sino algo seguramente más importante, que deja de hacerlas necesarias. Si incluso todas las leyes físicas fundamentales están soportadas por principios variacionales, y el lagrangiano que los soporta no es sino una analogía exacta que puede responder a una infinidad de explicaciones causales diferentes, la astrología nunca podría pretender ir más allá de las correlaciones estadísticas.

Es también cierto que incluso en el campo de la estadística la física juega con cartas marcadas e ignora muchos datos cuando le interesa. Por ejemplo, la escuela de Shnoll ha demostrado durante muchas décadas “la ocurrencia de estados discretos durante fluctuaciones en procesos macroscópicos” del tipo más variado, desde reacciones enzimáticas y biológicas hasta la desintegración radiactiva, con periodos de 24 horas, 27 y 365 días, que obviamente responden a un familiar “patrón astronómico y cosmofísico”.

De modo que tampoco la desintegración radiactiva es tan aleatoria como se pretende, pero tales regularidades son cribadas y descontadas rutinariamente como “no significativas”. Por otra parte aún se promueve la llamada “interpretación de Copenhague” de la mecánica cuántica porque se supone que es la que menos dosis de interpretación contiene, pero ni siquiera eso es cierto, ya que según Copenhague la función de onda responde a un sistema individual, lo que no deja de ser una innecesaria fabricación ontológica, y sería mucho más lógico pensar que sólo se aplica a un conjunto estadístico, y que las ondas son ondas en el espacio de coordenadas. Esto facilitaría grandemente la conexión con la mecánica clásica macroscópica y con los argumentos de naturaleza global que hacen posible la fase geométrica.

Tan elementales consideraciones harían mucho más sencilla la inclusión de los aspectos cosmofísicos, pero sería inconsecuente esperar cambios rápidos al respecto. La evidencia experimental para este tipo de correlaciones sólo se puede acumular muy lentamente, a una escala de siglos, y por otra parte la creciente autofagia de lo social no quiere extraños sentados a su mesa. Por supuesto la astrología ha acumulado su propio tipo de evidencia durante milenios, pero no es la clase de evidencia que la ciencia moderna está dispuesta a considerar.

Está claro que se puede presentar legítimamente la astrología mediante elegantes argumentos proyectivos y de correlación global sin entrar en la cuestión de la causalidad física, pero esto no equivale a negar su posibilidad. La influencia física de la Luna, por ejemplo, no es ciertamente difícil de concebir, ni, para muchos, de sentir, pero si otros tantos niegan incluso la posibilidad de tal influencia también es por una cuestión de sentimiento, aunque en sentido inverso: el yo de muchos se siente más fuerte si se imagina autónomo. Claro que es la propia sociedad la que inculca semejantes idea de la “independencia”; una sociedad que intenta convencernos de que inteligencia es sinónimo de embotamiento, en vez de sensibilidad.

Mucho más evidente es el influjo del Sol. En general han sido astrólogos y estudiosos de los ciclos los que han apuntado a la poderosa influencia de los grandes planetas, Saturno y Júpiter, y en especial este último, en el ciclo de las manchas solares y la actividad magnética del gran astro, tan críticos para el equilibrio de la vida en la Tierra. Aparte de que el periodo solar y el de Júpiter son casi iguales, 11 y 11,86 años, hay también una razón astrofísica de peso: la contribución del Sol al momento angular total de su sistema se estima en un 0,3%, mientras que tan sólo Júpiter tiene más del 60%. Los otros planetas explicarían la pequeña diferencia en el ciclo. Se pueden buscar otras razones más específicamente físicas fuera de las teorías en boga pero no vamos a entrar ahora en ello.

Y aquí de nuevo se comprueba la sobredeterminación de lo social que todo lo quiere referir a sí mismo: los medios hacen una campaña continua para convencernos de un cambio climático del que apenas tenemos otra cosa que vagas y opinables correlaciones estadísticas, mientras se ignora sistemáticamente la base absoluta de la que depende el clima, la radiación del Sol y sus más que conocidas variaciones. Pero está claro que los gobernantes pueden sacar mucho más provecho y tienen más espacio para maniobrar tratando de convencernos de lo decisivo del “factor antropogénico”.

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La mayor parte de las “refutaciones” de la astrología es de tan bajo nivel que no merece comentarios. Por otra parte, toda interpretación tiene su parte de especulación y aun de desvarío, y la física en absoluto es ajena a esto; tal vez por eso haya intentado reducir sus interpretaciones a un mínimo o incluso prescindir de ellas, lo que en la práctica, además de absurdo es simplemente imposible. Toda aplicación técnica o experimental parte ya de una interpretación. En astrología, por la otra parte, la interpretación misma es ya la aplicación, por lo que no se puede prescindir de ella ni en teoría ni en práctica.

La misma idea de que la física fundamental está constituida por “teorías locales” es pura interpretación, y muy poco acorde con la realidad. El lagrangiano de un sistema es por definición global, otra cosa es que se utilize para derivar a discreción y obtener respuestas locales. Lo mismo pasaba ya con la “explicación” de Newton de la elipse de Kepler; y es que el problema de Kepler contiene ya en sí toda la problemática de los campos gauge, basados en la invariancia del lagrangiano. Así que lo de las “teorías locales” ya es pura interpretación —sólo que al servicio de la predicción. Y la prueba es que nunca se aclara ni puede elucidarse la causalidad física, que es a lo tendría que apuntar realmente una teoría local digna de tal nombre.

Entonces, también en física lo local es resultado de lo global, aunque no se quiera reconocerlo. Sólo algunos físicos anticuados y honestos, como Planck, se preguntan por qué todas las leyes fundamentales dependen de principios de acción, que son globales y suponen una finalidad. La asimilación de la entropía con el desorden, perpetrada por Boltzmann, es otro ejemplo de interpretación demasiado humana que sin embargo ha pasado durante generaciones como modelo de neutralidad positivista.

El principio original de máxima entropía de Clausius ya supone una tendencia hacia el orden, pues como dijo Swenson, “el mundo está en el asunto de la producción de orden, incluida la producción de seres vivos y su capacidad de percepción y acción, pues el orden produce entropía más rápido que el desorden”. Pero además los lagrangianos de la física fundamental se pueden reformular como un balance entre el cambio mínimo de energía y la producción máxima de entropía, con lo que obtenemos un cuadro totalmente diferente de la mecánica, la dinámica y la finalidad.

Cualquier interpretación es parcial, pero pretender que no interpretamos porque le damos la última palabra a lo cuantitativo es peor además de más falso. Pues lo peor que puede suceder es que científicos y técnicos manipulen las cosas sin preguntarse siquiera qué están manipulando, pero eso es justamente lo que este sistema espera de ellos, y ellos lo han interiorizado hasta el tuétano. También se espera que el resto los sigamos.

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Nada hay más mundano ni profano que leer el periódico por las mañanas: toda una selección de noticias calculadas para masajear los resortes íntimos del lector. Y a pesar de su nunca suficientemente ponderada necedad, uno no puede evitar reaccionar a esas noticias con los mismos reflejos cada día, con apenas ligeras variantes. Lo mismo sucede a lo largo de la jornada, e incluso en sueños, pues las sombras de nuestros planetas sólo dejan de proyectarse cuando se extingue definitivamente la luz de la conciencia y alcanzamos el fondo del sueño.

En detalles como nuestras crónicas reacciones a las noticias se ve claramente que “los astros” no son tanto influencias como impulsos que nos salen de dentro; que estos impulsos requieran estímulos externos para avivarse, que adopten la forma de reacciones, no tiene nada de extraordinario. “La materia de la que están hechos los sueños” es la “sustancia astral”, que no es sino una “dimensión cromática” o tonal del continuo homogéneo del que hemos salido y en el que aún nos encontramos. Existen las tonalidades astrales igual que existen los timbres de los distintos metales al tañerlos. Estas tonalidades, que tienen muchos matices diferentes en cada individuo, nos envuelven en capas concéntricas, como una cierta música de las esferas, que una astrología que aspirara a ser científica tendría que recomponer.

La astrología tiene sin duda una estructura invariante que no puede cambiar a lo largo de las edades, puesto que simplemente conecta acontecimientos en el espacio y el tiempo mediante una cierta proyección. En este sentido es mucho menos veleidosa que otras disciplinas que se pretenden ciencias, como la psicología, la economía o la sociología, aunque sin duda la casi infinita “plasticidad” de estas últimas les da una gran ventaja para adaptarse a las necesidades del poder. Si no fuera porque la economía trata del dato contable por antonomasia, el dinero, y termina reduciéndolo todo a su mismo patrón cuantitativo, nadie soñaría siquiera con llamarla ciencia; pero en cualquier caso ocuparse sólo de cantidades no es algo que otros saberes tengan que envidiar.

En cambio la astrología siempre fue consciente de su gran afinidad con la sociología y la psicología, mucho antes de que estas adquirieran pretensiones científicas; sólo que sus presupuestos trascienden por completo la visión reductiva y confinada de dichas especialidades. Lo que no se le perdona es que tenga una parte cuantitativa trasparente y de primer orden, a diferencia de la matemática heurística y a menudo espuria de estas exitosas nuevas ricas.

El arte de Urania puede adaptarse a estos tiempos, pero en muchos sentidos es mejor que no lo haga. Si se preocupa por la ciencia, no es para recibir su legitimidad de nadie, sino por su deseo de encajar algunas de las más importantes piezas sueltas, por pura aspiración interna a la unidad.

Las elipses que descubrió Kepler se pueden interpretar, siguiendo a Weber y a Nikolay Noskov, por medio del potencial retardado y una velocidad de fase que produce un movimiento ondulatorio o vibración en el interior de los propios cuerpos —lo que supone una lectura muy directa de la fase geométrica. Recordemos que en la mecánica de Weber, aun siendo perfectamente operativa, no permite discernir entre la energía cinética, la potencial y la interna de los cuerpos —lo que nos parece simplemente natural, dado que la energía no es sino la forma humana de hacer balance de cuentas.

Pensemos sólo un poco. El problema de Kepler no sólo está en la mecánica celeste, está en la base de la mecánica cuántica y el átomo. La misma ecuación de Schrödinger tiene un término que corresponde a una ondulación en un cuerpo, sólo que la mecánica cuántica, por las limitaciones de la relatividad especial, es incapaz de describir partículas (efímeras configuraciones) extensas con volumen. La electrodinámica de Weber no tiene esas limitaciones. Pero no es sólo Schrödinger, las ondas electromagnéticas con las que Hertz pareció dar la razón a Maxwell no son trasversales por geometría, sino por un mero promedio estadístico entre el espacio vacío y la materia.

Podemos ver entonces la materia, cuando deja un lugar a los cuerpos, —algo que no sucede en la versión estándar de la mecánica cuántica-, como una nube difusa o estadística atravesada por distintos tonos (la fase interna), que están ya incluidos dentro del cuadro probabilístico de la mecánica cuántica estándar. Hay ciertas propensiones dentro de las “nubes de probabilidad”, que tendrían una estructura con capas como los propios átomos —lo que explicaría los estados discretos atestiguados fielmente por la escuela de Shnoll durante más de cuarenta años. No veo esta interpretación en absoluto forzada, y es fácil de integrar dentro de la gran masa de evidencia experimental, a pesar de que ésta nunca es indiferente al marco teórico que la contiene.

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Paracelso dijo que sin la impresión astral el hombre no está en condiciones ni de remendar sus pantalones. Esta impressio es la propensión o disposición que nos inclinan a hacer ciertas cosas en vez de otras por propia iniciativa y aun sin coacción externa. El gran médico y viajero suizo sabía obviamente de qué hablaba, y había sondeado la naturaleza humana y la del gran mundo con medios, no sabemos si más profundos pero desde luego mucho más directos que nuestra burocrática ciencia actual, que se ajusta bien los anteojos para mejor no ver qué pueda haber a los lados.

Los aspectos más importantes de la astrología son más de orden simbólico que físico, y sin embargo ese simbolismo encaja perfectamente dentro de las determinaciones espaciales y cíclicas del movimiento de nuestro planeta dentro de su entorno astronómico. Es en definitiva una cualificación de los tres ejes del espacio y sus seis direcciones, el esquema más simple para nuestra percepción física e intelectual, al que Abellio, intentando conferirle el máximo grado de dignidad gnoseológica, designó como “la estructura absoluta”.

Abellio también abogó por un modelo cuaternario de la percepción y por ende del conocimiento, en el que la mera relación entre el objeto y el órgano de los sentidos es siempre sólo una parte de una proporción mayor —una relación de relaciones- , puesto que el objeto presupone al mundo y la sensación del órgano a un cuerpo completo que lo organiza y le da un sentido definido:

Lo más importante de esta exactante proporción es la ignorada pero siempre presente continuidad entre los extremos “mundo” y “cuerpo”, donde el mundo no es una suma de objetos, ni el cuerpo de órganos, partes o entidades. En definitiva, el primitivo medio homogéneo de referencia al que por fuerza han de conectarse las llamadas “fuerzas fundamentales”, puesto que ya sabemos de antemano que cualquier movimiento o cambio de densidad es sólo una manifestación del principio de equilibrio dinámico, ya sea como suma o como producto.

El cuerpo desde dentro es sólo el sensorio común indiferenciado del que han salido los diferentes órganos, y sin el cual no habría sujeto ni “sentido común”. En armonía con esto, puede hablarse de dos modos de la inteligencia, uno que parece moverse y seguir a su objeto, y otra absolutamente inmóvil que nos permite escuchar nuestras propias mentaciones, y sin la cual no podrían existir. Hágase la prueba de pensar sin escucharse a sí mismo y se verá que esto es imposible: la misma compulsión a pensar no es sino el deseo de escucharse.

La relación de los movimientos del cuerpo con respecto a su centro isométrico u origen de coordenadas es similar a los movimientos de la inteligencia orientada a objetos con respecto a la inteligencia inmutable. Ciertamente el “espacio de la mente” no parece extenso en absoluto, pero para comprobar su íntima conexión con lo físico basta con hacer uno de esos ejercicios isométricos en que uno permanece de pie y se ahueca simplemente para percibir el balance en los micromovimientos necesarios para mantener simplemente la misma postura. Si lo íntimo es la interpenetración de lo interno y lo externo, tenemos aquí tanto un ejercicio físico como para la inteligencia, que permite comprobar la íntima, trascendental relación entre movimiento e inmovilidad.

En cuanto a todas las tonterías que se han dicho sobre que la astrología es contraria al libre arbitrio, tendría que bastarnos con la conocida frase de Schopenhauer: “Un hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. La astrología no niega la libertad más profunda, la única en verdad trascendental, que sólo puede tener lugar más allá de las pasiones y las inclinaciones. En la práctica, muy pocos llegan a este lugar, o lo hacen en grados muy modestos. Es decir, en la práctica seguimos estrechamente los surcos labrados por las inclinaciones y hábitos.

En otras épocas las pasiones de los seres humanos tenían raíces mucho más hondas, pero también se hacían grandes esfuerzos por superarlas. En el urbanita moderno todo es incomparablemente más superficial, hasta tal punto que ya ni se cree que haya nada que superar. Las plantas se adaptan a las cualidades del terreno, pero dependen ante todo de su propia semilla. Hay cambios en el vigor o intensidad, pero no en la naturaleza de los motivos.

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Tal vez, después de todo, no hagan falta siglos para ordenar y consolidar una “evidencia estadística” del influjo astral en, por ejemplo, la meteorología. En mi tierra aún se habla de “el astro” para referirse a la disposición momentánea del clima, lo que ahora llamamos de forma completamente vacía y abstracta “el tiempo”. La astrometeorología tuvo bastante consideración durante cerca de dos milenios, y aún recibe crédito en países como la India, cuyas cosechas dependen hasta tal punto de la generosidad y puntualidad de la lluvia.

Kepler mismo defendió la influencia planetaria en el clima de una forma puntual y que debería ser fácil de confirmar o refutar: la conjunción del Sol con Saturno produciría bajadas de las temperaturas, etcétera. Como estos eventos tienen lugar cada año, aunque en circunstancias altamente variables, existe una base estadística con una estructura mucho más limpia y definida que en montones de las aplicaciones modernas del análisis y minería de datos: estas sí que son verdaderamente neobabilónicas en el peor sentido del término.

Pero todos sabemos hasta qué puntos son opinables y manipulables las estadísticas. Los datos de la escuela de Shnoll, a pesar de ser muy sólidos, jamás han sido tenidos en cuenta en física o en biología, y no vemos a los herederos de Bohr diciendo que ciertos picos de desintegración radiactiva puedan haberse debido a un tránsito de Urano. Idem con la meteorología, que ya tiene su propio coto cerrado de principios, métodos y problemas.

Cornille, Naudin, y otros han desarrollado “sensores del clima espacial” rectificando tan sólo el experimento de Trouton y Noble de 1903. Ellos los llaman “sensores de deriva del éter” y aquí no tenemos reservas con esas palabras, siempre que se entienda cabalmente cuál es el aspecto constitutivo del problema del éter en Maxwell y su relación con la electrodinámica de Weber. Como con los famosos experimentos de Miller y otros, se pueden medir variaciones estacionales, y si se buscara el tipo de experimento adecuado, incluso se podrían detectar los puntos de equilibrio e inversión en los solsticios y equinoccios. Esta es una clave necesaria, pues la Naturaleza juega con las estaciones más que con la eternidad.

Se tiende a optimizar aquello que más se mide, por eso la econometría y la sociometría se prestan desde el comienzo a ser herramientas del poder. La astrología es transversal a estos intereses, aunque no completamente, pues no hay nada que tarde o temprano, si alcanza alguna relevancia, no pueda ser instrumentalizado. En cualquier caso, la astrología, a diferencia de otras muchas ramas de la estadística, cuenta con una sólida referencia natural y una estructura invariante, lo que le da una gran ventaja a la larga en la carrera de la inferencia estadística generalizada a la que asistimos con los nuevos algoritmos de aprendizaje automático.

Dicho de otro modo, en esta Nueva Babilonia estadística la antigua Babilonia aún podría tener mucho espacio para crecer, pero eso sólo representaría la enésima desnaturalización de un saber que debería estar comprometido ante todo con las cualidades.

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Newton no tuvo ningún interés particular en la astrología, como a veces se dice sin el menor fundamento, aunque sí es cierto que lo tuvo, y muy intenso, en algo aún mucho más oscuro y farragoso en sus textos como lo es la alquimia. También se ha querido interpretar la gravitación universal como una versión renovada y matemática del principio de interdependencia universal, pero esto no puede ser más superficial y engañoso. Ciertamente Newton invierte la cuestión, lo que por lo demás es característico de todas sus investigaciones, pero este auténtico vuelco, lejos de reintegrar al hombre al cosmos, lo que hace es aislarlo en uno de sus planos, que sin embargo puede expandirse sin límite aparente.

Pues el universo como gran obra de relojería de Leibniz y Newton —los dos padres del cálculo- es ciertamente diferente del gran animal del Timeo platónico o el cosmos orgánico de Plotino. La gravedad universal de Newton se supone que opera entre sistemas cerrados, puesto que el Tercer Principio introducido por el físico inglés pretende definir precisamente un sistema cerrado —incluso si en el problema de Kepler tal principio es imposible de verificar. Es más, de acuerdo con el espacio y tiempo absolutos, la acción y reacción tienen lugar siempre de forma simultánea, lo que supone tácitamente un Sincronizador Global, algo que por lo demás también está implícito en la relatividad especial y general aun cuando apenas se somete a escrutinio la aplicación del Tercer Principio.

La idea tradicional de la interdependencia, que ciertamente nunca se hizo explícita porque se daba por supuesta y porque ni siquiera se había planteado la idea de una “mecánica universal”, la idea, en fin, del gran animal o cosmos orgánico, asumía por el contrario que no hay en la Naturaleza sistemas cerrados; y dado que no se concebía tal cosa como un “Sincronizador Universal” o Gran Relojero, suponía, por defecto, que cada cosa tenía su propio principio de organización interno, lo que ahora nosotros definiríamos como “su propio reloj”. Las mismas mónadas de Leibniz no habrían estado muy apartadas de dicha noción si éste no las hubiera definido como “espejos sin ventanas”.

La diferencia es que la mónada de Leibniz es una noción abiertamente metafísica, mientras que el sincronizador global de Newton, no menos metafísico, se ha convertido en el supuesto tácito de toda la física moderna. Incluso el probabilismo mecano-cuántico queda encajado en su seno. Es otro exponente más de la inadvertida inversión newtoniana.

Por tanto ambos tipos de universalidad se tienen que percibir, con la más profunda pero desapercibida razón, como incompatibles. Sin duda la interdependencia universal antes de Newton no aludía a nada mecánico, sino a una resonancia o paralelismo; sólo que nunca terminamos de asumir que la gravitación universal tampoco puede ser mecánica, al menos en el sentido habitual que damos a los tres principios y a las fuerzas centrales.

Podría hablarse de una teoría del campo del absoluto paralelismo o teleparalelismo, no en el sentido que le dio Cartan a su geometría para dar acomodo a la relatividad general —y que por otra parte ha evolucionado mucho desde entonces- sino más cerca del trasporte paralelo en la geometría ambiental de la fase geométrica. Esta fase o potencial retardado nos está dando justamente el reloj interno que es verdaderamente el alma del animal en el macro y microcosmos.

En la mecánica de Newton tiempo y distancia son funcionalmente idénticos. Pero, por otra parte, basta tomar las propias ecuaciones de Newton para ver que la masa de una partícula esférica como el protón puede escribirse como la aceleración de su radio, según lo cual, masa y gravedad también son funcionalmente lo mismo. ¿Qué significa esto?

Todo hace pensar que el fondo de verdad de esta teoría es puramente relacional —como la misma fase geométrica- en lugar de mecánico, y que la confusión parte de la infundada presunción de que los tres principios se aplican idénticamente en nuestras máquinas que en las fuerzas fundamentales o naturales. Por lo demás, se admite que lo que gobierna los campos es la conservación del momento, no el tercer principio.

Este principio de conservación ampliado también rige probablemente en funciones orgánicas tan fundamentales como la circulación sanguínea regulada por el corazón y el ciclo bilateral de la respiración —hemos supuesto al menos que sus potenciales retardados equivalen a una fase geométrica, lo que no requiere ninguna asunción extraordinaria. Ciertamente, esto sí nos aproxima mucho más a la fisiología del gran animal de la antigüedad, habiendo incorporado tan sólo la parte mejor del “espíritu geométrico” moderno —ese que busca la geometría en el problema físico, en vez de reducir la geometría a la ingeniería inversa del cálculo.

La manzana de Newton debería su brillo al absoluto paralelismo, pero si éste no parece tener cabida en nuestro mundo físico, es porque tampoco le hemos dado cabida a los cuerpos al excluir la posibilidad de partículas extensas, no ideales. La gravedad no sería otra cosa que el peso del absoluto paralelismo y su flujo dentro de los cuerpos, flujo que nuestras teorías excluyen y bloquean, y que en última instancia puede estar modulado por la propia autogravedad del cuerpo.

¿Por qué? Sencillamente porque, a diferencia de la dinámica de Weber, todas las teorías de campos que provienen de Maxwell, al definirse en los términos de la relación partícula-campo, no pueden cumplir el tercer principio directamente, sino sólo mediante una auto-interacción. La onda longitudinal interna de Noskov, análoga al “movimiento trémulo” o zitterbewegung mecanocuántico, sería la auto-interacción planteada desde el interior del propio cuerpo de una partícula extensa. Todos saben que la gota se funde en el Océano, pero pocos quieren saber cómo el Océano se funde en la gota.

El origen de coordenadas de un marco de referencia, como reclama Patrick Cornille, tendría que localizarse siempre en el centro de masa de una partícula puntual, cuyo valor debería incorporar. De otro modo el criterio no es físico, sino meramente matemático, y sin embargo esto es habitual en la física moderna. Por otra parte un centro de masa no es una cuestión meramente geométrica, y si comporta cambios de densidad también puede envolver una transición de escala. Gran parte de la física se basa en las transiciones de escala tanto en el tiempo como en el espacio, y sin embargo no se contempla un principio general de transformación. En astrología esto debería tener una importancia primordial.

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El tono es la cuestión fundamental que conecta la física y la astrología, pero no vemos cómo ese denominador común pueda plantearse de otra forma que con las vibraciones longitudinales internas a los cuerpos de Noskov. Su interpretación del potencial retardado, que es también una interpretación física de la fase geométrica sin necesidad de proponer una causalidad trivial, era simplemente una forma de darle contenido a la conservación de la energía que es meramente formal en Weber, y también en la mecánica en general.

Noskov insistió además en que estas vibraciones atraviesan todo tipo de fenómenos naturales, desde la estabilidad de los átomos y sus núcleos, al movimiento elíptico orbital, el sonido, la luz, el electromagnetismo, el flujo del agua o las ráfagas de viento: la viva actualización del pneuma, vehículo del logos en la cosmología estoica. Dada la ambigüedad fundamental de la energía en Weber, debería hacerse un cuidadoso análisis dimensional de los valores de la masa y la triple manifestación de la energía en la mecánica relacional, lo que podría llevarnos a un buen número de sorprendentes interpretaciones y conclusiones también en el núcleo mismo de la física.

Referencias

Nikolay Noskov, The phenomenon of retarded potentials

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