POLO DEL DESTINO

¿Efectos del cambio climático? Nosotros somos el efecto, o al menos uno de ellos. Pero no estamos hablando del “efecto invernadero” ni de otros brebajes preparados y agitados por los medios. Hablaremos, sí, de la inversión de los polos en el sistema solar, en nuestro planeta, e incluso en nuestra no-sociedad; y de lo más importante de todo, de la reorientación con respecto al Principio.

Que el “efecto invernadero” es una auténtica memez, eso ya lo sabíamos hace mucho. Habría que averiguar también cómo es que un gran colectivo de científicos se permite ser objeto, no ya del descrédito, sino del ridículo más puro y duro.

Pero no es tan difícil de averiguar, dado que esta gente se cree más allá del ridículo, o al menos, a cubierto de él. Al poder le interesó crear un escenario alarmista dentro del cual gestionar nuevas arbitrariedades e intervenciones, además de desviar la atención de asuntos más apremiantes; y sirviendo a esos intereses, un colectivo de expertos podía a su vez ganar ascendiente y obtener más fondos. La ciencia moderna siempre se ha arrimado al poder, con los resultados que cabía esperar.

Claro que no todo es poder y colusión; para llegar lejos hay que tener buenas intenciones y aquí lo bienintencionado alcanzó nuevos niveles. Siempre se puede hacer más, en cualquier asunto, y para algunos tuvo que ser muy halagüeño verse a sí mismos como salvadores del planeta.

En general es preferible ni hablar de asuntos tan manufacturados como el cambio climático, y desde que usan a niños para “crear conciencia entre los mayores”, el tema ya está irremediablemente contaminado de puerilidad —lo que también es otra forma de blindarlo contra el debate. Sin embargo, la lectura de una traducción al español del libro de Paul de Métairy Cambio Climático: la verdad de lo que se nos viene encima, me ha sugerido algunas ideas nuevas al respecto.

El título original dice literalmente “Clima: ¡no culpables!”, y su subtítulo “Las revelaciones de los que no tienen la opción de hablar”. La traducción española cubre la parte científica, pero con ello basta. Se trata de un texto muy breve y se lee fácilmente de un tirón. Es altamente recomendable para todo aquel que busque ideas claras y una perspectiva más amplia sobre uno de los mayores bulos en el siglo de las mentiras más descaradas e increíbles. Sólo hacia el final tiene algunos despropósitos, como decir que Galileo acabó en la hoguera, que no afectan en todo caso a su diagnóstico. Por supuesto, hoy se pueden encontrar en la red muchos otros sitios con información sobre este gran fraude.

Métairy deshace en muy pocos párrafos la superchería del efecto invernadero con una lógica elemental, pero aún contempla escenarios con subidas de temperaturas, aunque por causas muy diferentes. En contraste, hay climatólogos serios que consideran la posibilidad de que nos encaminemos rápidamente hacia una nueva glaciación, y aducen argumentos dignos de atención; pero cualquier debate real es imposible dentro de un discurso y una disciplina entera secuestrados por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático y quienes lo amparan.

Que este Panel tenga su sede en Ginebra ya nos dice bastante, aunque, con un poco menos de disimulo igual podría haber estado en Basilea, en Davos o en el mismo Wall Street. ¿Acaso no se trafica profusamente con los “créditos de carbono? Pero Ginebra no está mal, y aparte de ser la capital de la diplomacia, también es sede de otros incalificables montajes científicos como el colisionador de hadrones del CERN.

No repetiré los muy básicos y concluyentes argumentos de Métairy contra el efecto invernadero porque para eso está su libro. Sin embargo, el objeto principal del autor francés no es tanto la descalificación de una teoría risible como situarnos ante un panorama más probable de la evolución del clima a medio y largo plazo. Naturalmente, los plazos de la geología y el clima nada tienen que ver con los de la histeria cultivada por los medios, pero así y todo ya nos afectan lo bastante.

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Métairy parece escribir en el 2012 o en el 2013, cuando la Agencia Espacial Europea lanzó los tres satélites de la misión SWARM para estudiar con más detalle el campo magnético terrestre y su al parecer creciente inestabilidad. El SWARM es un ejemplo de un proyecto de alto interés para la especie y con un costo, 236 millones de euros, razonable dentro de lo que es la Gran Ciencia actual.

El escenario que plantea este autor es el de la probable inversión del campo magnético terrestre y lo que supondría su previo e inevitable paso por cero. Esto sí que sería un Gran Reinicio en toda la regla, y no lo que quiere instaurar la plutarquía. La sabiduría convencional de ahora nos dice que sin la protección del campo magnético terrestre las partículas cargadas del viento solar nos acribillarían y desencadenarían todo tipo de cánceres y mutaciones con la mayor celeridad. Y en cuanto a los dispositivos electrónicos que constituyen el sistema nervioso de esta civilización, uno ya se puede imaginar su suerte.

Pero claro, Métairy no está diciendo que el paso por cero vaya a suceder mañana. La frecuencia promedio de estos sucesos es de unos 200.000 años, pero la última tuvo lugar ya hace 780.000, lo que haría más probable una inversión relativamente cercana. A estas escalas de tiempo, “cercana” podría ser todavía decenas de miles de años; sin embargo, parece haber indicios de que la inestabilidad actual se está acentuando.

Los especialistas en geomagnetismo hablan de un periodo promedio de entre 1.000 y 3.000 años de magnetismo en torno a cero antes de consolidarse la inversión del campo. Un periodo en el que el magnetismo es casi nulo, o en cualquier caso tan débil como para dejar pasar casi todo el viento de iones que nos llega desde el Sol y otras estrellas y que normalmente es detenido por la magnetosfera. Las estimaciones de estos especialistas se basan en múltiples múltiples análisis de muestras de roca y árboles fósiles.

Sin embargo, mucho antes de que se produzca esta “puesta a cero” del sistema, tiene lugar un debilitamiento paulatino del campo del planeta que hace las veces, para los seres vivos, de escudo protector. ¿Tenemos indicios fundados de que tal debilitamiento ya esté teniendo lugar? Para Métairy y algunos expertos, sí; esto podría estar ocurriendo desde hace unos 300 años.

Cualquier perspectiva mínima sobre el llamado cambio climático debería considerar que apenas estamos saliendo de una “pequeña Edad de Hielo” que tuvo su máximo hacia mediados del siglo XVII pero que duró hasta fines del XIX o principios del XX. En esta miniglaciación, las temperaturas se hundieron de manera acusada por debajo de las medias anteriores o posteriores, lo que siempre debe tenerse presente cuando se habla de “subidas alarmantes de la temperatura”. El ascenso posterior de las temperaturas podría tener tan poco que ver con la actividad humana como el descenso inmediatamente anterior. Esto sin contemplar siquiera las ineludibles consideraciones físicas y químicas que Métairy nos recuerda con tanta razón, y que algo llamado “divulgación” esquiva sistemáticamente.

Como siempre, no se pueden mantener mistificaciones sin apropiarse de las evidencias y crear asociaciones indisolubles entre hechos patentes e ideas vacías. Los cánceres de piel, y no sólo los de piel, aumentan a un ritmo llamativo. ¿Se relaciona esto con la destrucción de la capa de ozono? No menos podría tener que ver con el aumento vertiginoso de la intoxicación crónica debida a una alimentación cada vez más artificial, por mencionar sólo uno de los variados factores cancerígenos de la vida moderna; y sin embargo parece cierto que la luz solar es cada vez más nociva. Pero, en todo caso, la creación y destrucción del ozono tiene su propio ciclo físico y químico sin apenas relación con la actividad humana o los famosos clorofluorocarbonos, y sí, mucho más, con su equilibrio con la ionosfera-termosfera. ¿Por qué si no el agujero principal está en el polo sur, siendo con enorme diferencia el área y el hemisferio con menos contaminantes?

Da hasta vergüenza recordar estas cosas, pero la confusión, aunque burda, se fabrica a escala industrial. Y en cuanto al aprovechamiento político de la confusión prefabricada, es simplemente lo que cabe esperar.

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Tratemos por un momento de ver algo más allá de esta confusión y esta superficialidad que lo invaden todo. El retroceso de los glaciares se había empezado a observar en el Himalaya ya hacia 1780, lo que obviamente no podía tener que ver con la Revolución Industrial, que apenas estaba comenzando entonces en la pequeña y remota Inglaterra. Métairy enumera una serie de fenómenos, desde la fusión del hielo ártico a las deformaciones o mutaciones en pájaros e insectos, que se están acelerando pero que no han empezado ayer, ni se deben seguramente a la actividad humana.

Tal vez llame la atención que este autor remonte el comienzo de estos cambios a hace 300 años, lo que viene a coincidir con aquello que Polanyi denominó la Gran Transformación del tejido social que puso las condiciones para la Revolución Industrial. Ahora bien, dado que algunos de estos fenómenos a menudo asociados y confundidos son de origen natural y no pueden atribuirse al hombre, merecería la pena formular la pregunta que Métairy no ha acertado a plantear.

Efectivamente, bien puede ser que haya un cambio en el clima independiente de “factores antropogénicos”; de hecho, lo cómico es ignorar el rol geofísico de la Tierra y su relación con el Sol, cuando son los únicos factores de peso. Pero, yendo un poco más allá, habría que preguntarse si “la Gran Transformación” de la sociedad humana no es sino un efecto concomitante de la transformación de las circunstancias físicas de la Tierra, y en particular de su campo magnético, que no deja de ser su aura o aspecto más sutil.

Esto, ciertamente, no pretende negar la realidad específica de la cultura y la historia humanas; de lo que se trata, más bien, es de concebir el peso de lo imponderable, el medio, tan desapercibido para nosotros como el agua para el pez. Hay un cierto paralelismo entre la actividad eléctrica del córtex cerebral y la ionosfera y termosfera; aunque el aumento de la actividad cerebral en el hombre moderno nos parece mucho más vertiginoso, cuantitativamente, que el posible recalentamiento de esas regiones tan tenues y alejadas de nuestras cabezas.

Pero nosotros estamos en nuestra propia piel, no en la termosfera; y mucho más que en nuestra piel, en una “realidad extendida” de carácter tecnológico que bien parece una realidad progresivamente amputada. Está claro que un recalentamiento en las capas altas no induce a las abejas a desplegar antenas de 5G por todo el planeta, ni tampoco a una sociedad humana arcaica. Pero, ¿nos damos cuenta que cuando más desarrollo material tiene una civilización, cuando más se basa en “el conocimiento”, más reactiva es? Lo estamos viendo todos los días; nuestra hiperactividad ya es pura reacción a grandes sobredosis de conocimientos casi siempre mal ubicados.

Claro que hay una correlación; de hecho no puede dejar de haberla. Pero las mutaciones que un cambio global induce en los pájaros y en una civilización con hipertrofia material, aun teniendo un denominador común, son prácticamente inconmensurables.

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Aumento exponencial del cáncer y las mutaciones genéticas, esterilidad creciente de la población, la obligación de vivir de noche, retorno a las cuevas y las minas de sal, vida en cubículos subterráneos sin otra ventana que una webcam siempre que todavía funcione, disparo de la demanda del plomo y las escafandras, espectaculares alteraciones climáticas e hidrográficas… Métairy no se recrea en absoluto en la película de terror que este futuro supone, tan sólo nos recuerda, con muy pocas palabras, la increíble trampa en la que vivimos y nuestra dependencia de factores hasta hoy casi impensados.

Se ha especulado con que la erupción del volcán de Toba en Sumatra hace 75.000 años, de una potencia equivalente a la explosión de muchas miles de bombas atómicas, pudo reducir la población humana a menos de un uno por ciento. Aun si esta hipótesis fuera cierta, una erupción de este tipo en ningún caso habría afectado al acervo genético de la especie, tal como deberían hacerlo las fases de inversión del campo magnético.

Tal vez sea este el mecanismo del que se sirve la Tierra, o mejor el sistema Tierra-atmósfera-Sol, para su renovación periódica; o en cualquier caso esta sería uno de sus efectos. Según diversas tradiciones, ha habido en este planeta muchos adanes antes de Adán, y muchas otras “humanidades” antes de esta con la que ahora nos identificamos y que podría estar escribiendo los últimos párrafos de su guión. Por otra parte, desde Heráclito y los estoicos hasta los Puranas, se ha hablado del fuego como el agente de esa renovación; un fuego que no parece ser de llama, sino cósmico en su origen.

Sin duda la adversidad tiene un valor para la evolución biológica, y no sólo biológica. Las mutaciones adaptativas existen, y no hay más que ver la pasión con que la ortodoxia neodarwinista persigue esta idea para saber que guarda una verdad importante. Por el contrario, es la llamada “síntesis neodarwinista” la que exhibe impúdicamente su propia impotencia para hallar el sentido de la novedad; pero a sus defensores no les interesa entender la vida, sino convertirla en un mecano. En cualquier caso, más allá del azar y la necesidad, no hay actividad que no sea adaptativa, la expresión local de un desequilibrio global. Una de esas expresiones locales sería nuestra presente civilización.

La misma actividad humana es una forma de diluir esa presión que nos llega del medio, de desviarla en vez de simplemente padecerla. Alguien realmente capaz de no hacer nada, como algunas almas vigilantes o contemplativas, puede ser capaz de percibir esas capas de presión, que se extienden mucho más allá de las finas barreras de la sociedad, sin necesidad de satélites e instrumentos; aunque nadie le haya hablado jamás de vientos solares y campos electromagnéticos. Ese podía ser el caso de muchos seres humanos antes del Neolítico.

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Nadie pensará que el equipo del SWARM esté ocultando información, puesto que la incertidumbre de los datos hasta ahora reunidos no resulta comprometedora para nadie. Ahora bien, sería algo digno de verse la reacción de los distintos organismos, centros y agencias si en algún momento futuro se encendiera la luz roja de alarma. Políticos y ejecutivos han invertido a fondo en otras narrativas, justamente aquellas con las que ahora nos machacan, y tendría que pasar bastante tiempo antes de que desplazaran sus apuestas. Pero estos elementos siempre llegan muy tarde y para usar la situación en su provecho; son claramente parte del problema, no de su solución.

Tal vez lo más interesante de un caso como este es que no tendría solución, aunque cueste imaginarnos resignados. Pero parece que estamos concediendo que el escenario esbozado por Métairy es inevitable y aun prácticamente inminente, lo que no podría ser más prematuro. Los intervalos entre inversiones geomagnéticas no muestran la menor regularidad, y la duración media es sólo eso, una media matemática deducida de las muestras de roca. También han quedado registradas “excursiones” de los polos, es decir, grandes desplazamientos que no terminaron en inversión pero que casi eliminaron el campo magnético, reduciéndolo a una pequeña porción. La última gran excursión fue el llamado evento Laschamp de hace 41.000 años, en que cayó a un 5 % de su intensidad habitual por varios siglos. Sin embargo no parece que esto afectara de forma importante a la biosfera o la población humana.

No existe realmente un patrón en la inversión de los polos. ¿Estamos condenados a una total incertidumbre sobre el tema? Lo estaríamos, efectivamente, si sólo contáramos con la teoría hoy dominante del magnetismo terrestre, conocida como “teoría del dinamo” creado por la convección del núcleo líquido planetario; pero esta teoría, además de ser altamente especulativa, tiene muy poco poder explicativo y plantea más problemas de los que resuelve. Las ciencias modernas, cada vez más burocratizadas, gravitan hacia modelos estándar que imponen un consenso forzado eliminando la oposición, privándose así de un mínimo de contraste para sus ideas. Veamos un buen ejemplo de ello.

Miles Mathis lleva un buen número de años proponiendo un modelo alternativo del electromagnetismo y el campo de carga fundamental. Ya antes diversos autores habían insistido en que la idea de una “carga elemental” pegada a los electrones y los protones como si fuera una etiqueta sólo puede ser una convención útil, o si se prefiere, otra más de nuestras impagables supercherías; pero Mathis ha ido conectando con los años más y más niveles de evidencia que dan a sus ideas otra dimensión.

Para Mathis el electromagnetismo y los dipolos son sólo un epifenómeno de un campo de carga fundamental compuesto únicamente por fotones. Este campo de carga se recicla por los polos de las partículas y los cuerpos celestes, como el Sol o los planetas. Sabemos de planetas muy cercanos, como el propio Venus, que no tienen magnetosfera pero detienen las partículas de alta energía del viento solar —lo que sólo puede explicarse por un campo de carga similar al que propone Mathis. Pero el modelo de Mathis explica además muchas otras cosas que son completamente ininteligibles en esta y otras teorías estándar.

Por ejemplo, el ciclo magnético solar y su relación con los grandes planetas o el núcleo galáctico. Mathis observa agudamente que la llamada “inversión periódica” del campo magnético del Sol cada 9-12 años no es tal, ni tiene que ver con su núcleo, sino con el acoplamiento o reconexión con el campo de carga de los grandes planetas —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno-, inversamente proporcional a la cuarta potencia del radio (1/r4). Estas circunstancias son altamente predecibles.

Por el contrario, la verdadera inversión de los polos afecta simultáneamente a todos los astros del sistema solar, puesto que no depende de lo que ocurre en el interior de sus cuerpos, sino de las regiones por las que pasa en su viaje en torno al núcleo galáctico, con sus diferencias impredecibles en el flujo local de fotones y antifotones, es decir, de fotones que vengan en una u otra dirección, con la orientación de su giro cambiada.

La inclinación axial de los diversos planetas también puede explicarse con sólo tres números: masa, densidad y distancia. La presente “explicación” por colisiones no puede ser más contingente y chapucera; pero esto se puede extender al cuadro global de la mecánica celeste y su teoría de perturbaciones.

Aunque obviamente Mathis prefiere ignorar cualquier posible conexión con la astrología, esta gran diferencia también permite entender el “doble criterio de uso” de la primera enciclopedia de la humanidad, los antiguos zodiacos: el de los tropicalistas, basado ante todo en las relaciones planetarias, y el de los sideralistas, centrados en la influencia estelar y el ciclo de precesión de los equinoccios conocido como Gran Año -si bien el ciclo en torno al núcleo galáctico es unas diez mil veces más largo, en torno a 240 millones de años.

No se le puede pedir a la teoría de Mathis, producto de un sólo individuo, el mismo grado de “refinamiento formal” que tienen las teorías estándar desarrolladas colectivamente por miles de ellos con mucho más tiempo y dedicación. Y a pesar de todo, Mathis hace predicciones muy concretas y supera una y otra vez al modelo dominante en las áreas más diversas. Por poner sólo otro ejemplo, nunca se ha explicado por qué el viento solar actúa de forma tan diferente para los iones positivos y los negativos.

Muy recientemente, la llamada “ciencia del cambio climático” se ha superado a sí misma y ha alcanzado nuevas cotas de estupidez afirmando que el “calentamiento global” y la fusión de los hielos es la causa más probable del desplazamiento de los polos observado a mediados de los 90 del pasado siglo; a pesar de que se sabe perfectamente que los polos siempre han estado oscilando. Mathis lo relaciona con el campo de carga y la libración de los cuatro grandes planetas dado que sigue la misma pauta que el ciclo solar -algo que los especialistas parecen no haber notado-, y extrapolando sobre los datos conocidos, estima que el desplazamiento tendría una varianza del orden de… unos 300 años. Por lo demás esta oscilación alcanzó su máximo hacia el 2005.

La misión SWARM no está en absoluto entre los proyectos científicos más costosos de estas décadas, pero aún se podría saber mucho más y con mucho menos gasto si los expertos tuvieran el coraje de contrastar diferentes teorías y buscaran sin miedo la falsación de todas ellas; es decir, si la competencia fuera real y no una mera palabra. Ya existe una enorme y variada masa de datos, lo decisivo para sacar conclusiones es poder someterla a ángulos de visión contrapuestos. De otro modo seguimos tanteando en la oscuridad.

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Así que, probablemente, la temible Edad de Plomo nunca llegue a efecto. ¿Pero cómo podríamos saberlo, si no se levanta la veda a la caza de las teorías? Cualquier experto en geomagnetismo admitirá que la teoría del dinamo del núcleo terrestre es provisional, e incluso altamente provisional; pero cuestionar la teoría clásica y cuántica del electromagnetismo, sobre la que reposa toda nuestra tecnología, es algo muy diferente. Y sin embargo, tampoco las ecuaciones de Maxwell o las de la electrodinámica cuántica son otra cosa que un desarrollo heurístico.

Muchos aducen: ¿cómo puede ser heurística una teoría como la QED, que logra una precisión de hasta doce decimales? Precisamente, porque la teoría se ha optimizado a todo lo largo del camino para hacer predicciones cada vez más precisas, desdeñando todo lo demás. De hecho, los números clave de esta teoría deben meterse a mano y no se tiene la menor de idea de cómo justificarlos; por no mencionar que la mecánica cuántica ni siquiera es capaz de predecir el colapso de la función de onda. ¿Y qué decir de la predicción de la energía del vacío, un error de 120 órdenes de magnitud? Pero incluso la teoría clásica de Maxwell tiene enormes agujeros.

Mathis, por ejemplo, encuentra una justificación muy directa para muchos de estos enigmáticos números; pero lo hace dentro de un modelo que nada tiene que ver con el modelo estándar —lo que impide que sus argumentos sean tenidos en cuenta, cualquiera que sea su valor. Las teorías dominantes son el neopositivismo en acción, que dice que el marco descriptivo es accesorio y lo decisivo es la predicción; sin embargo, cuando una teoría alternativa obtiene mejores predicciones, se dice que su descripción es improcedente.

El modelo estándar de partículas sabe de cuatro fuerzas fundamentales, pero aunque supiera de cuarenta o cuarenta mil y las conociéramos todas con doce decimales de precisión, nuestra ciencia seguiría siendo un prodigioso despliegue de ignorancia. Por el contrario, está claro que sería mucho peor, porque sólo aumentaría nuestra confusión. Más nos valdría conocer bien una sola fuerza que cuarenta mil a la manera de ahora. ¿Por qué? Mathis cree que la física puede y debe conocer las causas de los fenómenos, pero yo creo que esto es simplemente otra ilusión, aunque una ilusión útil.

No es que podamos conocer las causas, sino que una teoría con más equilibrio entre la descripción y la predicción pone en evidencia a las teorías en que ambas partes están más disociadas. El equilibrio es el fiel de la balanza, la brújula que permite navegar en los mares de nuestra ignorancia. Y como el modelo de Mathis es mucho más equilibrado, aunque nunca pueda llegar a identificar las causas, sí puede poner en evidencia las causas falsas de otros modelos que pretenden estar más allá de la causalidad pero en realidad se identifican con todo tipo de palabras vacías. Nada más desequilibrado que la visión instrumental de la ciencia que hoy impera.

Mathis no encuentra uso para los potenciales de los campos, ya que todo se debería al efecto directo del bombardeo de partículas extensas y con giro ordinario. Ciertamente, hablar de los fotones como si fueran canicas puede parecer muy burdo en el mundo de enrarecidas abstracciones de la física al uso, pero esta visión “ingenua” sirve para acotar problemas, a veces con resultados completamente inesperados. Porque no es cuestión de ser sumamente “original” y “creativo”, tal como hoy se demanda de los físicos teóricos, y aun de los aplicados, sino más bien de lo contrario: ningún truco sacado de la más grande de las chisteras puede compararse con la simple rectitud.

Hay algo en lo que el gran autor americano sí coincide con el modelo imperante: no hay fuerzas a distancia, la causalidad ha de sustentarse en la descripción local. El mismo Newton no se resignaba a la idea de una fuerza a distancia, y de haber podido hubiera impulsado decididamente las ideas de campos que luego se desarrollaron. Pero la electrodinámica cuántica dice ser local y sin embargo bien poco tiene de causal. Estamos hablando de espejismos. La acción a distancia es el dato inmediato; los campos, la localidad y la causalidad son elaboraciones mentales nuestras.

No hemos sido capaces de comprender remotamente ni siquiera el electromagnetismo, la única fuerza que podemos manipular y manipulamos a nuestro antojo en toda clase de aparatos. Lo que ya habla sobradamente del nivel de nuestra ciencia y de la idea que tenemos de ella, como habla también de la abismal diferencia que puede existir entre la manipulación y predicción, con toda su cohorte de “maravillosamente simétricas” ecuaciones por una parte, y el entendimiento, por otra. Y habrá que recordar una vez más que la interpretación de la física no es un lujo filosófico, sino que marca también los límites de las aplicaciones tecnológicas; lo que por supuesto da en qué pensar.

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No han faltado físicos que han pensado que el geomagnetismo terrestre y recolecciones de datos como la del SWARM podrían ser un camino interesante para buscar “nueva física”. Por ejemplo, para encontrar un “momento monopolar” en el campo que permita definir mejor las condiciones de existencia del famoso monopolo magnético, ese unicornio de la física teórica salido de la imaginación de Dirac. Sabido es, por ejemplo, que todas las modernas teorías basadas en la “supersimetría” necesitan monopolos, que no se han encontrado nunca.

Pero, como dice Mathis, si el campo electromagnético no es un dipolo, para empezar, mucho menos hacen falta unidades de carga magnética. Nicolae Mazilu, siguiendo a E. Katz, razona que no hay ninguna necesidad de completar la simetría, puesto que en realidad ya existe una simetría más básica pero más significativa: los polos magnéticos sólo aparecen separados por porciones de materia, y los polos eléctricos sólo se presentan separados por porciones de espacio vacío. No hay ningún tipo de polaridad sin estas condiciones. Pero la ecuación relativista del electrón de Dirac, precisamente por ser relativista, sólo funciona para partículas puntuales inextensas, de ahí la postulación de esta partícula tan perfectamente innecesaria.

En realidad, el único “monopolo” posible es justamente el campo de carga de Mathis, así que ya deberían saber dónde buscar si quieren encontrar animales fabulosos; y sin embargo sigo pensando que los campos no son sino metáforas. Los físicos llaman “partículas” a la excitación del campo; yo llamo campo a la excitación o actualización del potencial —pero en todo caso, y como ya hemos mencionado en otras partes, habría que analizar con más cuidado la diferencia entre la energía cinética, potencial e interna de un cuerpo.

No, no creemos como Mathis que sea posible hacer física sólo con fuerzas, o que los problemas de la mecánica ondulatoria puedan resolverse con partículas con “giros apilados” y sin recurrir a números complejos, lo que parece francamente imposible. Pero así y todo el modelo de Mathis permite una interpretación mucho más penetrante y menos ciega de múltiples fenómenos hoy atribuidos a los campos.

Según Mathis todos los cuerpos esféricos, desde las estrellas y planetas a las partículas extensas, están absorbiendo este campo de carga de la luz por ambos polos y emitiéndolo por el ecuador; y es de suponer que nuestro propio organismo hace algo similar. Esto tiene una gran semejanza con las antiguas ideas del prana, el chi o el pneuma, aunque las predicciones y descripciones de Mathis son estrictamente físicas y no exploren la coincidencia. Como ya decía Harald Maurer, no es la luz la que está dentro del campo electromagnético y la camisa de fuerza de las ecuaciones de Maxwell, sino que por el contrario este campo es para la luz como el agua de la piscina de un crucero en relación al océano que lo circunda.

Si el campo fundamental de la luz ya tiene semejante relevancia en la formación de átomos y moléculas, igualmente lo ha de tener en las moléculas biológicas más complejas, como las proteínas globulares o enzimas, que aunque no se reconozca son ya por derecho propio una forma de vida; y más aún en orgánulos, células y organismos completos.

Mathis intenta dar una “explicación local” para fenómenos, como las órbitas elípticas y los campos, que siempre han sido globales por naturaleza. Poincaré ya observó que cualquier ley expresada con un principio variacional admite un número infinito de explicaciones mecánicas, que por lo mismo no pueden dejar de ser fútiles. Pero el mismo principio variacional puede ser un factor de escala, un nudo corredizo, y esto nos sitúa ante otro tipo de consideraciones.

Si el monopolo es un ser fabuloso, no por ello deja de tener gran interés, al estar estrechamente ligado a fenómenos tan omnipresentes en la Naturaleza como la vorticidad o la fase geométrica detectada inicialmente en la polarización de la luz y el campo magnético del electrón. La fase geométrica, “cambio global sin cambio local”, es seguramente más conocida por el efecto Aharonov-Bohm, que nos muestra cómo una partícula cargada “siente” o refleja el potencial incluso allí donde los campos eléctrico y magnético son cero.

Curiosamente, la fase geométrica fue detectada en 1956 y 1958, mientras que el descubrimiento de la magnetosfera y la idea del viento solar también datan del 58, en los albores de la carrera espacial.

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En la cuestión del campo magnético terrestre lo cósmico y lo telúrico coinciden, lo que también hace pensar en que lo geofísico también puede trastocar lo geopolítico. Todos sabemos dónde se descubrió la brújula, y qué consecuencias tuvo finalmente para el mundo cuando se generalizó su uso en la navegación; pero aún nos queda por descubrir un muy simple principio que nos ayudará a navegar las edades futuras, caiga o no el cielo sobre nuestras cabezas.

Aunque resulte imposible de verificar con certeza, se estima que los picos máximos de exposición a radiación electromagnética de origen humano son hoy entre quince y dieciocho órdenes de magnitud superiores a los del campo electromagnético natural del planeta Tierra. Un diez seguido de quince-dieciocho ceros. Comparativamente, la contaminación atmosférica y la emisión de CO2 humanas sólo habría aumentado en una ridícula fracción con respecto a la generada por el ciclo natural de incendios de la masa forestal.

Por si esto fuera poco, con la implantación de la 5G esta exposición aún se multiplicará decenas o centenas de veces. En otra parte apuntamos cómo la fase geométrica puede servir para investigar la incidencia en los organismos de la polución electromagnética, ya que aunque no podemos medir directamente los potenciales, sí podemos medir su efecto en movimientos celulares y en el acortamiento de los telómeros de las hebras de ADN, que también exhiben fases geométricas. Siendo esta fase equivalente a un componente de torsión, puede verse como una medida del grado de contorsión forzada del sistema con respecto a un estado fundamental no forzado, lo que la hace robusta frente a las diversas clases de ruido. Incluso en nuestro ciclo nasal bilateral puede detectarse una memoria de fase de este tipo que se puede comparar con las variaciones del potencial electromagnético, para establecer una conexión biofísica tan rigurosa como sea posible.

Ya hemos hablado repetidamente de la fase geométrica y su incierto estatus en la física moderna. Puesto que su descubrimiento es más reciente que el desarrollo de la mecánica cuántica, se intenta clasificar como un mero apéndice de ella, aunque en realidad no responde a la mecánica conservativa, hamiltoniana, propia de los sistemas cerrados. La fase geométrica lo que justamente refleja es la geometría del ambiente, el “trasporte paralelo” de aquello que ha quedado fuera de las idealizaciones de las que dependen las teorías de campos, sea poco o mucho. Por tanto su importancia estratégica en la física teórica tendría que ser evidente, si no fuera porque, más allá del horizonte de sistemas cerrados propio de la “física fundamental”, todo se considera secundario.

Se trata de un grave error que la física teórica ha pagado muy caro. Del mismo modo que la fase geométrica añade una suerte de “quinta ecuación” a las cuatro convencionales de Maxwell, puede decirse también que permite añadir un “cuarto principio” a los tres principios de la mecánica de Newton. Hemos visto recientemente que esta fase geométrica permite hablar de una inducción puramente mecánica que es más general que la inducción electromagnética, y que puede verificarse fácilmente en diversos dispositivos e incluso en nuestro propio cuerpo pero que no ha encontrado todavía su ubicación adecuada en el marco teórico.

La fase geométrica es un fenómeno universal a todas las escalas y no es privativo de la mecánica cuántica como falsamente se dice; por tanto tendría que haber permitido ya franquear el umbral entre la mecánica clásica y la cuántica si no fuera por la inaptitud de los modelos asumidos para hacer tal cosa. Y por otro lado, nos permite salir de la caja de la teoría electromagnética y ver qué hay más allá de ella —tanto en la teoría como en la práctica.

Este desplazamiento no dinámico de la fase geométrica, en la base del llamado “principio holográfico” e interpretado por Bohm como un “campo de información”, está además directamente ligada a la mal llamada “teoría del potencial retardado” de la electrodinámica de Weber, muy anterior a la de Maxwell, que también puede usarse para explicar la ocurrencia general de las elipses. Y aunque una teoría basada en el potencial resulta a primera vista incompatible con una perspectiva como la de Mathis, no hará falta recordar que el grado de polarización y la entropía de un haz de luz son conceptos equivalentes, lo que de hecho añade una conexión a nivel fundamental con la termodinámica del mayor alcance.

El “cuarto principio”, aún por definir, aún por convenir, envuelve a los otros tres como un término de autoinducción: este es el nudo corredizo del que antes hablábamos. Esa autoinducción está ligada a la relación entre los cuerpos y el vacío ambiente ordinario. En las teorías de campos aparece lo que se denomina autoenergía y autointeracción debido a la aceleración de las cargas. A la fase geométrica se la llama así para distinguirla de la fase surgida de las interacciones o fuerzas, pero eso no significa que sea pasiva con respecto a ellas. ¿Cómo podría ser pasiva una correlación instantánea con respecto a algo a lo que le lleva tiempo y movimiento actualizarse? Tendría que ser al revés, y nos parecería lo más evidente si no fuera porque la física ya ha invertido todas las relaciones en función del movimiento, y de una determinada manera de calcularlo y determinarlo, que hemos llamado el “sincronizador global”.

En realidad, todo lo que hoy llamamos “leyes físicas” de la Naturaleza no son sino pálidos y muy restringidos reflejos de un principio guía que más nos evade cuando más nos aferramos a la Ley y a la letra en vez del espíritu del que dimana.

Para el moderno físico teórico, “nada es más práctico que una buena teoría”, dado que aquí la teoría se ha puesto desde el principio al servicio de la predicción. Pero lo que vamos a comprender muy pronto, por el contrario, es que nada tiene más profundidad teórica que una buena práctica; y eso, dentro de la Tecnociencia actual, también significa que ha de llegar a concretarse en forma de máquina, o, si se prefiere, en una forma nueva de relacionarse con las máquinas.

Toda nuestra mecanología depende tácitamente de los tres principios de la mecánica, pero hasta ahora estos principios nos han servido para encerrar y recircular cosas que eran ajenas a ella. Ya aquella primera clasificación que hizo Jacques Lafitte de máquinas pasivas, activas y reflexivas se relacionaba de forma muy directa con los tres principios, y bastaría devolver estos a su trasfondo original para poder romper el círculo del hechizo y verlo todo de otra forma.

Puesto que las teorías dominantes se muestran incapaces de superar la inercia de sus triunfos y han muerto ya de éxito, será en las máquinas donde tendrá lugar la síntesis, nunca más conscientemente a contracorriente de esa misma teoría que confisca a posteriori la explicación de lo que es incapaz de predecir. Esta vez no será así, porque la máquina estará expresamente concebida para destruir la teoría y el loco espíritu que la habita.

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La llamada fase geométrica, identificable en la locomoción animal y que hoy también se usa abundantemente en la robótica y la teoría del control, permite establecer interfaces entre máquinas y seres humanos a muchos niveles diferentes, y seguramente también permite la conversión y transición entre esos diferentes niveles. En este sentido, supone un peligro extremo, puesto que a la vista está que hoy Control quiere cerrar definitivamente su puño sobre el hombre y la Naturaleza. La hipótesis cibernética tenía y sigue teniendo un enorme agujero, pero este discreto asistente es capaz de irlo cubriendo grado por grado sin que apenas nos demos cuenta de lo que está sucediendo. ¿Acaso no se usa la fase geométrica como un parámetro rutinario en la tecnología punta sin que apenas nadie se pregunte sobre su significado? Nada más preocupante que esta irreflexión.

Para decirlo más claramente: aquello que se utiliza hoy como factor de rectificación en la teoría del control, e incluso en la llamada “computación cuántica”, es algo que ha tenido siempre la Naturaleza “de fábrica”, de las elipses de los planetas a las de los electrones; sin embargo, se nos sigue diciendo que todo esto está gobernado por “fuerzas ciegas”. Aquello que hoy se usa sistemáticamente para puentear la brecha entre lo humano y la natural estrechando el cierre tecnocrático es la mismísima condición de apertura que conecta a los supuestos “sistemas cerrados” con su fuente.

Ya hemos visto en otros escritos que “las tres leyes del movimiento” pueden transformarse profundamente al sustituir el principio de inercia por el de equilibrio dinámico, conservando la masa de datos y predicciones de la física actual. Pero la fase geométrica, perfectamente compatible con el equilibrio dinámico, también permite modificar profundamente la idea del “sincronizador global”, fundada en el concepto de simultaneidad de acción y reacción, introduciendo un tiempo propio de cada sistema. El verdadero sincronizador global no puede estar dentro de la dinámica, sino fuera de ella, precisamente en la correlación instantánea de la fase geométrica. Es la dinámica la que reacciona, y es todo lo que se mueve lo que tiene un tiempo propio. Las ideas de localidad y causalidad se deben justamente a esto, no al contrario, como hoy se piensa.

No podemos captar aún las consecuencias de esta transposición porque nuestra propia subjetividad se ha incorporado a este esquema mecánico, y el Sincronizador Global es el guardián de todo el capital material-simbólico acumulado. Ir más allá de este demonio equivale a liberar al hombre y a la Naturaleza; pero, ¿queremos realmente la liberación? No es que las máquinas puedan liberarnos, sino que podemos liberarnos de las máquinas, de nuestra compulsión instrumental, por vías más graduales o más directas, aunque siguiendo una misma orientación. Pero toda esta ruta está llena de peligros y de engaños, empezando por la ilusión de poder tenerlo todo a la vez sin el menor sacrificio.

Aunque tendría que ser evidente y dé reparo decirlo, no está de más recordar que en la práctica es imposible una liberación del hombre por el hombre si nuestra idea de la Naturaleza no trasciende el umbral instrumental, puesto que las técnicas del uso y explotación de la Naturaleza acaban siendo las mismas que se aplican al uso y explotación de los hombres. Máquinas, aparatos, dispositivos e instituciones son “espíritu coagulado”, para emplear la imagen de Weber, y el espíritu no suelta su presa sin otras disposiciones. Ahora bien, los, para muchos, “neutros” tres principios de la mecánica definen la disposición general y los límites de nuestro mundo, la economía simbólica en la relación de nuestra civilización con el ignoto fondo natural. Ni la relatividad, ni la mecánica cuántica, han cambiado esto en lo más mínimo.

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René Guenon dejó dicho en alguna parte que, en otro tiempo, el hombre era receptivo con respecto al Principio pero activo con respecto a la Naturaleza, mientras que el hombre moderno se ha vuelto de espaldas al Principio mientras se ha hecho reactivo en relación al mundo natural. No es esta la percepción que los modernos, que creen enseñorearse del mundo exterior, tienen de sí mismos, sin embargo el dictamen de Guenon en más fiel a la realidad. La naturaleza respecto a la cual ese hombre era activo no era otra que la suya propia, y ese era ante todo su jardín. Y, efectivamente, hacer de la naturaleza algo externo nos lleva indefectiblemente a que nuestro interior se vuelva reactivo con respecto a nuestra creciente injerencia en el mundo exterior. Así el Principio se convierte en Ley de hierro para los que lo ignoran.

Si equilibráramos la parte predictiva y la parte descriptiva de la física, algo que ahora ni remotamente sucede, pronto veríamos que la cuestión del eje polar y la orientación de la materia nos lleva por el camino más corto de las leyes al elusivo pero omnipresente Principio. Para esto no se requieren gigantescos proyectos científicos sino sólo un cambio de mentalidad. Para un gran número de experimentos cruciales ni siquiera se necesitan satélites; algunos sensores, muy básicos, se derivan directamente de pruebas como la de Trouton-Noble de 1901 y 1903, o de otras parecidas. No es cuestión de tecnología punta, sino otra orientación de la inteligencia. El mayor obstáculo, por supuesto, es la enorme inercia de la Gran Ciencia, su aplastante burocracia y la miserable, interesada estrechez de criterios que impone.

Los tres principios de la dinámica y el movimiento, incluso en su versión convencional, están ligados estrechamente a esos “tres escalones asintóticos” en la estructura del mundo físico y el modo en que lo percibimos: la materia, la luz o radiación, el espacio vacío. Entre materia y radiación hay cierta reciprocidad, que ahora interpretamos ordinariamente en las teorías de campos, con un espacio métrico y curvatura. Más allá del espacio plano o vacío está el medio primitivo homogéneo, con densidad unidad, que no se ha ido a ninguna parte porque está fuera de cualquier movimiento o determinación. De un medio tal no puede decirse ni que tenga cero ni infinitas dimensiones, ni que sea lleno ni vacío, consciente ni inconsciente.

La relación de esos tres escalones o estadios con el cuarto define la conexión de lo mensurable con el Principio inmensurable. Estos tres estadios tienen una correspondencia no trivial con la idea india de los tres cuerpos: el denso, el sutil y el causal, superpuestos al Sí-mismo. Efectivamente, lo que llamamos “luz” y “fotones”, con sus espectros de absorción y de emisión, y con muchas otras peculiaridades que aún no hemos investigado, no son simplemente partículas viajando por el espacio, idea que ya tiene mucho de cómica. Son parte de nuestra interioridad, y del ruido estocástico integrado con la señal en los niveles de la vigilia y el sueño, aunque aún no sean eso que denominamos “subjetividad”, que no puede tener relación con el movimiento ni el tiempo, sino que es propiamente su trasfondo.

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La radiación electromagnética que ahora nos invade es “no ionizante”, y está claro que nada tiene que ver con las deletéreas partículas cargadas de alta energía del viento solar. En la jerga convencional de la ciencia que ahora manejamos, esta radiación de origen humano está hecha sólo de “fotones”, partículas sin masa y de muy baja energía. Puedo escuchar las risas si digo ahora que esos fotones forman ya parte de nuestra interioridad y de nuestro trasfondo mental; pero creer que los fotones están viajando de una parte a otra “ahí fuera” me parece aún más risible e inapropiado. Para decidir qué está “fuera” y qué está “dentro”, si es que tales cosas tienen sentido, habría que analizar con cuidado la relación entre los tres estadios, de estos con los principios, y de estos con el Principio.

Aún hay todo tipo de dudas sobre el efecto que pueda tener esta radiación sobre los organismos, entre otras cosas porque la imparcialidad se ha vuelto imposible y ya sabemos de qué lado está el dinero; así que cada cual tendrá que juzgar por su propia experiencia si es capaz de agudizar su observación. Pero es evidente que es una aberración saturar la atmósfera hasta tales extremos y que deberíamos oponernos frontalmente a ello. Hay alternativas y soluciones técnicas de sobra, y tampoco necesitamos en absoluto tanto estúpido tráfico de datos cuyo uso principal es aumentar la vigilancia de la población hasta la náusea. Los que empujan las nuevas generaciones inalámbricas a cualquier precio, pagarán caro su error. Aún están a tiempo de redefinir sus no-estrategias.

Por lo demás, cuestiones aquí aludidas como el campo de carga fundamental y los múltiples niveles de manifestación de la fase geométrica son también de una enorme relevancia para la biología: recordemos que esta fase denota el acoplamiento de “un sistema” con la geometría del ambiente, o como dice la jerga contemporánea, con su información.

El estado actual de las ciencias no es casual y pocas cosas están más cuidadosamente dirigidas desde arriba. Su clausura e inercia extremas, su marcada necrofilia, responden estrictamente a una situación de hegemonía global amenazada, además de a una evolución histórica y un proceso gradual de toma de mando por las burocracias públicas y privadas. En todos los países los rezagados descomponen el paso para intentar hacer “ciencia competitiva”, pero nada hay menos competitivo y abierto al debate que la ciencia actual.

Todos los países harían bien en desenganchar sus objetivos y prioridades de esta “ciencia” globalizada, que en verdad no va a ninguna parte, salvo a donde unos pocos quieren. Ya que la situación actual responde a un impasse geopolítico, esperemos al menos que aquí y allá, las cabezas con más discernimiento se nieguen a hacer el trabajo sucio que se reclama desde muy contados centros de poder. Que en países como China, Japón, India, Irán, Brasil, Australia, Alemania, Francia o la misma España, exista la personalidad suficiente para no dejarse embaucar por un modelo de investigación, sin competencia y cada vez más incompetente, que otros consiguen imponer para su propio prestigio e interés. O incluso en los mismos Estados Unidos, a los que sus medios tratan como a otra nación conquistada.

No todo depende del dinero, y en la ciencia tampoco, o de otro modo ya estaría completamente muerta; pero es evidente que cuando más fondos se vierten en ella más profundamente se entierra la verdad. Parece ya casi cantado que en torno al 2026, cumpliéndose los cuatrocientos años de la publicación de aquella fábula inconclusa de Bacon, asistiremos al hundimiento de la Nueva Atlántida, y con ello también a la descomposición de toda su red de influencias. La ciencia ha sido un fenómeno político de primer orden al menos desde que en 1703 Newton asumió la presidencia de la Royal Society, el primer think tank de los tiempos modernos.

A la colusión ciencia-poder le importa muy poco la Naturaleza, puesto que si le importara, lo primero que harían sería cambiar radicalmente la idea de la ciencia y la idea de lo natural. Y lo mismo vale para todos nosotros: no se puede querer “salvar el planeta” mientras se abraza una ciencia de lo muerto y de la muerte. Pretender la superioridad moral sin cuestionar la cosmovisión imperante es sólo política barata, puesto que la idea que se tiene de la Naturaleza y nuestra naturaleza es totalmente inasumible para empezar. Hoy “la Ciencia” sirve ante todo para legitimar el paso de una democracia ya casi ni formal a la más opaca y tecnocrática de las tiranías.

Donde hay una barrera hay una forma de cruzarla. Un sólo “dispositivo” puede cortocircuitar para siempre la disposición de la mecánica y lo que creemos que es mediado e inmediato dentro y fuera de nosotros.

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Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando. La única inversión de los polos al alcance de todos es la que media entre el dominador y el dominado, con un creciente empleo, eso sí, de toda suerte de argumentos pseudocientíficos. Y la única forma que tenemos de alterar esa relación es no dando crédito a sus ubicuas mentiras y negándonos a obedecer los mandatos de una dirección no sólo indigna sino claramente criminal.

Recordemos una vez más la ley de potencias o regla de Pareto del 80/20 que define la distribución de la riqueza en el mundo: una quinta parte de la población tiene cuatro quintos de las propiedades, pero a su vez la quinta parte de esa quinta parte posee 4/5 de los 4/5, y así sucesivamente. Reiterando hasta el absurdo esa sucesión, se concluye que tres individuos o familias poseen tanto como la mitad del planeta, y lo que es más importante, la mayor parte del excedente de poder de compra, que sirve justamente para garantizar la sujeción de quienes están por debajo en la jerarquía.

Esta ineludible ley de potencias, que los economistas y sociólogos tienen el gran mérito de ignorar, es precisamente el hecho fundamental de la economía y la sociología dentro de nuestra no-economía y no-sociedad, la estructura y la dinámica que define la concentración real de poder, su jerarquía, y los entresijos reales de las obediencias y tratos de favor en el tecnofeudalismo realmente existente. Esta concentración extrema sólo puede sostenerse en el anonimato, pues la exposición pública de la cúspide de la pirámide la haría extremadamente vulnerable —y no hay ni que decir que el núcleo de la plutarquía, necesariamente una criptarquía, no está constituido por los potentados vicarios que dan la cara en los medios y aparecen en las listas de las principales fortunas.

Nada de lo que ahora sucede con la plandemia o la nefasta campaña de vacunación masiva puede tener lugar sin la voluntad de esa minúscula cúpula, clave de arco de toda la estructura de la deuda mundial. Igual que el capital, el poder está calculadamente distribuido para evadir cualquier responsabilidad; lo que ha permitido un aumento sostenido en la escala del crimen, hasta llegar a lo que ahora presenciamos. Sin embargo la estructura y la concentración permanece, mientras nosotros somos incapaces de identificar a tres elefantes en el cuarto de la lavadora; aunque ciertamente no hay lavanderías como los bancos, las sociedades anónimas y los fondos de inversión.

Existe una proporción directa entre esta acumulación inducida y bombeada por el sistema de deuda, y reflejada en las sucesivas iteraciones de la ley de potencias, y los ciclos de contracción y expansión de la deuda y los mercados que a su vez se hacen eco de ciclos astronómicos. Ciclos que conciernen a Júpiter y Saturno, y por lo tanto al Sol y a nuestro planeta, y que se han ido decantando y adquiriendo impulso durante los tres últimos siglos. La estructura de la deuda y de la usurpación del poder de creación del dinero público es una escultura en el tiempo, jalonada por el fraude, la corrupción, la guerra y el crimen generalizados.

También se puede establecer un paralelismo algo más que superficial entre la teoría estándar del electromagnetismo y su carga eléctrica “intrínseca”, por un lado, y la idea que todavía hoy impera sobre la creación del dinero, y que se atribuye a los bancos centrales en vez de los bancos privados —si bien en última instancia quienes realmente lo crean son quienes piden y amortizan los créditos. ¿Superaremos algún día estas mistificaciones y engaños?

El dinero crea espacio para su imprescindible expansión destruyendo: es la “destrucción creativa” de Schumpeter, que con el presente desequilibrio ha adquirido una nueva dimensión. Pero los que no tienen el dinero, sólo pueden crear espacio para ellos mismos no creyendo, no obedeciendo y no asintiendo. Sólo desde ese espacio creado y esa libertad para no hacer puede surgir una iniciativa digna de tal nombre.

Referencias

Paul de Métairy, Cambio Climático: la verdad de lo que se nos viene encima

Miles Mathis, http://milesmathis.com

Miguel Iradier, http://hurqualya.net

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