LA GRAN ESCISIÓN

LA GRAN ESCISIÓN

La manipulación de la vida con las biotecnologías tiene lo necesario para desencadenar el más profundo cisma y la más grande conflagración entre seres humanos que hayamos conocido. Tarde o temprano la gente se verá obligada a definir su posición al respecto y esto, por más que se procure instrumentalizar, romperá por completo todos los lineamientos políticos conocidos basados en el cálculo de intereses.

Mientras escribía «Caos y transfiguración» pensaba en el papel que desempeña Israel en industrias odiosas como el ciberespionaje o las paramilitares empresas de seguridad que aspiran a convertir el mundo en una gigantesca franja de Gaza. «Al menos», me dije para mí mismo, «para ser un estado que prioriza el desarrollo tecnológico como quien empuña un arma, no se han metido en las biotecnologías». Eso creía. Quise atribuirlo a un cierto escrúpulo religioso, que uno aún supone que tiene su peso en ese país.

Para confirmar mi suposición, hice una rápida búsqueda en la red «biotecnología israel» y en las pocas entradas que ojeé no encontré nada que contrariara mi idea de que, ya fuera por la religión o por mero cálculo inteligente, o por una mezcla de ambos, e incluso por mero instinto, los ciudadanos del estado judío había decidido no mezclarse con ese género de asuntos —lo que me hablaba bien de su juicio.

Debo advertir, por si hay suspicacias, que mi interés primario en esta asociación de ideas era el estado de la biotecnología en el mundo, no el estado judío —éste por el contrario me parece un sismógrafo críticamente sensible en la falla tectónica, que no es menos juntura, entre la fe monoteísta y la hoy casi todopoderosa religión del mercado que sólo pudo surgir de la primera.

Cabe suponer, también, que la manipulación de la vida socava de manera igualmente crítica la autoridad religiosa, lo que tendría que ser un punto particularmente sensible en cuanto a la posición de un estado que ya supone un culto de suyo. En esta búsqueda desganada pude comprobar también que el último Congreso Mundial de Derecho Médico y Bioética se había celebrado en Tel Aviv en septiembre del 2018.

El caso es que a los pocos días y ya olvidado del asunto encontré un trabajo partisano que echó por tierra mis ideas bienpensantes, «El fabuloso negocio de los recién paridos» de María Poumier, cuyo capítulo final se titulaba «La responsabilidad israelí»1. Puesto que su autora se ha ganado el calificativo de «antisemita» e incluso ha sido amenazada de muerte desde hace muchos años, tengo buenas razones para pensar que sus imputaciones son más que fundadas, pues de otro modo ya estaría en la cárcel o con orden de busca y captura.

Poumier, que habla de Israel como «el primer país en exportación de pornografía, trata de blancas y negras, y tráfico de órganos» también lo considera «el pionero en la globalización de este negocio». En cuanto a los primeros cargos, que muchos tomarán como propios de un libelo, dudo de que se pueda encontrar mucha documentación fiable, así que el lector tiene todo el derecho a ponerlas entre paréntesis o a olvidarlas por completo si así lo prefiere. Si que parece cierto que Israel figura en listas negras de tráfico de órganos e incluso un medio como el New York Times habla del «papel desproporcionado» que los israelíes han jugado en grandes tramas de tráfico de órganos 2; algo que también es admitido por Haaretz 3. En cualquier caso se comprenderá fácilmente que uno no esté demasiado interesado en rastrear estas tramas.

En cuanto a la globalización del negocio de los vientres del alquiler, es algo mucho más difícil de ignorar puesto que requiere toda una cobertura legal y un concertado «ecosistema», tal como ahora lo llaman, de médicos, abogados, psicólogos, publicidad, agencias y laboratorios de fama mundial. «En Israel», dice Poumier, «la actividad comercial no encuentra trabas estatales; toda la industria apunta al mercado global, y a nivel de legislación, la lógica del derecho mercantil contractual tiende a sustituir cualquier otra reflexión jurídica, como en EEUU». Por otra parte, desde el punto de vista religioso, según la misma autora, «no se considera pecado experimentar sobre los seres humanos no judíos» 4. Habría pues una connivencia entre el punto de vista religioso del judaísmo y los intereses demográficos, comerciales y estratégicos del estado judío y sus ciudadanos de derecho.

Para que nos hagamos una idea, Poumier resume algunos de estos manejos: «La agencia Tammuz fue la agencia pionera en el comercio triangular: importar células sexuales desde EEUU, fabricar embriones en Israel, congelarlos e implantarlos en úteros asiáticos, seleccionados por médicos locales en «granjas de bebés», entregárselos a parejas de cualquier parte del mundo, asegurando no sólo los cuidados médicos, sino los servicios de abogados para sobreponerse a la legislación propia de cada país, y lograr la exportación legal del niño, con los documentos y la nacionalidad deseada por los compradores, supuestos “padres de intención” 5.

Con un 25 por ciento, Israel tiene tal vez la tasa de infertilidad más alta del mundo, pero diversos factores como la proliferación de agresiones químicas, disruptores hormonales, aumento de la polución electromagnética y otras muchas condiciones de la vida moderna hacen cuanto pueden para que el problema se dispare casi en todas partes; espoleada por la indispensable publicidad, la demanda no dejará de crecer y la industria contempla un futuro dorado. Pero, evidentemente, no estamos aquí para hablar de negocios.

¿Qué tiene la biotecnología para poder trastocar todos los alineamientos políticos desde América a Australia, desde Rusia a Oriente Próximo, desde China e India a los países donde el Islam es mayoritario, desde Japón a Europa occidental? ¿Qué hay en ella tan decisivo, que pueda lograr que dentro de veinte o treinta años las relaciones diplomáticas de cualquier país con Washington se conviertan en un asunto secundario en comparación?

En un mundo con algo de sensatez nadie se atrevería a hacer estas preguntas; en un mundo con alguna sensatez se daría por supuesto que la vida tiene ascendiente sobre el dinero. No en este mundo nuestro, y ahí es precisamente donde puede plantearse la Gran Escisión. Del mismo modo que va adquiriendo fuerza la oposición a la globalización por su mismo triunfo y sus excesos, considero que un rechazo cada vez más violento a la invasión de la vida por la lógica del mercado es no sólo inevitable, sino también deseable.

Que la teología del mercado ya ha invadido todos los órdenes de la vida y no sólo la economía no es ningún secreto. Que el punto de fisión se acerque al querer tratar la vida misma como puro objeto biológico será tan sólo por la más legítima reacción de autodefensa de la propia vida y la conciencia luchando por mantener un mínimo de integridad.

Pero hay una gran diferencia entre la creciente oposición a la globalización y el rechazo al tráfico y desnaturalización de la vida. El movimiento populista contra la globalización puede tener aspectos legítimos pero está sin duda motivado por el interés y el deseo de mantener ciertos privilegios entre amplios sectores que sólo conocen la movilidad social hacia abajo.

El rechazo a hacer de la vida misma una mercancía trasvasada de una probeta a otra es algo mucho más intenso y profundo, aunque no deje de tener una fortísima relación con la extremada desigualdad social. Seguramente es al combinarse ambos factores que entramos en un terreno peligroso y sin cartografiar.

Las llamadas de lo que antes se llamaba izquierda para luchar contra un supuesto fascismo en ascenso son hoy un mero juego de conveniencia electoral que cualquiera puede ver a la legua. Pero el oportunismo de esta desgastada épica burguesa con su no menos raído teatrillo burgués corre el riesgo de ignorar cosas mucho más serias que podrían empezar a concretarse, justamente, al dejar de repetirse una función de la que todos estamos cansados. Aquí es donde se ciernen, no tan lejos de nosotros, otros espectros bien distintos del totalitarismo, que además tienen todas las posibilidades de polarizarse y adoptar signos opuestos.

El antiliberal americano de hoy todavía comparte los mimetismos del poder económico hasta el punto de querer creer que un magnate inmobiliario puede representar sus intereses. Apelando a lo más egoísta y embotado de cada cual, se consigue aún ocultar la evidencia de que la mayoría de la población son negros al servicio de una minoría ínfima que íntimamente los desprecia. Aunque es de suponer que la ingeniería social del autoengaño tiene sus límites.

En cualquier caso, desprecio es la palabra clave. Y una de las muchas formas de estas «élites», de mostrar su desprecio, seguramente la mayor, es utilizar a las masas como su reserva biológica privada. Un desprecio insufrible que seguramente demanda reciprocidad o algo más que reciprocidad. Si ellos no quieren quitarle la mano a la vida de encima, es normal que otros quieran quitarse de encima esa mano de la forma más violenta.

Es verdad que en principio estas cosas no se hacen sin un consentimiento entre las partes, pero por otro lado, todo la ampliación de este negocio, y no sólo del negocio sino de la estrategia global de la que forma parte, depende de ir ganando más y más consentimiento de nuestra parte a estas prácticas. O estamos ya efectivamente muertos o tarde o temprano el conflicto está servido.

Puesto que el desprecio es un lujo, un deshacerse de algo que nos sobra, también las masas desfavorecidas quieren darse el lujo de despreciar, y nada hay hoy tan despreciable como estas élites a las que con mi mejor griego acostumbro a llamar la Megachusma.

Cuando mayor sea la presión para obtener nuestro consentimiento en cuestiones como la manipulación de la vida y su apropiación por otros, más fuerte ha de ser este rechazo. Es una cuestión de puro asco y de desprecio, que a su vez se muda en desprecio por toda visión que quiere reducir lo humano a la economía, ya sea desde la derecha o desde la izquierda moribundas: y así es como encontrará su fin el entretenido teatrillo ideológico al que todavía asistimos.

Entonces si que veremos una realineación masiva de posiciones e identidades, a las que dudo incluso que les duren sus nombres actuales. No soy tan milenarista como para creer que esto nos tenga que acercar a «la hora de la verdad», pero lo que sí es cierto es que supondrá todo un desafío para la larga tradición de la política del cálculo.

Efectivamente, y como bien lo prueba el tema del que estamos escribiendo, el actual sistema no quiere ni parece que puede privarse de aprovechar la más mínima oportunidad; no tiene otra fatalidad que ésta. Y así, también el cálculo político intentará cabalgar este tigre y aprovechar el casi ilimitado caudal de desprecio que ya hemos conseguido acumular. Sólo que esta vez probablemente no se trate de un gato castrado, ni siquiera de un animal hembra como el tigre, y los que jueguen con fuego tendrán ocasiones para arder en la pira como los mejores pirómanos.

El rechazo a inmiscuirse en lo más íntimo de la vida, su reproducción, difícilmente puede calificarse como «un prejuicio religioso» del monoteísmo, cuando vemos que ha sido justamente la cultura judeocristiana la que ha llevado las cosas hasta este punto. Por el contrario, la incapacidad para dejar nada tranquilo, si que parece un intolerable prejuicio de ese otro monoteísmo, el económico, que ya tiene decidido que nada tiene otro valor que el que le pone el hombre.

La misma idea del genoma como el Libro de la Vida o como programa informático no deja de ser otra fantasía fundamentalista, del mismo estilo que comparar nuestro cerebro a un ordenador. Afortunadamente para nosotros, la naturaleza demuestra ser bastante más compleja que todo eso, de otro modo la intervención humana ya habría llegado mucho más lejos. El mismo ADN, para garantizar la estabilidad de la herencia, tiene que ser una molécula pasiva, y son las enzimas las que demuestran discriminación sintetizando proteínas distintas partiendo de unas mismas bases. El ADN no ha hecho a la vida, sino que la vida ha hecho al ADN. ¿Quién pondrá en duda esto? Y a pesar de todo, se nos sigue intentando convencer de lo contrario. Si de hecho hay algún motivo para no ser del todo alarmista, no es por las intenciones del hombre, sino por la tenaz resistencia que ofrece todo lo vivo a la simplificación.

Pero si la genética siempre tendrá un alcance muy limitado, ya se encargan los talentos creativos de enmendar su insuficiencia con otros recursos, ya sean células madre, cultivos de tejidos y órganos, y todo un mundo de infinitas posibilidades que aquí no queremos ni mencionar. En definitiva, si la metáfora del código resulta tan estrecha para la vida, siempre podremos apelar a su plasticidad ilimitada.

Claro que esta lógica también se aplica entre los escalones cada vez más empinados de la pirámide social, y no como metáfora sino como cruda realidad. Dado que nos importa tan poco qué pueda ser la naturaleza más allá de los manejos humanos, estamos condenados a verificar cómo responde la naturaleza humana en las condiciones de aislamiento propias de una reserva, en eso que denominamos «el experimento social».

Ni una derecha ni una izquierda fundadas en los presupuestos económicos y que sólo disputan sobre cómo ha de administrarse lo humano podrán tener jamás la fuerza necesaria para rechazar como se debe lo que se nos viene encima. La manipulación de la vida no sólo socava la autoridad religiosa, también la poca credibilidad que le queda a los defensores del mercado. Más todavía: apunta directamente a esa «aristocracia financiera» que, de no cambiar sus planes, figurará como lo más despreciable de todo. Y en tales condiciones, sólo se puede gobernar con el terror, y no por mucho tiempo.

La justicia distributiva es sin duda una buena causa, pero al haberse diluido sin remedio por tanto cálculo, ha dejado de ser causa justa, causa capaz de justificar acciones y sacrificios, y no sólo de justificarlos, sino impulsarlos.

Poner la mano sobre la vida de estas maneras es atraer desgracias sin cuento sobre los humanos. ¿Superstición? Es lo único que cabe con la implacable lógica de estos negocios y paranegocios. Y ya que estas élites tan distinguidas no entienden otra lengua que la del comercio, sería de desear que las compañías se abstengan de ejercer su proverbial perspicacia y no adquieran gangas minutos antes de que se conviertan en muertos caminando.

Abstenerse es aquí palabra clave, la única tal vez que podría revertir la intoxicación del poder. Puesto que tras haber porfiado tanto, se ha llegado a poder hacer estas cosas, el único poder verdadero sería… poder abstenerse de ellas.

¿Se entiende el poder de la abstención en asuntos de este calibre? Crean un hueco y un espacio donde ya ha dejado de haberlo; donde es tan desesperadamente necesario. Dicen que el gobierno consiste en combinar el ejercicio de la fuerza y la capacidad de adhesión, aspectos que tanto gustan de excluirse. Saber no ejercer un poder también es ganar una espontánea capacidad de adhesión.

La abstención también vale para el «consumidor que se lo puede permitir», e incluso para el que no tiene otra cosa que su desprecio, tal vez demasiado fácil. Ceder es demasiado fácil en los tres casos, por eso la abstención conquista un mérito que atrae bendiciones, crea una situación nueva y de algún modo conjura ese aciago no poder resistir. Pero esta abstención no excluye otras formas de acción sino que más bien las alumbra.

Hay una atracción fatal del que se sitúa de espaldas a la vida por apropiarse de ella, que no puede subestimarse. Debe ser tomada muy en serio si se quiere obrar en consecuencia.

Notas

1

1 María Poumier, El fabuloso negocio de los recién paridos: Parte IV: ‘La responsabilidad israelí’
https://redinternacional.net/2019/04/17/el-fabuloso-negocio-de-los-recien-paridos-parte-iv-la-responsabilidad-israeli-por-maria-poumier/

2 Kevin Sack, Transplant Brokers in Israel Lure Desperate Kidney Patients to Costa Rica
https://www.nytimes.com/2014/08/17/world/middleeast/transplant-brokers-in-israel-lure-desperate-kidney-patients-to-costa-rica.html

3 Noga Klein, Israel Became Hub in International Organ Trade Over Past Decade https://www.haaretz.com/israel-news/.premium-israel-became-hub-in-international-organ-trade-over-past-decade-1.6492129

4 María Poumier, op. cit.

5 María Poumier, op. cit.

LA TECNOCIENCIA Y EL LABORATORIO DEL YO

Imagina que enciendes el móvil. Tienes una aplicación especial con un menú de interfaces para otro componente especial incluido en el hardware, un electrón confinado en un pozo cuántico. El juego consiste en modificar los estados de la partícula con el mínimo de ayuda de interfaz. Hay muchos niveles. En el límite, tendrías que poder soltar tu móvil y sintonizar/interactuar con el electrón a voluntad. ¿Sintonizar o controlar? Esa es la cuestión.

Introducción

Si la tecnología es antes el problema que la solución, usarla como solución de todos los problemas sólo amplifica al infinito el problema original. En el siglo XX se escribió sin cuento sobre la ciencia y se hicieron toda suerte de reflexiones profundas sobre la técnica, pero, de manera casi increíble, la relación que existe entre ambas se resiste a cualquier tratamiento razonable, mínimamente consistente. Y así, todo lo que digamos sobre la ciencia o sobre la técnica, por más que pretenda circunscribir su dominio, tiene que ser igualmente deficiente y falto de alcance. El saber-poder es un sujeto decididamente impuro que recuerda a un perro rabioso girando en círculo para morderse el rabo, y al que nadie se atreve a ponerle la mano entre la cola y los dientes.

Que este engendro moderno de la tecnociencia reduzca a tal impotencia nuestra capacidad de análisis ya lo dice todo. Apenas se advierte que es la ciencia, en tanto que arte sacerdotal, la que crea el marco de discursos sobre usos y aparatos, limitándose la tecnología al papel auxiliar de rellenarlos en nombre del beneficio del consumidor. Si en el horizonte de fusión hombre/máquina en que vivimos todo esto parece ya nimio es porque ha desaparecido cualquier sentido de la responsabilidad, y si ha desaparecido el sentido de la responsabilidad es porque se siente que no se puede hacer otra cosa.

La imagen del perro es por supuesto un chiste. Si en lugar de ello afirmara que la tecnociencia es una criatura que aún se revuelve en su huevo tal vez nos recorriera un estremecimiento. Se diría que uno tiene en la mano ese huevo y sopesa qué hacer con él. Hay en la palabra y en la cosa un potencial latente que no ha visto todavía la luz. Acercarlo al umbral de la conciencia es contrario a la deriva actual.

La utilidad de estas cosas para el hombre es lo de menos; no hay que preocuparse de dar de comer al que ya se ahoga en el vómito por sus excesos. Al contrario, se trataría de liberar eso que ahora está entretenido apretando un botón. Cuando dejamos de oprimir algo, ese algo tiene oportunidad de ascender. Podría ser la naturaleza, podría ser nuestra propia naturaleza.

Sin embargo aquí voy a hablar de leyes y de máquinas, cosas que atesoran un alto grado de abstracción. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene, cuando sólo absteniéndonos de su contacto tendríamos oportunidad de ver a dónde va todo? No encuentro una respuesta para esto. En el fondo, creo que se trata del más puro e injustificado optimismo por el futuro de la ciencia y de la técnica. O tal vez no tan injustificado, si éstas son un fiel reflejo del orden mundial, siempre perecedero y volátil. Entonces, a lo mejor sólo intento concebir que, igual que otro mundo es posible, también son posibles otra ciencia, otras técnicas y otros vínculos con la naturaleza.

Disposición de la mecánica

Quien elige un principio, seguro que ya ha elegido el final y hasta los medios. Para acercarse a la relación entre la ciencia y las máquinas, no hay nada mejor que los tres principios de la mecánica de Newton. Incluso plantear correctamente la mecanología, que es sólo una parte de nuestro tema, demanda una comprensión de la mecánica que traspase de lado a lado la visión convencional. Nadie sabe lo que puede un cuerpo, decía Spinoza; veamos entonces si los principios de la mecánica lo saben.

Los tres principios de Newton, surgidos como enmienda de los propuestos por Descartes, no sólo pertenecen a la física sino que tienen una indudable base común con los niveles más inmediatos de la experiencia humana en general. Lo que no significa que deban confundirse sin más con esa experiencia: cualquiera admitirá que están extraídos o abstraídos de ella, constituyendo la parte que nos parece cuantitativamente más relevante.

Ni que decir tiene que, dejando a un lado toda consideración cualitativa, esa parte cuantitativa ni agota ni engloba todos los aspectos medibles, sino que se contenta a lo sumo con simplificarlos. Cualquiera de los tres principios se perfila sobre un fondo de posibilidades indefinidamente mayor.

El primero de inercia, ya perfeccionado por Descartes, comporta el magno problema del sistema de referencia. Pero tanto la inercia como el sistema de referencia se siguen despachando con un mero expediente geométrico. Si de verdad se trata de hacer física y no sólo matemáticas, el origen de coordenadas de un marco de referencia, como muy justamente dice Patrick Cornille, ha de localizarse siempre en el centro de masa de una partícula puntual, cuyo valor ha de incorporar. Que la masa pueda existir en un punto es ya otra cuestión. Esta conexión es la indispensable precondición para que la descripción formal en términos de espacio y tiempo tome contacto con lo material a través del movimiento. Abundando en lo dicho, el movimiento de una bola que rueda ha de estar referido a ejes de coordenadas inerciales externos al objeto o sistema, con lo que tenemos un objeto aislado con la propiedad de no estar aislado.

El segundo que define la fuerza, no hace explícito que sólo se tienen en cuenta las fuerzas controlables. En física todo lo controlable es medible, pero no todo lo medible es controlable. En mecánica no puede haber cantidades incontrolables, pero en la realidad las hay por todas partes. Piénsese en la ley constitutiva de los materiales, donde es imposible hacer experimentos que midan simultáneamente los tres valores principales de la tensión o de la deformación. Las fuerzas derivadas de las combinaciones y grupos de rotación también pueden presentar este problema. Las cantidades incontrolables en absoluto son privativas de la mecánica cuántica.

El tercer principio de acción y reacción, tan subestimado y tan esencial, marca precisamente la línea de demarcación entre los sistemas abiertos y cerrados. Curiosamente Newton parece introducirlo para blindar los muchos aspectos inciertos de la mecánica celeste, aunque sea allí donde menos se puede verificar, como no dejaba de lamentar Hertz, que incluso llegó a proponer otros principios. Como se sabe, en el problema de Kepler no hay materia en el centro de la órbita. En la electrodinámica de Maxwell y Lorentz el tercer principio tampoco se cumple de partícula a partícula, sino que es necesario incluir el siempre nebuloso concepto de campo.

En las fuerzas sin contacto o fundamentales de la física moderna la cantidad conservada es el momento, no la acción y reacción. En estas fuerzas sin contacto se supone entonces un agente o medio que controla o entrega la acción entre un cuerpo y otro. La mecánica newtoniana y sus sucesoras actuales parten de un tiempo absoluto con simultaneidad o sincronización global, de tal modo que la mediación local de la información, la forma de comunicación, resulta imposible de especificar por principio. Por otro lado también en la mecánica con contactos con que evaluamos nuestras máquinas e ingenios empezamos por ignorar el contacto aislando un sistema ideal.

Ahora bien, antes de atender quejas, me gustaría subrayar que, aunque estoy tomando los argumentos de diversos físicos, mi punto de partida es la experiencia biomecánica de mi propio cuerpo. Me interesa partir de la experiencia en primera persona aunque por sí sola difícilmente me hubiera permitido llegar a estas conclusiones. Con un poco de paciencia, y con los más sencillos ejercicios isométricos de equilibrio basados en los tres ejes del espacio, cualquiera puede cerciorarse de que el centro de gravedad de su cuerpo, su marco de referencia físico, admite un juego tan complejo que de hecho comporta todo ese fondo más amplio del que los principios de la mecánica clásica emergen. Cualquier experto en biomecánica admitirá sin reparos que muchos problemas básicos de juegos de fuerzas o tensores en el cuerpo son intratables, a pesar de que nuestro organismo en movimiento los resuelve sin pensar a cada momento.

Así que, por lo que parece, esta cotidiana biomecánica que nos acompaña en nuestro cuerpo ya es más amplia y profunda que la que intentamos aplicar a todo el universo, aunque ciertamente no se nos antoje la más directa ni la más práctica para tratar problemas externos que son los que constituyen el objeto de la física.

Como ya observó Mach, el concepto de masa y el tercer principio están tan unidos que parecen redundantes; lo que sucede sin embargo es que de los tres principios es en el segundo que recae el peso central —no interrogamos a los cuerpos sino con fuerzas y a través de fuerzas. Entonces, en la mecánica clásica de la que ha partido todo, la fuerza ha sido siempre la interfaz.

¿Que la concreción física del primer principio está en desacuerdo con la idea de covariancia galileana y de la relatividad especial? ¿Que esto se refleja de forma inevitable en el tercero? Pues peor para la covariancia galileana y la relatividad especial. No estamos discutiendo ahora sobre qué es lo más conveniente para la caracterización externa de los problemas, que es el asunto de los físicos. Estamos tratando de ver qué pudiera haber antes de las conveniencias y arbitrajes de la física, en términos de la física misma. Esta contradicción aparente se hace verdaderamente necesaria si queremos terciar de forma significativa en el continuo ciencia-tecnología.

Y aquí es donde llegamos a una circunstancia tan evidente como poco notada. Los tres principios de la mecánica tratan de poner en un mismo nivel tres modos que, por lo demás, y siempre pueden estar en niveles lógicos diferentes. El principio de inercia es una posibilidad, el de fuerza un hecho bruto, la acción-reacción —un mismo acto visto desde dos caras- es una relación de mediación o continuidad. Son lo que el gran lógico Charles Sanders Peirce llamó primeridad, secundidad y terceridad en sus modos o categorías, que se corresponden con las tres personas de la gramática de todas las lenguas. Sabido es que Peirce usaba las concepciones de Hegel para restituirlas al contexto más físico y normativo kantiano.

Lo que no excluye, naturalmente, los múltiples deslizamientos de esos tres momentos, exactamente igual que ocurre en los razonamientos de los físicos, y que pueden estar más o menos justificados en función del punto de partida o de llegada. Podríamos en muchos casos considerar la fuerza como lo primario y la resistencia o reacción como secundaria; pero tanto el orden histórico de aparición de los tres principios como su reabsorción en la experiencia humana hacen más aconsejable el primer orden de correspondencias.

En este sentido tan elemental la física ya es de suyo una semiótica sin la menor necesidad de añadirle nada. Claro que toda la lógica de la ciencia descansa en la separación del sujeto con respecto al objeto, mientras que la actividad de la técnica consiste en la reapropiación de ese objeto transformado por el sujeto. La ciencia siempre ha buscado la nivelación universal, pero nunca ha dejado de aumentar el número de sus niveles; la técnica parte del aprovechamiento oportunista de las conexiones entre niveles diferentes conducentes a esa nivelación universal del uso que ahora llamamos conectividad.

Pero no abandonemos tan pronto la ciencia. Se podría pensar que los deslizamientos semánticos afectan sólo a los «asuntos internos» de la ciencia, a sus razonamientos, pero no a su frente externo, que es el que realmente le importa. Sin embargo, la historia misma es el mejor aval de que tales desplazamientos o corrimientos de tierra son a menudo los hechos más determinantes, dando fe de un doble movimiento de creciente exteriorización e interiorización, de reorientación desde los principios a los fines, y viceversa. Recordémoslo brevemente.

El mero principio de inercia es algo tan insondable como la estupefacción de mi rostro ante a un móvil que no funciona, y no es casual que haya llevado más de dos mil años perfilarlo, y que aun Galileo necesitara la ayuda de Descartes para llegar a una formulación medianamente aceptable. Sigue siendo por su puesto un principio incompleto porque de la inercia sabemos tan poco como del vacío, la masa o la gravedad. Que un cuerpo en movimiento uniforme tenga la misma caracterización física que un cuerpo en reposo no es algo fácil de aceptar, entre otras cosas, porque acaba para siempre con la idea del reposo. De hecho es tan difícil de aceptar como que cuerpos de peso distinto caigan a la misma velocidad.

Desde entonces hubo que lidiar con dos estados distintos de reposo. Pero la cosa no quedó ahí. Volviendo a la idéntica caída de objetos de peso diferente, el principio de equivalencia de la relatividad general —recordemos el famoso experimento mental del ascensor en caída libre- propone o estipula que la fuerza de la gravedad equivale a las fuerzas ficticias de inercia, es decir, no es una fuerza en absoluto. Creo que la forma más inmediata de acusar esto es decir que la gravedad no produce deformación en los cuerpos cuando produce movimiento (dejando a un lado las fuerzas de marea de índole geométrica), mientras que sí los deforma cuando algo se opone a su potencial (achatamiento de los cuerpos estáticos). Otra observación no menos digna de estupefacción, aunque ya en 1609 Kepler diera claras muestras de conocer esta equivalencia. Podemos hablar así de tres estados de reposo, cubriendo la entera gama de reposo relativo, movimiento uniforme y movimiento uniformemente acelerado.

A menudo, los teóricos contemporáneos en pos del campo unificado echan de menos un simple principio rector, algo en el estilo del principio de equivalencia relativista. Pero ya Simone Weil se preguntaba, sin ocuparse en absoluto de cuestiones técnicas, porqué hemos dado en pensar en la gravedad como una fuerza que lo mueve todo en lugar de verla como una tendencia al reposo. Si diéramos un paso más tal vez tendríamos que decir que es el reposo mismo visto desde el lado del movimiento y la distribución heterogénea de los cuerpos. En las mismas ecuaciones de campo la energía de la gravedad es negativa y cancela la energía asociada a la materia; como se cancelan las fluctuaciones cuánticas en un espacio plano.

Lo que le da todo su interés a la física, su verdadero móvil, es que siempre es algo más que geometría y movimiento, y eso es lo que se trata de algún modo de sacar a la luz. Ese «más allá del movimiento» es su auténtica pero invisible frontera. Dicho de otro modo, la geometría y el movimiento son la parte visible de algo que no puede hacerse ver. Considerando la relatividad especial, se ha dicho desde Pearson que un observador que viajara a la velocidad de la luz no percibiría movimiento alguno y viviría en un «eterno presente»; pero está claro que la luz se mueve y hasta pulsa con más precisión que el mejor reloj, luego esto es sencillamente falso. Si algo físico ha de haber fuera del movimiento y del tiempo, ciertamente no puede ser esto.

La relatividad especial —que es el marco general de la relatividad- es una teoría de conservación local que crea infinitos marcos de referencia, lo que no es menos extraño que el más extraño éter. La relatividad general —que es el marco especial de la relatividad para la gravedad- se rige sin embargo por el principio de conservación global, y es por eso que se recupera hasta cierto punto la mecánica del continuo. Sin embargo la propagación de la luz está determinada por la misma homogeneidad del espacio, mientras que en la gravedad destaca lo heterogéneo de la materia, como si esta consistiera justamente, según la expresión de Nicolae Mazilu, en las regiones confinadas a las que el espacio no tiene acceso.

La relatividad especial y general no están realmente conectadas y ya se sabe que ni siquiera ha sido posible la descripción geométrica del electromagnetismo, de modo que la misma mecánica clásica tiene una gigantesca laguna en su centro sin necesidad de mentar a la mecánica cuántica. Cabe decir al menos que en los años más recientes, y ya en pleno siglo XXI, se han desarrollado teorías gauge de la gravedad consistentes que satisfacen el criterio formulado por Poincaré en 1902, a saber, elaborar una teoría relativista en el espacio plano modificando las leyes de la óptica, en lugar de curvar el espacio con respecto a las líneas geodésicas descritas por la luz. De manera muy notable, esta nueva y vieja teoría gauge permite sintetizar el principio de equivalencia y el general de la relatividad en un nuevo principio de equivalencia gauge que incluye rotaciones, pero ahondar en todo esto tan interesante nos alejaría demasiado de nuestro tema.

¿Son esto meras cuestiones semánticas? Aun si lo fueran, todo indica que han marcado los más grandes giros de orientación de la historia de la física, luego no parecen nada desdeñables. Hace ya mucho que se ha hecho de la física un asunto de cálculo, pero, siendo el cálculo el medio entre los principios y las interpretaciones, no tiene más remedio que subordinarse a ellos. De hecho, es fácil ver que cualquier cambio profundo ha de pasar necesariamente por estos últimos, siendo la labor del cálculo llenar todo el espacio que los separa.

Si semejantes desplazamientos y cambios críticos de orientación tienen lugar ya en el mero marco de las tres leyes de la mecánica no menos que en las tres personas de nuestro más llano lenguaje y práctica social, podemos dar por descontado que tienen un papel clave en las transiciones y la evolución tecnológica sin necesidad de rastrear ejemplos en la historia, que dejo para el lector interesado. Encaja a la perfección en este contexto la primera clasificación funcional de Jacques Lafitte de máquinas pasivas, activas y reflexivas.

Pondré finalmente el ejemplo más dramático de la relevancia de los principios y su desplazamiento con respecto al sentido. En cuanto a su espíritu, los tres principios de Newton pueden resumirse en la frase «nada se mueve si no lo mueve otra cosa», o bien que nada se mueve sin una fuerza externa. Ni la relatividad ni la mecánica cuántica pretenderán nunca algo distinto, y este es el motivo más básico de que, en vista de que todo aquí es movimiento, sólo parezca razonable explicarlo mediante un gran impulso externo original o gran explosión, a pesar de que las primeras y más precisas predicciones de la radiación de fondo de microondas no fueron las de Gamow u otros creacionistas, sino las de los físicos que asumían un universo en equilibrio. Este es el mejor ejemplo de que el supuesto básico y sobreentendido se impone sobre todo lo demás, que por el contrario se procura acomodar al supuesto.

Y sin embargo, y en virtud de ese mismo viejo principio de equivalencia que ya asombraba a Galileo y a Kepler, es posible crear una mecánica consistente con las mismas observaciones que diga algo muy diferente e incluso completamente lo contrario. Se puede, tal como hace Assis, plantear una mecánica completamente relacional sin usar el concepto de inercia introduciendo a cambio el principio de equilibrio dinámico, de forma que “la suma de todas las fuerzas de cualquier
naturaleza actuando sobre cualquier cuerpo sea siempre cero en todos los sistemas de referencia».

Lo diametralmente contrario a las llamadas leyes de la mecánica también permite una descripción consistente con lo que conocemos. Así, por ejemplo, Alejandro Torassa muestra una dinámica válida para todos los observadores en el que «el movimiento de los cuerpos no está determinado por las fuerzas que actúan sobre ellos, sino que son los propios cuerpos los que determinan su movimiento», equilibrando las fuerzas que actúan sobre ellos.

El mismo mundo, los mismos hechos, pueden describirse con principios e interpretaciones diametralmente opuestas, sin perjuicio de que otras consideraciones añadidas puedan llevar a divergencias. Si esto no produce asombro, no sé qué podría hacerlo. A pesar de la equivalencia primaria de teorías, insistamos algo más. Para el mismo principio —interno- de equivalencia de la relatividad general las fuerzas ficticias y las fuerzas reales causadas por interacción entre los cuerpos no son iguales, puesto que las primeras no conservan su valor al pasar de sistemas de referencia no inerciales o otros inerciales, a diferencia de las otras. El marco relativista depende de esta separación tanto como el marco newtoniano.

Como advierte Torassa, «la experiencia no muestra que existen fuerzas ficticias que no se comportan como las fuerzas reales», algo que, desde el punto de vista de la primera persona no se puede objetar. Pero, ¿cómo es posible armonizar esto con la descripción newtoniana y sus herederas? Elemental: porque, en una dinámica de autoimpulso, en una autodinámica, «el estado natural de un cuerpo en ausencia de fuerzas externas no es sólo el estado de reposo o de movimiento rectilíneo uniforme, sino que el estado natural de movimiento de un cuerpo es cualquier estado posible de movimiento… todo estado posible de movimiento es un estado natural de movimiento» .

Pero ya el cuarto corolario de Einstein para el principio de Mach suponía que «un cuerpo en un universo que por lo demás estuviera vacío no tendría inercia». El movimiento de un cuerpo sin inercia puede ser cualquier movimiento. ¿Cómo puede seguir teniendo esto vigencia en este nuevo modelo sin inercia, cuando sabemos que el mundo está lleno de fuerzas? Pues justamente con el autoimpulso que propone Torassa, que es lo que las equilibra. En principio, sólo estamos desplazando los principios. ¿No habíamos advertido que la inercia no era una cuestión inofensiva?

Y en realidad una dinámica de automovimiento como la de Torassa, por absurda que pueda parecer a primera vista, tiene grandes ventajas sobre los complicados arbitrajes de la física clásica moderna. Pues no hay un sólo principio de equivalencia, sino cuatro al menos, si es que no se da una gama continua. Hoy, para acomodar a las variadas circunstancias y fenómenos que se presentan, se habla de un principio de equivalencia muy débil, uno débil, uno medio-fuerte y finalmente otro fuerte, que recuerdan inevitablemente a las categorías por pesos del boxeo. ¿Y no hay uno super-fuerte? Tendría que ser el autoimpulso de Torassa, puesto que es el único que engloba a todos los demás incluyendo también el principio de relatividad general que demanda que todos los sistemas de referencia tengan las mismas leyes naturales.

Si digo la verdad, mi principal interés por la física ha sido siempre mi rechazo y mi deseo de rebatir la idea de que sólo somos objetos de fuerzas externas. Para mí al menos se trata tanto de rechazar eso como de saber qué es lo que se ha perdido en el intento. A menudo buscamos respuestas imposibles sólo porque sabemos con certeza que lo que se propone no puede ser la verdad, sino sólo un descarado acomodo. Pero lo cierto es que no hace falta pedir imposibles, basta con mirar las mismas cosas desde el otro lado. Tal vez no sea del todo casual que los dos autores citados procedan del hemisferio sur.

Y eso mismo, ver el otro lado, es lo que querría hacer el círculo rabioso del saber-poder por más que sea eso lo que más fortalece esa dinámica. Está claro que los tics y tecnopatías de la tecnociencia viven más de la separación que de la unidad, pues es sólo cuando se separa que hay cosas luego por reunir.

Y ya que estamos hablando del Gran Animal de lo social, es inevitable un apunte sobre la sociología del conocimiento y las teorías funcionalistas de círculo cerrado que tienen su origen en Durkheim y Malinowski y florecen con los juegos del lenguaje de Wittgenstein y los paradigmas de Kuhn. Estas teorías se inclinan a pensar que lo social crea una realidad propia que tiende a cancelar toda otra realidad. Uno prefiere pensar que lo social de lo que se adueña es del sentido de la circulación, no de un significado que sigue estando ahí en medio de todas nuestras pugnas y diatribas y es ajeno a cualquier presión por la conformidad. Veremos más adelante cómo esto concurre con el tema de la realidad física y sus arbitrajes en una línea tan elemental como la que hemos tratado.

Insistamos todavía en lo que el superprincipio de equivalencia-relatividad supone. En su mero uso el lenguaje ya suele revelar la práctica científica harto mejor que la teoría. Ha habido siempre una magna y divertida confusión en el uso de las expresiones «fuerzas inerciales» y «fuerzas no inerciales», no menos que la habido con respecto a qué es especial y general en las dos teorías de la relatividad. Ahora bien, la experiencia de primera mano no nos dice en absoluto que haya unas fuerzas «auténticas» entre los cuerpos que deban cumplir con el tercer principio y unas «pseudofuerzas» o «fuerzas ficticias» que estén eximidas de cumplirlo. Esta distinción es totalmente oportunista y obedece a un propósito de cálculo, pero hay que pagar un precio por ella.

Si la suma de todas las fuerzas es cero en cualquier estado, sólo podrán medirse ratios de fuerzas; introducir aquí constantes con dimensiones tendría que estar fuera de lugar. Otra forma de enunciar este principio sería decir que «la suma cero de todas las fuerzas produce el movimiento observable», algo que cierta inercia mental hace difícil de aceptar. Tal vez lo captamos mejor si decimos que «el movimiento observable produce una suma cero de fuerzas», es decir, equilibra a las que tampoco son observables. El equilibrio de fuerzas nunca ha de confundirse con su ausencia.

«Siempre vendremos a parar a lo mismo, el movimiento es inmutable y el cambio es inmóvil». Esto no lo dijo Mach, sino Machado en su inspirada metafísica de poeta. La física pareció terminar para siempre con el reposo pero siempre lo ha llevado encima, como quien busca los anteojos que lleva puestos; con su matematización del móvil, supone ya el reposo absoluto dentro del movimiento mismo. Queda entonces por captar el movimiento dentro del reposo, y finalmente, la interpenetración de ambos. Y así se cumplirá que la piedra de fundación rechazada por los constructores se convertirá en su día en la guía y piedra angular.

El experimento mental del ascensor de Einstein fue una buena jugada, pero el ejercicio supremo consiste en dejar de pensar que exista inercia en absoluto. Abandonar el supuesto por completo. No existe mayor suspensión de «la actitud natural», como decía Husserl, no existe mayor epojé. Esa reducción trascendental es lo único que permite darle la vuelta a la reducción operada por la ciencia sin violencia y sin tener que tirar la casa por la ventana, pues a nadie se le pide que abandone sus operaciones y cálculos. Que exista la inercia mental es algo que también hay que poner en duda. Reintegrar el movimiento y el reposo en la inercia para luego hacer desaparecer a ésta es una puerta abierta para pasar de la mera la identificación al puro conocimiento por identidad.

Pedirle a un físico que se olvide de la inercia es como decirle a alguien que no piense en un elefante rosa. Hasta entonces ni se le había ocurrido detenerse en ello, pero desde el momento en que se le invita a evitarlo su fantasma no le abandona.

La posición de la primera persona no es indiferente a los asuntos eminentemente de tercer nivel del discurso científico ni a los de la disposición técnica. La intencionalidad no está en la experiencia, aunque parezca atrapada en ella. Cambiemos de tercio y consideremos cómo interactúa esta primera persona con un supuesto objeto en el entorno más minimalista posible.

Digital y analógico

Volvamos ahora al pozo del electrón en el móvil —aunque también podríamos haber supuesto un diapasón o un giroscopio integrados- ¿Cuántas maneras puede haber de influir en su estado? La respuesta inmediata es que habrá tantas como tecnologías e interfaces, y en tal sentido, tal vez pueda decirse que el número de posibilidades para valores discretos no es muy elevado; si lo que queremos es variedad, siempre se puede acudir a sistemas más complejos.

Ciertamente, a medida que las nanotecnologías se aproximan a la manipulación de átomos y estados de partículas individuales estamos cruzando un umbral que hay que ponderar debidamente. Por un lado, se ha repetido hasta la saciedad que las leyes del mundo cuántico tienen poco o nada que ver con las del mundo macroscópico en cuanto a tiempo, espacio y casualidad. Por otro, ni de los formalismos cuánticos ni de ninguna de sus interpretaciones se sigue dónde y en qué orden de longitud pasamos de la mecánica cuántica a la clásica —de hecho las previsiones sobre el tamaño de los transistores han debido corregirse permanentemente debido a esta enorme laguna. Finalmente, la misma idea de manipulación mecánica de átomos y partículas ya supone una obligada continuidad con nuestras nociones de mecánica ordinaria, con sus ruedas, manivelas y palancas. Surgen además los mismos problemas que ha tenido la ingeniería desde el comienzo de la revolución industrial, problemas como la estabilidad, el control, la disipación del calor, las fluctuaciones térmicas y la termodinámica en general.

Se está produciendo por tanto un decisivo solapamiento de los tres grandes dominios de la física: el clásico, el cuántico, y el termodinámico. Y a diferencia de objetos tan remotos e hipotéticos como los agujeros negros, aquí sí que se dispone de todo lo necesario para hacer estas cuestiones palpables. El problema aquí es que llevamos a remolque ideas y teorías que cristalizaron en un entorno experimental infinitamente más pobre pero imponen todavía sus anteojos.

Tampoco es cierto que todo esto se esté consiguiendo gracias al insuperable poder predictivo de la mecánica cuántica, tal como dicen los teóricos, sino más bien todo lo contrario. La mecánica cuántica ni siquiera puede predecir el colapso de su propia función de onda, por no hablar de interacciones colectivas o del problema recién comentado de la demarcación entre su dominio y el clásico. Por más que hacer cálculos sea arduo y tenga su mérito, es evidente que una teoría que sustrae infinitos de infinitos de forma recurrente y sistemática es capaz de predecir todo lo que sea necesario —después de que haya tenido lugar. Pero tan duro o más que hacer cálculos a posteriori es tener que vérselas como ingeniero o experimentador con entidades de las que no se tiene la menor idea de cómo casan con nuestra realidad. Y el punto es que ahora el interés de este trabajo tendría que ser aún más teórico que práctico, si tan solo la teoría reconociera sus limitaciones.

No hace falta recordar que muchos descubrimientos importantes en este dominio se han hecho en contra de las predicciones de los teóricos. Sabido es cómo en 1956 Bohr y von Neumann llegaron a Columbia para decirle a Charles Townes que la idea del láser, que requería el perfecto alineamiento en fase de un gran número de ondas de luz, era imposible porque violaba el inviolable Principio de Indeterminación de Heisenberg. El resto es historia. Pero esto no ha sido la excepción sino la tónica general.

La distancia entre bombardear o estrellar partículas e intentar coordinarlas según una finalidad con el tacto presciente de un ladrón de cajas fuertes no puede ser más abismal; una diferencia tal tendría que reflejarse de forma proporcionada en la teoría. Si no lo ha hecho todavía, es porque ésta aún no ha acertado a soltarse del yugo. Pero esto no ha de durar mucho tiempo.

El empeño en manipular mecánicamente a átomos y partículas lleva ineluctablemente a ver los límites de aplicación de los tres principios en el dominio cuántico. Pero el mero hecho de que ya se consigan muchas aplicaciones consecuentemente mecánicas a escala atómica cuestiona abiertamente la idea de que el mundo microscópico ignore la mecánica clásica. Paso a paso la mecánica cuántica va descendiendo de su limbo y se ve forzada a encarnarse y a tomar contacto con nosotros.

Las mediaciones mecánicas a nivel microscópico pueden ser terriblemente complicadas, y por otro lado la lógica de Peirce es elíptica e involutiva sin remedio, estando más que visto que los intentos de retomarla no han conducido a parte alguna. Este carácter involutivo podría incluso adoptarse como una vía de regreso, naturalización o reapropiación, si no fuera porque no es así como nos reapropiamos las cosas. Y el empleo de la analogía, que aquí tendría que resultar providencial, queda «reducido» al valor esquemático de los diagramas que presiden el razonamiento matemático.

No hay duda de que el cómputo digital tiene muchas ventajas sobre el analógico, siendo la mayor de todas el control, la eliminación de los factores incontrolables. Así pues, lo digital es ya de entrada sinónimo de control, y hablar de una sociedad digital equivale a hablar de una sociedad de control; revertir esa elección es más que problemático. ¿Pero quién ha dicho que lo analógico tenga que ser un auxiliar del cálculo?

En las nanotecnologías no todo es manipulación; la sintonización y la modulación —ajuste y autoajuste- son igualmente importantes. La detestable afirmación de Bacon de que a la naturaleza hay que obedecerla para dominarla, en la base de nuestra sociedad moderna, podría encontrar aquí espacio para su rectificación. No sólo podríamos utilizar el mínimo de manipulación mecánica para sintonizar con ella, sino aprovechar esa sintonía para ajustarnos a nosotros mismos.

La técnica ha ido evolucionando desde un arcano e insondable principio de instrumentación a uno mucho más complejo y reflexivo de organización-información. Con su éxito también aumenta su grado de reflexividad o autoconciencia y va pasando gradualmente de la interacción con el medio externo y su dominio al control y administración de sus recursos internos, que alcanzan la prioridad. Hay pues un proceso de despliegue o emergencia que no tiene por qué regenerarse indefinidamente. De hecho en los procesos orgánicos el aumento de complejidad va ligado a una restricción creciente íntimamente ligada a lo que entendemos por envejecimiento, esclerosis o fragilización. Librada a sí misma, y si otros factores no lo impiden, la llamada sociedad digital es inherentemente una sociedad de control que tiende al cierre de su sistema y que, muy lejos de ser gobernada por la inercia se opone activamente a la emergencia de lo nuevo.

Si proponía el experimento mental de una aplicación que permitiera un contacto directo con un átomo o partícula no era ciertamente para tratar de probar la unidad cuerpo/mente o mente/materia, puesto que esa unidad ya la doy por descontada, sino más bien para sondear las posibilidades y umbrales de su desacoplamiento. Y si para liberar la intención de la disposición recurrimos a una suerte de reducción trascendental, aquí habría que proceder más bien por reducción al absurdo. Busquemos algo que nos suene lo bastante absurdo y veamos si desde ahí es posible descender a realidades más prosaicas.

En su libro sobre los misterios del Polo, Ibn Arabi dice haber conocido personalmente a alguien que había visto a la serpiente que ciñe a la montaña de Quaf que rodea la tierra con su cabeza mordiendo su cola. El hombre la saludó y la serpiente respondió para pedirle luego noticias de Abu Madyan, por entonces vivo en Bugía. El viajero se asombró de que la serpiente supiera su nombre, pero ésta le dijo que todos los seres del mundo, de los animales a las piedras, lo conocían, salvo los djinns y los hombres con alguna contada excepción.

En un lenguaje cibernético y de control, diríamos que la serpiente es el proceso de individuación que marca los límites de cada individuo en relación con el ambiente y lo hace emerger del indeterminado océano de la posibilidad, de forma tal que cualquier mundo también es un individuo entre otros muchos posibles. Por individuo entendemos aquello que está dotado de entidad propia y una forma-función dentro de un determinado ambiente cuyos parámetros no son intercambiables. Cada individuo es un ejemplar separado a la vez que sus géneros pueden engrosar un número indefinido de anillos concéntricos, o bien participar en colecciones con un comportamiento mecánico-estadístico.

Esta sería más o menos la visión de Raymond Ruyer de seres primarios con conciencia inmediata y capacidad para darse forma a sí mismos y seres secundarios o agregados de carácter colectivo. Las interacciones entre los elementos de seres colectivos tienen un carácter medible y calculable, mientras que la conciencia de los seres primarios, desde las partículas y átomos a los cerebros, no se infiere más que por la estabilidad de su forma externa y su actualización, que no es lo mismo que su acción.

Ruyer escribía en los años nacientes de la cibernética, que empezaron a aplicar los criterios de eficiencia tanto a máquinas como a seres vivos. El objetivo era tanto explicar como producir sistemas autónomos o con grados crecientes de autonomía. Los famosos trabajos de Wiener y Shannon datan de 1948, la misma fecha en que se definía la electrodinámica cuántica y la física fundamental se reducía, por primera vez de forma explícita, a una pura cuestión algorítmica. Desde Newton se había hecho lo mismo, pero ahora al menos se admitía.

En los setenta, con el auge de los modelos comunicativos, llegaría la cibernética de segundo orden, que pretendía profundizar en la idea de circularidad, con autores como Bateson, Varela y Maturana, o Kepinsky, entre otros muchos, y sus especiosas concepciones de la «ecología de la mente», la autopoiesis o el metabolismo de la energía-información. Era la enésima reinvención de la rueda.

Tras estos giros psicolingüísticos que quedaron en poco menos que nada, al final del siglo llegarían algunos intentos de devolver los problemas de la circularidad al ámbito de la física propiamente dicha: la endofísica de Rössler o la teoría de la medida interna de Matsuno, Gunji y otros, en parte inspirada en algunos planteamientos del biólogo teórico Robert Rosen. Esta cibernética de tercera generación volvía a la relación entre microfísica y biología retornando así un poco al espíritu de Ruyer con herramientas técnicas más sofisticadas. Sin embargo tan interesantes tentativas no alcanzan a tener mayor repercusión; sin un objetivo claramente definido, las barreras de las especialidades prevalecen sobre cualquier afán interdisciplinar.

No es que el tema del control-eficiencia-autonomía haya dejado de tener interés. Al contrario, el aparato burocrático de algunos estados y grandes compañías tecnologías busca el círculo perfecto con más ahínco que nunca. Inadvertida y simplemente, de ser un objeto de estudio hemos pasado a ser el objeto estudiado por una técnica-ciencia en permanente mejora y rectificación. Claro que esta técnica-ciencia es completamente heurística y carece por completo de principios en todos los sentidos, y aun si quisiera sería incapaz de dárselos.

Como Rosen recuerda, para muchos de los padres de la mecánica cuántica, y Schrödinger es el más conspicuo de los casos, la física más fundamental tenía mucho que decir sobre el enigma de la vida y los problemas de su autoorganización; pero con el paso de los años incluso los argumentos del físico austriaco se usaron a favor de la «mera» visión molecular. Ponemos las comillas porque está claro que incluso el más simple enlace molecular nos pide que creamos lo imposible.

Después de lo dicho sobre la inercia y la disposición de lo mecánico, cualquier intento de buscar un hueco para lo amecánico podría resultar, más que innecesario, contraproducente. Tampoco se ha dejado de notar que el mismo Newton, más que demostrar que todo era mecánico, hizo lo contrario —en eso justamente estriba el gran salto operado sobre la física mecanicista cartesiana. Pero tendemos a olvidarnos de todos los detalles y deslizamientos, hasta tal punto, que luego nos tiene que parecer que la mecánica cuántica dice cosas realmente nuevas, cuando es en la escala donde está la diferencia principal. La simultaneidad relativista, incluso el determinismo local de la mecánica cuántica, son encajados en el supuesto básico newtoniano del sincronizador global, el tiempo absoluto en el que el tercer principio no tiene lugar de forma secuencial sino simultánea.

El determinismo parece evacuar al mecanicismo, aunque no lo hace imposible. Poincaré notaba que cualquier ley describible con principios de acción como son todas las de la física fundamental admiten infinitas descripciones mecánicas, que por eso mismo se convierten en irrelevantes. Un lagrangiano nunca es unívoco, lo que hace posibles incontables analogías de corte preciso y matemático.

Coincidimos sin embargo con Rosen y sus continuadores en que los supuestos conservativos que prevalecen en la mecánica cuántica inhabilitan a ésta para ocuparse debidamente de los problemas de la vida, y esto ya incluso al mismo nivel de las moléculas, por no hablar de niveles superiores o inferiores. La mecánica cuántica no es lo más fundamental, sino, muy al contrario, una forma muy especial de teoría —o de falta de ella. Volveremos luego sobre este punto.

Tanto la mecánica celeste como la atómica están basadas en las órbitas elípticas. Si el tercer principio se cumpliera sin más, la energía cinética y la potencial serían exactamente de signo contrario y su diferencia igual a cero; sin embargo el lagrangiano del sistema tiene un valor positivo, lo que sin duda hace pensar en una situación de desequilibrio permanentemente ajustada. Y en cuanto a la solución vectorial newtoniana que separa las condiciones iniciales de las fuerzas contemporáneas, es superponer dos planos distintos, pues está claro que la mecánica sólo puede existir entre fuerzas contemporáneas, y no con una mezcla de fuerzas presentes y pasadas.

En este esquema newtoniano, si la fuerza centrípeta contrarresta la velocidad orbital, y esta velocidad orbital es variable a pesar de que el movimiento innato no cambia, la velocidad orbital es ya de hecho un resultado de la interacción entre la fuerza centrípeta y la innata, con lo que entonces la fuerza centrípeta también está actuando sobre sí misma. El sistema entero tiene feedback, autointeracción, sin que sepamos nada de cómo esto ocurre.

El principio de reciprocidad de acción y reacción, del que se deriva también la conservación de energía, sólo puede tener vigencia para fuerzas internas a un sistema, nunca cuando intervienen fuerzas externas; éstas tienen que ignorar el tercer principio por definición. El tercer principio marca los límites de un sistema cerrado como las máquinas humanas hechas a nuestra escala; pero la más general conservación del momento en campos gravitatorios o electromagnéticos pasa por la contribución de un medio que presupone que el sistema está abierto.

Todo esto para recordar que los sistemas conservativos de la física fundamental no son del mismo tipo que los sistemas cerrados de nuestras máquinas, y dependen de un tipo de acción que no queda más remedio que considerar misteriosa puesto que siempre queda sin especificar. En este sentido tan básico la teoría del control y la estabilidad no son en nada ajenas a los problemas de los campos fundamentales, salvo porque el hecho obvio de que describen evoluciones colectivas de forma estadística.

Ruyer se atrevió a plantear directamente la posibilidad de que un átomo o partícula tuviera una conciencia individual de su medio. En mecánica cuántica tenemos el par medición/acción; en un átomo o partícula podemos hablar de absorción y de emisión, igual que en un animal podemos hacerlo de la percepción y la acción. Pero ambos son extremos del comportamiento observable; la conciencia, por definición, no puede ser observable, sino que ha de permanecer por siempre como un supuesto.

Es por el darse forma a sí mismas que Ruyer hablaba de formas absolutas basadas en una auto-observación infinita ajena a la causalidad, ya fuera en partículas, embriones o cerebros. Esta auto-observación permite un contacto inmediato consigo misma y con una infinidad de componentes sin necesidad de perspectiva ni distancia. Nadie dice que esto no sea problemático, pero no más que considerar mecánico a un átomo, un sistema solar o una galaxia basándose en el principio de simultaneidad, del gran sincronizador global. Ambas cosas vienen a ser equivalentes.

No se trata de que esta supuesta conciencia admita grados por analogía. No teniendo cualidades, siendo equipotencial y deslocalizada, sólo puede variar por el entorno en el que se refleja o manifiesta. En cambio los que sí que sólo pueden interpretarse mecánicamente por analogía son los principios variacionales de acción que rigen nuestra mecánica, puesto que no admiten una determinación unívoca. De modo que las cosas están al revés de lo que tan superficialmente suponemos.

Entonces, podríamos plantear una carrera ascendente y descendente para acceder a la realidad del átomo o la partícula, o, por mejor decir, dos tipos de ascenso y descenso. El primero ya ha recorrido gran parte del trayecto, se trata del trabajo experimental y de laboratorio que tiene ya más de un pie en todo tipo de aplicaciones industriales. El segundo es un descenso directo desde la conciencia sirviéndose directamente de la analogía exclusivamente en lo que hace a su entorno.

Hoy se busca tanto la manipulación como la modulación de estados cuánticos individuales, y florecen nuevas disciplinas como la medida cuántica continua, el feedback cuántico y la termodinámica cuántica, que hacen posible un filtrado creciente del ruido y una distinción cada vez más aguda entre las fluctuaciones cuánticas y térmicas. En algunos casos incluso se habla de autorrealimentación de una partícula dentro de una cavidad. Muchas de estas nuevas subdisciplinas ponen seriamente en cuestión la idea prevaleciente de la mecánica cuántica, pero al presentarse como una diversificación de aplicaciones no están en situación de presentar una enmienda a la totalidad.

Es curioso que en la historia de la mecánica cuántica haya primado tanto lo práctico y que ahora se presente a sí misma como la última palabra sobre lo fundamental. Cediendo al peso de su genealogía, la idea de separación se ha impuesto sobre la de participación. Pero el principio de Vico, que afirma que sólo comprendemos lo que hacemos, es más general que el de Descartes.

Aunque seguramente también se puede dudar de ese principio de Vico. Sé mover mi mano, pero ¿sé cómo es que muevo mi mano? De segunda mano, por así decir, no de primera. Tratemos pues de introducir en el ámbito del saber-poder el principio de Vico debidamente reformado: sólo comprendo aquello en lo que participo, y en la medida en que participo.

No es por el cálculo, sino por las artes prácticas, que mejor conocemos el mundo. El mismo concepto de eficiencia, como economía de esfuerzo o elegancia, era una noción natural en el arte de todas las culturas antes de que las técnicas fueran invadidas por una montaña apilada de mediaciones científicas; habría que sacarla del fondo de la pila. Existe un sentido natural de la eficiencia en cualquier actividad física, en la entonación justa, en cualquier gesto o pincelada.

Para pasar de un ámbito al otro, del funcional regido por el cálculo al funcional intuitivo, pensemos por ejemplo en el biofeedback o realimentación biológica. Una señal que esté en correspondencia con una función vital nos puede servir para variar ésta a voluntad, dentro por supuesto de unos límites. Sin embargo, y esto es lo importante, aquí debe quedar desterrada cualquier noción de manipulación, pues en este contexto no puede tener el menor sentido. Incluso el control, con toda su vasta teoría actual, queda subsumido en la idea de autocontrol, que lejos de ser un caso particular, parece el caso más indefinido y general.

En nuestro control físico ordinario de objetos externos también se invierte la relación entre acción y cálculo. Pensemos en el complicado equilibrio que conlleva ir en bicicleta; la dinámica a duras penas puede resolver el problema mediante las fuerzas centrífugas en caso de movimiento lento, pero se le va de las manos en casos de mayor velocidad. Y sin embargo para el ciclista es todo lo contrario: la velocidad es la solución, y la excesiva lentitud el problema. El movimiento se demuestra pedaleando.

Sin embargo dentro de la categoría del autocontrol hay algo más que ciclos de percepción y acción; hay también autoobservación. En el caso del biofeedback se presentan dos casos básicos, el seguimiento de una función de forma directa, como cuando al observar nuestra respiración la modificamos sin siquiera pretenderlo, y el seguimiento indirecto, ya sea mediante un espejo que nos devuelve nuestra imagen para intentar mover las orejas o por un aparato con sensores que nos traduce señales generadas por nosotros mismos pero de las que nosotros no somos conscientes.

El motivo del biofeedback puede parecer muy limitado puesto que desde su aparición y difusión hace cincuenta años apenas ha trascendido el nivel de una curiosidad. Sin embargo marca un punto de inflexión en la relación entre el hombre y la máquina. Si la idea más socorrida a la hora de explicar el surgimiento de herramientas es como extensiones o prótesis que proyectan fuera nuestra capacidad como organismos, y si luego hemos dado en reconocer que a partir de cierto punto se pierde toda relación armónica entre la herramienta y el órgano, aquí por primera vez empleamos la máquina para que nos ayude a tener o recobrar la conciencia de funciones orgánicas hundidas ya por debajo del umbral de la atención.

Así pues, si la técnica salió de la biología del organismo consciente, es justamente aquí que retorna a ella de la forma más mediada posible, aunque con la intención más directa. En puridad, toda la teoría cibernética del control tendría que retornar al autocontrol como su arquetipo, puesto que éste ya incorpora los ciclos de percepción y acción permitiendo el hueco justo para la autoconciencia. ¿Pero existe tal hueco, o es sólo una forma de hablar? Y también, ¿hemos llegado a estas máquinas con la intención de ayudarnos, o bien para ayudarlas a ellas a encontrar una salida fuera del cálculo?

Para lograr la autorregulación en funciones autónomas lo primero que hay que soltar es el principio de instrumentación, la idea de actuar sobre algo, puesto que ambas cosas se excluyen mutuamente. Por otra parte, si todas las herramientas nos intoxican con la sensación de multiplicación de la potencia, aquí lo que tenemos más bien es una reducción, o una desmultiplicación que no resulta reductiva en absoluto. La señal de referencia, sí, es una reducción dirigida conforme a la intención de la técnica, pero su interpretación la devuelve a la zona de contacto entre la sensación y un sujeto indeterminado.

La autorregulación demanda el abandono de la instrumentación y su reabsorción en el principio mimético, en la imitación, que tiene un sentido biológico mucho más inmediato. La imitación es la mitad activa y formativa y la percepción, primero de la señal, luego de las sensaciones, la pasiva y receptiva. La imitación es una forma de apego y la percepción, por sí sola, de ignorancia o perplejidad.

Sin desapego no hay conocimiento y sin conocimiento no hay desapego. La única forma de salir de este dilema es por la observación, que aun participando de ambos es distinta de los dos. Pero la observación de nuestra acción y percepción ya es autoobservación de suyo. La acción por sí sola es algo muy distinto de la actividad. Muy justamente dijo Rudolf Steiner que no pensamos porque somos sujetos sino que nos consideramos sujetos porque podemos pensar. El yo es un pensamiento entre otros, bien que mucho más conectado y actualizado que la mayoría; pero los pensamientos no son la actividad del pensar. A ésta sólo podemos llegar con la misma observación como actividad, no por el mero acoplamiento de acción y percepción, de percepción y pensamiento. Occidente ha confundido el pensamiento con el Logos, y nadie negará que eso ha contribuido a aumentar enormemente su volumen de producción de pensamiento, pero no a captar la pura actividad del pensar.

Y claro, ahora lo que buscamos es una analogía física y biológica en la que no resulte inconcebible este género de actividad, problema que siempre ha puesto en evidencia las limitaciones del dualismo. Pero quisiéramos una analogía que nos brinde algo más que una semejanza, una analogía que se revele funcionalmente útil a distintos niveles de organización, que pueda descender, recordémoslo, de la función biológica al átomo, y por lo mismo, ascender también en dirección contraria de lo microscópico a lo directamente observable.

¿De donde viene nuestra sensación de realidad e irrealidad? Cada sentido nos brinda una sección de percepción, pero ninguno de ellos por separado nos proporcionaría la sensación de realidad. El fondo natural e indefinido en el que ellos se asientan es en el cuerpo, como los sueños se asientan en el sueño sin sueños, del que nunca se sabe si es la conciencia vacía o el vacío sin conciencia. El crecimiento en proporciones epidémicas del sentimiento de irrealidad se debe en gran medida a la separación creciente entre esferas perceptivas, que la reparación del sueño apenas puede compensar. Como es sabido, el insomnio crónico también produce estragos en el sentido de irrealidad que tampoco los somníferos compensan.

En un texto anterior, dedicado a la biofísica y la biomecánica esbocé cierto argumento que ahora intentaré condensar. El ciclo de alternancia nasal en la respiración que exhiben los animales y el hombre tendría no sólo un papel en la regulación del equilibrio orgánico sino que definiría un cierto límite dinámico en la relación del organismo con su entorno. Conjeturaba, basándome en argumentos volumétricos, de locomoción y automoción en seres vivos, la existencia de una fase geométrica, es decir, de un desplazamiento de fase de la dinámica respiratoria en el entorno de un agujero o singularidad en la topología, un índice del hueco que buscábamos.

Un mito de los Baima dice que en el origen del mundo la primera pareja de dioses trató de envolver la tierra con el cielo pero no cabía. Para abotonarlos juntos no hubo más remedio que apretar la tierra estrujándola, de lo que resultó la irregularidad de montañas y valles, y por eso la tierra no es una mera superficie lisa. El frunce del ojal y su botón serían la singularidad no integrable en torno a la que se desplaza la fase, no sólo la signatura de un individuo, sino muestra del proceso de individuación de la que el individuo es sólo resultado. También indicaría el eje y polo de la individuación.

Curiosamente esta fase geométrica, que luego ha venido a incorporarse a la teoría del control para el movimiento de robots siguiendo ejemplos de locomoción animal como el de las serpientes, esta fase geométrica fue descubierta por Pancharatnam y generalizada por Michael Berry en 1983, momento desde el que no ha dejado de jugar un importante papel como «apéndice» o extensión de la mecánica cuántica.

Naturalmente, se ha puesto mucho cuidado en aclarar que la fase geométrica, faltaría más, no añade nada nuevo a esta mecánica, sin embargo la historia y las matemáticas no dicen lo mismo. Lo que dicen las matemáticas es que ni el espacio proyectivo de Hilbert ni la dinámica hamiltoniana bastan para describir esta fase sin el añadido de una curvatura. Y en cuanto a la historia, no hay más que recordar el desconcierto y la perplejidad que causó durante muchos años el efecto Aharonov-Bohm entre la opinión general de los físicos abonados a una interpretación local de la teoría.

De hecho el mismo Bohm, que tanto abundó en el tema del holismo y la no-localidad, no advirtió que la fase geométrica no era un fenómeno exclusivo del dominio cuántico, sino que se trata de algo universal que se presenta en los campos electromagnéticos clásicos, en el péndulo de Foucault y la fuerza inercial de Coriolis, en la superficie del agua y el movimiento de seres unicelulares, gatos y serpientes. O hasta en el acto de aparcar en paralelo o enroscar una bombilla. En qué estaría pensando gente tan enredadora y lista como Feynman para no ver esto.

Claro que siempre puede decirse que esto no es algo «fundamental». No sabemos cómo deciden los físicos lo que es fundamental, pero para nosotros algo que aparece a todas las escalas ya tiene algo de lo que carecen nuestras más fundamentales teorías, a saber, universalidad. Habría que ver entonces cómo se relaciona esto con lo más fundamental de todo, que para nosotros sólo puede ser el tema del marco de referencia y sus coordenadas. Sin duda quienes más han ahondado en este aspecto son Mazilu y Agop en su reciente trabajo sobre el principio de relatividad de escala, al que remitimos al lector interesado. Los físicos rumanos intentan desarrollar a su vez el programa iniciado por Laurent Nottale, mayormente ignorado por las corrientes principales de investigación.

No tengo aquí espacio ni conocimientos suficientes para evaluar los méritos físicos de esta teoría y su desarrollo por Mazilu y Agop, pero su énfasis en el continuo, en la relatividad de escala, el nuevo significado que aquí encuentra el sistema de referencia, o el uso clarividente de la distinción entre partícula material y punto material en el sentido de Hertz, tan íntimamente relacionado con la dualidad onda-corpúsculo, pero no menos con la distinción de Ruyer entre las formas absolutas y las infinitas multiplicidades; todo esto, digo, conecta en gran medida con la perspectiva totalmente directa que querríamos adoptar respecto al tema del autocontrol y la individuación.

Recordemos que estábamos especulando sobre la extraña posibilidad de que nuestra conciencia pueda sintonizar con un estado cuántico y tal vez influir en él. En contra de la opinión más extendida sobre la radical separación entre las dos mecánicas, creemos que hay muy buenos argumentos para pensar que no estamos hablando de cosas diferentes, sino, sobre todo, de escalas de longitud y tiempo diferentes —con todo lo que eso comporta. De hecho el trabajo de Berry y Klein pone de manifiesto que siempre hay una escala de tiempo y de longitud en que las fuerzas resultan ser conservativas, independientemente de su naturaleza; Mazilu y Agop, apoyándose en argumentos de densidad y de la geometría de los parámetros, muestran que el problema de Kepler exhibe relaciones no conmutativas y conlleva necesariamente la idea de cuantización, e incluso la de los campos de Yang-Mills.

Como para conducir una bicicleta, las condiciones para interactuar directamente con un átomo o partícula son seguramente mil veces más difíciles de explicar que de hacer. De modo que más bien estaríamos justificando su posibilidad que acercándonos a ella, cuando por otro lado una práctica no necesita más justificaciones que su efectividad. Con todo, parece inconcebible que nuestra consciencia pueda sintonizar con frecuencias como las atómicas que escapan por completo a nuestro orden de cosas e intervalos perceptibles.

Por otra parte, la clasificación de estados cuánticos —puros, mezclados, coherentes, ligados, con muchos cuerpos, con cambio adiabático, etc, etc- es todo un mundo y permiten un sinnúmero de combinaciones que ahora no vamos ni a tantear.

Tenemos los estados de las partículas, y tenemos la representación o señalización de esos estados. Se trataría de ver si hay una zona de contacto entre ellos y nuestra capacidad de observación en tanto que autoobservación. Si por un lado no sabemos hasta dónde puede descender nuestra autoobservación dentro del propio cuerpo, no parece que tenga sentido hablar de dentro o fuera para muchos estados cuánticos no ligados. La cuestión, ya notada por Simondon, no es tanto que recibamos impresiones de la materia sino que la materia, igual que nos embota, también puede sensibilizarnos.

En realidad, ya se ha sugerido, todo esto no es más que buscarle la otra cara a la actual carrera en los laboratorios por la manipulación de estados cuánticos individuales en aplicaciones mecánicas o de información; del mismo modo que buscamos la desmultiplicación de potencia y la inmediatez que todas estas tecnologías hacen cada vez más remotas. Si las tecnologías son nuestras prótesis, igualmente pueden suponer la autoamputación de capacidades orgánicas ya no más reconocibles.

Hoy el cálculo es pura heurística como siempre lo fue, y la acción/percepción o imitación/percepción como método heurístico no tiene nada por lo que haya que juzgarlo inferior —salvo, evidentemente, por su ausencia de desarrollo formal. Por el contrario, abre posibilidades de interacción más directas y cercanas a lo biológico que sin embargo no tienen por qué confinarse a un ámbito; de lo que se trata es de explorar su universalidad. Las clásicas nociones biológicas de analogía y homología, de semejanza y continuidad, encontrarían así un campo mucho más vasto y libre de aplicación.

La individuación, problema y solución

Naturalmente, cabe preguntarse si este tratar de reabsorber una ciencia y tecnología instrumentales en lo inmediato es un empeño legítimo y no contradictorio. Prefiero dejar abierta una cuestión que podría decidirse en no más de diez o quince años si tan sólo se concretan las preguntas y los experimentos. Se trata sin embargo de una vía demasiado condicionada por nuestra actual tecnología y conocimientos científicos como para considerarla universal.

Si buscamos lo más básico, aquello que es independiente de aparatos, no hay más que prescindir de ellos desde el comienzo. Con todo juzgamos que puede ser conveniente sugerir una vía tecnoinstrumental para todos aquellos que ya han encauzado sus energías en esa dirección, que hoy —no hay más que ver el número de usuarios de teléfonos móviles- son ya mayoría. Puesto que las máquinas hoy conducen a la dimisión del hombre en campos verdaderamente críticos, nosotros no queremos dimitir de su control; y no por humanismo, si es el humanismo el que nos ha llevado hasta aquí.

En cualquier caso es necesario buscar un planteamiento que sea independiente de la tecnología, cualquiera que sea nuestra actitud hacia ésta. En los supuestos que hasta aquí nos trajeron, todo ha salido del yo, y todo tiene que volver al yo, en un círculo que se querría perfecto si no fuera por el pequeño detalle de que sabemos que no hay yo, y si no lo sabemos lo dudamos en todo momento.

En la estela de Heidegger y Foucault, Agamben nos recuerda que la palabra dispositivo se remonta al término dispositio con el que la teología trinitaria cristiana trató de definir la oikonomía o circulación de las tres personas de la divinidad, palabra de donde ha salido nuestra idea de administración, gestión o management. A este respecto no deja de ser significativo el que Newton fuera, según la leyenda, un criptoarriano y antitrinitario, puesto que quiso poner los tres principios de la mecánica en un mismo nivel —la razón de ser de la mecánica es la nivelación universal. El mismo Descartes ya había propuesto tres principios, y, por motivos simbólicos, funcionales y semióticos, bien puede decirse que tanto la ciencia como la modernidad reposan en esta extrusión trinitaria con la ficción de un yo que se mantiene aparte y determina la objetividad. Esta es la razón de ser del mecanicismo cuyo punto ciego supone igualmente un punto de fuga para la mezcla bastarda de materialismo e idealismo modernos.

Fue probablemente en una reacción contra el idealismo intrínseco al símbolo trinitario que una serie de pensadores de estilo muy variado se volvió en el siglo XX, y especialmente tras la posguerra, hacia los esquemas cuaternarios como símbolos de la totalidad. Probablemente fue Jung el primero en esto, seguido luego por autores tan conocidos como Heidegger con su cuaternidad tierra-cielo-celestes-mortales, o el Schumacher de la magnífica «Guía para perplejos» con su cuádruple campo de conocimiento, yo interno-mundo interno-yo externo-mundo externo como determinantes de la experiencia, la apariencia, la comunicación y la ciencia. Raymond Abellio también insistió en la falsa dualidad del objeto y el objeto y propuso una cuaternidad en la que el sujeto se desdobla en los sentidos y el conjunto del cuerpo, y el objeto se desdobla en lo recortado sobre el fondo y el fondo que es el mundo.

Podríamos encontrar otros ejemplos, pero aquí nos basta con estos. Creo que hay algo de suma importancia, como no dejó de notar Jung, en el paso en Europa de una clave ternaria a una cuaternaria, una transición que seguramente aún no se ha cobrado ni la mitad de su camino. Podría hablarse de la búsqueda de una nueva condición de estabilidad, en los mismos años en que en los Estados Unidos surgía la nueva teoría cibernética del control, gemela de la de la estabilidad. Podría hablarse de un intento de puesta de la materia en las mismas condiciones que los otros elementos, más formales, con que hasta ahora la hemos medido. Se ha hablado también de una reconsideración de la feminidad, que en absoluto tiene porqué confundirse con la temática de la materia —o sí, dependiendo de cómo lo entendamos. Abellio habló de una lógica de la doble contradicción en la que hay una contradicción antagonista y una no antagonista, algo que vio reflejado en el Libro de los Cambios y la interpretación de la dialéctica de Mao —y que ha tenido una gran importancia en la dialéctica del capital, tan diferente de la marxista, que se las arregla para emplear muchos problemas y contradicciones en su provecho. En fin, esta misma situación tiene ya mucho de tragedia y de comedia, que daría para largo interpretar.

También tenemos la interpretación puramente existencial, igualmente en busca de la superación del idealismo: esa cruz horizontal, situacional, como cifra de la propia existencia. Lo que no resulta admisible es verla como clave trágica del desgarramiento del yo, pues eso sólo tendría sentido si el yo estuviera en su centro, y aquí lo que vemos es que siempre queda orillado a la periferia. Esto es lo decisivo; que el sujeto, ya sea interno o externo, permanezca como un sector periférico de un nuevo centro. Aquí tenemos ya el símbolo de la nueva oikonomía, de la futura disposición.

Por lo visto hasta ahora no hemos llegado ni a la mitad del proceso de transición, y nada garantiza que éste tenga que ser exitoso. Y, mucho más que la ciencia o la gestión de nuestros conocimientos y recursos, nos interesa el paso de la idea de individuo a la idea de individuación, pues no vemos otra forma de darle salida a nuestras presentes contradicciones. Hoy el yo es algo cada vez más externo tanto para el extrovertido como para el introvertido, tal vez por eso lo pongamos como prefijo de nuestros yófonos y otros aparatos; sin embargo la disposición actual de toda su constelación está en la línea de la mecánica estadística y de las ciencias secundarias, no de las primarias: la lógica del átomo social.

Lo mejor que puede hacerse en esta situación es, obviamente, cambiar la situación, no pedir más protagonismo en un aparato con las elecciones contadas y monitorizadas. A esto corresponde la cristalización del nuevo símbolo. Y aunque ni la ciencia ni la economía son el destino, tendría que ser bueno para nosotros abrirle paso también en estas esferas que ahora son las que más nos ahogan. El idealismo, todo el mundo parecía querer superarlo; pero sólo a algunos puede sorprenderles que se las arregle para sobrevivir tan bien en el más conformista y materialista de los entornos. La lógica del cálculo y álgebra, su teoría no menos que su práctica, garantiza que nunca vaya uno solo sin el otro.

Así pues, vamos a intentar encontrar un paso para lo nuevo en lo más viejo del régimen presente, en lo que por su mismo éxito es más refractario a la modificación —el inalterado planteamiento de la ciencia moderna. En los primeros años de la cibernética Simondon insistió en que la información podía servir como «fórmula para la individuación» sólo si se pensaba más allá de la actual teoría probabilística de la información; sin embargo esta transformación tan necesaria aún está esperando su hora.

Una clara línea de inspiración para avanzar en tal dirección nos llegaba de nuevo de los Estados Unidos, en la llamada psicología postcognitiva, encarnada o ecológica inaugurada con los trabajos de psicofísica de la percepción de James Gibson. Como dice Robert Epstein, no sólo no nacemos con «información, datos, reglas, software, conocimiento, vocabularios, representaciones, algoritmos, programas, modelos, memorias, imágenes, procesadores, subrutinas, codificadores, decodificadores, símbolos o búferes», sino que no los desarrollamos nunca. La analogía de lo humano con el ordenador es eso, una analogía, pero de las malas. No creo que haga falta extenderse sobre esto. En lugar de especular sobre qué hay en nuestra cabeza, Gibson trató de ver en qué está nuestra cabeza metida; de ahí el término «ecológico», que sólo se refiere a identificar lo propio o específico de nuestra interacción con el ambiente. La información que nos resulta directamente relevante en el entorno no son las formas o colores sino las invariantes. No hablamos de una abstracción de la invariante sino de su irreducible efectividad.

La escuela ecológica ha tenido éxitos iluminadores, aunque poco reconocidos, incluso en los problemas donde más claramente se podría interpolar el modelo del cálculo, como por ejemplo en el caso de la determinación visual de trayectorias en los batazos de béisbol. No habrá que decir que los fanáticos del paradigma algorítmico no parecen entusiasmados por la brutal simplificación de un pseudoproblema.

Sería pues del mayor interés poder encontrar más problemas, experimentos y casos en los que un proceso cinemático que envuelva a patrones perceptivos y motores se resuelve en aspectos cualitativos con sus valores propios, las invariantes sobre transformaciones específicas de las propiedades que las causaron. No creo que se puedan poner reparos a lo apropiado y científico de este programa.

Lo que buscamos es pues esta información específica, y ver si puede existir naturalmente en una matriz cuaternaria del tipo que hemos considerado. Un buen ejemplo y de muy considerable alcance sería el estudio de la percepción y acción en el movimiento rítmico coordinado, el famoso modelo Haken-Kelso-Bunz de los años ochenta.

Recordemos un ejemplo de la tarea básica propuesto por Kelso: «Tomar los dos dedos índices y moverlos arriba y abajo para que hagan lo mismo al mismo tiempo. Esto supone 0º de media de la fase relativa, lo que es fácil de hacer y mantener sobre una amplia gama de frecuencias. Ahora haz que tus dedos se alternen; esto es 180º de media de la fase relativa, y también es fácil de producir y mantener, aunque en un rango menor de frecuencias; a 3 o 4 Hz, bajo la instrucción de «no interferir», 180º se vuelve inestable y la gente de manera típica vuelve a 0º. Otras coordinaciones (especialmente el ritmo intermedio de 90º) son típicamente inestables sin entrenamiento y las personas no pueden mantenerlas frente a perturbaciones tales como el aumento de frecuencia».

Este tipo de fenómenos se mantienen cuando los miembros coordinados son de personas diferentes y el acoplamiento es puramente visual. Se trata de un modelo puramente fenomenológico en que la ecuación tan sólo se ajusta al patrón de los datos. Los investigadores identifican los parámetros del sistema y diseñan una dinámica con sus condiciones de estabilidad a perturbaciones, ritmo, o escala de frecuencias. El aprendizaje se describe como una transición de fase entre el ritmo impuesto y la dinámica intrínseca. Como dice Rod Swenson, «la estrategia que se requiere para entender los ciclos de percepción-acción es la estrategia de identificar las «condiciones del campo» precedentes».

Parece que esta y otras tareas, con su información específica que no desvirtúa lo cuantitativo ni lo cualitativo, pueden situarse con toda naturalidad dentro de una matriz cuaternaria como la de Schumacher o Abellio. Claro que la cuestión aquí no es ponerse a estudiarlo, sino ponerse a uno mismo en situación de poder ver en su propia periferia a su yo interno y externo —a su percepción y a su cuerpo, a su objeto y al mundo del que emerge. ¿Es esto imposible o es inevitable? No parece ni una cosa ni otra. La psicología experimental puede ocuparse del tema en lo que tiene de más particular, pero el mayor interés de este enfoque es que tendría que trascender ampliamente las especialidades.

Lo que nos va en cada experimentum crucis de este género es la relativización del yo, ese eterno impostor, y el desbloqueo del proceso de individuación, que comprende la relación del individuo y lo colectivo, y en el que lo colectivo hace ya a lo individual. No es pequeña cosa, y uno tiene todo el derecho a preguntarse si tales cuestiones no se resuelven mejor en lo abierto de la vida que entre las paredes de un laboratorio. Si así fuera, aún hablaría mejor del «método», puesto que significaría que puede enseñar algo de lo que el actual método científico carece. Y no me cabe duda de que en un área tan difícil de evaluar como la psicología ya lo ha conseguido.

Ignoro si Simondon, que dirigió un laboratorio de psicología y tecnología en París V, llegó a tener conocimiento del trabajo de Gibson, pero creo que es lo que más se acerca a sus requerimientos sobre información para hacer posibles cristalizaciones, transmisiones horizontales de gérmenes nuevos de conocimiento de alcance general. Podemos preguntarnos también hasta qué punto la identificación de esta información específica es imprescindible para abrirse paso en el problema límite antes planteado de la aplicación del biofeedback a parámetros físicos de partículas u otros sistemas más amplios. ¿Hay algún denominador común entre ambos extremos? ¿Es posible conectar la fase geométrica de la locomotricidad con la que puede darse en la evolución adiabática de un electrón? La misma evolución adiabática es para Berry una transición espacio-temporal; así pues, no son cuestiones absurdas en absoluto, por más que estemos llevándolas intencionadamente a su límite. Están además muy en la línea de las elaboraciones del pensador francés sobre la mecánica ondulatoria y el desfase del potencial. Muchos lectores pueden pensar que dichas elaboraciones en torno a la física se encuentran entre los aspectos más dudosos de este filósofo pero yo por el contrario pienso que revelan un instinto excelente, más penetrante que el de muchos físicos teóricos.

Desde el punto de vista de la dialéctica el cuaternario y la doble contradicción recuerdan más a la dialéctica que podían concebir los antiguos, una dialéctica no de superación y absorción sino de mero y precario equilibrio, donde las cosas siempre están donde han estado a pesar de los vaivenes y los cambios. La primera es la de Hegel, Marx y el progreso, la segunda la de Proudhon y de las culturas antiguas que nunca quisieron engañarse con la idea de una mejora continua, y con bastante más distinción prefirieron pensar que la suma de los bienes y males siempre se compensa mal que les pese a los seres humanos. Seguramente que superar algo en la vida tiene más que ver con pasar por ello que con edificar sobre ello. Incluso podría decirse que si hay algún «progreso» interno es en la medida en que no nos dejamos engañar por los cambios: tal tipo de proceso sería la individuación.

La dinámica intrínseca de Gibson y su noción de las invariantes perceptivas incluye ya en sí misma el ciclo de percepción y de acción; aquí estaría la «revolución» de la teoría de la información, puesto que trasciende enteramente la versión digitalizada y encauzada que actualmente impera. Y aunque Gibson no se ocupe específicamente de la teoría de la percepción del color no hay duda de que su planteamiento es extensible a este dominio sin abuso ni desnaturalización. Las invariantes perceptivas del color pueden ponerse en contacto con las teorías del color modernas, como la de Schrödinger, que implican una aritmetización del continuo cromático, y a la que Mazilu y Agop dedican unas cuantas páginas en su obra sobre la relatividad de escala, donde también se reelabora cuidadosamente el legado de Louis de Broglie.

Goethe, creador de un «esbozo de teoría» puramente cualitativa y fenomenológica del color, de indudable mérito en cualquier caso, no desesperaba de que algún día sus ideas encontraran su Lagrange. En la zona de contacto entre Gibson y Schrödinger, entre la invariancia cualitativa y la métrica cromática, se inscribe esta posibilidad que la inmensa mayoría ha considerado siempre una quimera. Y cuya concreción no dejaría de tener un gran alcance, puesto que el color nos sigue pareciendo a algunos mucho más que una cualidad secundaria tal como desde Galileo se viene despachando.

No es sólo que el color no sea sólo externo; no es sólo que también inunde nuestro mundo interno. Es que el color expresa una categoría superior a la de lo interno y externo, la de lo íntimo, aquello en la que ambos se interpenetran. Ahora bien, esto no es sólo mística, puesto que la única forma aceptable de entender las llamadas «ondas electromagnéticas» no es como ondas propagándose en el espacio, sino como un promedio estadístico del comportamiento en el espacio y en la materia. Este era precisamente el problema mecánico del éter electromagnético antes de que consideraciones secundarias, meramente cinemáticas, lo redujeran a la cuestión de la relatividad.

Algo tan elemental como el color, que nos inunda y es copartícipe de nuestro sentido de la profundidad, trasciende nuestras concepciones de lo que está dentro y fuera, el sujeto y el cuerpo, el objeto y el mundo. Si Mazilu y Agop traducen la secuencia aritmética sugerida por Georgescu-Roegen infrafinito-finito-transinfinito a la secuencia física microcosmos-macrocosmos-universo, en la relación entre frecuencia y longitud de onda de la luz «podemos decir que el color es una expresión de trascendencia del orden transfinito al finito». Por supuesto todo esto debe entenderse en el marco específico que los autores conceden a la escala de Planck y al uso que hacen de los conceptos hertzianos de partícula y punto material. Creo que se trata de un aplicación muy afortunada de conceptos para reubicarnos ante la perplejidad que toda esta conocida problemática produce.

La obra del gran psicólogo americano no es sólo clave a la hora de comprender la percepción o de suministrarnos ejemplos de información intrínseca; su idea de la percepción y de la formación de los órganos como derivados de la actividad dentro de un entorno da además una pauta extremadamente valiosa de la fase preinstrumental de la tecnología, aquella en que los distintos seres vivos y sus órganos interactúan con su entorno y excavan su propias cavernas. Excavar la propia caverna a la vez que se busca la salida de ella: otra imagen posible de la individuación.

Quiero suponer también, sin tener ahora la menor forma de justificarlo, que todos los problemas centrados en sus propios términos —en su propia cruz- tienden a dibujar anillos concéntricos en su periferia, mientras que aquellos que son desnaturalizados y forzados a la cuantificación tienden a aumentar el desorden subjetivo y seguramente objetivo. Claro que este desorden no deberíamos seguir confundiéndolo con la entropía.

Finalidad y entropía

Como ya advirtió Poincaré la entropía es un concepto extraordinariamente complejo y el gran uso y abuso que de él se ha hecho desde entonces en absoluto han contribuido a aclararlo. Si la noción de fuerza admite en el dominio más clásico un espectro de valores incontrolables, y en la energía lo inespecificado se multiplica, en el caso de la entropía parece que tocamos el límite de lo que la razón puede abstraer con algún tipo de provecho o utilidad. De hecho aquí el concepto se dispersa en una variedad de contextos de entropía, pero nadie desea introducir otro concepto de cuarto orden que estaría demasiado enrarecido para permanecer en nuestra noosfera.

Un astrofísico como Eric Chaisson nos recuerda que una medida tan simple y elementalmente física como la densidad de flujo de energía es harto más fiable y expresiva para la métrica de la complejidad que cualquiera de las definiciones de entropía, mucho más abstractas, que proliferan; y en esta complejidad incluía, naturalmente, la de la biología. Lo cual ya nos dice algo, incluso si esa medida más simple pudiera no llevarnos muy lejos.

Este uso y abuso actual de la noción de entropía no es sino una parte del tributo que rendimos al mundo digital y a la computación, aunque no esté de más recordar que el contexto original del concepto con Clausius en 1865 fue el de la termodinámica de la primera revolución industrial, allá en el primer gran siglo de las máquinas. Pero, ¿cómo es que una noción tan supuestamente pragmática y multiuso como la entropía va perdiendo filo hasta no servir para aclarar casi nada? En realidad esto es algo muy ordinario en ciencia y tecnología: la extralimitación, la extensión ilegítima de un concepto nunca deja de causar más y más problemas.

Para Clausius, cuyos supuestos eran puramente energéticos y no mecánicos, «la entropía del mundo tiende hacia el máximo». A Clausius y Thompson la idea que les vino inmediatamente a la cabeza —y la primera reacción suele ser la más verdadera- fue que existía una tendencia intrínseca a disipar al máximo los potenciales o gradientes termodinámicos. La energía se degrada, y se degrada todo lo posible. La entropía es sólo la relación entre calor y temperatura, dE = dQ/T . Esto no tiene nada de misterioso, incluso en términos mecánicos, si pensamos simplemente que las moléculas tienden a expandirse todo lo que pueden. El calor siempre disipa, puesto que es movimiento molecular expulsado de las regiones más calientes a las más frías, donde hay menos «densidad de movimiento» o más «espacio para moverse». Evidentemente, si se mueven, tienen que moverse de donde están a lugares donde no están. Hasta aquí, la más simple estadística no puede estar contaminada por nada.

Y sin embargo, fue justamente la apropiación de la entropía por la mecánica estadística con Maxwell, Boltzmann y Gibbs, especialmente el segundo, lo que empezó a embrollar las cosas. A las cuestiones de movimiento molecular y de la cinética de gases Boltzmann añade una consideración totalmente innecesaria y subjetiva sobre el orden y el desorden —una racionalización- que ha llegado hasta hoy. Para cuando se ha llegado a admitir —y aún no por todos- que orden y desorden son nociones subjetivas, la equiparación de desorden y entropía parece que ya no tiene remedio, como si el positivismo científico hubiera exportado el desorden al sentido común.

Basándose en el modelo de un gas en un cajón cercano al equilibrio, Boltzmann avanzó que moléculas «moviéndose a la misma velocidad y en la misma dirección» eran «el caso más improbable concebible… una configuración de energía infinitamente improbable». Lo que ciertamente parece una buena conclusión para un cajón con gas, pero no para la evolución de la vida en un planeta o el universo. Boltzmann percibe lo arbitrario del concepto de orden pero es incapaz de librarse de él al depender su descripción de la apariencia de los estados macroscópicos. A pesar de todo, la biología compró este modelo y desde entonces ha supuesto, con las excepciones de rigor, que donde la física termina, y como si no hubiera contacto entre ambos, empieza la evolución.

La interpretación de la entropía como desorden ha tenido un gran éxito en las filas de los positivistas y ha sido promocionada por ellos por más que, lejos de ser una versión neutral, introduce elementos subjetivos de la forma más innecesaria. Y no sólo eso, contradice frontalmente al orden que apreciamos por todas partes y que conocemos desde los griegos como cosmos. En realidad, para lo que resultaba muy oportuno era para la demarcación de territorios entre especialidades: los físicos, cuyo linaje pertenece a la mecánica, podían hacer de la amenazante irreversibilidad un asunto secundario y macroscópico, sin mayores relaciones con la «física fundamental», que debía seguir siendo mecánica y reversible, por supuesto. Y la biología podía heredar el derecho en exclusiva a ocuparse de la organización de la complejidad en la materia.

Pero incluso desde el punto de vista de la microfísica era de lo más sencillo interpretar la tendencia irreversible a la máxima entropía como algo natural. El principio de Huygens, que es el principio universal de propagación de la luz, también para la electrodinámica cuántica, describe un frente de onda que se deforma continuamente en todas sus partes y lo llena todo —la luz se rige por el principio de homogeneidad del espacio, con el que prácticamente se confunde. La luz tiene invariancia de escala, las partículas con masa que separa y une, no; estas ya suponen ya una heterogeneidad. ¿Pero quién ha dicho que la luz sea reversible en el tiempo? Todavía estamos por ver los rayos de luz volviendo a ingresar en una bombilla.

Y por otro lado, una partícula con masa como un electrón o un neutrón puede tener centímetros o metros de sección en la medida en que otras partículas le dejan expandirse; esto es algo que en los laboratorios ya están hartos de comprobar. Es la materia del entorno la que confina a la «materia», que de otro modo se expande sin límite predeterminado ni medida, porque como onda tiende siempre al nivel más bajo de energía. Sola en el universo, una partícula lo llenaría todo. La partícula-en-el-campo y la onda son en realidad lo mismo, sólo cambian las circunstancias; sin embargo para los físicos la partícula sujeta a fuerzas no era lo mismo, o de otro modo no hubieran mostrado tal desconcierto ante los efectos de potencial del tipo Aharonov-Bohm. Bohm trató más tarde de concebir este potencial como un puro campo de información; sea como fuere, hoy sabemos que la cualidad de este potencial en absoluto es privativa del mundo cuántico sino que siempre fue universal.

Así pues, existía un gran interés entre las especialidades en mantener el equívoco de la entropía como tendencia al desorden, mientras la biología, además, procuraba desentenderse tanto como fuera posible de la evolución conjunta y se centraba en los organismos como portadores de genes empaquetados. La biología estaba encantada con un modelo muerto y mecanicista que aún daba mucha más relevancia al papel jugado por la genética como gran vector de la información a expensas de un ambiente que «sólo» operaba como selección natural. Y es que los ácidos nucleicos son manipulables mientras que cualquier interacción global con el ambiente escapa por siempre a nuestro cálculo y control.

Sin embargo, visto desde la misma materia la visión de una tendencia de la naturaleza a aprovechar al máximo su potencial se impone por sí sola. Es finalidad sin la menor intención, pero no se puede negar que es una finalidad, una tendencia activa. Comentando fenómenos de convección como las células de Bénard, Swenson habla de autocatakinesis, término ya usado por Ostwald y Lotka. Pero la gran diferencia entre la autoorganización en sistemas sin vida y la de los sistemas vivos con capacidad de replicación es que los primeros son cautivos de los potenciales locales mientras que los segundos no; unos se desvanecen en ausencia de energía y los otros, cuando falta energía aumentan por el contrario su actividad en busca de otras fuentes.

En definitiva, Swenson hace del «principio de máxima producción de entropía» un criterio de selección física, y la producción de «orden», en su irreductible sentido subjetivo-objetivo, algo tan inexorable como la Segunda Ley. Pues es innegable que el orden es algo subjetivo, tan innegable como que lo percibimos por doquier. Aun si sólo fuera apariencia, esa apariencia nos sigue adonde quiera que vamos. Lo insostenible es la posición de Boltzmann, la que ha triunfado, que pretende que el orden es algo objetivo a la vez que lo limita sólo al dominio macroscópico.

Los principios termodinámicos están profundamente conectados a los ciclos de acción-percepción tal como ya lo entendió Vernadsky o Gibson y ahora intentan recoger las neurociencias. Hay una inexorabilidad física y hay un oportunismo en la exploración de un agente en su campo que es el que identifica un «orden» a la vez que lo crea. Dicho de otro modo, cualquier medida de orden es oportunista, por eso es también subjetiva. Y así podemos empezar a entender que una noción con una definición inicial tan sencilla pase a convertirse en algo tan problemático, tan terriblemente complicado. La inexorabilidad física es ya un impulso en dirección a la finalidad, pero no el objeto de ésta, que sólo lo ponemos nosotros.

La piedra angular de Gibson en la relación medio-animal no es el dualismo sino el mutualismo, la reciprocidad. Esto debe traducirse en el sentido primario tanto de la termodinámica como de la información. Pero dado que al parecer no podemos desembarazarnos de la idea de orden sin deshacernos también de la idea del mundo, hay otra forma de zanjar las cosas mucho más verídica y directa que la inútil sofisticación del argumento estadístico de Boltzmann. Para Swenson, «el mundo está en el asunto de la producción de orden, incluida la producción de seres vivos y su capacidad de percepción y acción, pues el orden produce entropía más rápido que el desorden».

Pretender derivar la irreversibilidad macroscópica de la reversibilidad mecánica ya es querer forzar bien las cosas. A nadie le entrará jamás en la cabeza que esto se deriva de un razonamiento natural. Y que además incluso diversos experimentos de físico microscópica comienzan a desmentir, aunque sus conclusiones no resulten muy populares entre la comunidad de físicos teóricos. La evidencia experimental no dejará de crecer en los años venideros con la explosión de las nanomáquinas allí donde se manifieste el conflicto entre fluctuaciones térmicas y cuánticas. Claro que cualquier evidencia puede desviarse aduciendo la socorrida problemática cuántica de la medición o la inconveniencia de cambiar de formalismos.

Sencillamente, la mecánica permite cálculos mucho más explícitos que la termodinámica, esto es lo «fundamental». Nada hay más intuitivamente cierto e inexorable que la segunda ley para cualquiera, hasta que se interponen las consideraciones de mecánica. Por tanto, nada más natural para la visión en primera persona que aquí nos interesa que considerar esto como lo fundamental, y los sistemas mecánicos, como pequeñas islas o anillos de estabilidad. Algunos supuestos básicos de la mecánica cuántica, como la existencia de sistemas aislados con fuerzas estacionarias, son desde el punto de vista termodinámico ilegítimos.

De hecho damos por supuesto que todas las fuerzas fundamentales desde el problema de Kepler han sido deducidas de arriba abajo, de lo global a lo local, y no al revés como se pretende contar. La naturaleza no obedece las leyes que hemos descubierto, nuestras leyes son una ingeniería inversa del comportamiento de la naturaleza al que le hemos añadido una interpretación local de abajo arriba. Para Planck todavía era patente el finalismo tanto de nuestros principios de acción mecánicos como de la segunda ley de la termodinámica; otra cosa es que se prefiera olvidarlo porque interfiere con una idea nada neutral de la «neutralidad».

En esta línea no puede extrañar que surjan intentos de unir ambos extremos y reformular toda la mecánica con un nuevo principio variacional, como hace Mario Pinheiro para sistemas rotatorios fuera de equilibrio, con un conjunto de dos ecuaciones diferenciales de primer orden y un balance entre la variación mínima de energía y la producción máxima de entropía. De este modo el sistema permite energía termodinámica libre con grados de libertad entre diversos niveles y puede haber una conversión de momento angular en momento lineal con un componente de torsión que también cabe interpretar como un cambio de densidad. Con esta formulación obtenemos una mecánica irreversible de la que emergen comportamientos reversibles.

Una cosa que llama la atención en esta reformulación de la mecánica es la reinterpretación que hace Pinheiro —otro físico nacido en el hemisferio sur, y ya van tres- del famoso experimento del cubo de agua de Newton, heredero lejano del de Empédocles. Recuérdese que en el experimento de Newton, que cualquiera puede reproducir, al empezar a girar el cubo el agua está prácticamente plana pero al aumentar la velocidad va adquiriendo impulso por la fricción hasta que finalmente cubo y agua dan vueltas a la misma velocidad y su superficie adquiere la concavidad consabida.

Ante este concurso de una fuerza impartida y una fuerza ficticia de inercia caben tres posiciones: la del espacio absoluto de Newton, la puramente relacional de Leibniz o Mach, que la conecta con el resto de objetos hasta las estrellas lejanas, o la realmente mecánica que trata de detallar una causalidad eficiente desde abajo hasta arriba. Como sabemos, la explicación relativista se queda a mitad de camino entre Newton y Mach y no satisface ni un punto de vista ni otro. En cuanto a la explicación mecánica del tipo cartesiano, ya sea con un sustrato, vórtices o lo que se quiera, está la objeción ya comentada por Poincaré de que cualquier sistema variacional admite infinitas explicaciones. Lo cual no excluye la posibilidad de explicación sino sólo su unicidad.

La explicación de Pinheiro elude las objeciones a cualquiera de estas tres posiciones y preserva eso que parece querer dar la razón a cualquiera de las tres. «Lo que importa es el transporte de momento angular (que impone un equilibrio entre la fuerza centrífuga empujando el fluido hacia fuera) contrapesado por la presión del fluido». Que hay una causalidad mecánica, es algo tan claro como el hecho de que al agua le cuesta adquirir su concavidad estando la fricción de por medio. De nada de esto se puede dar cuenta con ficciones idealistas sobre el tiempo absoluto o las puras relaciones. Pero por otra parte la apelación a la mecánica sólo puede adoptar un cariz estadístico, como nos vemos forzados a admitir cada vez que queremos hacer explícita la relación causal, por ejemplo, en el caso de las ondas electromagnéticas.

Si la luz y el calor nos muestran una expansión omnímoda en la homogeneidad del espacio con invariancia de escala como en los procesos estocásticos, la gravedad por el contrario nos muestra la heterogeneidad a gran escala. Lo que llamamos partículas cargadas también tiene una distribución heterogénea pero sus interacciones tienden pronto a cancelarse con las distancias, mientras que la gravedad no se cancela y es siempre aditiva —por más que se le de un signo negativo a su energía total para compensar el resto de las energías. Tendiendo a concentrar materia, la primera impresión que se tiene es que la gravedad equilibra en conjunto la general disipación de energía, sin que por ello halla que juzgar que se opone a la entropía; aunque en realidad es fácil ver que aumenta el orden entendido como mayor potencial para la disipación.

De este modo la gravedad y la energía positiva ejemplifican a escala cosmológica los ciclos de percepción-acción que crean una selección mutua entre entorno y agente, no siendo al decir de Swenson todos los estados ordenados otra cosa que «estados de simetría de orden superior del propio mundo».Si en las modernas teorías cuánticas de campos no podemos separar la partícula del campo sin serios malentendidos, lo mismo cabe decir de cualquier agente o ser vivo dentro de los potenciales termodinámicos. «Los estados ordenados son la producción de sus campos hacia sus propios fines». Aquí podría aducirse que tanto orden como simetría son conceptos subjetivos, y es su ruptura la que refleja la dependencia del tiempo.

El principio de máxima entropía se aprecia incluso en esos monstruos de la razón que llamamos agujeros negros, que son la forma que ha encontrado la mecánica de tragarse la irreversibilidad. El principio holográfico asociado con ellos afirma que la entropía de la masa en general es igual al área de su superficie y no su volumen; pero la luz, el transmisor universal de información, siempre ha sido un fenómeno de superficies por definición. Como Mazilu no deja de notar, no es la geometría del rayo de luz lo importante, sino su simetría bidimensional, y esto es particularmente válido para la teoría del color.

Finalmente, sabido es que hasta de la gravedad se ha querido hacer un fenómeno emergente producido por la entropía en vista de que todo intento de localizar microscópicamente su acción se muestra inviable. En esta última pirueta del idealismo mecanicista, todo se desarrolla sólo en un film o superficie y el universo puede equipararse a un gigantesco ordenador. Se habla continuamente de información pero no de fricción, que es justamente otro fenómeno de superficies —de contacto entre superficies, se entiende. No puede negarse que en su estilo esto es tan consecuente como altamente típico de toda una mentalidad.

Semejantes especulaciones bien podrían estar edificadas sobre el aire. En torno al principio de máxima entropía, podemos citar todavía el gran trabajo de Gian Paolo Beretta, Gyftopoulos y Hatsopoulos sobre termodinámica cuántica siguiendo la estela de Keenan y su escuela del MIT. Keenan fue el primero en demostrar que se podía definir la segunda ley por la unicidad del estado de equilibrio sin necesidad de apelar a ninguna noción de orden.

Como afirma Beretta, «el reconocimiento del rol central de la estabilidad en la Termodinámica es quizás uno de los descubrimientos más fundamentales de la física de las últimas cuatro décadas, pues suministra la clave para la resolución coherente del dilema entropía-irreversiblidad-no equilibrio».

Esta nueva termodinámica cuántica, que a diferencia de la mecánica estadística y la cuántica parte en su formalismo de ecuaciones no-lineales reducibles a las lineales, abarca un conjunto de estados mucho más amplio que el que la mecánica cuántica contempla. De forma nada paradójica, los ingenieros han adoptado implícitamente que la entropía es una propiedad física exactamente igual que la energía, y por tanto los estados del sistema son mucho más amplios que los de la mecánica con entropía cero. La nueva teoría mantiene todos los logros de cálculo de las ya consolidadas a la vez que elimina sus ambigüedades e inconsistencias permitiendo una comprensión mucho más amplia de la irreversibilidad y siendo apta para tratar con la termodinámica alejada del equilibrio; todo ello sin tener que sacrificar nociones tan arraigadas como la causalidad o las trayectorias.

El «principio de máxima producción de entropía» ha sido reclamado por muchos autores como criterio unificador de validez general. Beretta prefiere puntualizar que, al menos a nivel cuántico, la segunda ley puede expresarse con el criterio coincidente pero menos restrictivo de «atracción en la dirección del ascenso de entropía más pronunciado».

Podría elaborarse mucho sobre el significado de esta aparentemente leve y sin embargo muy profunda rectificación de la termodinámica, aunque aquí no lo vayamos a hacer. Si es cierto que las transformaciones más hondas llegan de la forma más imperceptible, apenas podríamos encontrar en toda la historia de la ciencia ejemplos como éste; hay que esperar para empezar a calibrar su alcance. Entretanto lo que se impone son los estándares establecidos para la resolución de problemas y la comunicación científica, casi imposibles de modificar mientras no haya motivos de fuerza mayor para hacerlo. Se forman así grandes nuevos potenciales en espera de oportunidades para su actualización.

Envejecimiento e individuación

Desde Schrödinger se ha ido abriendo una vía para el tratamiento de los seres vivos como sistemas abiertos con los principios de la termodinámica del no equilibrio. En un organismo como el cuerpo humano hay comportamientos que se acercan mucho a un perfil conservativo, como la dinámica de fluidos del sistema circulatorio, y otros que se alejan gradualmente de ese perfil, empezando por la misma respiración directamente conectada con la circulación a la que también le proporciona una expansión mediante un cambio de estado.

En otros artículos ya hemos tocado brevemente los equívocos que surgen y aún han de surgir entre sistemas abiertos y cerrados a la hora de ubicar sus directrices y principios. Hoy por hoy ni siquiera existe un criterio macroscópico para caracterizar el envejecimiento, y por no haber, no hay ni una definición mínimamente operativa de la salud o la vitalidad,. Aplicar a organismos nociones como la entropía, ya sea termodinámica o informativa, sin tener una referencia para los conceptos antedichos y sus conexiones con las restricciones crecientes o no de un sistema biológico y los aspectos reversibles e irreversibles, no puede dejar de ser un tanteo a ciegas en un cuarto oscuro de dimensiones inmensas.

En la confluencia entre la matemática, la ecología de poblaciones, la teoría de la evolución y la termodinámica, Lotka propuso en su día un principio de máxima potencia que maximiza el consumo y el flujo de energía; sin duda este principio parece, a primera vista, en perfecta sintonía con el impulso más ciego de nuestra economía o ese otro principio fatalmente intemporal que dice que siempre se ejerce todo el poder que se tiene. ¿Pero con qué contrastar estos principios de máximos? Ya habíamos visto en Pinheiro una forma de combinar mínimos de energía y máximos de entropía en una reformulación irreversible de la mecánica que puede hacerse compatible con sistemas abiertos. Los sistemas vivos no parecen buscar mínimos de energía ni de materia siempre que haya suficiente disponibilidad.

Compárese con la definición de principios del siglo XX, debida al «vitalista» Ehret: la vitalidad es potencia menos la obstrucción (V = P—O), en realidad la única mecánica y funcional que se ha dado hasta ahora, y también la más veraz y simple posible. La potencia aquí puede equipararse con la presión y la obstrucción con la resistencia de la materia —partiendo aquí de la primera teoría de campos, la hidrodinámica, aplicada en este caso a los valores de la circulación sanguínea.

Tendría que resultar de interés ver qué nos dice la formulación de Pinheiro, válida para la electrodinámica, siendo ésta una mera extensión de las nociones de flujo y circulación hidrodinámicos, cuando la situamos entre el principio de salud-vitalidad de Ehret y el principio de potencia de Lotka. El tema tiene múltiples ramificaciones y lecturas, tanto para comportamientos globales como la economía, como para definir mejor el proceso de individuación del que los individuos resultan. Citaré un artículo mío anterior:

«Simplificando al máximo, el envejecimiento es un falta creciente de eliminación de lo obstructivo, que se acumula en forma de estructuras materiales más o menos características. Dicho de otra forma, es el crecimiento acumulativo de la obstrucción. Aunque, ni que decir tiene, un organismo puede eliminar demasiado sin eliminar todo lo que obstruye. La naturaleza en plenitud sabe muy bien qué eliminar y cómo; es a la naturaleza impedida a la que hay que ayudar, por medios que pueden ser menores, o mayores en casos como la cirugía.

Esto es lo realmente importante, y lo demás son corolarios. Lo obstructivo es siempre lo superfluo, luego no puede ser característico sino en el sentido más externo o limitativo. Es lo menos individual si entendemos al individuo como singularidad infinita, y es lo más individual que cabe si entendemos al individuo como mera corporalidad, como lo limitado por excelencia…

La cuestión a dilucidar es siempre muy concreta: cuánto hay de reversible y de irreversible en una evolución que tiende a la creciente restricción y a un desenlace abrupto mucho antes que a la uniformidad total de la muerte térmica. Todo esto, que es abordable de manera experimental y poco especulativa, tiene el más profundo interés teórico y práctico».

Por supuesto, la individuación supone mucho más que el envejecimiento del cuerpo; pero éste es un buen exponente de ese proceso más general e ilustra de forma elocuente la mutua relación entre un agente y su entorno, y del cuerpo mismo como entorno acumulado en el tiempo. Este contexto permite tal vez hacer un uso no desnaturalizado de la entropía junto a otras medidas que no deberían perder su carácter específico.

La idea de la dinámica y el peso de la mecánica

Quién no ha oído hablar en alguna fiesta de la imposibilidad aerodinámica del vuelo del abejorro. Se cuenta que Igor Sikorsky, el famoso pionero de la aviación y los helicópteros, puso este rótulo a la entrada de su oficina: «“el abejorro, según los cálculos de nuestros ingenieros, no puede volar en absoluto, pero el abejorro no lo sabe y vuela.”

El chisme no le hace mucha gracia a los especialistas en aerodinámica pues no favorece precisamente su reputación, por lo que no han dejado de emplearse a fondo para disipar de una vez el mito o la leyenda urbana de ese pesado abejorro. Incluso wikipedia dedica un apartado para acabar de una vez con el malentendido: ¡el abejorro vuela, luego ningún especialista ha podido decir que no lo hace!

Este mito tan ignaro no está mal como problema, y si no que se lo pregunten a los especialistas. Si la cuestión no ha dejado de incordiar desde los años treinta del siglo pasado —o probablemente desde la teoría aerodinámica de 1918-1919-, no era hasta el 2000 y años sucesivos que los físicos, tras penosos e innumerables cálculos y desproporcionadas simulaciones por ordenador se atrevieron a adelantar una demostración.

Tan sólo había un pequeño problema. Las diversas demostraciones, surgidas de las más famosas instituciones y universidades, no coincidían del todo. Según un estudio experimental de la Universidad de Oxford en 2009 que usaba túneles de viento y cámaras de alta velocidad, el secreto del vuelo del abejorro está en la fuerza bruta, antes que en una eficiencia aerodinámica que resulta pésima; un argumento con el que podría estar bien de acuerdo un niño de nueve años. Otro estudio, más cuantitativo, del Departamento de Biología Orgánica y Evolutiva de Harvard, del año 2013 asegura en cambio que el Bombus impatiens es un prodigio en el aprovechamiento de los flujos de aire inestables, rodando con la corriente mejor que el más hábil surfista y optimizando hasta el último girón de cualquier vórtice y turbulencia. Aún hay más teorías, pero con estas dos explicaciones diametralmente opuestas creo que nos podemos hacer una idea del estado de la cuestión.

O sea, que lo único cierto, para decirlo con un generoso eufemismo, es que la aerodinámica no es una ciencia exacta. Claro que eso ya lo sabíamos hace cien años. ¿Pero hasta tal punto es arbitraria y chapucera? Podemos estar seguros de que los aeroplanos vuelan por una larga cadena acumulada de ensayo y error, porque si de las razones y cálculos dependiera nadie sería tan loco de montarse en un avión. Y lo mismo, y con más razón, puede decirse de salir al espacio exterior o viajar a la Luna. Los cálculos han llegado siempre después, no sólo en la tecnología de nuestras máquinas sino también en la tecnología de la propia teoría, que es el cálculo justamente. «Nada es más práctico que una buena teoría», decía Dirac, pero porque la teoría es la que decide en qué sección de los datos se hace el corte apto para la predicción —asunto notoriamente práctico, sin duda.

No es tanto que la teoría sea la primera ingeniería inversa como que tiende a ser la última. Y la historia de la ciencia viene a dar buena fe de ello, pues lo que importa no es quién llegue primero, sino el último —dónde se cree momentáneamente que ha quedado resuelta una cuestión. Podríamos dar el caso de Weber con respecto a Maxwell, Lorenz y Einstein, pero no es ni mucho menos el único. La historia que nuestra atención sintetiza tiene que ser altamente selectiva por definición.

Ahora bien, lo que seguramente ignoran los físicos y especialistas en aerodinámica de estas evaluaciones recientes es que Juan Rius Camps había realizado estudios sobre el vuelo del abejorro en la Facultad de Biología de la Universidad de Navarra desde 1976 hasta 2008 en los que el insecto vuela normalmente durante uno o dos minutos… en una cámara de descompresión a 13 milibares, es decir, con sólo 1,3% de la densidad atmosférica habitual. Si se mantuvo ese resto fue porque sin un mínimo de vapor de agua el abejorro «hierve» rápidamente por descompresión. Así pues, si aquellos voluntariosos equipos hubieran estado al tanto de estos experimentos efectivamente publicados, aunque ciertamente no en publicaciones de las especialidades afectadas, hubieran tenido que arreglárselas para sacar de sus cálculos un efecto de sustentación casi 80 veces mayor.

Lo escandaloso del caso es que Rius Camps apela directamente a una «nueva dinámica» que sustituya en casos como éste los principios de la vieja, la mecánica inercial desarrollada desde los principios de Newton —en lugar de buscar la enésima vuelta de tuerca a los cálculos de sustentación que deben hacer posible el vuelo. Y claro, esto, desde el punto de vista de todas las especialidades, ya sea la física teórica, ya sea la aerodinámica aplicada, por no hablar del entomólogo y el naturalista, no es «serio». Sabido es que el propio Newton hizo los primeros cálculos de resistencia y sustentación y concluyó que el vuelo no era posible, pero él no estuvo en condiciones de estimar bien los «detalles».

Bien que ahora es mucho más difícil admitir que, contando con medios tan sofisticados, estemos todavía a dos órdenes de magnitud de las respuestas correctas. En el límite bien cabe preguntar ¿Podría un abejorro mecánico que no necesitara presión residual volar en el vacío? A eso es a lo que después de todo apunta el experimento de Rius Camps. No es ningún secreto que laboratorios en diversas partes del mundo llevan largo tiempo trabajando en insectos electromecánicos que repliquen los modelos que nos ofrece la naturaleza.

Rius Camps habla también de una Nueva Dinámica irreversible que desecha la presenta idea de la inercia: no pueden existir sistemas inerciales aislados. En esto al menos es fácil coincidir con él, a pesar de que sea el inverosímil fundamento de nuestra mecánica. Identifica fuerzas que no sólo dependen de la aceleración, como las newtonianas, sino también de la velocidad, como las que Gauss y luego Weber propusieron para la electrodinámica. Ya en Weber parecía problemática la conservación, que sólo tardíamente fue verificada para sistemas cíclicos. Camps contempla casos no conservativos y naturalmente la mecánica clásica seguiría siendo aplicable en el límite en que los sistemas se comportan como si estuvieran aislados o las otras fuerzas resultan despreciables. También trata de reformular el concepto de entropía basándose en la energía cinética y potencial y sin usar directamente el calor o la temperatura o un criterio estadístico del tipo de Boltzmann.

En el caso del abejorro bien poco se nos aclara sobre porqué realmente vuela incluso con densidades mínimas. Se habla de nuevos componentes de fuerza, de masas variables, de la resistencia aportada por un sustrato y de acoplamientos, pero no se unen las piezas. No por ello dejan de plantearse asuntos básicos de extraordinario interés.

Estas ideas están basadas en la dinámica de un punto orientado de Frenet de 1847, que añaden tres dimensiones de rotación para el punto material para un total de seis, y que pueden recordar al lagrangiano efectivo con tres dimensiones adicionales que se usa en sistemas no conservativos; de esta dinámica del punto orientado, que puede revolverse sobre sí mismo, también puede derivarse el espín o giro de diversas partículas, así como generar vórtices.

Camps se detiene también en propulsores lineales sin reacción similares a algunos que exhibe la literatura sobre metamateriales en condiciones de resonancia, que también incumplen las leyes de la mecánica ordinaria aunque puedan explicarse como caso particular de la ley de Weber. Lo interesante en estas secuencias de propulsores es la condición de acoplamiento y el hecho de que deshacerlo implica una disipación de parte de la energía disponible. Tenemos aquí una forma simple de concebir la gran cuestión, a saber, cómo surgen islas de reversibilidad sobre un fondo general irreversible. Cuestión que no puede dejar de afectar a nuestra idea de los seres vivos por más que estos sean sistemas abiertos no conservativos.

Se consideran en esta nueva dinámica casos tan elementales como el del equilibrio de la bicicleta, la eficacia del martillo o máquinas que parecen burlar el principio de conservación de momento angular; para este último caso nuestro autor habla incluso de creación y destrucción de momento angular. Lo cual también excede el nivel de lo mínimamente aceptable en la física moderna —puesto que destruye las simetrías que fundamentan la consistencia de todos sus cálculos. La física moderna puede hablar sin problemas de partículas que viajan hacia atrás en el tiempo, de operadores de creación y aniquilación, de partículas virtuales y de sustracciones de cantidades infinitas cada vez que haga falta, pero lo que no puede es saltarse las simetrías que generalizan los principios de conservación.

Por supuesto esta imposibilidad de entenderse procede del modo de entender la inercia: como un principio de cierre formal, en la física moderna, o como referido a un sustrato material, en el caso de este esbozo de nueva dinámica ahora comentado. Sin embargo, ambos pueden englobarse dentro del superprincipio de equivalencia implícitamente asumido por Torassa en su idea de equilibrio dinámico.

Como es sabido hay juguetes y objetos como la llamada «piedra celta» capaces de invertir por sí solos su dirección de giro, lo que ha dado lugar a intentos desesperados de los físicos tratando de justificar este comportamiento. Si en casos como el del abejorro se apela a la turbulencia y la viscosidad, aquí no cabe más remedio que hacerlo con la fricción. Pero lo que llama la atención de estas «demostraciones» de que no se violan los principios fundamentales, aparte de lo pronto que cambian de criterios, es la increíble complejidad cualitativa de los cálculos necesarios para racionalizar algo que pronto aburre a un niño.

Algo parecido ocurre con el ya comentado equilbrio dinámico en una bicicleta, por más que aquí no haya violación aparente de ninguna ley: los cálculos convencionales son de una complejidad ridícula para un acto tan simple. La descripción que Camps da del equilibrio usando una masa variable se ajusta a la sencillez de la acción, otra cosa es la utilidad de cálculos que permita.

La ciencia moderna dice honrar la mal llamada «navaja de Ockham», en realidad el mucho más antiguo principio de economía, parsimonia o simplicidad; sin embargo aquí como en otras muchas cosas hace todo lo posible por ignorarlo en beneficio de complejidades sin cuento y todo tipo de argumentos ad hoc. ¿Por qué hay que introducir tantas racionalizaciones, justificaciones y epiciclos?

El mero hecho de que otro tipo de dinámica simplifique radicalmente la cualidad de un problema, incluso con independencia de que se simplifiquen o no los cálculos, ya es un serio argumento a su favor.

Y en cuanto al cálculo, heurística basada en la reciprocidad de integración y diferenciación, podemos oponerle la igualmente heurística reciprocidad de acción y percepción. Ya hemos comentado en otras ocasiones que el presente fundamento del cálculo sigue sosteniendo ideas tan inaceptables como la velocidad instantánea y que debería basarse en argumentos de diferencias finitas; lo que a su vez se relaciona con cómo se plantean los problemas de escala y de diferenciabilidad. Lo mismo ha de tener validez en la nueva heurística de los ciclos de acción/percepción cuando se desarrolle; y en verdad, ese enorme vacío aún por atender en el cálculo moderno, que, no lo olvidemos, es «la tecnología interna de la ciencia», tendrá que ser conscientemente abordado en esta nueva heurística desde el comienzo.

Algunos de los efectos físicos que aduce Camp en favor de su dinámica, además de la famosa y controvertida inducción unipolar de Faraday, caben perfectamente en el capítulo de las llamadas «anholonomías» con fase geométrica, que yo prefiero llamar holonomías porque el criterio de totalidad no debería ser una integrabilidad arbitraria; lo que nos lleva de nuevo al tema de la transición de escalas. Ya hemos visto una serie de lugares donde la fase geométrica puede tener un rol importante, precisamente, en una integración funcional de factores que no es ciertamente la del cálculo; ésta emerge naturalmente incluso en la reformulación entrópico-energética de la mecánica en Pinheiro.

El caso más típico de fase geométrica es justamente el acoplamiento órbita-rotación. Podemos preguntarnos si, en casos como el del abejorro, hay, junto a la presupuesta relación constructiva de abajo arriba partículas-átomos-moléculas-células-órganos-organismo-movimiento, una descendente que modula la integración de ese conjunto. Esto va en contra de la visión adoptada por la mecánica pero no en contra de la forma en cómo se han encontrado las leyes fundamentales y el electromagnetismo en particular, que es desde afuera hacia adentro.

Por lo demás coincidimos con la apreciación de todos los pueblos antiguos de que nada hay más expresivo de cada ser vivo que el sonido que emite; en el caso del abejorro es bien fácil ver su zumbido y la vibración de todo su cuerpo como una modulación del conjunto, de arriba abajo no menos que de abajo arriba. Bien que con una gran diferencia en frecuencias y escalas, las vibraciones sonoras no están radicalmente separadas de las ondas electromagnéticas como a menudo se dice: las primeras son ondas en la materia, y las segundas son un promedio en el espacio y la materia, pero aún admiten una interfaz electromecánica como podemos ver en diversos dispositivos.

Entonces, tal vez, más que de un control desde arriba hacia abajo, tendríamos que hablar de una autoinducción surgida espontáneamente desde abajo pero guiada desde arriba por el gradiente que el abejorro va encontrando en su campo de acción-percepción. Después de todo el abejorro es un gran especialista en la succión de polen y bien puede decirse que va guiado por ella. Tenemos dos frecuencias destacadas, la del aleteo y la del zumbido. Podemos dar por seguro que el abejorro es un artista en no separar las cosas tanto como nosotros lo somos en hacerlo, pero aun así está claro que encontrar un factor de sustentación en el vuelo 80 veces mayor pasa por algo más que refinar los modelos.

Sin embargo, la «autoinducción» de la que hablamos tendría que ayudarnos a ver cómo se acoplan en un sistema no conservativo las tres dimensiones externas e internas, el espacio y contraespacio de este lagrangiano efectivo. En vez de pensar en los vórtices entorno a los que el insecto vuela, habría que ver más bien el vórtice generado por su propio centro de masa con superficie y volumen variables, capaz de generar acoplamientos y efectos altamente no lineales. Digamos que esto es una forma de mediar entre la física fundamental y la aplicada, entre nuestras presunciones sobre qué es causalidad intrínseca y qué efectos derivados; aunque las meras cifras ya dicen más que cualquier interpretación.

Al hablar del biofeedback conjeturábamos el lugar que la fase geométrica desempeñaba en conectar los ciclos de percepción y acción. La forma a todos los efectos definitiva de «integrar» una bicicleta no es en la cadena de montaje sino montándola al pedalear. Nos preguntábamos si algo parecido era posible en el caso de un electrón y con mucha más razón habría que hacerlo con un ser vivo como un abejorro. Naturalmente, no nos montamos sobre el abejorro o sobre el electrón, sino que tratamos de ponernos «en su lugar» —que es su equilibrio dinámico sin marcos de referencia preestablecidos. Semejante equilibrio es de suyo un campo específico de transformaciones.

El principio de Vico o el de los ingenieros de que sólo conocemos lo que hacemos se ve desmentido a cada momento por los ingenieros mismos: ellos son los primeros en confesar que no saben cómo ni porqué funciona el cálculo, lo mismo que no saben cómo ni porqué funciona la electricidad a pesar de todos los dispositivos que diseñan y fabrican. Siguiendo de arriba abajo, tampoco los teóricos han podido ahondar más porque para cuando llegan a las partículas han tenido que renunciar a la causalidad. Definitivamente, hacer algo con algo no equivale a penetrar más en su naturaleza. Pero el criterio de participación es insuperable: montar la bicicleta nos da un conocimiento superior al de cualquier análisis, sin obligarnos a renunciar a lo que el análisis pueda decir sobre el estado de las partes.

Podemos ver entonces al usuario como gran ensamblador e integrador de estructuras. Sin embargo, la mayor parte de la tecnología que usamos tiene un grado de organicidad muy limitado, debido precisamente a la forma arbitraria de separar los niveles; la arbitrariedad de esas separaciones agrega capas de opacidad que impiden la transparencia del conocimiento por el uso pero que como muy bien sabemos no excluyen la exploración de sus límites.

¿Qué limites presenta a la exploración directa de sus funciones un sistema natural, o mejor, una dinámica natural, como la de la respuesta de nuestro sistema vascular al esfuerzo, el vuelo de un abejorro o los estados de un electrón? Esto era lo que antes se quería plantear a través de las escalas, a caballo entre la analogía, la caracterización exacta y la parte no integrable de una evolución.

Visto lo visto, identificar la dinámica del vuelo del abejorro, su «mecanismo», nos permitiría por primera vez hacer réplicas complejas guiadas por una idea orgánica que deje definitivamente atrás nuestra presente idea de las máquinas. Así, el «malentendido» del vuelo del pequeño abejorro nos plantea un desafío al lado del cual el vuelo de los hermanos Wright o la llegada del hombre a la Luna son puras bagatelas. Sí, es cierto que tendemos a considerar lo último como lo más importante y que lo más lejano se da simplemente por hecho; pero en este caso hablamos de algo bien diferente de ir un poco más lejos o un poco más rápido. Hablamos de algo que cambiaría para siempre nuestra idea de la vida y de las máquinas, de qué está abajo o arriba, dentro o fuera.

Y por añadidura, sin pretenderlo siquiera, empezaríamos a cambiar nuestra idea de qué es la inteligencia y la inteligencia artificial. Lo cierto es que ni siquiera hemos sido capaces de crear todavía un sistema inteligente que tenga el nivel de autonomía y capacidad de respuesta que tiene un mosquito o una diminuta mosca de la fruta —lo mismo que hemos sido incapaces de replicar su movimiento. Ahora bien, ambas cosas están más relacionadas de lo que se piensa, de hecho no hay que pensar mucho para ver que están íntima e indisolublemente relacionadas. El problema físico del campo de parámetros y variables en que se mueve el insecto está inevitablemente conectado, por no decir que coincide, con las coordenadas en que se mueve su inteligencia y su sentido del equilibrio en el campo de acción-percepción.

Rectificación de la idea de la dinámica

La distinción que los diccionarios proponen entre mecánica y dinámica, respectivamente, como el estudio del movimiento y como el estudio de las fuerzas sobre el movimiento, hoy son en la práctica completamente irrelevantes. Y sin embargo las palabras mismas, sin necesidad de excavar en las etimologías, revelan una abismal oposición en el espíritu, una confrontación total. Cuando esa confrontación llegó a vivirse en Europa como un gran duelo ideológico entre el vitalismo y el mecanicismo, hacía mucho tiempo que el segundo tenía ganada la partida.

Estaba ganada desde el momento en que, precisamente con Newton, se empezó a hablar indistintamente de «principios de la mecánica» y «principios de la dinámica». Es aquí que cristaliza el liberal-materialismo o materialismo liberal, la dudosa mezcla de idealismo y materialismo que ha venido a convertir a Europa en Occidente y que define la gama de tonalidades de nuestro crepúsculo.

Al más elemental instinto de limpieza tendría que repugnarle semejante mezcla y confusión. Si quiero rectificar aquí el sentido de estas palabras no es por alguna nimia afectación de precisión sino más bien lo contrario: hay aquí aún espacio para las más impensadas bifurcaciones, de una amplitud tal que incluso todos los conocimientos actuales son casi irrelevantes frente a su calado.

Atendiendo a su espíritu, la cosa es bien sencilla: mecánica es toda descripción o formulación que depende del principio de inercia; dinámica, la que no depende de él. Esto es todo, y es más que suficiente. Lo demás son sólo consecuencias.

Según esto, la historia de la Dinámica todavía no ha empezado.

Que autores como Assis, Torassa o Pinheiro hablen aún en términos de mecánica antes que de dinámica después de haber cruzado este particular Rubicón no sólo demuestra nuestra adherencia al uso convencional de las palabras. Tomar conciencia de ello es ya comenzar a liberar lo que en ellas se encontraba dormido.

Pues este uso de las palabras es cósmicamente expresivo de las circunstancias. La mecánica es inevitablemente idealista porque el uso que hace del principio de inercia pide que lo aislado no esté aislado, obligando a que todo tenga que reformularse en su clave. El «todo es movido por otro» significa que no hay cabida para un móvil interno, que lo ideal se pone al servicio de lo exterior y lo exterior ha de ser devorado por lo ideal. Esta es la «dinámica» encerrada en la mecánica.

A lo largo de la aún breve historia de la física moderna cabe hablar de una dialéctica entre el peso muerto de lo mecánico y la idea viva de la dinámica, sin que haya necesidad de interpretar «vivo» y «muerto» como «bueno» y «malo»: todo lo más podrán representar una sensación subjetiva de mutua resistencia. Los dos principales creadores del cálculo, Newton y Leibniz, se disputaron el legado mecanicista cartesiano con estrategias opuestas: el inglés a favor de las propiedades intrínsecas, el alemán de las puras relaciones. Esta oposición llegó hasta la moderna teoría de la relatividad, que procuró reconciliarlas. Sin embargo el dinamismo leibniziano nacía ya demasiado lastrado desde el momento en que no se emancipaba del principio de inercia. La fuerza misma no era todavía para Newton ni algo puramente mecánico, ni enteramente formalizado, tal como llegó a serlo para la posteridad.

Lo «intrínseco» en Newton es el espacio absoluto como sustrato, pero eso intrínseco sólo puede residir en el principio de inercia con lo inevitablemente externo de su expresión. De modo que, tanto por un lado como por el otro, lo mejor habría sido desprenderse del principio de no haber sido juzgado como el fundamento mínimo indispensable. Pero este juicio era erróneo.

La relatividad general es incapaz de dar con una expresión matemática de la relatividad de la inercia, porque de suyo es un concepto que nunca puede definirse en los propios términos de un sistema que lo acepta. ¿Porqué entonces no fue desechado como se hizo con la idea del éter? El caso es el mismo. La respuesta es tan simple como que sin inercia la palabra «mecánica» deja de tener sentido.

Si con frecuencia se ha dicho que la inercia es un concepto redundante, la mejor forma de demostrarlo es prescindiendo de él.

Inercia y sustrato son dos palabras para lo mismo. También el sustrato parece imposible de caracterizar en términos inerciales, por más que se apele de muchas maneras a sus propiedades como continuo en la relatividad general, como vacío de las imprescindibles partículas virtuales, o como campo para generar la masa de las partículas. ¿Será igual de imposible de caracterizar en términos relacionales como los de Assis, Weber o Mach?

A esto puede responderse que básicamente no importa. Del mismo modo que la mecánica que partió de la inercia y fue incapaz de definirla no dejó por ello de avanzar, la dinámica incorpora ya en su seno la idea del sustrato con su noción de equilibrio sin que tenga por ello necesidad de hacerlo explícito. De esta forma puede avanzar sin complejos ni impedimentos.

La diferencia es que la inercia mecánica es un principio formal, y el equilibrio dinámico que incluye el sustrato cualquiera que sea es un principio material. ¿Alguna duda sobre esto? Hay un criterio muy simple: la inercialidad excluye la fricción y la disipación, que quedan arrojadas a las tinieblas exteriores. El equilibrio dinámico no excluye absolutamente nada, y la termodinámica mucho menos.

Entonces, aquí está el nudo para disolver esa complicidad entre materialismo e idealismo que constituye a la ciencia moderna y le ha dado su razón de ser. ¿Porqué a la física de partículas se la llamó «mecánica cuántica» si es la cosa menos mecánica que existe? Pues porque incluso si la idea de fuerza deja de ser ahí un factor primario, aún se ha forzado todo a encajar en el molde clásico de la mecánica y de partículas en el vacío, aun sabiéndose que eso es sólo la mitad de la verdad. Es más, a la teoría ondulatoria se la llamó «mecánica ondulatoria» también, como para que no quedaran dudas sobre lo honorable de sus intenciones.

Y a pesar de todo, vemos que en estados cuánticos coherentes la inercia aumenta al cuadrado del número de componentes —electrones, por ejemplo-, y que el tiempo mismo resulta bidireccional. En distintos experimentos se cuestiona hoy si el principio de equivalencia es válido a nivel cuántico. Pero, de nuevo, ocurra lo que ocurra a este respecto, siempre habrá una forma u otra de usar cualquiera de los principios de equivalencia y su manipulación de los marcos de referencia para asegurar que no hay nada que no esté bajo control.

Y así se ve claramente en qué consiste el estéril juego del mecanicismo y su inseparable compañero el logicismo a la hora de buscar descripciones de imposible consistencia pero cuya inconsistencia siempre está por demostrar. Aun si un insecto mecánico volara en una atmósfera cero con un efecto de sustentación un trillón de veces superior al habitual, siempre se encontrará la forma de aseverar que nada de eso viola las leyes ordinarias de la mecánica. Sólo que estos certificados de buena conducta llegan siempre tras los hechos, por lo que no hay que tomarse en serio ninguna advertencia sobre lo que se nos dice que es imposible.

De lo que va entonces el mecanicismo es de administrar desde arriba La Ley, explotando la doble circunstancia del reduccionismo y el misterio. Por un lado, «las cosas no son nada más que…» Por otro, como no sólo no se explican mecánicamente las cosas sino que además se asegura que es imposible, se puede capitalizar hasta el infinito el misterio y la perplejidad que todo esto produce. Este administrar la Ley y el Misterio desde arriba se refleja en la compartimentación de todas las especialidades de nuestra torre de Babel y no sólo en ellas sino en el carácter altamente heterogéneo que incluso tienen las medidas de las ecuaciones más fundamentales.

Cuanto más maravillosa se dice que es la simetría de las ecuaciones fundamentales, más cantidades heterogéneas esconden. El caso de Maxwell es paradigmático, pues aunque el físico escocés tuvo las buenas maneras de reconocer ampliamente su deuda con todos los investigadores anteriores, aún cambió y retorció todo el sistema de medidas que Weber se había tomado el trabajo de crear para que se notara menos a qué se atenía su teoría de campos. La ley de Weber, que integrada sobre un volumen también da una teoría de campo, es puramente proporcional por más que su aspecto algebraico sea menos satisfactorio. ¿Qué criterio es más importante? Es una buena y profunda pregunta, puesto que hasta el día de hoy las dualidades que emergen de las ecuaciones de Maxwell son consustanciales a los intentos más ambiciosos de unificación.

Los grandes intentos de unificación desde arriba no es que estén condenados, sino que ni siquiera merecen la pena. El de Maxwell fue el más exitoso que pueda imaginarse, y a pesar de todo el precio que pagamos por ello es demasiado alto. Qué precio no habría que pagar, en caso de que fuera posible, por una unificación de las actuales teorías cuánticas de campos con la gravedad.

Y lo peor de todo es que el aspecto más tautológicamente mecánico de la brillante teoría de Maxwell ni siquiera se aprovecha, en beneficio de un esqueleto de representación vectorial. El aspecto más mecánico en Maxwell es también el más orgánico, puesto que viene de la mecánica de fluidos, arquetipo de las teorías de campos. Sigue siendo entonces del mayor interés tomar la formulación más elegante y comprensiva que existe de las ecuaciones de Maxwell, con formas diferenciales exteriores, y hacerla retroceder en dirección a su equivalente de campo de la ley de Weber —en clave de equilibrio dinámico en vez de la clave inercial de la mecánica. Vale la pena recordar que son los ingenieros, y no los físicos teóricos, los que usan la representación integral de las fórmulas de Maxwell.

La mecánica moderna desnaturaliza por completo tanto la causalidad eficiente como la formal, por no hablar de la material y la final. A ellas habría que añadir, como hacía Whitehead, una causalidad singular que sólo el principio de equilibrio dinámico puede generalizar y particularizar a la máxima potencia sin necesidad de desnaturalizar nada.

La idea misma de singularidad en la física moderna es altamente expresiva de las patologías y disfunciones de toda una mentalidad especulativa que ni mucho menos se limita al ejercicio de la física. Este «síndrome del agujero negro» no es sólo la forma que encuentra lo reversible de tragarse la irreversibilidad, también es el modo en que una ideología refractaria a que se le impongan fines se erige fin en sí misma y busca activamente sus propios simulacros del apocalipsis: ya se trate de singularidades gravitatorias o de singularidades tecnológicas, todas carecen de la menor verosimilitud, pero cumplen el imprescindible rol dinamizador del que sus propios supuestos carecen.

¿Cómo desmarcarse del infantilismo consustancial a todas estas visiones? Naturalmente lo mejor sería ignorarlas sin más. Sin embargo, como en toda literatura de evasión lo importante es apartarnos de lo importante, empezando por la singularidad de lo real. Dejando a un lado que las patologías de los infinitos empiezan ya por una viciada aplicación del cálculo a la física que no respeta el hecho de que sólo existen diferencias finitas, en Maxwell tenemos una teoría que no permite partículas puntuales, en la relatividad especial una que no permite partículas extensas y luego en la relatividad general otra en la que, retornando a un inaprensible continuo, las partículas puntuales son de nuevo imposibles.

Hoy se usa la óptica de transformación y las anisotropías de los metamateriales para «ilustrar» los agujeros negros o para «ejemplificar» y «diseñar» —se dice- espacio-tiempos diferentes. Y sin embargo es evidente que sólo se están manipulando las propiedades macroscópicas de las viejas ecuaciones de Maxwell. Pero, dejando a un lado lo arbitrario de estas ilustraciones, ¿cómo se pasa de unas a otras si hay la más manifiesta incompatibilidad entre las tres teorías? Al menos con la ley de Weber se puede trabajar desde el principio tanto con partículas puntuales como con partículas extensas, ya sea en electrodinámica o gravitodinámica. La singularidad de masa relativista es una densidad infinita en un punto que a la vez no puede ser un punto, muy en la línea de las imposibilidades por definición que ya el principio de inercia inauguraba.

La fuerza de Weber, la primera gran aplicación a la dinámica de los principios de la estática de Arquímedes, nos da la pauta de la física relacional, la única física que los griegos hubieran podido aceptar. Sabido es sin embargo que esta teoría, que incluso dedujo un átomo elíptico muchas decenios antes de Bohr, tiene a veces extrañas soluciones con masas negativas o la inversión de una fuerza atractiva en una repulsiva en función de umbrales o distancias críticas. Físicos como Helmholtz adujeron estas soluciones como muestra de que no era una teoría viable, pero en lugar de ver aquí patologías, más bien debería haberse visto una forma de salir de ellas. De hecho, muchas de las inversiones de signo que aparecen precisamente en el comportamiento de los metamateriales pueden explicarse en este marco de forma mucho más directa. Pero eso no es todo.

Una cosa es hablar de la suma cero de fuerzas en un punto conforme a la forma más simplificada del equilibrio dinámico y otra hablar de densidades de masa o energía, que entrañan necesariamente un volumen. En tal caso cabe hablar de productos o cocientes con respecto a un hipotético medio homogéneo cuyo valor invariable sería la unidad. Para la física relacional como la de Assis o Weber es una cuestión de principios que no existen constantes absolutas con dimensiones y que éstas tendrán que variar necesariamente con el entorno; claro que en el caso de la materia grave sometida al arbitrio de los múltiples principios de equivalencia, no es fácil saber cuándo estamos hablando de un cambio de masa o de un cambio en la constante de la gravedad. Hay pues mucho espacio al fondo para el ajuste, y es un «ajuste fino» completamente diferente del improcedente principio antrópico que la cosmología especulativa ha propuesto. Pero ante todo el principio de equilibrio dinámico de lo que quiere librarnos de una vez es de la escolástica de los sistemas de referencia y su siempre oportunista casuística. La física relacional marca un cruce de líneas rectas que sólo los meandros de los arbitrajes de la lógica mecánica nos impiden percibir.

Por más simple que parezca, esta diferencia entre sumas y productos en la expresión de fuerzas, masas, energías e incluso entropías marcan un camino de retorno desde la sofisticación innecesaria y abusiva en que ha incurrido la física en busca de predicciones y resultados a la pureza de conceptos y medidas que es lo único que nos demanda la verdad.

Desde una perspectiva depuradamente fenomenológica, Raymond Abellio insistía en que «la percepción de relaciones pertenece al modo de visión de la conciencia «empírica», mientras que la percepción de proporciones forma parte del modo de visión de la conciencia «trascendental»». Esto puede aplicarse al conjunto del método relacional: trabajar con relaciones puras es sólo el punto de partida para acceder a las proporciones que liberan a la complejidad de lo real de sus nudos. Por el contrario, el método que ha elegido la física moderna desde Maxwell es simplificar el álgebra a expensas de la pureza de las relaciones, que quedan cada vez más enredadas en nudos inextricables.

Aquí entiendo lo trascendental como lo inmanente antiespeculativo, pero se trata de una inmanencia que difícilmente podría apreciarse sin haberse elevado en la indefinida escala de las relaciones antes de volver a descender de ellas. Lo relacional por sí solo no alcanza ni siquiera a plantear la realidad, lo veíamos en la lectura de Pinheiro del experimento del cubo de agua. Es un puro fenomenalismo de la cantidad. Las puras relaciones excluyen la causalidad, pero nuestro sentido subjetivo de la causalidad es como nuestro sentido de la realidad, que sólo «se condensa» al sumar las capas de los distintos sentidos sobre un incógnito sustrato.

El principio de equilibrio dinámico, como suma y como producto, no necesita explicitar el sustrato para llevarlo siempre consigo: es como si hubiéramos cogido en nuestra mano un puñado de tierra con una semilla dentro, que esperamos que pueda germinar. No hay mejor imagen para este género de agricultura celeste, tan opuesto a una física actual que a pesar de todo ha trasmitido ciertas condiciones.

Esta renacida Dinámica de la que hablamos sólo puede ver la luz ignorando concienzudamente el gran horizonte unificador que moviliza a la física especulativa moderna con sus complejidades sin cuento. Si aquí no me he privado de comentar teorías especulativas, como la de relatividad de escala u otras, no es tanto por sus ambiciones de abarcar la física conocida como por la pertinencia de alguno de sus principios. La física sabe demasiado y en esas condiciones es casi imposible plantear lo nuevo, sencillamente hay demasiadas cosas que integrar. Esto puede verse como un reto aún mayor para la ya recalentada capacidad especulativa, pero en el fondo es totalmente paralizante para otras potencialidades mucho más frescas y valiosas. Como regla general hay que esforzarse por no entrar en los problemas que uno mismo no ha planteado.

La dinámica como inspiración es como volver del monoteísmo dualista al no-dualismo del signo que se quiera; los griegos no ignoraron la unidad, lo que rechazaban era que esta pudiera revelarse de una vez para siempre. Por el contrario, es nuestra forma de querer forzar la unidad en una sola Ley la que está condenada al fracaso no sin antes convertirlo todo en un desierto. Sin duda hacer ciencia es buscar unidad, pero la unidad no la soportamos nosotros, sino que nos soporta, y esto es sencillamente incompatible con la forma actual de entender la ley física.

Sería ridículo pensar que un sistema autónomo de alta no linealidad y respuesta inmediata, un abejorro o un ínfimo mosquito, tengan que cambiar en tiempo real sus marcos de referencia para que su comportamiento no entre en conflicto con las leyes conocidas de la física. No, sus coordenadas únicas e intrínsecas demandan el mínimo de restricciones y el máximo contacto implícito con el sustrato que las abarca todas. Dicho de otro modo, demandan un tratamiento inteligente del principio de equilibrio dinámico que empieza por la física misma, siendo lo cognitivo y el control secciones o aspectos emergentes, no añadidos como si se tratara de un barniz. Una dinámica de lo nuevo, no una mecánica para encajarla en lo viejo, porque esto último ya ocurre permanentemente sin necesidad de teorías.

Vida y muerte, ascenso y descenso

La manipulación de la vida con las biotecnologías tiene lo necesario para desencadenar el más profundo cisma y la más grande conflagración entre seres humanos que hayamos conocido. Tarde o temprano la gente se verá obligada a definir su posición al respecto y esto, por más que se intente instrumentalizar, romperá por completo todos los lineamientos políticos conocidos basados en el cálculo de intereses.

Bruce Sterling escribió en su momento una recordable fuga sobre las pugnas entre formadores y mecanicistas en un horizonte de singularidad tecnológica, pero como a toda buena phantasy anglosajona no podemos pedirle que tenga mucho que ver con el mundo real.

La mecanología francesa y Deleuze en particular distinguió entre máquinas simples o mecánicas en el sentido más newtoniano de la palabra, máquinas energéticas más sensibles a la entropía, y máquinas digitales o informáticas que configuran nuestra moderna sociedad del control.

Es cierto que hoy la sociedad del control, tan encimada sobre nosotros, sigue siendo el horizonte que separa lo pensable y lo impensable en una perspectiva tan limitada que se abruma con lo que pueda pasar en la batalla 5G. Pero lo realmente «disruptivo» a todos los niveles va a ser la actitud que adoptamos ante la vida, de respeto o de intervención, porque va a ser esto, y no el cálculo, lo que determinará «la cuarta generación de máquinas», que dependerá de cómo entendamos la vida y cómo entendamos lo mecánico, y por supuesto, de qué es lícito e ilícito en la conexión entre ambos.

Gregory Bateson, pionero en propaganda militar y publicidad encubierta, gustaba de hablar de manzanas y aún más de sugerirlas. Recordemos sólo dos citas. La primera: «Sabíamos cómo poner un cajón encima de otro para llegar a la manzana, y el hombre occidental se vio a sí mismo como un autócrata con poder absoluto sobre un universo que estaba hecho de física y de química. Y los fenómenos biológicos tendrían, finalmente, que ser controlados como procesos en un tubo de ensayo. (…) Pero esa arrogante filosofía científica está ahora obsoleta, y en su lugar alboreó el descubrimiento de que el hombre es sólo una parte de sistemas más amplios, y que la parte nunca puede controlar el todo». La segunda: “La cibernética es el mayor mordisco al fruto del Árbol del Conocimiento que la humanidad ha dado en los últimos dos mil años».

Si este era el mordisco, podría uno decir, sin duda se quedó con las ganas; aunque seguramente sólo se trataba de resultar tentador. Por otra parte, la idea hoy en vigencia de la cibernética como serpiente que se muerde la cola es mucho más pragmática que en las ya lejanas teorías de sistemas: poco importa que el sistema sea incomprensible, siempre que podamos controlarlo. Es decir, lo que se trata es de controlar sus entradas y salidas, de modularlas. Que nadie entiende nada, eso ya presupone. La tentación del bien y del mal nunca es el conocimiento, que es sólo una excusa, sino el poder.

La cibernética llegaba demasiado tarde dentro de un determinado ciclo como para traer cosas nuevas, de hecho lo que se pretendía era relevar a unas viejas figuras del conocimiento científico cada vez más desfasadas, ponerse al día. Ahora bien, lo que se procura en la cibernética es controlar los sistemas desde arriba, no desde abajo, pues de lo que hay abajo se intenta hacer el menor número de hipótesis posibles. La eficacia del control en tiempo real depende en gran medida de eso.

En este sentido los bucles de realimentación en la entrada y salida de datos masivos, ya sea para el dominio de los nichos de mercado o para la modulación de la opinión pública son ya interfaces masivos para el control de poblaciones, ingentes pero inadvertidos artefactos biopolíticos en cuyo seno nos movemos. Están ya en la zona límite de contacto con nuestra vida, pero, al menos según nuestros propios criterios dualistas de percepción, lo hacen sólo a través de nuestra conciencia, con lo que aún no han traspasado la frontera de la intervención directa. Lo que queda por conquistar es nuestro consentimiento a dicha intervención.

En realidad todo aquello con lo que Bateson jugaba como con un acertijo, lemas y definiciones tan impagables como «la diferencia que hace una diferencia» para referirse a la información, su estricto contemporáneo Gibson había conseguido concretarlo. Sorprende entonces que no se conozca más el valor y sentido de su obra. Esto, por lo que hace a lo cualitativo e intrínseco de la información. En cuanto al sentido más cuantitativo, el del puro cálculo, hace mucho que tenía que haber estado claro que las únicas diferencias que hacen una diferencia son las diferencias finitas, puesto que atañen tanto a la diferenciabilidad como a la escala de resolución. Y sin embargo esta aparente platitud no era bienvenida en un cálculo que desde el principio nos había brindado la halagüeña ilusión de dominio, si no sobre lo infinito, al menos sobre su contraparte infinitesimal.

Así que el proyecto de dominio de la ciencia moderna tiene una secuencia de causalidad ascendente y otra descendente. La ascendente o constructiva se aúpa hacia arriba desde partículas indivisibles, átomos, moléculas, células, órganos, organismos, poblaciones, etcétera. La descendente subsume las colecciones de elementos en leyes generales, ya sean deterministas, estadísticas, o una mezcla de ambas. Sin embargo y como no podía ser menos, es materia de fe y dogma que en los sistemas naturales es lo de abajo lo que afecta a la salida global, pero lo global no puede afectar a lo de abajo, compuesto por definición de bloques impenetrables. Así tenemos, por ejemplo, el llamado por los mismos especialistas «dogma central de la biología molecular» —dogma que las enzimas que sintetizan las proteínas ignoran continuamente, puesto que crean distintas moléculas en función de imponderables condiciones del medio.

Es sumamente comprensible que los humanos que quieren controlar la naturaleza procuren desterrar la idea de que la naturaleza tenga formas de control que podrían entrar en conflicto con las de los humanos o arrojar sobre ellas una indeseable luz. Por eso se habla tan poco del ridículo al que está sometido el dogma central en cada una de nuestras células, y que los laboratorios se esfuerzan heroicamente en ignorar. Hace ya muchas décadas que Faustino Cordón mostró sobradas evidencias de que las proteínas globulares, nuestras actuales enzimas, eran entidades vivas por derecho propio, pero ahora que tenemos miles de veces más información y datos hacemos todo lo posible para mirar a otro lado para poder seguir pensando en un Código de la Vida que nos franqueará las puertas hacia todos los milagros.

La exquisita especificidad del ensamblaje macromolecular da buena fe de que estos elementos discretos siguen actuando bajo las leyes de un medio continuo con propiedades muy determinadas. Nos atenemos a las moléculas porque es lo directamente manipulable, mientras que la interacción con el medio ambiente es mucho más elusivo a nuestro cálculo y control. Las partículas por sí solas son completamente tontas, de ahí la cara que se les quedaba a los físicos con el efecto Aharonov-Bohm a pesar de ser un aspecto elemental incluso de la física clásica. Ahora bien, la misma fase geométrica presente en este efecto puede medirse y calcularse con exactitud en biopolímeros como el ADN, al que hoy se retuerce exactamente igual que si fuera una toalla. Pero, manipulaciones humanas aparte, esta sensibilidad a la fase es una forma de acusar el potencial del medio que, efectivamente, se parece mucho a un campo de información, aunque no en el sentido humano del término. Una comparación mucho más adecuada es la de los potenciales termodinámicos con la posibilidad de acción que brindan a los agentes inmersos en ellos.

Nos resistimos a ver finalidad en la naturaleza simplemente porque nuestras finalidades intencionales son incompatibles con la finalidad espontánea que ella exhibe.

Algunos han contado dieciocho interpretaciones distintas de la mecánica cuántica y con un poco de paciencia podríamos llegar a las dieciocho mil. No es que una interpretación no pueda ser importante, de hecho puede serlo incluso mucho más que el cálculo, pero a condición de que se comprenda bien lo más obvio, que es su conexión con los fines. Lo cual supone desactivar la subversión de las causas finales en la naturaleza por nuestros particulares motivos, circunscritos en la palabra «predicción».

A diferencia de las matemáticas, en física local y global no significan «pequeño» y «grande». La cuestión de «lo de arriba» y «lo de abajo» no es un mero problema lógico de inducción y deducción, también es un problema de una formulación precisa de las transiciones de escala y su relación con cosas como la fase geométrica; y no es un problema sólo formal o geométrico, sino estadístico y material. Como recuerdan Mazilu y Agop, la descripción de la materia es materia de escala por definición, pues de lo que se trata siempre es del «grano grueso»; sólo así podríamos salir de las aporías del continuo y la apariencia.

El mapa no es el territorio; tratemos de ver lo que esto significa en relación con el problema del marco de referencia, que se superpone al de la inercia. En el mecanicismo inercial el sustrato sólo puede ser pasivo, por más que esté realizando constantemente operaciones imprescindibles para el mantenimiento de los principios conservativos. Con el principio de equilibrio dinámico el sustrato vuelve a ser activo incluso si nos abstenemos de caracterizarlo. La definición o resolución es parte de esa actividad hasta ahora dada por supuesta. Resulta fácil estar de acuerdo con que el principio de relatividad de escala no sólo atañe a la física sino que se trata de un principio del conocimiento en general, uno de los que con más gusto hubiera suscrito Leibniz —especialmente si hubiera podido enmendar su idea del cálculo; lo que ya me parece más discutible, habida cuenta de la aplicación de los criterios de Hertz para el punto y la partícula material, es si se debería partir de las dos teorías de la relatividad hoy en boga o de la teoría de la relatividad original de Weber, que, tal vez, permita rectificar los problemas de ajuste y no diferenciabilidad que plagan este proyecto.

Lo único que puede sustituir con ventaja al cálculo es estar ahí donde el cálculo no está; conciencia es lo que solíamos llamar a eso, y eso es lo que significa que el mapa no es el territorio. El cálculo ha sido tanto herramienta como expresión del instinto de presa, así que no deja de haber justicia poética en el hecho de que haya ignorado lo más fundamental en su análisis, allí donde había que pasar de la matemática a la física y el movimiento real. Reconocer esta extralimitación sería reconocer otras muchas, pues en poco más de un siglo hemos pasado de la Metafísica, la especulación con conceptos desnudos, a la Metamática, la especulación vestida de cantidad y cálculo llevada más allá de cualquier sentido de la proporción.

Hay todavía un destino glorioso en la Física, que consiste justamente en invertir la tendencia especulativa que hoy ha puesto a la matemática a su servicio. Para Descartes el modelo del pensamiento era la geometría; para Kant, proponente de un plano trascendental, el modelo había pasado a ser la física newtoniana, irreducible ya a lo geométrico. Se ha dicho luego que la teoría de la relatividad invalidaba muchos de los supuestos kantianos, pero eso es confundir planos y cosas. Lo crítico del horizonte trascendental, más allá del idealismo, es que en la realidad física hay algo más que en la matemática, y por lo tanto, es buscando eso que la propia realidad matemática se profundiza, y sólo se profundiza cuando advierte lo precario de su fundamento.

Si hablamos antes de una piedra de fundamento y una piedra angular, está claro que el gesto de culminar coincide con el de conmover el cimiento o desafirmarlo. La piedra de toque de cualquier veracidad es la irreversibilidad y lo abierto como origen de los sistemas reversibles cerrados, con la que podemos volver a descender de las nubes una vez que hayamos rectificado nuestra idea general de la naturaleza y de la dinámica. Y puesto que el instinto desinteresado de conocimiento es mucho más fuerte en la física que en la biología, igualmente es mucho más probable que lleguemos a su común verdad a través de la primera que de la segunda, pues después de todo en el actual reparto de poderes la biología nunca ha dejado de ser una especialidad dominada y subalterna.

Cabe entonces suponer que hay una integración desde arriba hacia abajo que nada tiene que ver con nuestros intentos de integración y control, y del que el modelo biofísico de la alternancia respiratoria con su desplazamiento de fase entorno a un centro nos da un perfecto y accesible arquetipo, e incluso un modelo experimental y para el cálculo en términos de energía cinética y potencial, así como de eficiencia. Este modelo puede ser evaluado tanto por el principio de eficiencia de Ehret como del principio de máxima potencia y consumo de Lotka. Esto tendría que ser relevante para nuestra idea de la dinámica, del proceso de individuación en diversos tipos de entidades, desde los seres humanos a nuestras economías, que hoy no pueden estar más alejadas de los criterios de eficiencia de la naturaleza.

La singularidad que tenemos en nuestro propio cuerpo y detrás de nuestra agitada consciencia me parece infinitamente más interesante que esas otras surgidas como patologías del cálculo, aparte de ser más accesible a la medida y el seguimiento. Desde una perspectiva elementalmente biofísica, puede mostrarnos el modelo por excelencia de convergencia entre la causalidad eficiente, causalidad final y causalidad singular. Y aunque en este caso particular se ignoren las cuestiones de «física fundamental» tal como ahora suelen entenderse, la conexión básica con las teorías de campos en términos de tensiones y deformaciones, unidas a la conexión con la fase geométrica, por un lado, y las cuestiones sobre la irreversibilidad termodinámica y los sistemas abiertos, por otra, ya lo hacen más que suficientemente fundamental en la escala humana de cosas y en aquello que nos lleva más allá de esa escala.

El horizonte de la fusión hombre-máquina es pura fuga y escapismo, arrastrados, nadie lo duda, por la fuerza de la huída de la sociedad en general. A esta suerte de «dinámica» sólo se le quiere oponer, bien que a otro nivel que el de masas a la deriva, el modelo cibernético del control de esas masas. Pero el telos de lo cibernético es la autopreservación y reproducción de lo mismo. Puesto que las máquinas no tienen aún capacidad de autorreproducción se utilizan a los organismos biológicos para asistir en esta tarea de autoperpetuación, a tal punto, que siempre se plantea la pregunta de si no sería un alivio para la vida en general que las máquinas se reprodujeran. Sin embargo el «cierre operacional» de los sistemas, como lo llamaba Luhmann, lejos de garantizar la eficiencia total o la ausencia de fricción lo que asegura es la degeneración sistémica y la descomposición de los vínculos entre sus partes. Evacuar la novedad, sustituyéndola por otra ya prefabricada no puede tener otro resultado que el de dejar de sentirse vivo, por más que también de esto se saque partido.

Está claro que toda esta mentalidad de embudo está dispuesta para no salir de una misma narrativa, aunque, por supuesto, siempre se nos quiere empoderar, que equivale a poder olvidarnos un poco de que no queremos lo que queremos.

¿De qué voluntad de poder puede hacer gala el hombre prometeico si está obligado a querer por todo? ¿A qué se va a atrever si a nada se puede resistir? Ya puede hacer lo que quiera, que no por ello se hará más dueño de sí mismo.

He dicho en otra parte que la liberación de nuestra naturaleza coincide con la liberación de nuestra idea de la naturaleza, y que ambas constituyen una sola y sagrada misión. ¿Liberarla de qué? Liberarla, primero de todo, de los sacerdotes y fanáticos de la Ley. Sencillamente, o vive la ley o vivimos nosotros; si parece que aún hay término medio, es porque la ley vive a nuestras expensas.

Buscar el dominio de la naturaleza, complacerse en él, es buscar el dominio del hombre por el hombre y complacerse en él igualmente. La sociedad humana se vuelve de espaldas a la naturaleza externa pero reproduce su interna naturaleza y la exterioriza hasta que deja de reconocerse en ella. Dividir el movimiento del mundo en una parte activa que es la fuerza y otra parte pasiva e inerte ya tiene incorporado el dualismo en lo más básico de su planteamiento y suscribir esta situación es perpetuarla. La única forma de terminar con esto es prescindir por completo de la idea de la inercia y ascender por el enorme hueco que se abre con esta sencilla jugada.

Dejar de «apretar el botón» como consolación de nuestra impotencia llamaría a aquello que se quiere liberar desde lo más profundo de nosotros. El espíritu siempre tendrá que elegir entre ir hacia abajo o ir hacia arriba, entre el embotamiento o el despertar, entre la disociación y la recuperación de la unidad de entendimiento y vida.

«Ayúdame y te ayudaré», le dijo al artista el espíritu de la materia. Es imposible ver a dónde nos conducen estas cosas, y de ahí su interés, a diferencia de lo otro que siempre se convierte en lo mismo. Si el hombre quiere ayudarse de la naturaleza para mejorarse, la naturaleza humana se pondrá en marcha y se activará, en eso consiste nuestro optimismo. El camino conocido sólo puede conducir a más de lo ya conocido.

Si en este mundo la evidencia primaria es que todo es movimiento hasta en lo más ínfimo, y nos empeñamos en considerarlo un mecanismo inerte, no hay otra forma de sobreponerse a la evidencia que explicarla por una puesta en acción en un plano completamente diferente, donde para empezar nos saltamos todas las leyes de conservación. Esta y no otra es la razón profunda, enteramente teológica y de disposición interna, del modelo cosmológico estándar, no las predicciones ni su ajuste a las observaciones, pues ya hemos recordado que, en contra de una narrativa descaradamente falsa, las mejores y más antiguas predicciones de la radiación de fondo, con gran diferencia, fueron las que asumían un universo en equilibrio dinámico, no en estado estacionario ni en expansión.

Nada nos puede extrañar cuando ya se nos propone el universo como un supercomputer, formidable ejemplo de cómo la ciencia actual nos libra del antropomorfismo. Se nos dispensará entonces si abogamos por ir en la dirección contraria, ayudados por los metamateriales, por ejemplo. Mazilu, otra vez, exhumaba hace unos años el descubrimiento por Irwin Priest en 1919 de una sencilla y enigmática transformación bajo la cual el espectro de radiación de cuerpo negro que motivó la famosa fórmula de Planck rendía una distribución gaussiana o normal. No hay ni que decir que para entonces la citada ecuación se iba asentando con categoría de ley. Sin embargo Priest, aun siendo consciente de la importancia de la interrogante planteada, fue incapaz de acercarse a una explicación física de la transformación.

Mazilu intenta hacer una suposición bien fundada del ajuste exquisito de la fórmula de Priest admitiendo que no tenemos una interpretación física para la raíz cúbica de la frecuencia que plantea la transformación. Refiriéndose a la radiación cósmica de fondo, «y tal vez a la radiación térmica en general», el físico rumano, ahondando siempre en la lógica del continuo, no puede evitar pensar en un tensor de tensiones electromagnético con unos componentes promedio en el plano que entrarían en tal relación. En sus conclusiones trae a colación los rayos y paquetes de Airy que surgen en la vecindad de las cáusticas, no menos que en los pozos electrónicos, y que hoy se asocian a través de Berry con la cuantización pero que podrían ser tan independientes de ella como la misma fase geométrica.

La fascinante reconstrucción histórica de las tramas que aquí se mueven nos llevaría muy lejos y el propio Mazilu junto a Agop le dedica al «momento de Airy» hondas reflexiones en su exploración de la relatividad de escala. El artículo de Priest fue olvidado casi por completo y curiosamente de este físico apenas se recuerda su dedicación a la colorimetría, en la que estableció un criterio de temperaturas recíprocas para la diferencia mínima en la percepción de colores. Mazilu cierra su suposición recordando que «debería hacerse mención de que tal resultado bien podría ser específico de la forma en que las medidas de la radiación se hacen habitualmente, a saber, mediante un bolómetro» .

Todo lo cual nos lleva a pensar que, si se están utilizando compuestos de metamateriales para «ilustrar» los agujeros negros mediante la selección de los parámetros macroscópicos de las ecuaciones de Maxwell con los atributos cuasimágicos de la óptica de transformación, con mucha más legitimidad y pertinencia se pueden buscar los parámetros que justifican físicamente la transformación de Priest; por supuesto ya se ha conseguido modular rayos ópticos de Airy, que no se dispersan pero se aceleran, con una distribución gaussiana. A estos artificios que confrontan la ingeniería inversa de la matemática sobre la naturaleza con otra ingeniería inversa que la busca donde la matemática no acierta a producirla podemos llamarlos metamáquinas. Vuelta de tuerca al principio de Vico por los ingenieros, están destinadas a jugar un papel creciente en la investigación toda vez que la era de los grandes proyectos se acaba y se pone cada vez más en duda el lugar de lo derivado y lo fundamental.

Naturalmente la construcción o reconstrucción de la transformación de Priest cuestionaría la necesidad del desarrollo de toda la mecánica cuántica, lo que constituía la motivación de Mazilu para empezar. Las consecuencias que esto pueda tener a estas alturas ya son más difíciles de evaluar, cuando se da por hecho que esta mecánica tan poco mecánica está más que bien asentada. También hay numerosos dispositivos experimentales y hasta en el mercado que ponen en cuestión principios tan universalmente aceptados como el de indeterminación de Heisenberg, y nadie se molesta en revisarlo, sino que a lo sumo se añaden nuevos términos de corrección, nuevos epiciclos. «Lo que funciona, funciona.»

Tampoco se puede anticipar si podría tener alguna incidencia en la cosmología, donde cabría utilizar estos metadispositivos igual que los ojos de Gibson exploran su caverna. ¿Agujeros negros, principio holográfico, el gran superodenador? Un equipo chino de la Universidad de Nanjing explica cómo utiliza la fase geométrica para encontrar nuevos grados de libertad en metasuperficies codificadas digitalmente con muchas aplicaciones prácticas. Sin embargo, centrándonos en estas aplicaciones lo que hacemos una vez más es atenernos a los aspectos controlables desinteresándonos de todo lo demás. Haría falta un poco de ambición teórica. Justo cuando se atisba otra luz y se nos presenta la sublime oportunidad de devolver la microfísica de la materia al dominio del continuo nos volvemos corriendo a la caverna para dedicarnos diligentemente a nuestras cosas.

Naturaleza es continuo, apariencia discontinuidad. Habría que ponerse donde la termodinámica cuántica quiere ponernos desde un principio, con un número de estados mucho mayor que el que la mecánica cuántica contempla. El conjunto de verdaderos estados de un diminuto bolómetro podría ser mayor que el del omnicomprensivo ordenador cuántico del universo, la megamáquina última según el fundamentalismo digital.

El continuo es metaempírico o trascendental, pero su reconocimiento es el fondo que transfigura todo este escenario. Este continuo puede ser reconstruido sin ningún límite predefinido, incluyendo cualquiera de los que la mecánica cuántica quiera interponer. De hecho, si la escala de Planck se revelara insuperable, sería por argumentos de continuidad y relatividad de escala, no por una cuantización de un supuesto cronómetro del universo; este sólo aspecto permite confrontar ambas concepciones, aunque la relatividad especial no es algo que merezca calificarse como una teoría continua.

Esa reconstrucción del continuo con independencia de cualquier aplicación práctica ya es de por sí unificación en el sentido más puro del término, actividad reflexiva que se vale del cálculo y el experimento. Proceso que se encuentra en la antípoda de la especulativa empresa de la unificación como conquista de todo el territorio. La única forma de ahondar en la unidad es perderla de vista como objetivo; lo deliberado del más mínimo gesto unificador lo delata ya a la legua. Ya se dijo que no hay unificación deliberada por la que no hayamos pagado un precio tan alto como el de su éxito. Atender la continuidad es fórmula infalible para desembarazarnos de nuestras pretensiones y la de los otros, para olvidarnos de los gestos deliberados y ensayados. Esperemos que algún día la unificación deje de ser un desafío deportivo al que uno se apunte simplemente «porque está ahí», como el Everest.

Con esta ingeniería inversa tecnológica de la ingeniera inversa científica cerramos un círculo nunca bien asumido por el sacerdocio teórico pero que siempre estuvo cerca del experimentador y el técnico. En una tecnociencia idealmente anfibia, ser mitológico todavía por consagrar, principios, medios y fines deberían fluir en ambas direcciones por igual; sabemos cuánto se aleja la realidad de eso y tampoco ignoramos del todo los motivos. Que este ser mitológico nos parezca un monstruo es la mejor prueba de que aún no se ha reconocido a sí mismo. Pero ya sea como doble dragón o como águila bicéfala, su instinto y vocación no puede dejar de estar reñido con el de esa otra serpiente de la dirección única que tiende a un fatal aislamiento.

Al final la voluntad de poder tecnocientífica es sólo la incapacidad de poder querer otra cosa, a la que no hay más remedio que llamar destino. Nada hay más cómico que un científico fatalista a no ser que pensemos en un fatalista liberal, pero había que llegar a esto. Si Whitehead dijo que no es que hagamos elecciones porque somos libres, sino que somos libres porque hacemos elecciones, habría que añadir que tampoco hay destino sin la elección ni consciencia de elección.

Una extendida fantasía quiere que en el desarrollo del conocimiento en cualquier civilización o planeta sólo es cuestión de tiempo pasar por los mismos estadios de descubrimiento y desenvolvimiento tecnológico; pero basta mirar con un poco de atención nuestra propia historia para ver lo contingentes que son los grandes momentos y cristalizaciones y hasta qué punto dependen de los azares del conocimiento disponible y el orden de sedimentación de las teorías. Sólo una tecnociencia idealmente anfibia sería capaz de eliminar esas formas de acumulación que a la larga garantizan el estancamiento, por más que sea mucho pedir dentro de las actuales estructuras o de cualquier estructura en general. Esto se halla en perfecta sintonía con la interpretación directa de los procesos de restricción, envejecimiento y degeneración en el cuerpo que tanto nos resistimos a aceptar, lo que muestra hasta qué punto la naturaleza se adueña de los procesos históricos. Ni siquiera se eligen las narrativas, simplemente se amoldan a lo que hay que justificar. Pero la sociología científica no es nada comparado con el misterio de la creación y la regeneración. La biología los exhibe, la física-química los custodia. Y está muy bien que así sea; es doblemente bueno que sea así.

No hará falta decir que el Continuo físico no puede confundirse con la mera continuidad geométrica, de cuya insuficiencia hace tanto que somos conscientes. Este Continuo incluye en sí la unidad o continuidad entre la geometría y el carácter indiscutiblemente discreto de la aritmética, las entidades y sus operaciones en el tiempo. A la depuración del Cálculo finito, que nunca puede ser más análisis que síntesis, le corresponde la tarea infinita de mediar entre ambos con la ayuda de su no menos operacional compañera el álgebra. El mismo carácter físico del Continuo se convierte entonces en la fe más ilimitada y conmovedora, porque queremos en él la eterna síntesis viviente que encarna y da sentido a nuestros esfuerzos dispersos.

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CAOS Y TRANSFIGURACIÓN


Donde está el peligro está la salvación. Se exhibe una transparencia de la guerra que los pocos hacen a los muchos, de cómo defenderse y volver sus armas contra ellos usando el reflejo del dinero, la ingeniería del conocimiento y la economía del tiempo

Dos generaciones después

Los estudios de Robert Epstein indican que hoy Google puede cambiar el sentido del voto indeciso de un 20 a un 80 por ciento, dependiendo de los grupos demográficos, en las elecciones de cualquier país en que sea el buscador de referencia, lo que resulta ser la inmensa mayoría de los casos. La compañía ha negado enfáticamente estos cargos.

Gilad Atzmon daba en el clavo en una entrada reciente: tanta esfuerzo invertido en educación para la memoria del Holocausto tenía que cosechar finalmente sus frutos, hasta el punto en que la gente ya ha aprendido a reconocer a los nazis incluso sin necesidad de uniformes. Y así, a pesar de nuestro gusto insuperable por los estereotipos, para identificarlos ya no necesitamos que lleven monóculo o tengan un acento alemán de película; nos basta con observar sus palabras y sus obras.

Salvo para los más implicados en la maquinaria de propaganda, era de esperar que semejante exceso de celo tuviera efectos contraproducentes. Tantas películas y series, tantos artículos históricos sobre el nazismo en diarios a los que tan poco les importa la historia, sin apenas darse cuenta iban describiendo un círculo que ya está a punto de cerrarse; o más bien describían, habida cuenta de que se cumplen ochenta años y dos generaciones del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, dos semicírculos enlazados en dirección alterna.

Aunque sabemos que al nazismo lo derrotó ante todo el ejército rojo de campesinos y obreros, y no el gremio de los banqueros, en el relato de la Buena Guerra los grandes beneficiarios y santificados fueron por el contrario tres estados que hasta el día de hoy siguen conformando el tácito pacto tripartito del eje anglosionista, la más viva encarnación del imperio en nuestra era, y cuyos orígenes se remontan cuando menos al milenarismo puritano de la época de Cromwell y Mennaseh ben Israel, en que se dice que los intereses bancarios comenzaron a subir.

Por supuesto que el superimperialismo del dólar parecía hasta ahora una historia bastante diferente —visto al menos desde la perspectiva de los países más desarrollados, testigos de una colonización relativamente benigna y gradual. Nadie hoy cree votar al fascismo como tampoco en los años treinta creían hacerlo. No, nada es igual; y aun se ha hecho lo imposible por mostrarnos que se trata de todo lo contrario. Y sin embargo, ya a nadie le resulta difícil ver más allá de los disfraces. ¿Cómo se ha llegado al punto en que se ha hecho imposible disimular?

Habría que decir tal vez que para distinguir entre agresores y agredidos no hacen falta ejercicios de concienciación. Seguramente sí cuando el agredido es otro, y los medios de desinformación hacen su trabajo; pero no cuando el agredido es uno mismo. Y a pesar de todo, en un mundo donde los responsables nunca dan la cara, se ha podido desviar casi siempre la atención hacia otros agresores ficticios.

La verdad es que si de algo son maestros en el imperio del caos es de propaganda, de la lucha «por las mentes y los corazones». Pero ni la más consumada mendacidad puede cambiar indefinidamente los hechos, y el hecho es que Washington ha de dar la cara no sólo por su oligarquía, sino por la mayor parte de las indeseables oligarquías del planeta, lo que se cobra un alto coste en imagen.

Lo que te lleva primero al éxito es lo mismo que luego te destruye, tal es la Ley; y ya que esta gente es amante de la Ley y el Libro tendremos que apelar a ella. Se habla de la decadencia del Imperio pero lo cierto es que el Dólar sigue apreciándose frente a las otras monedas, y probablemente lo haga todavía durante un tiempo. El caos y el miedo invitan a buscar un sólido refugio, y el imperio del caos continuará patrocinándolo mientras esa tendencia le produzca un rédito inmediato.

Tendencia que no durará indefinidamente. Es factible que continúe hasta el fin del presente superciclo de deuda y la crisis presumida para este año o el 2020, e incluso mantenga cierto impulso más allá; pero no llegará viva a la crisis de mucho más calado que expertos de orientación muy diversa ya vislumbran para el 2025-2030, y que, por la mera acumulación de problemas no resueltos, supondría el verdadero cataclismo de las instituciones.

Las oligarquías del mundo son expertas en desviar la atención, y los Estados Unidos en atraerla. Siendo los segundos valedores de las primeras, y las primeras valedoras de los segundos, la situación podría tornarse más que complicada. El matón global podría convertirse en el payaso de las bofetadas; circunstancia aparentemente absurda que sin embargo ya se insinúa incluso ahora.

El poder y la presencia norteamericana en el mundo y sus instituciones es sencillamente apabullante, de hecho muy superior a lo que advertimos, como muestra el caso citado de Google y otros igual de importantes pero más fuera de foco. Como a los peces el agua, el que no la notemos sólo nos habla de hasta qué punto nos informa. Al respecto se ha hablado de full spectrum dominance, de un dominio en todo el espectro, y de eso es de lo que se trata. Es casi imposible subestimar esta hegemonía, pero lo hacemos continuamente. Es casi imposible sobreestimarla, y también lo hacemos todo el tiempo.

Los Estados Unidos son la nación indispensable sólo en el sentido más coyuntural de la palabra. Es indispensable ahora para una oligarquía global bastante libre de compromisos, dispuesta en todo momento a mudar sus bases. El problema es que, justamente por ser el gran valedor de la oligarquía global, por fuerza tiene que convertirse en un estado odioso, y así es imposible mantener el prestigio de la marca.

Sin prestigio, que como todos sabemos significa engaño, el valor ficticio de las cotizaciones se hunde y los capitales buscan otros destinos más atractivos para sus burbujas. Ellos ya saben de sobra que su fuerza y su valor es sólo su posición de privilegio en el mercado, de ahí el vértigo y la torpeza de sus gestos para mantenerlo a cualquier precio.

Se trata de una espiral que se realimenta hasta que llegue a un punto de ruptura, y en el que el mero figurarse ese punto estrangula el haz de posibilidades. No es tan envidiable la posición actual de los Estados Unidos, que se comporta como el gran acreedor pero vive más que nadie del crédito. Hace de proxeneta y prostituta, mientras que, al otro lado del océano, la Gran Bretaña e Israel se reparten convenientemente los papeles.

Estados Unidos podría convertirse en un proyecto fallido y aún el capital global buscaría la forma de reciclarse —en gran medida- a través de la Gran Tela de Araña de la City londinense. Una salida puede resultar más «indispensable» que los portaaviones cuando de lo que se trata es de salvar el culo del capital, y en ese valor de reserva tan experimentado siguen cifrando sus esperanzas no pocos ingleses.

Finalmente está Israel y la comunidad judía en el mundo; y esto, y no los Estados Unidos ni Gran Bretaña, es lo verdaderamente indispensable en el relato alucinado que impera. Pues el verdadero Imperio no es la dominación territorial y extraterritorial que ya vamos conociendo, sino el relato que aun hoy nos parasita y que va marcando los tiempos camino del desastre.

El tiempo del relato lo marca la concentración del capital, que es lo que entendemos hoy como poder puro. Sabido es que la distribución de riqueza y rentas sigue la ley del 80/20 también llamado «principio de los pocos indispensables»: el 20 por ciento de la población posee el 80 de la riqueza, pero a su vez es la quinta parte de esa quinta parte la que tiene cuatro quintos de las cuatro quintas partes —y así sucesivamente, en una ley de potencias con invariancia de escala.

Esta ley de potencias conduce a la conocida estimación que dice que las 62 personas más ricas tienen más patrimonio que la mitad de la población mundial, los 3.700 de millones de pobres. Lo que capta menos la atención del lector es que la mera prolongación analítica de esa ley nos dice que la mayoría del poder de la oligarquía mundial está concentrada en unas pocas manos, aún muchas menos de las que creemos: casi toda la riqueza de esos 62 sería de 12, y casi toda la riqueza de esos doce sería sólo de 3 personas o a lo sumo 4 personas o familias. Esto, al menos, según unas frías matemáticas que han funcionado muy bien a lo largo de toda la escala. Se diría que, más que una poderosa tendencia, es el único resultado posible tal como están dispuestas las cosas.

En vano buscará uno los nombres de esas familias en la lista del Forbes. Se nos dice que las familias que dominaban las finanzas mundiales a principios del siglo XX han ido a menos y han pasado a un discreto segundo plano, pero sería del todo ridículo pensar que gente que se ha dedicado a la banca, el sector que crece más rápido con respecto a los demás, ha visto sus fortunas menguadas —pues todo lo que ocurre ahora, y de lo que tanto hablamos, es justamente por lo contrario.

Se aprecia entonces que la Oligarquía tiene una estructura autosimilar foliada o en hojas, con capas visibles bastante superficiales y un núcleo central masivo: desde siempre, tal es la complexión intrínseca a la plutocracia, que por su naturaleza y propio peso tiende a hundirse bajo el suelo como Plutón, dios de la riqueza subterránea. Lo que ha ido cambiando gradualmente con el tiempo es la escala de operaciones y unos límites espaciales y temporales que tienden ya manifiestamente a agotarse.

También se sigue de aquí que el Oligarca tiende a ser oligarca o «indispensable» para otros oligarcas más dispensables, lo que crea entre ellos una escala de subordinación, con una plutarquía o criptocracia en su núcleo que busca la sombra tanto como los brotes buscan el Sol. La verdadera Plutocracia no es entonces ni siquiera una clase social, pues su número no puede dar para tanto. A lo sumo es un grupúsculo o camarilla.

En ese núcleo duro de la oligarquía o verdadera Plutocracia se hallan los principales valedores de Israel. No hace falta recordar a quién iba dirigida la declaración Balfour, caso único en la historia de la creación de un estado. Era precisamente este exceso de prominencia de los más poderosos el que hacía más que recomendable una discreta desaparición.

La estructura recursiva o autosimilar, que se reproduce a diversas escalas, de la distribución de la riqueza con la desigualdad que implica se desharía demasiado fácilmente —sería demasiado inestable- si no tuviera un factor de cohesión adicional, una circulación selectiva de un flujo a lo largo del tiempo, que aquí sólo puede ser el del dinero y el interés asociado a la deuda. Puesto que la distribución de Pareto, o más generalmente las leyes de potencias, son independientes de la escala y tienen una amplia ocurrencia en todo tipo de fenómenos de la naturaleza y la sociedad humana, mucho es lo que se ha especulado sobre su origen, permaneciendo todavía la cuestión enteramente abierta.

Michael Hudson, el gran estudioso de los mecanismos de deuda de Babilonia a nuestros días, nota cómo «las cargas de deuda (1) añaden un coste improductivo a los precios (2) desinfla los mercados de poder adquisitivo (3) desalienta la inversión y el empleo en estos mercados y por tanto (4) presiona a la baja los salarios.

Aplicando una analogía con la ley constitutiva que rige para la resistencia de los materiales y la construcción, podemos hablar de presión y su recíproca tensión, así como de la deformación a que está sometida la estructura. Durante muchos siglos, como Hudson recuerda, fue algo ordinario la cancelación periódica de deudas por los soberanos como una forma de restablecer el orden social y evitar lo que de otro modo hubiera podido suponer el derrumbamiento de todo el edificio. Esto formaba parte del orden por lenta revolución en el seno de un tiempo cíclico.

Es de suponer que la acumulación de deuda en aquellos tiempos solía responder al crecimiento lineal del interés simple. Y es sin embargo a partir del siglo XVII, cuando adquiere impulso el interés compuesto, la revolución científica y los gobiernos parlamentarios, que la cancelación cíclica de deudas empieza a situarse fuera de cuestión. De hecho, y que nadie olvide esto, los prestamistas favorecieron a los gobiernos parlamentarios sobre las monarquías porque con ellos en caso de impago siempre encontraban cómo cobrarse en especie a costa de los bienes públicos.

Salta a la vista la estrecha vinculación y coexistencia del interés compuesto y la acelerada acumulación en todos los órdenes, desde la riqueza y la demografía al conocimiento científico y tecnológico. El interés compuesto, en sí mismo una tendencia temporal, es el gran acelerador de los tiempos, y con el aumento de sus expectativas se tiende a rehusar más fuertemente cualquier corrección cíclica de sus efectos. El interés compuesto es pues el fermento específico de la aceleración de los tiempos modernos y su ruptura definitiva con cualquier solución parcial por el bien de la estabilidad. De aquí y de ninguna otra parte emana el reconocido carácter revolucionario del capital en los tiempos modernos; pues está claro que la explotación y la mera búsqueda del beneficio habían existido desde muy antiguo.

En el antiguo edificio social la cancelación de deudas era justamente una restauración o reparación del orden que impedía su derrumbamiento. En el nuevo régimen de acumulación lo que se hacen cíclicas son las crisis, que se prefieren como forma de «disciplinar los mercados», aunque de forma harto selectiva puesto que no todos responden por igual. La renovación por las crisis en fases alternas de destrucción-reconstrucción sería más propia de sociedades y mercados altamente expansivos, marcados por el crecimiento acelerado.

El hecho de que el capitalismo expansivo se enfrente cada vez más a los límites del desarrollo por falta de mercados nuevos sólo puede aumentar gradualmente la presión ejercida sobre la estructura social y agudizar el carácter destructivo de las crisis. Se añade a esto el consenso de que ya se han agotado los márgenes de maniobra en la política económica interna que permite amortiguar o administrar los seísmos.

Si simplificando al máximo el principio de Ehret afirma que la vitalidad y la salud de un organismo es igual a su presión menos su obstrucción —ecuación que la moderna medicina no se ha molestado en verificar-, tal vez podamos extrapolar esta misma lógica elemental a la vitalidad y salud económica del organismo social equiparando, como no, la obstrucción con la deuda; puesto que esta obstrucción se traduce en un aumento de la tensión hasta llegar a un punto de ruptura.

También la fractura deja en su agrietamiento un sello recurrente o autosimilar, como la distribución de Pareto o de los pocos indispensables; en la literatura científica se ha tratado de explicar su aparición con el concepto de tolerancia altamente optimizada, que puede generar tales distribuciones mediante un diseño deliberado que optimice varias restricciones simultáneamente.

En el presente sistema todo está optimizado a expensas de la extracción de máximo valor o beneficio. Esto conlleva un alto grado de fragilidad sistémica, puesto que finalmente son las estructuras las que se han adaptado y especializado a un objetivo muy estrecho con independencia de todo lo demás.

En la bifurcación como en la fractura, la tolerancia altamente optimizada permite minimizar los daños externalizando los costes, vale decir, arrojando los escombros a la vía pública y desentendiéndose de ellos. Pero también permite maximizar la influencia usando aventajadamente la jerarquía y ramificación de este principio independiente de escala. Sólo la escala del planeta contiene y se enfrenta abiertamente a este principio, de ahí que, cada vez más, la geopolítica se muestre como el ámbito de emergencia en el que afloran los asuntos irresueltos de la estratificación social, o como el desbordamiento en el plano horizontal de presiones en vertical.

Físicos como B. Boghosian han hecho simulaciones de la distribución de Pareto estableciendo una analogía más o menos exacta entre las colisiones de moléculas y las transacciones monetarias. El resultado final conduce a una singularidad en que, salvo una fracción que tiende a esfumarse, la riqueza de toda la población termina reduciéndose a cero.

Cabe entonces preguntarse si este tipo de distribuciones son realmente «naturales» y si su perfil y su estabilidad depende o no de forma explícita de determinados parámetros de control. Y aunque este objeto de estudio permanece abierto y es muy controvertido se tiene la impresión de que los resultados de su investigación, que deberían suscitar el mayor interés, están completamente fuera de foco.

Modelos como el citado Bogoshian confirmarían las cada vez más generalizadas sospechas de que nuestro sistema se comporta verdaderamente como un agujero negro, cuya succión es en última instancia indiscriminada aunque posee a lo largo del camino toda una rica estructura selectiva de mediaciones recurrentes en el que el pez grande se come al pequeño hasta el fin de la cadena. Al menos idealmente y haciendo caso omiso de las indeseables resistencias que siempre hay que vencer.

Sin embargo, no hace falta entrar en detalles técnicos para anticipar que, si existen parámetros de control en esta dinámica, han de estar directamente relacionados con los que generan la deuda, que son los que generan la carga, y por tanto la tensión, el vacío y la succión. El paso de la presión a la tensión, de lo lleno a lo vacío, puede ser extremadamente fluido, pero desde las instituciones centralizadas que dominan la banca se procuran regular a través del tipo de interés y el porcentaje de depósitos de los bancos privados que determinan su capacidad de creación de dinero.

En esta simplificada traducción biomecánica que me permito, bien puede decirse que el elemento parasitario está «más cerca de ti que tu vena yugular», pues no se trata de que esté cerca, sino dentro de cada uno de nosotros. Y efectivamente, todavía hoy, son pocos los que dan crédito a estas cosas.

Todo este mecanismo es tan escandaloso, que hasta los que mejor lo entienden han de procurar sacárselo de algún modo de la cabeza; o habría que decir más bien que son ellos los que necesitan sacárselo de dentro, porque a la persona promedio, a pesar de la omnipresente propaganda del darwinismo social, es difícil que le pueda nunca entrar. Pues lo que estamos diciendo, y que los medios vocean tan tranquilamente a diario, es que este mecanismo se procura modular desde arriba tanto como se puede modular.

Hay una narrativa horizontal que se estima conveniente para los «estados atómicos» del cuerpo social, léase individuos —la supuesta competencia darwinista de todos contra todos. Y hay una lógica vertical, mucho más concretamente estructurada, que piensa sin embargo en los «ecológicos» términos del marketing —en la explotación de nichos y ecosistemas. Así, existe una visión horizontal sin la menor profundidad intensamente publicitada para los muchos mientras hay una lógica vertical implacablemente administrada por los menos.

Michael Rothschild le dedica en su pionera obra Bionomics un breve capítulo al «Parasitismo y la explotación». Considera que en economía distinguir el bien del mal equivale a la cuestión de distinguir entre relaciones mutualistas y relaciones parasitarias. Los huéspedes, evidentemente, son víctimas. «La eliminación de la explotación en todas sus formas debería ser el objetivo principal de las leyes económicas de la sociedad… pero mantener las leyes al paso de una economía en rápida evolución no es fácil.»

Palabras escritas en 1990; hoy día casi ni se sueña con embridar la economía con regulaciones nuevas. Las cosas ya son demasiado complicadas; antes que añadir leyes llenas de trampas, sería preferible proceder a desagregar funciones ilegítimamente unidas. Por lo demás, el organismo encargado de la extracción de valor casi tiene más sangre que el huésped, y cualquier intento quirúrgico de separarlos conlleva un alto riesgo de desangramiento.

Sólo los Estados Unidos parecen estar en condiciones de arruinar su propia hegemonía, pero vista la atracción invencible de Washington por las monumentales meteduras de pata, nada es hoy menos improbable. Cabe esperar la llegada a la Casa Blanca de otros presidentes con más respeto a la comunidad internacional, alguien con un perfil como Sanders, pero como ya se vio en su día con Obama casi todo se reduce a un lavado de imagen pública. La deriva imperial no se negocia y pesa mucho más que cualquier alternancia.

La proverbial torpeza política de Washington hasta ahora sólo encontraba parangón con la maestría de los norteamericanos para venderse como la Meca del desarrollo. Si la imagen del sueño americano basada en la permanente expansión del consumo se resquebraja, si quiebra su poder de adhesión, ya sólo le queda el uso de la coerción y de la fuerza, lo que a su vez termina de rematar su imagen internacional, lo que a su vez desinfla la apuesta del capital internacional por su centro neurálgico a pesar de que éste tampoco encuentra refugios mejores.

Es difícil que los Estados Unidos puedan escapar a esta dinámica, pues la expansión del consumo y el crédito se hace ya prácticamente imposible, además de por otros muchos factores, por poderosas razones demográficas. En esto no está sólo, pues otros países desarrollados ya han llegado antes a pirámides de población envejecidas; pero aún no se reconoce, como advierte Chris Hamilton, que desde 2007 tanto los nacimientos como la inmigración neta han caído bruscamente en Norteamérica. La próxima crisis, antes que de liquidez, será una crisis por saturación de deuda. También la pujanza yanqui es cosa del pasado.

Damos por supuesto que el plano de la geopolítica y la lucha entre potencias traduce en gran medida y a un cierto nivel horizontal una larvada guerra civil mundial que en la vertical es una guerra de clases, pero no sólo de clases y también de jerarquías. Al menos así es es como lo entienden, antes que nadie, los grandes centros de poder imperiales, el financiero, político, militar, tecnológico y de los medios; desde Wall Street al Pentágono, pasando por Washington, Hollywood o Silicon Valley.

Todo en Estados Unidos se ha convertido en una formidable máquina de guerra, sometida a la paradoja de tener que ser agresiva en extremo incluso para simplemente mantener sus posiciones. Esto responde a su sobredimensionamiento en todos los órdenes, lo que tarde o temprano tendría que resultar en una dolorosa implosión.

Lo realmente milagroso sería que la Gran Burbuja Americana no pinchara. Aun así, lo mismo que las oligarquías frente al resto del cuerpo social, puede contarse con que se intentará minimizar los daños exportándolos cuanto sea posible. De todos modos, y para volver a las palabras de Hamilton, la crisis mayor que se avecina no es tanto un huracán como una Edad de Hielo; supondrá no sólo la culminación de un ciclo de deuda, sino la inversión de una tendencia expansiva de la demografía que en lo esencial ha durado más de mil años. Y lo mismo se aplica a los países de Europa, o Rusia, Japón o China —todos los que pueden aportar un crecimiento significativo para la economía global.

Ni el capitalismo terminal que conocemos ni los Estados Unidos están hechos para adaptarse a algo así, de modo que se procura que sea el resto del mundo el que se adapte a ellos. El imperio americano pertenece a unas condiciones que son las del pasado más que las del presente, por no hablar del futuro. De ahí el aire más que sospechoso de todo lo que emana de los centros imperiales; ni los más masivos despliegues de relaciones públicas ni ningún comité de storytelling pueden hacer mucho por cambiar la percepción de lo que ya es evidente.

Muros, Estado policial, capitalismo de vigilancia, manipulación permanente, cultura del miedo y la confrontación, corrupción legalizada, incontinencia en la agresión y en la mentira, mercados amañados por doquier tan impersonales como el último escalón de la distribución de riqueza de Pareto … Estados Unidos teme ya incluso competir, como lo delatan múltiples gestos y amenazas. Todo un dechado de virtudes para «liderar» con su ejemplo las naciones. ¿Quién habló de estar del lado equivocado de la Historia?

Su única excusa, se dice, es que no hay alternativa digna de consideración. Lo que sigue es un intento para mostrar lo contrario. Si los Estados Unidos son una máquina de guerra en todos los ámbitos, en ninguno se ejercita de forma más permanente que en el económico. Sabido es que el dólar es una forma de que el resto del mundo financie el desproporcionado despliegue militar americano, que a su vez es el garante del orden del dólar; pero esta es sólo la forma más ostensible entre las muchas con que financiamos nuestra servidumbre.

La mítica torpeza diplomática de Washington responde a unas condiciones históricas y geográficas peculiares que le han permitido no tener que contar prácticamente con nadie. El escenario geopolítico es una totalidad que se nos escapa y de la que cualquier agente forma parte, pero los norteamericanos no lo perciben así, lo que los convierte, en casi todos los sentidos, en el país menos indicado para administrar las cosas de otros. Esta calamitosa torpeza y arrogancia presagian un crepúsculo de proporciones bíblicas.

¿Existe alguna posibilidad de derrotar al dólar sin pasar por una tragedia de la magnitud de una tercera guerra mundial? Parece ser que existe. Tenemos a nuestra disposición algo similar a un arma definitiva; pero no hará falta decir que no se trata tanto de aplicar huérfanas medidas, como del espacio o vía abierta por una nueva situación que hay que saber interpretar y recrear.

Nueva fábula del zorro y el león

Los países europeos y los de casi todo el mundo desearían poder sortear el sistema de sanciones y bloqueos estadounidense que supone un reino del terror económico, pero sus bancos cooperan con la Reserva Federal y reciben dinero en las crisis como si fueran también accionistas. La creación de un vehículo especial europeo de pagos y compensaciones tiene muy poco alcance mientras sus compañías pretendan seguir haciendo negocios en EUA.

De hecho no cabe decir que Europa tenga lejos todos los resortes de poder, pues dejando a un lado a la City londinense, el Banco de Pagos Internacionales que marca la pauta de los depósitos en los bancos de todo el mundo se encuentra en Basilea, y el SWIFT interbancario del que se sirven los norteamericanos para su coacción se halla en las afueras de Bruselas; claro que también la sede de la OTAN se halla en Bruselas, y bien poco cuenta todo eso ante la relación de dependencia en todos los órdenes y el miedo cerval de los gobiernos al fantasma de la crisis.

Kuan Tzu, el maestro e inspirador de Sun Tzu, ya mostró repetidamente hace veintisiete siglos que se le podía dar la vuelta a la relación entre dos pueblos en muy pocos años prestando atención a sus fortalezas y debilidades económicas, en una época en que no existían ni estribos para montar los caballos. Qué no se podría hacer hoy en unos tiempos en que casi todo circula a la velocidad de la luz y la cotización de las compañías pueden desplomarse en días, horas o minutos.

Por poner sólo un ejemplo, bastaría con que el gobierno chino decidiera disciplinar sus inversiones y a sus inversores en el extranjero para que la economía norteamericana empezara a gritar. Ya sólo esto podría provocar una reacción en cadena. Pero todo el mundo sabe lo que ocurre, y además, hoy por hoy parece ser que el capital no encuentra mejores salidas.

Mientras tanto las posibilidades de una revolución monetaria son absolutamente reales pero nos cuesta imaginar algo que desde siempre ha pasado por encima de nuestras cabezas. Como bien dice Alfredo Apilánez, la importancia del tema de la creación del dinero es inversamente proporcional a la atención que recibe, lo que desde luego no es una casualidad.

Las tensiones crecientes que genera el dólar son causa principal pero no la única. Está también la poderosa y en gran medida irreversible tendencia hacia el dinero electrónico, con su desconcertante abanico de posibilidades. Y está también la necesidad igualmente creciente de seguridad ante unos mercados cada vez más volátiles, que ahora juega momentáneamente a favor del dólar pero que puede cambiar completamente de sentido en el caso de ofrecerse otras alternativas. En condiciones de gran presión externa esto funcionaría con una certeza hidráulica.

En cuanto al dinero electrónico, ya no es para nadie un secreto que hay una guerra contra el dinero en efectivo. Lenta y sostenida, pero guerra al fin y al cabo. No nos vamos a quedar sin monedas o billetes de hoy para mañana, pero se trata de minimizar gradualmente su uso de forma que el único dinero soberano y legal se convierta en un residuo desdeñable que no represente ningún peligro para los bancos privados.

Se pretende vender esto como un avance contra el crimen y la evasión de capitales para darle un cierto aire de legalidad y aun legitimidad, pero lo cierto es que tiene muy poco que ver con la ley y aun menos con los gobiernos. Por el contrario, en principio la idea es hacer la emisión del dinero aún más un asunto privado, como si un 97 por ciento no fuera suficiente. Claro que no se trata tanto de ganar un 2 por ciento más, como de cerrar el único flanco vulnerable que hoy los bancos tienen de cara al público y que aún les impide la impunidad total: el riesgo de estampidas bancarias.

Si se elimina este molesto problema, esta fastidiosa piedra en el zapato, puede decirse que los bancos ya no tienen absolutamente nada que los limite. Es la libertad total. Libertad total para jugárselo todo entre ellos, quien sabe si para llevar al mundo real la excitante simulación que planteaba Bogoshian con sus transacciones atómicas. Y para el resto de la población, sería el sueño cumplido del campo de concentración financiero y la consumación de la vigilancia total. Es una posibilidad que hay que tomarse en serio y sería necedad considerarla un cuadro distópico cuando lo que ya tenemos no dista tanto de eso.

Naturalmente si escribimos es porque aún existen otras posibilidades. Y no hablamos ya de alternativas aisladas sino del escenario en el que se presentan sus combinaciones. La primera de estas alternativas, por sí misma coja, proviene de la emergencia de las criptomonedas, que no es sino el otro aspecto de la gradual transformación del viejo dinero físico en dinero electrónico. Sí, es cierto que tras un ascenso desbocado, la burbuja de monedas como el bitcoin ha estallado estrepitosamente; pero eso es sólo un favor que se nos hace, puesto que su lugar en todo este río revuelto tendría que ser otro que la especulación.

El dinero electrónico del que se habla ahora para reemplazar al efectivo sigue estando respaldado por el banco central y está denominado en su moneda; otra cosa es que los mismos bancos consideren emitir monedas propias con determinados incentivos, ventajas y convertibilidad con la moneda legal. Claro que lo mismo puede hacer cualquier grupo que decida hacer uso de su propia criptomoneda, tanto si lo permite la ley como si no, puesto que todo depende del acuerdo entre partes, aunque las condiciones de convertibilidad varíen dramáticamente en un caso y en otro.

En el futuro los gobiernos podrían permitir legalmente todo tipo de criptomonedas privadas, o por el contrario podrían prohibirlas todas, o bien podrían permitírselas sólo a determinados bancos o entidades financieras. Ninguna de las alternativas altera la tendencia a convertir el dinero electrónico en el estándar, puesto que su progresión imparable ya se da con la moneda de curso legal. Se trata de cosas completamente diferentes, aunque como todo lo del dinero, siempre tan intangible, se presta mucho a confusión.

Lo que permanece invariable en todo este asunto es que las monedas privadas se aceptan por cuenta y riesgo del usuario, y la moneda de curso legal también, pero con un riesgo mínimo. El 97 por ciento del dinero que usamos lo crean los bancos, o si se prefiere lo crea quien pide el crédito aunque todo quede apartado de su control, pero en ningún caso es emitido por el banco central. Esto es algo que los mismos usuarios se niegan a creer porque de otro modo se sentirían demasiado estúpidos. También la teoría económica estándar rehúsa admitirlo, por más que en los últimos años hasta los bancos centrales lo estén dejando bien claro aunque sólo sea para descargarse responsabilidad.

Si confiamos en este dinero sacado de la nada, si le damos crédito al crédito que nos dan, es porque en última instancia es el Estado el que respalda ese edificio hecho de números y contabilidad; de otro modo, y para empezar, nadie metería su dinero en ellos. Por más que los bancos presuman de solidez, no son nada sin el apoyo monetario del estado del que son exclusivos beneficiarios.

Lo más razonable y conservador es suponer que esta tendencia se prolongará en el futuro, si pasamos del dinero que ahora crean los bancos a la creación distribuida de dinero mediante monedas electrónicas que permiten una contabilidad segura gracias a la tecnología de cadena de bloques. Es decir, sólo si están respaldadas por el estado, si éste permite oficialmente su conversión en moneda legal, parece que puedan tener una demanda suficiente.

La cadena de bloques permite una total consistencia e independencia de la sanción legal y la postura adoptada por el estado, pero la confianza depositada en estas criptodivisas y por tanto su demanda sí que depende en gran medida de dicha posición. Así, todavía hoy podemos confrontar en la práctica y sin necesidad de quiméricas apelaciones a los tiempos pasados las dos principales teorías sobre el origen del dinero: la cartalista o estatalista, que dice que el dinero es un artilugio legal por naturaleza, frente a la metalista generalmente adoptada por la academia y que afirma que proviene del acuerdo entre compradores y vendedores en los mercados.

Naturalmente todo este planteamiento también puede aplicarse al sistema internacional de pagos, bancos y sanciones. Es decir, compañías y agentes de los distintos países pueden decidir confiar mutuamente y crear acuerdos comerciales en cualquier criptodivisa con total independencia del sistema actual, quedando por determinar la forma de conversión en otros bienes o monedas.

Respecto a esto último, podría ser determinante la actitud de los estados de origen, o bien se podría recurrir a otras formas de valorizar el circulante, ya sea con metales preciosos, con una cesta de productos o una cesta de monedas. Hoy por hoy, no hay más que ver el dólar, no hay prácticamente ninguna relación entre la demanda de una moneda y su respaldo directo en bienes; pero siempre hay una indeterminación de fondo, y con ella una incertidumbre asociada, que permite invertir la situación si los mercados están bajo gran presión, circunstancia a la que se abona la superpotencia.

Si bien los estados parecen espacios cautivos para las monedas soberanas, ya vemos que en la práctica ésta sólo asciende a un 3-10%, por lo que puede verse claramente que en realidad de lo que se trata es de espacios cautivos para los bancos, que son los que capitalizan y se benefician de la confianza en el estado. Sus ciudadanos pueden liquidar su dinero bancario y convertirlo en criptodivisas, no necesariamente con fines especulativos, e incluso por motivos opuestos como la seguridad.

Probablemente el merecido derrumbe de bitcoin ha sido un deliberado escarmiento para enfriar el entusiasmo ante este tipo de salidas para el capital; pero no se podía esperar menos de una moneda de orígenes tan dudosos y calada hasta el tuétano de los peores instintos extractivos del capitalismo. A los grandes tenedores anónimos de esta moneda no les costó mucho terminar con el experimento después de haber esquilado a las ovejas, logrando cuando menos dos o tres objetivos distintos de un golpe.

Si se presta un poco más de atención y no se deja distraer por las aparentes antinomias, puede verse que en realidad el mercado y el estado en absoluto se oponen como alternativas del tipo «o esto o lo otro», sino que por el contrario siempre han ido juntos y han servido «el uno para el otro»; y que oponerlos de forma excluyente ha sido parte de la ceremonia de la confusión política reinante hasta el día de hoy. En realidad lo que hay es una transmisión de abajo arriba y de arriba abajo casi sin solución de continuidad pero muy selectivamente controlada.

Y lo que permite que esta transmisión sea lo bastante fluida en ambos sentidos es el control del elemento fluido por excelencia en la sociedad, el dinero y sus tipos de interés que hoy tienen un gobierno altamente centralizado. Verdaderamente hay importantes aspectos del capitalismo financiero o líquido que, pese a todas las apariencias, no desmienten la lógica básica de las «sociedades hidráulicas» de Wittfogel.

El control del dinero por los bancos privados gracias a los «bancos centrales independientes» les confiere una ventaja que no es comparable a ninguna otra puesto que es a la vez punto de apoyo y palanca de poder económico, a través de la deuda pública, para disciplinar al poder político. Sólo esta apropiación, ilegítima pero incuestionada, explica el apabullante dominio de la situación por los bancos.

Y no hace falta decir que en esa situación los gobiernos son meros comparsas a los que aún se les deja la importante papeleta de legitimar el orden de cosas. La asimetría es tan grande como la que existe entre empleador y obrero, en el que primero puede despedir al segundo pero el segundo no puede prescindir del primero.

Si el obrero no puede despedir a su patrón, puede despedir a su banquero, que es el patrón de su patrón; o en todo caso despedirse de él. Todo sería diferente si uno puede retirar su dinero de los bancos y emplearlo productivamente de acuerdo con sus intereses, y tal tendría que ser la función natural de las criptomonedas. Ahora bien, si esta opción empezara a coger fuerza entre el público, los ciudadanos pueden usar este poder natural que les viene de vuelta no sólo con finalidades económicas, sino también para ejercer presión política a la vez que vacían los depósitos bancarios.

En caso de apuro los bancos tratarían de hacer presión sobre los gobiernos para ilegalizar estas monedas y su competencia, pero, ¿qué demandas podrían hacer los ciudadanos sobre el gobierno, con este nuevo poder? Pues incluso poniéndose en el caso más flagrante de ilegalización, todavía tendrían una considerable capacidad de modular la demanda interna de dinero y con ello su valor. Las clases populares tienen una parte pequeña de la riqueza pero son la parte mayor del uso de dinero en efectivo, legal o soberano —en conjunción con, y esto ya es curioso, el crimen organizado y el lavado de dinero.

Lo que en sí mismo ya es un exponente de hasta qué punto el sistema monetario actual ha desvirtuado las relaciones. Y es que como dijo Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra durante diez años, «de las muchas formas que hay de organizar la banca, la peor es la que tenemos hoy». Por otro lado, si estudios cuidadosos muestran que aún sigue aumentando la demanda de dinero en efectivo en casi todas las divisas, ello no se debe tanto a su uso en transacciones, que sólo supone un 15% del total, como a la búsqueda de seguridad en un clima general de creciente incertidumbre. Así pues, hay una demanda creciente de seguridad, y la volatilidad que la sustenta está muy lejos de remitir, por no decir lo contrario.

La demanda más importante que podrían hacer los ciudadanos con su nuevo poder ante el estado y su gobierno, aparte de admitir legalmente algo que es legítimo de suyo —que puedan existir monedas privadas-, es el retorno al dinero soberano íntegro y el fin del dinero endógeno bancario surgido del crédito. Esto, que puede parecer revolverse contra uno mismo, es en realidad lo más lógico y más allá de la lógica es también lo que dicta el instinto y el sentido de la necesidad. No se trata de rizar el rizo sino por el contrario de alisar un sistema artificiosamente enmarañado que a menudo no beneficia ni siquiera a los que se benefician de la opacidad.

La demanda de dinero soberano, de dinero seguro, de dinero al cien por cien de reservas o incluso de dinero sin reservas o dinero legal sin más, ha empezado a tener cierto apoyo popular justamente desde la gran crisis del 2008. Es cierto que sigue siendo todavía un movimiento marginal que apenas atrae los focos de la atención pública, pero no deja de ser un movimiento en ascenso que lentamente va emergiendo en la conciencia general.

Un ejemplo lo tenemos en la iniciativa suiza por recobrar el dinero soberano y terminar con el sistema de reserva fraccionaria en que se basa la creación del dinero-deuda bancario, y que terminó en un referéndum en junio del 2018. La iniciativa fue derrotada con más de un 75% de voto en contra y no sabemos si el gobierno contó con la inestimable ayuda de Google, pero no hace falta decir que tanto el Banco Nacional Suizo como los medios hicieron una campaña de miedo en su contra. Se habló de «extrema incertidumbre» y de los riesgos de adentrarse en un «sistema no sometido a ensayo fundamentalmente diferente del de cualquier otro país». El influyente banco central alemán también se pronunció en su contra.

Hubo antes una propuesta similar en Islandia que tampoco logró su objetivo, pero sería erróneo concluir que con estas dos primeras tentativas frustradas se agota el recorrido de la idea. Este soberanismo monetario planteado desde la sociedad civil a veces puede ser un tanto ingenuo y la exposición que hacen del tema sus defensores no siempre es la mejor de las posibles; pero su objetivo es muy claro y los argumentos básicos están cargados de razón. Y el tiempo no dejará de mostrar la conveniencia y aun la urgencia para cambiar de sistema.

Al menos estas propuestas han alcanzado notoriedad incluso con la disposición altamente desfavorable de la máquina mediática, hasta el punto que la teoría convencional y casi oficial de la creación del dinero de los economistas ya ha sido puesta claramente en evidencia. En el año 2012 Paul Krugman aún parecía ignorar que los bancos crean efectivamente el dinero de la nada en su famoso debate con Steve Keen; hoy no creo que se atreviera a sostener semejante posición aunque sólo fuera por miedo al ridículo. En esto al menos la desvergüenza va perdiendo terreno.

Y en cuanto al miedo a aventurarse con un «sistema no sometido a ensayo» que se airea para intentar reconducir a inquietos y descarriados, no hay más que ver lo bien que estamos con este sistema tan sobradamente probado. Cuesta imaginar cómo un sistema que liquida el factor principal de inestabilidad bancario puede ser peligroso, aunque sí es cierto que a menudo preferimos lo malo conocido a lo bueno por conocer, incluso cuando hay tal asimetría entre los intereses de quienes hacen el dinero y quienes lo usan. Pero esto es un conservadurismo de suelo falso, por que cuando la gente busca seguridad, lo que hace en última instancia es acaparar dinero soberano.

También existe un más que comprensible temor a ser el primer país en desafiar el sistema de reserva fraccionaria que domina el mundo, y que con razón y sin ella se asocia tanto con la Reserva Federal. Temor, por supuesto, a represalias de todo tipo, empezando por los ataques financieros, para que no cundiera el ejemplo. No hay más que revisar la historia reciente para ver que estos temores están más que justificados, aunque todo depende también del grado de dependencia y exposición de cada país al capital extranjero, factores que de suyo contradicen la soberanía.

Y sin embargo el argumento del miedo en el caso suizo no es sólo propaganda, ni está sólo relacionado con la vulnerabilidad exterior. Es un hecho histórico indiscutible que este sistema no ha sido nunca ensayado en los tiempos modernos y que su inmersión en un entorno tan alejado del de épocas pasadas no deja de suscitar incógnitas; razón de más para hacerlo tan interesante si es que de verdad queremos crear algo nuevo.

Algunos argumentan que ya se han probado todas los políticas monetarias y que éstas se quedan en la superficie y hay que atender más a los problemas de la economía productiva. Hay una mezcla de verdades y falsedades en ello. Para empezar es evidente que el dinero soberano sin reserva fraccionaria sigue siendo hasta el día de hoy una opción inédita, y por cierto, mucho más simple, neta, legítima e irrenunciable que todas las complicadas y pusilánimes medidas paliativas adoptadas hasta ahora. Es algo bueno y deseable en sí mismo, y, aunque en la práctica no haya nada aislado en este mundo, es en principio independiente de las políticas fiscales y de gasto público.

El marxismo más irredento, harto más idealista que el mismo Hegel, continua insistiendo en que el dinero es un epifenómeno objeto de los prestigios del «fetichismo de la mercancía», en lo cual coinciden de forma nada sorprendente con la teoría convencional, que aún nos sigue asegurando que se trata sólo de un índice de la actividad económica real. Si hemos de creer esto, los bancos sólo serían meros intermediarios entre los agentes que «realmente mueven las cosas» y tienen las manos en la masa. Naturalmente, sólo a la banca podría interesarle semejante versión de los hechos. Hay que reconocer que si estos pobres banqueros ilusos se han equivocado y tienen cogido el rábano por las hojas, lo tienen muy bien agarrado y no se les escapa tan fácil.

La teoría marxista, que con razón ha insistido en la asimetría entre capital y trabajo, aplica sin embargo la misma lógica de la equivalencia de «la economía vulgar» cuando equipara al dinero con la mercancía, cuando la asimetría y el ascendiente del dinero sobre la mercancía y de la liquidez sobre el mero capital no pueden ser más obvios: desde el que vende ilegalmente en la calle, al que vende amparado por la ley, o al banquero que extiende legal pero ilegítimamente la masa monetaria y teme que se le reclame el dinero. Podemos dar por descontado que la teoría economía nunca llegará a ser un empeño completamente científico, pero si no queremos ver estas cosas estamos realmente perdidos.

No, el dinero no es un «truco de circulación», del mismo modo que el hecho de que la sangre llegue a las distintas células del cuerpo no es debido a un «truco de circulación» ni a un autoengaño de las células. Es una categoría diferente y no sólo una categoría: es también una tecnología laboriosamente desarrollada a lo largo del tiempo y tan neutral como acostumbran a ser las tecnologías, es decir, más bien muy poco. Precisamente porque es lo más externo y formal, es también lo que define en todo momento los límites del sistema. Quien controla el dinero lo controla todo.

Si en algo están más verdes los soberanistas monetarios no es en la importancia concedida al sistema del dinero sino en los vínculos de éste con la economía productiva, empezando por la inversión. Como ya han evidenciado toda una serie de economistas desde Keynes y nos enseña la misma práctica económica, no es cierto que sólo del ahorro venga la inversión, sino que es más bien al contrario, es la inversión la que origina el ahorro, y es con la inversión que la sociedad, para decirlo con palabras de Alejandro Nadal, «se otorga a sí misma una especie de crédito».

Hay entonces que distinguir claramente entre el tipo de dinero que queremos y las formas de crédito y asignación de recursos que pueden desarrollarse a partir de un dinero neutral. Que un dinero neutral es deseable no creo que sea algo sobre lo que haya que extenderse mucho. Que el enorme privilegio y poder que se deriva de crear capacidad de compra no debería seguir en manos de unos pocos banqueros también tendría que ser evidente. Pero creación de dinero e inversión siguen siendo asuntos completamente distintos.

Para hablar con términos ya usados en economía, el dinero endógeno sin bancos, el dinero exclusivamente legal o soberano nos proporciona el «eje vertical» de las interacciones entre el estado con su entidad emisora y los usuarios privados, mientras que las interacciones entre agentes privados se desarrollan en el eje horizontal. En la creación de dinero la relevancia del eje vertical está ahora en mínimos y es en el horizontal donde se genera la inmensa mayoría del total; lo que se antoja un fiel reflejo de la actual relación de fuerzas entre la política y la economía —y entre élites y masas-, a pesar de que la creación de todo el dinero por el estado, al carecer de opciones, tampoco tendría nada que ver con las políticas de los gobiernos.

Por otro lado no es culpa de la gente que se tienda a confundir la demanda del dinero soberano con la nacionalización de la banca, y la emisión del dinero con la concesión de crédito; pues esto se debe en primer lugar a la conflación de poderes que la banca privada ha tomado sobre sí. Y así se aprecia la enorme descompensación que tiene este sistema respecto a cualquier pretendida neutralidad. Dicho de otro modo, la simple neutralidad tendría que cambiar enormemente el espacio político, el espacio económico y su mutua relación. Y lo haría de formas que ahora ni siquiera imaginamos.

Estos ejes vertical y horizontal de nuestras coordenadas expresan directamente la encrucijada existente entre la soberanía del estado y las fuerzas oceánicas, transnacionales de los mercados. Se ha hablado mucho del famoso trilema de Rodrik que plantea que hoy un país no puede tener simultáneamente soberanía, democracia e integración en los mercados globalizados, y ha de sacrificar al menos una de estas prioridades; es para todos del máximo interés ver cómo se modificaría esta disyuntiva con la introducción, no sólo del dinero soberano, sino también de la democratización y liberalización de los mercados de crédito.

Hemos dicho «liberalización» de los mercados intencionadamente, a sabiendas de que producirá picores entre las filas inmensamente mayoritarias de los que ya están bastantes más que hartos de medidas liberalizadoras; si al menos hubiéramos dicho sólo «democratización». Pero es muy deseable que, más allá de la corrección política, comprendamos que el actual neoliberalismo ni siquiera tiene la menor intención de ser liberal ni de liberar nada, sino todo lo contrario; de esta forma le adelantamos ya el envite. ¿Acaso no se ha dicho que «una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie?»

¿O tal vez nos equivocamos? Naturalmente, también hablamos de «democratización y liberalización» porque en el mencionado trilema se presentan como parcialmente excluyentes, pero en las esferas separadas de la política y la economía. Aquí por el contrario de lo que hablamos es de democracia económica, toda vez que los mercados realmente existentes están brutalmente alejados de las consabidas condiciones ideales de igualdad. Pero, por otra parte, a esta democratización de la esfera «liberal» y ahora liberada de la economía, ¿no le seguiría algo así como una liberación de la política de su condición cautiva en la partitocracia y el mercado electoral? ¿O más bien su subversión?

Una posibilidad como esta resultará ininteligible si no se entiende un poco mejor qué significa la liberación del actual mercado de crédito. Éste hoy se haya reducido al exclusivo cártel de los bancos y a la llamada banca paralela, alternativa o en la sombra. Este tipo de fondos de cobertura y entidades financieras son un fenómeno consustancial a la emergencia del casino global y no dejan de crecer al no estar sujetos a la regulación bancaria, representando una parte cada vez más alta de los activos financieros. La diferencia con los bancos es que no toman depósitos ni tienen acceso a los fondos del banco central. Situadas en una zona de transición o de penumbra, estas entidades suponen más una prolongación natural de los bancos en su imparable tendencia expansiva que una competencia, rumbo hacia el Oeste de la desregulación.

Es en esta zona de penumbra emergente, que no ha recibido atención diferencial hasta hace diez o doce años pero con una actividad mayor que la de la economía mundial, donde se generan las principales innovaciones del sector financiero; la financiación colectiva, donde de forma típica se ponen en contacto inversores e impulsores de proyectos, es sólo una más entre un gran número de propuestas que van de los seguros a las hipotecas pasando por cualquier otro producto imaginable. No hace falta seguir mucho los mercados para darse cuenta de que la banca paralela, en su búsqueda insaciable de nuevas formas de liquidez, sólo tiene que estirarse un poco más para llegar a las monedas privadas y, naturalmente, a las criptomonedas, algo que por supuesto no ha dejado de hacer.

A la «banca en la sombra» la envuelve una buena parte de ficción porque se nos hace creer que es algo ajeno y separado de la banca formal, siendo un chivo expiatorio perfecto para cuando se presentan crisis como la del 2008; pero no hace falta decir que pretender separar una de la otra en la práctica sería tan quimérico como querer separar el sistema circulatorio del linfático —no en vano se habla de tramas y de la gran trama financiera en esta dinámica de flujos del capital. A la banca sombra simplemente se le adjudican las inversiones de más rentabilidad, más riesgo y más apalancadas.

En realidad los bancos ya se preparan para su gradual desaparición y transformación en otro tipo de entidades, no de forma muy diferente a cómo las grandes fortunas bancarias con nombres y apellidos del siglo XX se retiraron discretamente de escena; y esta metamorfosis tiene lugar ante nuestros ojos. Y no es que no se hable abundantemente de ello entre los conocedores y a menudo incluso en la prensa más bienpensante, así que no estamos diciendo nada extraño. Tan sólo ocurre que a todos nos cuesta imaginar lo que venga después.

Todo esto parece entrar dentro de la lógica horizontal o líquida de la expansión de flujos de capital, que parece oponerse a las demandas de contención y verticalidad que enarbolan las tendencias en favor de la soberanía. Parecería que esa lógica horizontal despliega ante nosotros el espacio natural en que habría de extenderse la democracia económica con más potencial para lograr una democracia real. Pero las cosas no son tan sencillas, y como no podía ser menos, la misma ley de distribución de riqueza de Pareto que antes comentábamos, esa ley del 80-20 en sucesivas potencias, aparece también en el tamaño de las entidades, los flujos de los agentes y las aportaciones a la inversión tales como la financiación colectiva. Si escogen bien sus intervenciones, unos pocos pueden llegar a tener más peso que todo el resto desorganizado.

Del lado de la política también están emergiendo con fuerza estas formas de financiación anónima de iniciativas y nuevos partidos que pueden parecer populares y ser algo completamente distinto. El potencial subversivo de esta infiltración del dinero oscuro en la política es cada vez mayor y este factor multiplicado por la instrumentación de todo el aparato digital y de formación de conciencia, desde los buscadores a las redes sociales pasando por las tecnologías financieras y la inteligencia artificial, arroja un resultado todavía más perturbador. No es de extrañar que se dispare la paranoia.

Los más paranoicos suelen tener un motivo adicional para serlo, y es que ellos han sido los primeros en usar esa panoplia de armas tanto en sus guerras de baja intensidad como en sus campañas relámpago, ya sean políticas, financieras o de divisas; y los grandes centros de poder norteamericanos dan buena fe de ello. «Solo el paranoico sobrevive». La regla general sería «potenciar las leyes de potencias», es decir, actualizar al máximo el poder de las presentes estructuras para hacerlo efectivo, para hacerlo valer. Tampoco ha sido tan diferente en el pasado, y sólo así se explicaría el incomprensible fenómeno de que en pueblos depauperados salgan elegidas, o al menos eso dicen, opciones políticas que desprecian abiertamente la situación de las mayorías. Aunque seguramente hay también algo más.

Se ve entonces que no basta decir «somos mayoría» o «somos el 90 por ciento», o «somos el 99 por ciento». Está claro que la estimación cuantitativa es muy insuficiente y, como dice Recio Andreu, hay que tener en cuenta la estructura, la dinámica pasada y las alternativas presentes. Una medida como la eliminación del dinero por reserva fraccionaria cambiaría a la vez desde arriba y desde abajo la estructura, y sobre todo el sentido de la dinámica pasada, la dirección del flujo en esta gigantesca bomba de succión. El dinero soberano tendría de inmediato efectos profundos tanto en lo político como en lo económico; y también daría un vuelco completamente inesperado al sentido político del nacionalismo y el soberanismo, en España, en Europa, y en cualquier parte del mundo.

Ahora bien, si el dinero soberano no está en las agendas de los partidos políticos actuales, ¿cómo puede prosperar su demanda? Las primeras avanzadillas en países como Islandia o Suiza han tenido lugar por iniciativas de la sociedad civil, y es de esperar que siga siendo así hasta que el tema experimente una mutación y atraiga la atención de otros actores. En su favor juega, precisamente, que es casi la única alternativa importante que queda y que no se ha puesto en juego nunca, que es realmente inédita; y este sistema tiende a agotarlo todo y a exprimir hasta la última posibilidad. Y eso mismo es lo que tiene en su contra.

Medidas como la renta básica no son cosas inéditas sino una amplificación de los subsidios intentando resucitar el viejo estado del bienestar. Pueden ser mejores y más eficaces que inyectar dinero en cantidades ingentes para inflar títulos y activos, pero nuevas desde luego no son, y en cualquier caso se pondrán siempre al servicio del pago de la deuda. Se trata de tratamientos paliativos ya parcialmente ensayados y que a pesar de sus buenas intenciones tienen un inconfundible aire de derrotismo y de claudicación. Sin embargo se seguirá proponiendo como alternativa porque aún se les reserva un papel que jugar.

Como decían los viejos alquimistas y muestra tan bien nuestra historia, hay una querencia del volátil por el fijo y del dinero por el estado no menos que hay oposición. Es decir, las alternativas y lances se suceden no sólo por la oscilación de las circunstancias externas sino también por una interna indeterminación. Como el mercurio y el azufre, como los dos ejes de nuestras coordenadas, como el agua y el fuego, como el zorro y el león, la liquidez busca seguridad y los activos acumulados buscan liquidez porque es la única forma que tienen de ser valorizados. «Todo lo sólido se desvanece en el aire», sí, y del aire es de donde vuelve a caer.

El estancamiento secular con crecimiento episódico en la era de los rendimientos decrecientes empuja a los inversores a forzar sus apuestas en todos los campos y esto ya está haciendo mella en la política con su propio problema de agotamiento de propuestas. La tentación de viralizar y hackear la voluntad popular de estados enteros adquiere una fuerza aún más respetable cuando uno ni siquiera se tiene que manchar la punta de los dedos. Pero la rentabilidad decreciente también hace presión para que se transformen las formas y estructuras de producción de la llamada economía real.

A estas formas y estructuras le caben básicamente dos alternativas: o bien optimizar para el beneficio las estructuras presentes altamente diversificadas pero centralizadas tal como hacen las grandes firmas tecnológicas, o bien crear otras enteramente diferentes, más descentralizadas y horizontales, en los que el beneficio inmediato no sea el único criterio. Naturalmente también existe una fuerte propensión de las compañías de estructura vertical a absorber y subordinar a las segundas mediante compra directa o indirecta por participación.

Para abreviar, y si es posible tener algo de claridad dentro de esta indescriptible confusión, a los intereses realmente más horizontales e igualitarios les interesa reivindicar como prioridad absoluta el establecimiento del dinero soberano, y hacerlo tanto por la vía política como la económica extrayendo fondos suyos del sistema, que a su vez pueden servir para impulsar la iniciativa con independencia de otros intereses que siempre querrán reconducirlos a sus propios fines. Si algo tan dudoso en todos los sentidos como el brexit se consiguió con una campaña de siete millones de libras, sería absurdo desesperar de poder llevar adelante reivindicaciones como ésta.

Sólo espera su oportunidad, aunque no hay que quedarse esperando a que la oportunidad llegue. Todo un veterano como Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España entre el 2006 y el 2012, daba una charla hace sólo un año titulada «El futuro de la banca: dinero seguro y desregulación del sistema financiero». Era una propuesta de dinero soberano que se circunscribía a los puntos más fundamentales de lo que él entendía como un cambio a un sistema completamente diferente. Ordóñez se negaba razonablemente a hacer de esta medida una panacea para todos los problemas que nos aquejan pero lo que dijo no tenía desperdicio.

Esto nos hace ver que las mentes más sensatas están considerando esta posibilidad, lo que tendría que bastar para prestarle atención. El caso es que aquí el dinero soberano se solapa con la introducción del dinero electrónico, lo que aún hace más necesario extremar la alerta. Donde está el peligro, allí está la salvación —y viceversa. Los primeros bancos centrales del mundo, el Banco de Suecia y el Banco de Inglaterra, ya llevan tiempo estudiando detalladamente la cuestión y dedicándole programas y comisiones de investigación. En el caso del Banco de Inglaterra, ese programa plantea el análisis de 65 puntos, en absoluto aspectos técnicos triviales. Por el contrario, se trata de una hoja de ruta que da una idea de aspectos vitales que pueden convertirse en otras tantas bifurcaciones para bien y para mal. Seríamos necios sin remedio dejando esto sólo a la banca y empezando a largar sobre el fetichismo del dinero.

Ordóñez da sólo algunos ejemplos de estas cuestiones, como a quién ha de entregarse el dinero emitido. ¿A los gobiernos, o a los ciudadanos? ¿Con qué discreción? ¿Cómo responderá el crédito sin subsidios al endeudamiento? ¿Cómo se verá alterada la política monetaria si los tipos de interés los fija exclusivamente el mercado? Estos dependerán exclusivamente del acuerdo entre quienes prestan y quienes deciden endeudarse. Al separar el dinero de todo el sistema financiero, la banca en la sombra desaparecerá siempre y cuando no existan regulaciones. O algo de extremada importancia, ¿cómo se producirá la transición? Y es que los términos de la transición definen también los riesgos de una cristalización que puede ser prácticamente irreversible.

Habría muchos otros temas verdaderamente fundamentales que tratar. Por ejemplo, el del consentimiento; ahora el dinero que uno deposita se presta para cualquier otro fin, váyase a saber cuál, sin consentimiento de su titular, pero en un sistema trasparente no habría préstamos sin consentimiento entre las partes. O que haya asunción de riesgos tanto para las ganancias como para las pérdidas, cuando ahora se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas. Además los bancos nunca se dejan la piel en el empeño, puesto que casi todo el dinero que usan no es de sus accionistas. En definitiva, a pesar de la presunta complejidad del tema es bien fácil ver que de lo que se trata es de cambiar por completo las reglas del juego que hoy conceden a los bancos unos privilegios y ventajas inconcebibles, no ya en una sociedad racional, sino en una medianamente razonable y eficiente.

Esto no son remedios paliativos para apuntalar el sistema, esto es una transformación de arriba abajo y en profundidad, con temas mucho más fundamentales y de más alcance que los que hoy presentan los miserables programas de los partidos políticos; pero justamente lo primero que se echa en falta es más conciencia e implicación ciudadana. Claro que aquí nos espera el gran cruce de caminos: la soberanía monetaria es un asunto exclusivamente político, la liberalización del crédito es una cuestión de actividad y empeño económicos. La conciencia y la implicación deberían afectar simultáneamente a ambos factores.

Este diametral cruce de caminos provoca perplejidad y estupefacción en todas las orientaciones políticas y es como si dijéramos el fiel índice o signatura del caos al que nos acercamos. Pero al menos nos da unas coordenadas para enfocarlo con nuestra propia mirada en vez de ser tragados por el torbellino. Si Fernández Ordóñez se muestra exquisitamente circunspecto en su visión del tema, yo por el contrario quisiera tratar, por amplificación, de cómo trasciende la coyuntura y nos permite ver en ésta un guiño de algo más intemporal.

Si el dinero fuera sólo un símbolo, aún sería un símbolo completo y conectado a todo le demás; si fuera sólo un velo de la actividad, bastaría levantar con presteza un cabo de ese velo para tener un vislumbre fugaz de una totalidad que siempre es más cercana e inasible de lo que creemos. Pero sabemos que el dinero es también otras cosas, sabemos que tiene una estructura, comporta una dinámica, y aún tiene por delante poderosas alternativas. Es no sólo instrumento supremo de dominación sino también su más secreto prestigio.

Si la simplificación radical del dinero soberano no fuera acompañada de la desregulación del crédito, el potencial igualitario de la medida sería encauzado de inmediato por otras estructuras jerárquicas, ya sean los bancos actuales con su sistema, ya fuera con una banca nacionalizada que desde luego ahora nadie espera. Por más opuestos que parezcan, ambos nos llevan a la dependencia.

Dado que nunca se comenta, es oportuno recordar que los países socialistas nunca transformaron el sistema «burgués» de reserva fraccionaria y que la asignación de recursos por planificación fue siempre algo centralizado y jerarquizado. Y esto, y no ataques externos, es el meollo por el que se anquilosó primero y luego se descompuso toda la sociedad soviética. Sin las presiones financieras de la globalización, se desaprovechó la soberanía y se despreció la participación democrática, y el resultado fue otro proyecto más en el cubo de basura de la historia. Ahora, en condiciones mucho más apremiantes, los que estamos en la lista de espera somos nosotros, tanto los países occidentales como China, Japón o la misma Rusia.

Si por el contrario se consuma la desregulación del crédito que ya ha ganado mucho terreno con la banca paralela, pero no se alcanza la soberanía monetaria, ¿qué pasaría? Puesto que ahora mismo casi nadie espera que se adopte esa medida, el resultado sólo puede ser… la deriva actual con su casi total incertidumbre para el futuro. Pero si el trilema del mercado, la democracia, y la soberanía nos habla tan claramente de la libertad, la igualdad y la seguridad, el énfasis ante la creciente incertidumbre pasará necesariamente por la demanda de seguridad, que es lo que está trastornando el panorama político y no ha de dejar de afectar a los mercados si flaquea la supremacía del dólar.

Si la incertidumbre va en aumento, el valor en alza, tanto en los mercados electorales como en los financieros, sólo puede ser la seguridad. Y esto es lo que provoca el giro cada vez más conservador que se aprecia por doquier, tan difícil de controlar como el miedo. ¿Qué productos sacarán estos mercados para satisfacer esa creciente demanda? Ciertamente la soberanía monetaria daría seguridad interna a los diferentes países —Ordóñez llama al dinero soberano dinero seguro- si no fuera por el temor a los ataques y represalias del centro del imperio. Pero en algún momento no tan lejano pueden empezar a pesar más las razones internas, dependiendo de cómo se planteen las prioridades de la economía y la tolerancia a los sacrificios. O uno se sacrifica a sí mismo a su manera, o es sacrificado por otros. Naturalmente hay muchos otros factores que aquí es imposible abordar.

Tiene que venir alguien como Wolfgang Streeck, curtido en una de las más prestigiosas instituciones alemanas, para que la idea de salirse del euro no parezca un pataleo retrógrado. Esto sólo abunda en los problemas que la gente que se considera de izquierda tiene con la soberanía y el nacionalismo. Y sin embargo es fácil ver que la soberanía monetaria plantea un escenario completamente diferente, en el que la demanda de autodeterminación no es excluyente ni hostil a la autodeterminación en otros estados —no es un cierre ideológico-, sino más bien todo lo contrario. Son las oligarquías las que se abonan a bazas nacionalistas mientras apuestan por la actual deriva heterónoma: ése y no otro es el nacionalpopulismo regresivo. Hay que tomarse en serio esta bisagra entre los aspectos más legítimos de la soberanía popular nacional y el internacionalismo.

Lo mismo vale para el tema, tan ligado a la soberanía, de la inmigración. Ni se puede negar que ello supone una tremenda bomba de tiempo, ni se puede dar la espalda a los problemas que existen en los países de origen. Y desde luego, tampoco es deseable optar por vergonzosas estrategias neocoloniales como las que barajan las pequeñas potencias europeas. Hay que apostar decididamente por la soberanía monetaria para ellos igual que para nosotros, puesto que es la única forma de que los pueblos comiencen a tomar el destino entre sus manos.

Finalmente esto es válido para las relaciones del resto de los países con los Estados Unidos. Desde un punto de vista moral, la demanda por la soberanía monetaria no se puede aplastar fácilmente. Intentar sofocarla en otros países le puede suponer finalmente un coste imposible en términos del crédito que este país recibe desde fuera, así como del crédito que recibe entre sus propios ciudadanos. Aunque las fuerzas que lo dirigen no tengan el menor escrúpulo, la fuerza de la opinión sí, y aquí estamos tocando una fibra particularmente sensible del imaginario americano. Hasta el diablo necesita su pequeño diez por ciento de buena fe para existir —de otro modo no sólo se separa del bien y del mal, sino también del Árbol de la Vida.

Europa no puede refundarse sin la destrucción de la actual Unión Europea y sus completamente viciadas estructuras y dinámicas. Se ha dicho sin descanso que la unión monetaria europea no podía funcionar sin una armonización progresiva y unificación de las políticas fiscales; pero mucho antes de esto, el suelo cero por así decir de la unificación monetaria, previa a cualquier política fiscal, es la destrucción del sistema de reserva fraccionaria. Esto dotaría a cada país de otro margen de maniobra y de un terreno común de entendimiento incluso manteniéndose cada cual dentro de su propia moneda. El cambio real sólo puede producirse desde el interior de cada sociedad, no por ordenamiento supranacional. El experimento actual debería darse ya por fracasado para pasar lo antes posible a otro escenario.

No salimos del tema de la presión externa y la tensión estructural, del agua y el fuego, de la sagacidad de los mercados y de la voluntad política, del zorro y el león. Y si el Banco de Inglaterra, donde el león siempre fue detrás de la raposa, no se ha atrevido a plantear ese cambio radical, es obviamente por su identificación a muerte con los intereses de los más beneficiados por el viejo sistema dentro y fuera de la isla.

Y aun así nos llegan noticias de que incluso gente como Martin Wolf, jefe de economía del Financial Times, ha defendido esta medida, como lo hicieron en algún momento de su carrera célebres economistas de Chicago como Irving Fisher e incluso Milton Friedman; nombres e instituciones que inspiran un justificado temor y temblor. ¿No es esto de lo más inquietante?, se pueden preguntar muchos. Y sí, es inquietante, pero no por que lo considere Wolf, algo después de todo normal. Lo que es inquietante es que no acertemos a dedicarle un mínimo de tiempo nosotros, los que tendríamos que ser los principales beneficiarios.

Si estos y otros especialistas más que integrados en el actual sistema han considerado la cuestión y algunas de sus variantes no es porque pudiera beneficiar directamente a los bancos, lo que no es ciertamente el caso, sino porque contemplan su carácter dual: del lado de la creación del dinero se simplifican enormemente las condiciones y la estabilidad, y el sacrificio de poder y ventajas puede recuperarse tal vez con creces en un territorio mucho más libre de reglas para el crédito. Y después de todo ya se ve que la banca emigra decididamente en esa dirección. Ellos también tratan de ver el tema en su conjunto y no como una medida aislada; pero la legitimidad de la «medida aislada» está fuera de cuestión. Es el sistema actual el que no es legítimo, en espera de que el pueblo lo recobre para sí.

Aunque pueda producirnos miedo, lo que esto indica es que también la lógica horizontal de los mercados está aquí al acecho y en espera del momento adecuado para entrar. Pero sin el concurso del agua y del fuego, del mercado y el ejercicio de la soberanía, es imposible cocinar este plato. Lo que decanta la balanza en el resultado final no es otra cosa que el grado de participación popular, de democracia, pero no en el sentido gastado que ahora tiene. Hablamos de la democracia económica, del protagonismo de individuos y comunidades en el destino del dinero, en esas nuevas entidades que están llamadas a suceder a los bancos.

Retomando la pregunta anterior, en el caso de que a los pueblos, que no a los estados, se les niegue la soberanía monetaria y el dinero seguro, ¿dónde hallar un simulacro de seguridad? No hablamos ahora de políticas fiscales y redistributivas, que siempre aspiran a tener un papel estabilizador aunque son de suyo tambaleantes, sino de la base del sistema y su relación con los mercados. Una posibilidad ya en piloto automático es que el actual sistema de creación de dinero bancario consiga evacuar suficiente dinero en efectivo y se generalice un tipo de dinero electrónico que en nada cambie la situación de las cosas pero que aún haga más invulnerables a los bancos.

Esta es una de las perspectivas más sombrías, pero, aunque tenga a la deriva presente en su favor, no parece tener mucha viabilidad la vendan como la vendan. Sí los bancos consiguieran ser invulnerables sin tener que contar con nadie, lo único que podríamos esperar es su beneficencia a cambio de nuestra servidumbre; concesiones tales como la renta básica a cambio siempre del pago de la deuda y un goteo desde arriba que en realidad les costarían poco menos que nada porque sólo ellos controlarían el fondo indeterminado del valor nominal y los activos además de todos nuestros datos. Sinceramente, me niego a creer que podamos terminar así, y aun si llegáramos a esto, también me niego a creer que pudiera durar mucho.

Frente a esto parece mucho más verosímil una visión como la de Ordóñez, en la que el dinero electrónico llega a ser el dinero legal sin más y el crédito queda liberado para todo tipo de entidades e instituciones, a las que ya va emigrando el dinero en y de los bancos. Sin embargo la posibilidad del «campo de concentración financiero» no se puede ignorar, no sólo porque no dista tanto de la situación actual sino también y especialmente porque puede llegar bajo un disfraz, incluido el del dinero soberano.

La simple caracterización (dinero seguro + crédito libre), que también podemos llamar (dinero neutral + crédito libre), pensada sobre todo para el dinero electrónico y un máximo de liquidez, y que por supuesto no excluye en principio la coexistencia con el dinero físico, tal vez nos dé una idea falsa del conjunto haciéndonos pensar en su total separación. Esta claro que si sólo existe dinero legal la creación del dinero y la asignación del crédito quedan netamente separados en claro contraste con el sistema actual. Pero aún permanece abierto un frente tan vasto como el valor nominal de la moneda legal y su relación con los bienes, los activos u otras monedas, es decir, con el mercado. Puesto que ya el crédito encarna aquí al mercado, tendríamos que hablar, más bien, del producto de estos dos factores. Seguramente no hay un punto final en su dialéctica, lo que no quita para que suponga una impensada desgarradura en la trama actual.

Hay que poder ponerse en el peor de los casos, y en cómo los poderes privados podrían hacer de algo público un mercado cautivo —como ya ha sucedido tantas veces-, para abarcar cabalmente el círculo completo de posibles situaciones. Y esto por todo lo contrario al derrotismo. Para intentar hacer las cosas bien hay que ver todo lo que puede ir mal; y desde luego, nadie pensará que la banca va a soltar parcelas de poder de cualquier manera. Si somos capaces de imaginar a los mismos poderes de siempre después del cambio de escenario más radical, habremos aprendido algo de la historia y estaremos un poco más a la altura de las circunstancias.

Con las turbulencias en aumento sostenido, resulta más que conveniente crear colectivos y observatorios para estudiar detenidamente toda esta nueva constelación y el nuevo espacio de acción que abre. No sólo para analizar los distintos puntos sino para intentar recomponer continuamente la perspectiva del inasible conjunto y poder sacar conclusiones mejor fundadas. Y desde luego como más se aprende es experimentando y creando comunidades con una moneda propia. El asunto es de mucho calado y cuando llegue el día no perdonará la improvisación.

Los poderes actuales necesitan desesperadamente renovarse y no quieren perderse ninguna oportunidad. Cualquier cosa que se les antoje «revolucionaria», el primer impulso es comprarla, y esa primera reacción es la que cuenta, aunque luego no se use para nada; se trata, como mínimo, de tener «una opción de compra».

Por otro lado incluso a un observador poco informado que se detenga un momento le salta a la vista que aquí hay espacio libre para la acción, y de esto hay una necesidad aún más desesperada; como salta a la vista que puede aliviar la presión externa de los mercados y la tensión interna de las estructuras. Sólo que el coste en transferencia de poder es tan alto que tendría el lugar reservado a los últimos recursos. Ahí es donde la iniciativa pública ha de actuar.

Cuando hablamos de soberanía monetaria y del miedo de cualquier país a ser el primero en desafiar al sistema de reserva fraccionaria por temor a las represalias —y contando con que la Reserva Federal ya tiene su propio sistema de vasos comunicantes, la pregunta naturalmente es quién le pone el cascabel al gato. Pero mucho antes de que haya un país que de el primer paso, ya hay criptodivisas que suponen experimentos en vivo y en tiempo real con los tres componentes del trilema: con la participación de sus miembros, la interacción con el mercado, y la autonomía frente a éste.

En efecto, si el mercado global tiende a subvertirlo todo, y no queremos sacrificar la participación popular, la única forma de ganar soberanía es dándole la espalda en alguna medida a los mercados. Se dice, por ejemplo, que China no puede renunciar ahora a los mercados internacionales y en esas condiciones sólo puede hacerlo a expensas de la distribución de poder y en favor de su concentración —pero sabemos que la situación de los países occidentales no es muy diferente en esto último, sólo que con mucha menos soberanía. En cuanto a los Estados Unidos no hace falta decir que el no sacrificar los intereses imperiales, que tienden a identificarse con el mercado global, también tienen un enorme coste en términos de autonomía.

Ya hay criptodivisas que quieren ser un soporte para la autonomía de una comunidad y se niegan a que su valor dependa de la cotización en los mercados; se trata de monedas que intentan favorecer el valor de uso sobre el valor de cambio. A un nivel tan modesto como se quiera, son las primeras vallas que se levantan a la lógica horizontal del dinero desde el dinero mismo, y pensando en otra cosa que el dinero. En definitiva, son los primeros experimentos de soberanía monetaria a una escala reducida pero con un alcance trasnacional.

Si por un lado la creación de dinero como deuda es ya una invitación irresistible a la creación de burbujas, por otro lado la concentración del poder económico conduce a la reducción de costos y salarios para compensar la pérdida de rentabilidad. Esto crea simultáneamente pérdida de demanda, aumento de capacidad ociosa y búsqueda de mayores ganancias en el casino financiero global. Son algunos de los rasgos característicos del estancamiento secular que ya analizó Steindl ya hace casi setenta años y que a pesar de la gran diferencia de condiciones siguen manteniendo mucha de su vigencia.

Esto plantea el tema inmenso de la inversión de las actuales tendencias inversoras, es decir, «la inversión de la inversión» en su actual tendencia patológica crecientemente desligada de la economía y las necesidades reales. Esta dinámica no sólo desatiende muchas necesidades e intereses prioritarios sino que además destruye activamente las resistencias puramente defensivas que se le oponen. Y el dinero soberano es la forma más legítima tanto de rechazar la dinámica de deuda y burbujas como de oponer muros de contención para atender las prioridades de las comunidades más diversas.

Es autoevidente sin más: todo empieza por neutralizar el dinero haciéndolo completamente independiente de cualquier expectativa de beneficio o especulación. No faltarán interesados que digan que un dinero realmente neutro sería algo «muerto» o incluso «tonto» desde el punto de vista de la inversión; pero es muy fácil ver que sería todo lo contrario, sería un dinero mucho más sensible e imparcial si no está sobredeterminado con los tipos de interés del ente emisor que aún incentivan más la especulación y crean una dinámica adictiva. Esta sería la precondición indispensable para un cambio de tendencia en la inversión.

Las expectativas de resultados pertenecen por el contrario al lado del crédito y la inversión. Si el beneficio puramente cuantitativo o ganancia de una ventaja cambiaria siempre pide desregulación, no se puede pedir luego regulación o discriminación contra las entidades que optan por poner sus propias condiciones al mercado porque eso ya forma parte de la misma diversidad de opciones del mercado. Si se desregula y deja hacer tiene que ser para todo el mundo.

La gran concentración de dinero del mercado especulativo es justamente la de la gran desigualdad de riqueza, lo que hace igualmente desigual la concurrencia. Las medidas y muros de contención impuestos por las propias comunidades a la lógica disolvente de los mercados especulativos es la única forma positiva de invertir la tendencia de la búsqueda de máximo beneficio y de escapar de la planificación central. Hay muchas más necesidades que no se rigen por la lógica del máximo beneficio que las que se rigen por él: de lo que se trata es de que las comunidades tengan formas de atenderlas en lugar de delegarlas en unas compañías o un estado con otras prioridades.

Es en esta dirección, desde lo terciario a lo primario, que deberían evolucionar las cosas, en lugar de la omnipresente terciarización de la economía de servicios moderna que lo desnaturaliza absolutamente todo. Si esta economía de servicios se ha extralimitado hasta lo absurdo es porque aún no hemos encontrado un bucle de realimentación adecuado.

Sería un error pensar que esto es una retirada hacia lo particular. La mostrenca deriva del mundo es lo particular; lo universal sólo puede plantearse en tanto que algo tiene fuerza para apartar el imperialismo del contexto y sustraerse a esa corriente que lo arrastra todo. Char habló de la soberanía de poder cerrar los ojos, y la gente buscará las criptomonedas y las comunidades de base por un montón de motivos diferentes, pero en cualquier caso no tanto por cuestiones de identidad como para defenderse de cosas como el acoso de la opinión y los mercados, la vigilancia permanente y el comercio con sus datos —las cosas menos universales que existen.

Las criptomonedas privadas y comunitarias, están en etapa de plena experimentación y cada cual tiene su propia política de prioridades; no es lo mismo la divisa que pueda emitir un banco que la creada por un colectivo de trabajadores que quieren reactivar un polígono. Si por un lado está la situación del dinero legal del estado, por otro está la política de convertibilidad, de cotización en el mercado de divisas, si está basada en el número limitado y en la administración de la escasez o está respaldada directamente por el trabajo, etcétera. Aunque se trate necesariamente de ensayos a pequeña escala, cualquier experimento es escalable y puede ser adoptado en todo o en parte por otras comunidades. Si la lógica de la diversificación jerárquica en las grandes compañías es la extracción de valor, aquí es por el contrario su creación y difusión.

Nada es nuevo en este mundo, sólo cambian las circunstancias; y las tecnologías son sólo una circunstancia más. Hasta mediados del siglo XIX los bancos emitían su propio dinero-papel, y fue por entonces cuando la emisión pasó a depender de los bancos centrales. Las rudimentarias técnicas analógicas de contabilidad de la época fueron cómplices del estiramiento de la masa monetaria para el crédito que tan a menudo terminaron de la peor manera; y estas mismas limitaciones técnicas de la contabilidad fueron la mejor excusa para bloquear las propuestas de terminar con el sistema de reserva fraccionaria en tiempos de Roosevelt.

Hoy sin duda las tecnologías no son un problema, así que esa excusa ha dejado de existir. En cuanto a la coyuntura actual y de los próximos diez años, probablemente aún sea más complicada y difícil de revertir que en los años treinta. Sin embargo lo verdaderamente llamativo de este giro es que de alguna manera estamos hablando de aprovechar un impulso tecnológico para viajar en el tiempo e intentar cambiar nuestro presente actualizando un preterible; del mismo modo que pensamos en aprovechar la extrema volatilidad de la transmisión electrónica para consolidar un «dinero seguro», «soberano», y «legítimo».

Klaus Schwab expresó famosamente en el foro de Davos de 2018 que «la línea de la división de hoy no está entre la izquierda y la derecha políticas, sino entre los que abrazan el cambio y los que quieren conservar el pasado», lo que sólo puede sonar como una suerte de conminación de las élites. Pero la realidad presente es mucho más complicada, puesto que ya estamos intentando utilizar el impulso hacia el futuro para conservar el pasado, y esta tendencia contradictoria no dejará de agudizarse con la crisis. El que tiene setenta años quisiera volver a tener quince sin renunciar a lo que ha aprendido; seguramente eso es un imposible biológico y biográfico. En la historia, sin embargo, parece que las únicas opciones que pueden recuperarse son las que nunca fueron tomadas, como si su pasada ausencia les abriera un hueco en el presente.

¿Cuánto hay de deriva inerte y cuánto de impulso real en el movimiento acelerado del presente? En una cuestión tan abstrusa como la que en su día sostuvieron los físicos a propósito de la fuerza viva y la inercia, que aún hay quien dice que nunca fue correctamente planteada. Pero, en la eterna indeterminación del momento presente, uno diría sin pensarlo que sólo está vivo aquello que es capaz de cambiar lo que parece inevitable. El futuro inevitable de estas élites autoelegidas nunca tuvo menos tracción ni menos fuerza viva.

¿Cómo calificar políticamente una medida como el dinero soberano? ¿Es «liberal» el dinero neutral? ¿Es «conservador» el dinero seguro? ¿Es «progresista»? ¿Es «igualitario»? Parece las cuatro cosas de forma manifiesta y positiva; y tal vez sea porque resulta tan difícil de capitalizar en exclusiva que los partidos no muestran demasiado interés por el asunto. Claro que encomendar hoy una idea a los partidos es la mejor forma de arruinarla.

Si los políticos hoy no tienen ninguna capacidad de limitar a los poderes financieros, las barreras tendrán que ponerlas de alguna manera los mismos agentes interesados; pero es evidente que en muchos terrenos no pueden jugar mano a mano con los monopolios tecnológicos. Las células y redes autónomas con sus propios medios financieros están llamados a jugar un gran papel de protección de prioridades, drenaje de recursos, desvíos a sanciones y organización de iniciativas políticas, y entre éstas se encuentra la demanda de que el estado no evada sus responsabilidades en la cuestión de la soberanía digital y las políticas de datos.

El mismo equipo de campaña de Trump, que pone el grito en el cielo por el «comunismo» de Sanders, considera ahora mismo nacionalizar la inmensa red de infraestructuras que deben soportar la 5G argumentando que se trata de evitar el espionaje chino; otra buena prueba de que al imperio no le importa sumar contradicciones cuando de lo que se le trata es de mantener su posición, además de ser una nueva demostración inequívoca de una economía de guerra. Ahora bien, no hace falta decir que la medida en sí misma es completamente legítima; lo que ya sería doblemente ilegítimo es si los Estados Unidos se opusieran a que otros países hagan lo mismo. Esperemos que todos los estados del mundo tomen nota.

Si las criptomonedas dependen ante todo de la encriptación, aún cabe plantearse hasta qué punto la soberanía monetaria es dependiente de la soberanía digital, y viceversa, puesto que ambas pertenecen a una misma esfera. Las medidas conducentes a la soberanía monetaria tienen que contemplar necesariamente las políticas de datos, y a su vez amplían el margen de maniobra para nacionalizar las infraestructuras. Todo esto tendría que suponer un giro decisivo.

Como nos recuerda Evgeny Morozov, desarrollar algoritmos de búsqueda no es un ningún problema y Google ha inventado mucho menos de lo que se cree; la auténtica diferencia estriba en disponer de los datos, y esto debería ser una cuestión política y legal antes que comercial. Hay tres situaciones posibles: seguir colonizados como ahora, permitir la posesión y venta de los datos, o permitir sólo la posesión pero no la venta. Cualquiera de las dos últimas es preferible a la primera, aunque la tercera parece más lógica si se tiene en cuenta que los más necesitados de dinero son los que menos interesan a unas compañías que se supone están al servicio del consumo.

Son los Estados Unidos los que están rompiendo una tras otra las reglas internacionales ya dictadas en gran medida por sus propios intereses además de iniciar de forma abierta y encubierta las hostilidades. En algún momento habrá que pasar a tomar la iniciativa, porque son ellos, y no el resto del mundo, quienes tienen más que perder. Es el mundo el que sustenta el excederse americano, no al revés. No es nada difícil dejar de suministrarles datos y comprarles dólares, sólo se trata de cambiar la tendencia; y cuando esa tendencia cambie de manera firme y justificada con hechos, nada la detendrá.

Si se nacionaliza la creación del dinero y las infraestructuras de red además de recuperar el flujo de los datos, se invertirá decididamente la tendencia a privatizar los bienes públicos y el persistente plan para desmantelar los estados y dejarnos a merced de las corporaciones sufrirá un revés decisivo. Ya que se nos ha hecho durante tanto tiempo la guerra, adoptemos también nosotros una economía de guerra, si es que no queremos seguir siendo despedazados. En general hablamos de medidas estrictamente defensivas.

En cuanto a la coexistencia de una moneda legal nacional o plurinacional de dinero seguro —sin reserva fraccionaria- con otras muchas monedas que sí pueden estar implicadas en el crédito y la economía productiva, aunque en un principio parezca contradictorio todo depende de cómo se articule la conexión y la convertibilidad; pero si de lo que se trata es de garantizar la tan reclamada resiliencia, esta debería ser la ruta natural. El terminar con la reserva fraccionaria de ningún modo excluye monedas complementarias, locales o privadas; y de hecho éstas tendrían que contribuir a la recuperación de los espacios públicos perdidos con un espíritu nuevo.

Los principales beneficios de terminar con la reserva fraccionaria que veía Fisher eran: (1) Mejor control de las fluctuaciones de los ciclos de negocios debidas al crédito bancario (2) Eliminación total de las ejecuciones bancarias (3) Reducción dramática de la deuda pública neta (4) Reducción dramática de la deuda privada, si la creación del dinero ya no depende intrínsecamente de la deuda. Kumhof y Benes, en su informe al FMI, añadían a estos cuatro grandes avances ganancias productivas cercanas al 10 por ciento.

Todas estas ventajas ya compensarían sobradamente los inconvenientes de una «economía de guerra económica». Incluso en los casos en que no se puede encontrar un recambio inmediato en otros mercados para las exportaciones a EUA. En cuanto a las importaciones, hay muy pocos productos para los que no pueda encontrarse otro proveedor provisional, y en cualquier caso es beneficioso para la economía de cada país buscar mayores cotas de autosuficiencia. Y, por supuesto, también están Rusia y China como socios.

Si los estados europeos adoptan con decisión la vía de la soberanía y la liberación —y la fuerza de esa decisión depende de asumir esas medidas monetarias y en la economía digital, habrá que ver cuál es la reacción estadounidense. No es imposible que la agresividad de su actual política comenzara a ceder y se empezaran a adoptar actitudes más dialogantes; pero incluso en el caso de precipitar una carrera de hostilidades tal como las que ahora sufre Rusia, tampoco es para echarse a temblar. Las consecuencias de no hacer nada ya son de hecho peores, y si pensamos a más largo plazo, mucho peores sin comparación. Porque, aparte de las consecuencias, y de la dignidad, también perdemos nuestra más íntima oportunidad.

«Anyone but China» —cualquiera menos China- susurran los hipnotizadores americanos a sus pacientes europeos; pero la falacia no puede ser más grosera. China no puede aspirar a ser un imperio mundial porque el conjunto de su impermeable cultura e instituciones no pueden ni remotamente imponerse al resto del mundo como lo ha hecho el modelo americano en el que el expansionismo es su razón de ser. China, que tiene su propio proyecto imperial pero no es en absoluto un relevo viable del imperio global americano, resulta un socio y un aliado eventual mucho menos asimétrico. Y ni qué decir de Rusia, siempre deseosa de mejorar sus relaciones con la enajenada Europa occidental. Pero es que a día de hoy las relaciones de los países europeos serían mejores con casi todo el mundo fuera de la tutela americana —especialmente si pueden levantar una nueva bandera y una nueva causa como la que aquí proponemos, a favor de todas las soberanías, incluida la actualmente sofocada de los EUA.

Hablamos entonces de una legítima guerra defensiva, pero con toda la iniciativa de una gran ofensiva. Y que no se crea que la gente va a lloriquear si le falta un iPhone; por el contrario, nuestras sociedades echan de menos poder recobrar algo de dignidad, de orgullo colectivo y solidaridad, aspectos que en absoluto tienen por qué ir separados. Fernández Ordóñez recuerda que una crisis bancaria como la del 2008 no costó los 40.000 millones de salvar a los bancos, sino más o menos unos 600.000 millones por consecuencias indirectas. Y no hablemos del daño moral hecho al conjunto de la sociedad. Y este es sólo uno de los perjuicios que tiene el actual sistema monetario.

Impulsando internacionalmente la adopción del dinero soberano estaremos ayudando a resolver el apremiante problema de la deuda ahora gestionado por el Fondo Monetario Internacional como otro instrumento más de control. Está claro que las deudas contraídas en el pasado y el paso a un sistema de creación de dinero independiente de la deuda futura son cosas completamente distintas, pero desde el momento en que un país invierte su dinámica de deuda pública las cosas tienen que resultar diferentes.

Se ha dicho que si les quitáramos a los banqueros de las manos el planeta que ya poseen, pero les dejáramos intacto su poder de hacer el dinero, no tardarían mucho en volver a comprarlo otra vez. Esto no puede ser muy exagerado si pensamos que son demasiado pocos para disfrutarlo todo, salvo por el fugaz milagro de la actualización que el dinero justamente representa; así como es desde el presente que constantemente reorganizamos el futuro y el pasado.

Terminar con la llamada deuda odiosa, aquella que los pueblos pagan sin haberla contraído ni haberse beneficiado de ella, es algo absolutamente deseable; pero terminar con el sistema mismo que la hace necesaria una y otra vez es aún más prioritario y deseable todavía. En esto también hay poco lugar para el desacuerdo; sin embargo aquí, como en otras cosas, el cortocircuito del futuro sobre el pasado puede sorprendernos agradablemente como auténtico motor de innovación.

¿Innovación? ¿Qué innovación?

Antes de rozar siquiera este cambio en nuestra expectativa del tiempo conviene comentar algo sobre tópicos tan deteriorados del capitalismo tardío como la innovación y el espíritu emprendedor; tópicos raídos a los que el modelo vigente se agarra con uñas y dientes porque es su última baza para ocultar su cruda desnudez.

Pocas cosas se cultivan y manufacturan hoy con más mimo y detalle en los centros corporativos que la imagen de los fundadores y directores de las grandes compañías —vale decir, pocas cosas podrían ser más falsas en todo ese mundo ya rebosante de falsedad, en el que más de la mitad del valor de las acciones y de las ventas depende de la imagen pública. Sabido es que la misma Internet surgió como una estrategia del ejército para distribuir sus centros de decisión en caso de ataque nuclear; y desde entonces todos los grandes monopolios de la era digital tienen ADN de planificación militar y las agencias de inteligencia.

Al menos de Amazon se sabe que es el principal «contratista» del Pentágono y de la CIA. Pensar que tipos como Zuckerberg o Musk, por dar sólo dos ejemplos, han creado monstruos prácticamente de la nada es sencillamente ridículo, como es ridículo pensar que estos y otros de sus colegas se encuentran entre las fortunas de más peso en el mundo. El mero hecho de aceptarlo ya nos sitúa en la liga de los primos. «¿Esta gente peligrosa?» Naturalmente, decir la verdad no ayudaría mucho a las cuentas de resultados.

Y está claro que tales fachadas y testaferros no sólo benefician a las compañías y a la balanza de pagos americana, sino sobre todo a la fe en el bendito sueño americano de nuestras delicias. Nada más sagrado, y nada más digno de un poco de Relaciones Públicas, definidas ya hace cien años por sus emprendedores fundadores como «el programa de acción para ganar la aceptación pública». Desde entonces, con varias generaciones de cine de Hollywood, los guiones no han dejado de refinarse, y el resultado es… bueno, no muy diferente del calculado.

Un día sí y otro también nos enteramos de que Facebook está aceptando dinero oscuro para promover «iniciativas disruptivas» en política, pero ¿no podría ser que sean los que están detrás de la compañía los que las estén promoviendo con el mayor de los celos? Claro que si encima pueden conseguir dinero mejor que mejor. Aparte de su propia imagen, el nuevo grado de subversión es la verdadera innovación de estas marcas. Los algoritmos de búsqueda de Google sólo son un refinamiento y expansión de los criterios de búsqueda utilizados antes en investigación científica; la verdadera novedad de esta compañía es el grado de ocultación conseguido. Google es más falso que… uno no encuentra la palabra. Por el contrario, habría que decir de algo que es más falso que Google, puesto que son ellos los que han elevado los estándares de falsedad.

Schumpeter vaticinó el agotamiento del capitalismo por pérdida del impulso emprendedor en un medio adverso y se ha hecho todo lo posible por ocultar la pertinencia de esta previsión que realmente pone el dedo en la llaga. Y es que bien poco queda para emprender en un «ecosistema» que lo que intenta es comprar y controlar desde arriba cualquier cosa que pueda competir, y donde las ganancias ya están maximizadas a la séptima potencia. El espíritu emprendedor que hoy se vende ya sólo pretende que cada cual se busque la vida como pueda.

Claro que siempre se trata de ser inspirador. Pero el mal llamado capitalismo de la vigilancia, por lo demás, no sólo está instalado en las compañías tecnológicas; hoy es imposible saber el número de personas que reciben algún tipo de nóminas del entramado de agencias de inteligencia, defensa y seguridad del país, pero que, hasta en las estimaciones más conservadoras, asciende a varios millones de personas. No está mal para una sociedad que tanto critica el gasto gubernamental, si bien parece ser que a la hora de proteger la propiedad y el privilegio todos los cuidados son pocos. Cosas como éstas, más que ser peculiaridades del sistema americano, son cada vez más el telón de fondo sobre el que se proyecta todo.

Es como los famosos 21 billones de dólares (trillones en América) faltantes en las cuentas del ejército estadounidense. Naturalmente, estos 21 billones no se refiere a que haya un agujero de 21 trillones, pues eso superaría al gasto total de defensa en todos estos años; de lo que se trata, es, nada más, que de 21 billones en transacciones imposibles de justificar o rastrear. Después de estas tranquilizadoras aclaraciones la gente ya puede volver aliviada a sus quehaceres.

Cosas como estas no son sino ligeras pinceladas en torno a la nueva economía de plantación en el que el peso muerto de los factores improductivos pendientes de vigilar los recursos se sobreponen al resto de la economía. Semejante estado de cosas contiene implícitamente la rapacidad y la malignidad. Ante la evidencia de esta economía cada vez más improductiva, ya sólo queda proyectar la imagen de una creatividad sin límites donde cada nueva jugada es siempre más «revolucionaria» que la anterior y también más irrelevante.

En los Estados Unidos a la generación del milenio ya se la conoce como «la generación quemada». Son el último relevo en llegar al mundo laboral-real tras innumerables endeudamientos y estudios, haciendo un ímprobo esfuerzo cada día simplemente para no ser drásticamente evacuados del sistema. Muchos de ellos están votando ahora por la curiosa forma de supremacismo encarnada en su presidente como un recurso desesperado para rebelarse contra su destino, y es sólo cuestión de tiempo que comprendan definitivamente que, como dice Jorge Majfud, hoy hasta los blancos más blancos se han convertido en los negros de un 0,1 por ciento de la población. De poco les valdría que su país mantuviera su hegemonía a costa de su situación, lo que ya es precisamente el caso; ellos terminarán inclinando el fiel de la balanza en los próximos años.

Decir que hoy en los EUA la innovación es lo que menos importa sería faltar demasiado a la verdad de las cosas; sería más certero decir que se esperan en vano las virtudes regeneradoras de la innovación cuando la prioridad absoluta es mantener el terreno ganado y hay muy poco espacio permitido para la «destrucción creadora» de la que hablaba el conservador economista austriaco. En estas condiciones futuro y pasado, agua y fuego están separados, no hay interpenetración ni alumbramiento posible, no hay horizonte para el acontecimiento. «Después de la consumación», sentencia la penúltima coyuntura del Libro de los Cambios.

A pesar de su perpetua confusión, fuerza y poder son cosas antagónicas. La fuerza es capacidad de coerción y el poder por el contrario es la capacidad de suscitar adhesión. Unido íntimamente a la posibilidad de ascenso social, apelar a la innovación es el último recurso que al capital le queda para suscitar adhesión en el imaginario moral. Y lo que ya está descubriendo bien a su pesar esa generación quemada es que ni el ascenso social ni la innovación tienen hoy virtualidad. Dentro y fuera de sus fronteras, a los Estados Unidos ya sólo les queda recurrir a la fuerza y todos los excesos de despliegue y proyección que no alcanzarán a ocultar la realidad de las cosas.

Por supuesto que el resto de los países occidentales no tienen una deriva muy diferente, pero al disponer de menos fuerza y tener la suerte de padecerla están obligados a buscar otras salidas y a ser, verdaderamente, más creativos si es que quieren tener algún futuro. Siempre ocurre que lo que labra tu ascenso es lo mismo que te impide luego evitar el descenso, y eso es lo que hace que los Estados Unidos sean hoy el país menos indicado para buscar innovación y competitividad, y no digamos ya auténtica creación. Por más que intente no perderse ni una, a este torpe gigante todo le pilla con el pie cambiado. Ahora mismo y por algún tiempo seguir su estela es la peor de las ideas.

El objetivo de fondo de los grandes monopolios digitales es realizar el viejo sueño dirigista y totalitario de un circuito cerrado en realimentación con los átomos sociales con el que dar forma al conocimiento y con él a todas las cosas: un «círculo virtuoso» que pueda verter cualquier cosa que llegue de fuera en su marco autorreferencial con sus propios parámetros. Lo más opuesto que quepa imaginar a un libre espíritu de innovación, aunque con su novedad propia: la subversión completa de los mecanismos de adhesión en los que hemos cifrado el poder. La inversión total del liberalismo se ha consumado.

La moderna paradoja de la innovación es que la auténtica innovación social sólo puede darse en los terrenos que no están regidos por la lógica del beneficio, justamente donde menos se la espera —o donde menos le interesa al capital. Del lado de las ganancias ya sólo queda apurar el vaso. ¿Cómo salir de este impasse? Las monedas propias son la forma más directa de atender estos «intersticios» a menudo más básicos y amplios que las pistas rodadas de la economía visible; ellas son un instrumento para toda esta economía paralela, verdadero contrapunto de la banca paralela en la sombra con la que no tiene otro contacto que esa huidiza línea que separa la creación de valor de la especulación.

Por definición la economía de deuda no puede significar otra cosa que la hipoteca del futuro, así que hablar en estas circunstancias de innovación y apertura tiene mucho de grotesco. Cuando la pila de deuda ha adquiridos proporciones de montaña el futuro mismo ya está trabajando hacia atrás y está entorpeciendo el flujo natural de las cosas. Como mucho, se puede aspirar a explotar esta situación al máximo, tal como se hace con la creación del dinero-deuda actual, justamente para transferir las pérdidas a los que no están en las élites. Nuestro sistema económico actual tiene menos salidas para el problema de la deuda que en tiempos del Código de Hammurabi hace 3.800 años —lo que demuestra que hablamos de innovación para no plantear una renovación.

Somos los grandes fundamentalistas de lo irreversible, y no es por otra cosa que hemos llegado tan lejos; y sin embargo todas las leyes a las que atribuimos el funcionamiento de la naturaleza, las leyes físicas fundamentales, se basan en una preceptiva reversibilidad. ¿No esto extraño? El positivismo científico, que no la ciencia en sí misma, ha terminado por reducir su idea de la naturaleza a lo encuadrado por la predicción, que aquí cumple exactamente el mismo papel que la ganancia en nuestra economía. Y esto, salido antes de nuestras prácticas que de nuestra teoría, ha terminado por tener un impacto enorme en lo que estamos dispuestos a contemplar e ignorar en nuestra relación con la naturaleza y en los límites que la tecnociencia perfila sobre nuestra sociedad.

La plenitud de los tiempos y la manzana de la inmortalidad

Según una visión muy superficial de las cosas a la que no dejan de adherirse tantos intelectuales, la época de la religión y del arte ya pasó, y hasta podría pasar la época de las democracias representativas, pero siempre nos quedará la ciencia y la tecnología para superar un límite tras otro con su ímpetu imparable. Mi opinión por el contrario es que la ciencia e incluso las tecnologías están en un callejón sin salida manifiesto y el estancamiento y la burocratización reinan supremos delante de nuestros ojos. Sólo el bombo de los medios nos hace creer en los espejismos de la aceleración constante.

No, movimiento y «dinamismo» no falta en nuestra ciencia, pero paren las montañas y sale un ratón. ¿Qué se sabe de nuevo sobre la masa y su origen después de la saga del último acelerador y el «descubrimiento» del «bosón de Higgs»? Absolutamente nada de nada, por más premio Nobel que se repartiera. ¿Qué se sabe de nuevo sobre la gravedad después de la supuesta detección de ondas gravitatorias provenientes de un «agujero negro», y que para algunos es imposible porque supera con mucho los límites del movimiento atómico y su indeterminación? Absolutamente nada de nada, por más premio Nobel que se repartiera.

Newton descubría más cosas una lluviosa tarde de domingo que las que pueda a aspirar a descubrir un físico hipermediático de hoy en toda su vida. Llámalo si quieres rendimientos decrecientes; pero el problema no es que andemos a hombros de gigantes, sino que llevamos a los gigantes a nuestros hombros. Newton, el que no fingía hipótesis, no era sino un positivista avant la lettre que sin estipularlo ya justificó a las teorías por su alcance predictivo y en eso seguimos. Sólo que antes de una sola ecuación se seguían infinitas predicciones y ahora se necesitan los más sucios sistemas de ecuaciones para no acertar a predecir una cuestión particular. Sí, los tiempos son muy distintos, no cabe duda, pero si son tan diferentes, ¿por qué no cambió un poco más la mentalidad?

Pues probablemente porque el sujeto político moderno no ha sabido salir todavía del tapete extendido por el liberalismo de cuyo nacimiento Newton fue contemporáneo. El mismo Newton que fue director de la Casa de la Moneda en los primeros años del Banco de Inglaterra; el mismo Newton que dirigió con mano de hierro la Royal Society, el primer gran think tank anglosajón, y lo convirtió en una máquina de guerra científica y que entendió como pocos, tras Bacon, que la ciencia es poder, y no sólo poder sino también prestigio. La ciencia es después de todo una labor colectiva y no basta con que uno entienda las cosas por su cuenta, debe haber una plataforma de acuerdo sobre la que dirimir y producir conocimiento. La plataforma newtoniana es la más antigua y sólida de todas las que soportan el sistema actual, y ciertamente no está exenta de arbitrariedades que no se han sabido movilizar hasta ahora.

Entiéndase bien que no hablamos aquí tanto de lo correcto o no de una teoría como del criterio previo para darla por buena, que en este caso es la predicción. Ésta cumple exactamente el mismo papel que el beneficio en economía y de aquí se sigue de suyo toda la deriva de formación, establecimiento y diversificación que caracteriza también a los imperios económicos, con su inexorable ley de rendimientos decrecientes. Dicha ley no sería inexorable si y sólo si hubiera un cuestionamiento del supuesto fundamental no sólo en la teoría sino también en la práctica.

El caso es que con Newton los criterios puramente empíricos y utilitarios se revistieron de indumentaria matemática y desde entonces se ha producido una irremediable confusión entre ambos, de forma idéntica a como en la física de los Principia, anteriores a la Revolución Gloriosa, se refleja una fusión del absolutismo francés con el incipiente liberalismo inglés. Se trata de una prodigiosa cristalización a la que aún no hemos sabido darle la vuelta, por más que el tiempo y la incansable actividad hayan hecho cuanto podían por desgastarla.

Hoy el interés por el poder explicativo de la ciencia y el nivel de la teoría ha decaído hasta tal punto que si no fuera por su asociación con las tecnologías habría que decir que es ya un tema muerto. Esa es realmente la Edad de Oro de la Ciencia en que vivimos. Los físicos en vano se desviven por poder transmitir al público el significado de sus investigaciones puesto que en el fondo ni ellos mismos lo saben. La representación y el sujeto que la representa se han pulverizado. La lógica de la predicción ha llevado salto por salto a prescindir de todos los vínculos de la razón y ahora lo que hay es una indescriptible torre de Babel.

La empresa científica moderna es profundamente irracional, puesto que en ella la razón es sólo una herramienta; de ahí que un irracionalista como Spengler haya podido calar su declive como no lo ha podido hacer ningún teórico de la ciencia posterior. De hecho, hasta podría considerarse que la voladura de la razón ha sido el más grande de todos sus logros, con lo que difícilmente pueden quejarse los hombres de ciencia sobre la irracionalidad de la cultura moderna y las distorsiones que el público hace de su labor —nadie ha «trascendido» la razón como ellos.

Algunos de ellos, desesperados por justificar su empresa, aseguran que la meta, e incluso la «excelencia» de la ciencia, no estriba en la racionalidad sino en la inteligibilidad. ¿Pero qué inteligibilidad puede haber cuando eres incapaz de explicarle a alguien en qué estás trabajando? Y no será porque no lo intenten. Claro que no puede ser de otra manera puesto que lo que se enseña a lo largo de toda la carrera y práctica científica es a saltar sistemáticamente por encima de cualquier cosa que necesite explicación con tal de llegar al resultado deseado. Una tendencia que incluso ha colonizado a la misma matemática con el pretexto de convertirla en una ciencia «orientada a la resolución de problemas», lo que ciertamente siempre fue una de sus piernas.

El problema es que con una sola pierna no se anda sino que sólo se pueden dar saltos descompensados. Es lo que ha ocurrido en disciplinas como la física, que, muy comprensiblemente por lo demás, han tenido pavor a mirar hacia atrás y quedar empantanados en problemas bizantinos sobre el significado y los fundamentos. De aquí la forma típica de avance a impulsos, con revoluciones, estancamientos y nuevos cortes espistemológicos, que recuerda, con un ritmo de explotación diferente, la teoría de los ciclos de negocio y económicos.

Si incluso mentar la inteligibilidad ya es patético, no digamos nada hablar de universalidad. Pero esa universalidad que es la aspiración más elevada de la ciencia se ha transformado, por el contrario, en pretensión sobre la amplitud de su alcance y dominio, giro típico del expansionismo y de la conversión especulativa de pasivos en activos. Aún no nos ponemos de acuerdo en el valor de la constante de la gravedad en la Tierra con una precisión mayor de una parte por mil, pero pretendemos hacer cálculos con una precisión de doce cifras decimales a diez mil millones de años luz.

Para qué seguir si la ciencia nos aburre; si lo único que nos importa es conseguir cosas. Y aquí viene lo gracioso. Porque si la ciencia ya sólo nos importa como base de la tecnología, resulta que la técnica ya no tiene patrón, puesto que el sujeto ya fue pulverizado. Ortega decía con razón que la técnica sirve siempre a un tipo de hombre, y tiene por tanto una precondición antropológica. Seguramente, la presente deificación de la tecnología responde al hecho de que el hombre ya no existe o en cualquier caso su fondo se ha perdido de vista.

Tal sería el hombre-dios de las divagaciones de los transhumanistas, que no pueden encontrar verdadera resistencia porque la cuestión ya no es la superación de lo humano, sino que por el contrario éste es un factor que cuenta sólo por los límites técnicos que plantea. La némesis del utilitarismo que aplicamos durante siglos a la Naturaleza sólo puede llegar como experimentación en carne viva con el hombre.

Pero resulta que, ahora que la vía se halla despejada y libre de cualquier molesta referencia, los problemas técnicos se acumulan. Cuando ya el hombre no estorba, la naturaleza demuestra ser extremadamente díscola a la manipulación en detalle, un auténtico quebradero de cabeza. Los medios nos informan continuamente de las increíbles nuevas posibilidades que se abren, pero hablan poco o nada de cómo las dificultades se acumulan; tampoco es que pueda esperarse otra cosa de ellos. No es que falten los científicos que adviertan sobre lo segundo, pero se prefiere escuchar a los que auguran milagros.

Para ir un poco más al grano, las grandes promesas de la tecnociencia moderna ni pagan ahora ni van a pagar. Todo lo contrario, nosotros las vamos a pagar. No se comprende nada de lo que se está haciendo; en campos como la biología, la genética o la medicina por el contrario el procedimiento básico es hacer que nosotros paguemos en carne propia los experimentos para aprender con ellos —y es que esta es la única forma posible en cuestiones de tal complejidad. Naturalmente, un proceso así de ensayo y error, Bacon con ordenadores y matemática estadística, es terriblemente errático y lento. La falta de principios se paga, y en este caso hay que pagarla muy cara.

Una obra como la de Nassim Taleb, con la entronización del stochastic tinkering o manipulación estocástica, tenía que llegar; no es casualidad que la única obra viva sobre el conocimiento científico actual provenga de un financiero como él. Desde los años noventa se apreciaba una masiva migración de licenciados en física teórica a Wall Street, nada sorprendente si comprendemos que en ambos casos se trata de una idéntica mentalidad de especulación frenética; el llamado método de Montecarlo estaba firmemente establecido en física mucho antes de que empezara a hablarse del casino financiero global. Luego ha venido la migración no menos masiva de los matemáticos a las plantaciones del big data, donde tienen que poner los más abstractos conocimientos al servicio de la menos universal de las metas. Una vez más, la inversión total se ha consumado.

Resulta notoriamente difícil sondear el estado actual de la investigación científica ya que la inmensa mayoría de los investigadores bastante tienen con mantener su puesto de trabajo y los que pueden permitirse la crítica están alejados de los centros de decisión, difusión y relaciones públicas. La presión por la conformidad es enorme y está firmemente dirigida desde arriba por un amplio equipo de gestores, burócratas y difusores. Y además, con el aluvión de malas noticias que tenemos en todos los frentes nadie quiere privarse del consuelo de que en algunos campos estemos mejorando.

El mismo perfil altamente burocratizado de la investigación, sea pública o privada, ya nos habla con suficiente elocuencia del grado de innovación permitido. El investigador y el docente son los últimos monos, la gente importante de la ciencia de hoy no se mancha las manos con esas cosas. Naturalmente, se procura explotar sus ganas de hacer algo nuevo o su arribismo tanto como sea posible, pero siempre después de haber pasado los numerosos filtros de lo que se considera conveniente y políticamente correcto —y aquí el término «política» tiene un sentido sólo inteligible para los de la casa. Los métodos y criterios de publicación, con censura anónima, dirigen con mano firme los temas y los frentes de ataque por donde interesa.

Ésta es sin duda una apresurada caracterización de la Gran Ciencia moderna, y espero que se me disculpe la simplificación. Pero los de dentro, por más que deban atender a sus intereses corporativos, saben de sobra de qué estoy hablando. Así, cuando se habla de la gran vitalidad de la tecnociencia americana y anglosajona y del prestigio incomparable de sus instituciones y universidades, mecas universales del talento, la innovación y la creatividad, también hay que saber de qué se está hablando.

De lo que se está hablando es simplemente de que estos centros y empresas sí están atrayendo talentos en gran número, no necesariamente a los mejores y más críticos, pero sí a esa mayoría que está dispuesta a jugar. Otra cosa completamente distinta es el rendimiento que puede tener ese talento en unas estructuras que favorecen la innovación en una sola dirección y no en otra que por fuerza se tiene que percibir como antagónica.

La paradoja de la innovación científica hoy es la misma que la paradoja de la innovación social y empresarial; si en éstas últimas la verdadera innovación está allí donde no impera la lógica del beneficio, en la ciencia se encuentra allí donde no prevalece la lógica de la predicción, esto es, la domesticación de la teoría conforme a sus resultados inmediatos. Pues cae por su propio peso que la búsqueda de resultados inmediatos tiende a apartarse de lo universal para buscar recetas y trucos expresos ad hoc, que abundan incluso en nuestras más celebradas ecuaciones. El talento tiene que pasar por el más estrecho de los embudos y enfocarse en lo más particular, lo que supone una forma muy definida de talento y no ciertamente de las más elevadas.

Dicho con otras palabras, todo esto de las gloriosas instituciones es mucho más cuestión de relumbrón y prestigio que de realidad; asunto de bombo y de marketing como casi todo lo demás en la gran burbuja americana. ¿Y cómo podría ser de otra forma, cómo podría sustraerse al clima general? A la ciencia se le tienen tantos miramientos porque sólo nos llegan sus relaciones públicas, porque no entendemos casi nada y porque siempre andamos necesitados de esperanza. Y naturalmente, porque los mismos científicos son los primeros que tienen que creer en ello.

La domesticación de la teoría por sus resultados inmediatos, el inexcusable y comprensible oportunismo que tiene que primar en la investigación, es el principal responsable de que luego se hagan necesarios cortes y rupturas y que el régimen de progreso en general sea por impulsos o «revoluciones». Lo que se pierde entretanto no es otra cosa que el hilo de continuidad, que conlleva la inteligibilidad, y que nos hace percibir la universalidad. Toda promoción de lo revolucionario en la ciencia es de suyo relaciones públicas, puesto que cada «revolución» no es sino un nuevo sacrificio de universalidad añadido a otros anteriores de dudoso sentido, fondo y naturaleza.

Lo único revolucionario en este contexto sería hacer lo contrario de lo que hoy se hace, es decir, buscar ese hilo de continuidad que es mucho mayor del que suponemos. En ciencia, ese hilo de Ariadna con su camino retrógrado conduce por vueltas y revueltas sucesivas directamente hasta Newton, en cuyos Principia se haya la gran cristalización, coagulación o «acumulación originaria», no ya a expensas de los semejantes sino de la Naturaleza y nuestro comercio con ella. Sólo cuando comprendamos cabalmente la influencia del pasado estaremos en condiciones de contrarrestarla; Newton ha influido en el resto de las ciencias más que todos sus fundadores, en la biología más que Darwin, en la economía más Turgot y Smith, y en las ciencias de la computación más que Turing y von Neumann juntos; y si no somos capaces de verlo, es porque aún no hemos descongelado el capital que su momento oculta.

Hay que volver de lo particular a lo general, usando las facetas de lo particular como multiplicada lente de aumento. Ni siquiera es necesario cuestionar la física de Newton; basta con reconducir muchos problemas modernos hasta su «otro origen» para empezar a tener una doble vista que es vital en medio de toda esta confusión. Compensa por sí mismo ver trasparecer la física clásica en las insolubles perplejidades de cosas como la mecánica cuántica, algo que están logrando físicos como Nicolae Mazilu, con resultados que ya son llamativos en sí mismos si bien sólo son el comienzo de un gran proceso de desocultamiento.

La versión estándar en la estimación del crecimiento del conocimiento científico nos dice que éste se duplica cada 15 años, lo que significa que la masa de conocimientos acumulados por nuestra presente sociedad es unos 4 millones de veces el que tenía el autor o autores de los Principia cuando la obra se escribió. Y sin embargo estos Principia son ya una obra sumamente compleja y oscura, difícil de leer y suturada por doquier, saltando sin apenas ruido sobre todo tipo de suposiciones y abismos. Si el investigador teórico de hoy, anulado por el control burocrático en la más completa irrelevancia, quisiera multiplicar por varios millones de veces el alcance de sus desvelos y trabajos, sólo tendría que tratar de buscar la continuidad más escrupulosa de su objeto de estudio con el capital congelado original. Aunque esta afirmación parezca una broma, si se entiende cum maximo salis grano no tiene nada de desatinada.

El problema no es que no haya talentos, el problema es que no pueden levantar la tapa de hierro que los aplasta. Sí, todo es una invitación a la originalidad, pero en una sola dirección y sin permiso para mirar a los lados, y los premios grandes suelen estar adjudicados antes de que uno se anime a empezar. En un artículo pasado afirmaba que hoy bastarían un centenar de investigadores independientes para cambiar por entero la faz de la ciencia, y lo sigo pensando aunque no vendría mal que fueran quinientos o mil. La mecánica cuántica la crearon diez o doce profesores escribiéndose cartas y reuniéndose de vez en cuando, sin mayores fuentes de financiación adicional. Como ya conocemos el margen de maniobra de la ciencia realmente existente, hay que buscar una estrategia completamente distinta de acción.

Hoy el multiespecialista, el que se ha formado en distintas competencias y no ha depositado su destino en ninguna de ellas, parece la única fuerza con músculo suficiente y la perspectiva necesaria para no tener que hacerse cómplice de las enormes inercias y mecanismos de frenado de los especializados feudos en su inevitable y triunfal proliferación. Autores como Mazilu pertenecen a esta categoría, y aunque ahora mismo parezcan desesperadamente aislados la perspectiva es contagiosa y el espacio que se va abriendo tiene lo más importante para ganar la atención: saber dónde hay que buscar las cosas, que no es otro lugar que allí donde surgieron, y no en revoluciones y rupturas que sólo sirven para distraernos.

Por tanto este nuevo sujeto científico disperso tiene que encontrar su forma de coalescer sin perder su preciosa independencia. Que las instituciones dominantes no van a ayudar ya es algo con lo que se cuenta, y que incluso tendría que servir de estímulo. Lo más interesante de todo es que no se sabe qué puede surgir cuando se descorra el astro de este eclipse.

Sabido es que los años que preceden a la constitución de la Royal Society están animados por los llamados, desde Boyle, «colegios invisibles», posiblemente inspirados en la baconiana «Casa de Salomón» que se describe en la Nueva Atlántida y activados por personas como Samuel Hartlib, al que se ha llamado «el Gran Intelligencer de Europa». No es imposible que asistamos ahora algo similar aunque de signo distinto; de hecho, y dadas las condiciones, es lo que cabría esperar.

En cuanto al legendario gentleman Sir Isaac de tantas prolíficas tardes lluviosas y de las mil anécdotas apócrifas, descubridor de la gravedad, padre de la mecánica, creador del cálculo o análisis matemático, fundador de la óptica, conquistador del binomio que lleva su nombre, revelador de la ley de difusión del calor, saturnino ilustrador de sus propios anillos cromáticos, constructor de telescopios y variados artilugios, estudioso obsesionado por la alquimia hasta el punto de decirse que la física fue para él una distracción y legador de miles de páginas de ilegibles manuscritos, especulador de las medidas del Templo de Salomón y escrupuloso calculador de la cronología bíblica y del fin del mundo y el Apocalipsis, director de la Casa de la Moneda y la Royal Society, diseñador de barcos y teólogo arriano y antitrinitario… qué quieren que les diga. Me parece realmente increíble que nos hallamos podido tragar algo como esto. Sólo les faltó decir que escribió las Constituciones de Anderson y las narraciones de Swift.

Ha existido una industria de Newton como la sigue existiendo de Shakespeare, los dos pilares de la mitomanía inglesa y su incesante, compulsiva reinvención de la tradición. El cisne de Avon, un iletrado hecho a sí mismo que dejó una obra heteróclita con un vocabulario de 28.636 palabras distintas, a enorme distancia del resto de los autores de lengua inglesa incomparablemente más cultivados. Si en el caso del dramaturgo existe al menos una abundante y culta disidencia que se ha negado a comulgar con ruedas de molino, lo que sorprende es que no haya levantado sospechas el perfil del hombre de la manzana nacido para colmo un 25 de diciembre. Cuando estas cosas aparecen en hagiografías y escrituras sagradas, el juicio suele ser inequívoco: hablamos de la creación de mitos. Sin embargo aquí no tenemos reparos en creer en la versión literal.

En el caso de Shakespeare, dada la amplitud de vocabulario y las diferencias de estilo entre las obras, parece que lo único razonable es las diferentes autorías bajo un nombre común tras el que habrían elaborado Marlowe, Bacon, y otros apellidos de la nobleza. La propaganda de la dinastía reinante habría hecho más aconsejable el anonimato para unas obras cuya leyenda se ha ido creando con el tiempo y cuya grandeza no siempre está en proporción inversa a su leyenda. En el caso de Newton, nombre que suena ya a anagrama de Naturaleza, e incluso a «nueva fundación de la Naturaleza», parece haber una armonía preestablecida tras el telón de los hechos referidos: el Annus Mirabilis de 1666, los grandes nombres británicos en el origen del cálculo —Isaac Barrow, Gregory, Wallis, la cercanía a Halley y Wren, a Pepys y a Locke, la dirección de la Sociedad Real y la amistad con hombres como el Desaguliers de la Gran Logia de Londres, que fue su primer divulgador y hagiógrafo…

A diferencia del caso del dramaturgo, no es desde luego imposible que los Principia fueran escritos por un solo autor ni que éste fuera el tal Isaac Newton que ha sido registrado en las actas; todo lo demás sería básicamente un embellecimiento y engrandecimiento progresivo de la industria cultural y de la mitomanía, más que del pueblo inglés, de una cierta clase entregada en cuerpo y alma a la idea de supremacía y de la Misión; pero en cualquier caso parece mucho más interesante, en ese entorno de patentes intrigas, y habida cuenta de lo importante que es en ciencia la colaboración, la hipótesis de una cierta convergencia colectiva amparada bajo un mismo nombre. Por lo demás, tampoco dejo de creer en el genio individual, aunque esta gran obra le deba al menos tanto a una aplicada labor de costureros como a lo primero.

No sobra recordar que en la época de su publicación los Principia no convencieron a nadie y que entonces se antojaron más un programa de investigación que un libro portador de algún gran descubrimiento. Tal era la competente opinión de Leibniz, Huygens y otras lumbreras de la época. De hecho fue el despegue del cálculo, lenguaje que los Principia habían dejado de lado, lo que empezó a dar plausibilidad a tal programa superando la reticencia ante los abismos sobre los que sobrevolaba. Newton y sus acólitos no dejaron de notarlo y, ya un cuarto de siglo más tarde emprendieron una batalla campal sobre la paternidad del cálculo de la que lo único cierto es que Leibniz fue el primero en publicar.

No es fácil falsificar catedrales góticas, pero los manuscritos no presentan mayor dificultad, especialmente en un nido de subastadores, anticuarios y devotos artesanos. Nunca haremos justicia a la diligente pasión por la falsificación y las máscaras de esta mercurial e industriosa clase londinense a pesar de todo lo que hemos recibido de ella. Quién podría dudar de nada que venga de la ciudad de la niebla, especialmente si tiene mucha difusión.

Nada de lo cual quita para llevar toda la física actual a que mire de nuevo en dirección a los Principia. Y en realidad, y a pesar de trabajos como los de Mazilu y otros defensores de una cierta «física neoclásica» que nada tienen que ver con mi pasada digresión, es difícil discernir si el misterio de la recapitalización estriba en los Principia mismos o más bien en el hecho general de mirar hacia atrás desde la ventaja de una ganancia que se antoja irreversible.

Sería oportunista criticar el oportunismo de los científicos que en su día hicieron avanzar la ciencia; ellos no tenían la perspectiva que nosotros tenemos y la perspectiva ya es la mitad del conocimiento. Lo que resultaría lamentable, si no fuera inevitable, es la imposibilidad que existe bajo el férreo control de las actuales estructuras de aprovechar esa perspectiva para hacer algo distinto, para recuperar la continuidad y con ella su propia herencia. Y es que dichas estructuras e instituciones son no sólo monstruos burocráticos sino también monstruos hechos de tiempo y congelados en él, con todos los estratos de sus revoluciones. Bendito el que teniendo talento puede trabajar fuera de ellas.

Las intenciones neoclásicas de algunos físicos modernos no tienen nada que ver con tentativas de deconstrucción y desobjetivación filosóficas que ya han sido de sobra practicadas, sino con desarrollos posibles de la física que o no fueron adoptados o fueron relevados por otros siempre más agresivamente positivistas, y por lo mismo, más necesitados de nuevas ontologías y asunciones. Sin embargo, el hecho de variar la juntura entre las constelaciones de hechos y realidades matemáticas permite entrever cosas con las que la filosofía no ha soñado o no ha logrado hacer circular.

Los principios nos separan del principio. Hoy sabemos que se puede construir diversas réplicas matemáticas de toda la física newtoniana o de la relatividad general con idénticas o similares predicciones sin emplear para nada el principio de inercia, ¿Pero qué lo libraría a uno de la inercia mental en favor de la idea de la inercia? El sujeto-principio desaparece en favor del imperio de las conexiones y es el peso de éstas lo que prevalece. No se puede dar la vuelta a desarrollos que han llevado tres o cuatro siglos en tres o cuatro años; sin embargo, desembarazados de ciertos compromisos, tenemos una inmensa libertad para girar y aplicar la fuerza a discreción en uno u otro punto. Esto también hace concebible el alisamiento del espacio increíblemente arrugado de la ciencia contemporánea.

El interés de uno por la ciencia no está relacionado con el poder sino con la erótica del conocimiento. De la ciencia uno quiere, quien sabe si porque la ve como madre ideal de una futura humanidad, un terso cuerpo y unas bellas acciones, no el funcionamiento de sus entrañas. El idilio de la ciencia con el poder ha sido tal que el impulso erótico de los científicos se ha reducido a un mínimo, ha muerto o se ha literalmente congelado. Progresar desde atrás es necesario para reactivar este instinto.

El físico y la física tienen metas diferentes. Esta vez no va ser ella la que de a él el hilo para ir a matar al dragón; ni tampoco, con esa manía por invertir sin más las cosas, va ser ella la que avance para matar a un monstruo mitad hombre y mitad bestia. Ariadna la resplandeciente es ahora una horrible hembra peluda con ocho ojos y patas y fauces con forma de tijeras, pero así es la vida, y así es como las cosas se buscan a sí mismas. Incluso este indeseado andrógino nos habla de la frustrada interpenetración de lo externo y de lo interno, del poder y la belleza trabados a medio camino. No pensamos matarla ni darle la estocada de la cruz a la bola, aunque haya cruz y haya bola; bastará con calarla, bastará con conocerla para que se convierta en otra cosa.

Dado que estas disquisiciones pueden sonar demasiado espesas y ambiguas para los amigos de la resolución de problemas vamos a pasar ahora a un plano más concreto para simplemente comentar alguna de las grandes lagunas de las estrategias de investigación en diferentes áreas que no se arreglan con superficiales cambios revolucionarios sino que requieren una transformación profunda de las bases supuestas:

Genética. Ya el nombre es, más que engañoso, una calamidad. Prácticamente supone que la vida es una invención de los genes, en lugar de ser los genes una creación de la vida. El ADN como la molécula milagrosa con su alfabeto, su escritura y su programa: puro fundamentalismo de la religión del Libro, incluso con su Dogma Central de la biología molecular. Dogma por cierto que las enzimas, que son las creadoras de los genes, se pasan continuamente por sus partes: el mismo gen «codifica» proteínas muy diferentes en función de las condiciones del ambiente, que ciertamente no son igual de aislables. «Genética» sería el nuevo nombre de la eugenesia si no fuera algo todavía mucho peor: la vida como objeto viralizable y violable a voluntad. Y como la teoría/dogma pretende ignorar la evidencia de todo lo que no es controlable, sólo nos queda esperar a los monstruos.

Neodarwinismo: nos hablan continuamente del peligro de los reaccionarios creacionistas para que nos olvidemos de las críticas genuinas a su castillo de naipes y a sus conceptos vacíos de selección natural que en realidad sólo sirven en su traducción al darwinismo social. El mismo Darwin admite al comienzo de su obra, santa simplicidad, que sólo se propone llevar a la biología los supuestos económicos de Malthus. En realidad todo el magno edificio de la teoría de la evolución tendría que considerarse pura industria cultural, especialmente para los positivistas, puesto que su valor predictivo ha sido, es y será nulo. No hay forma más clara de definir una ideología. Y dado que su valor descriptivo reside en el puro coleccionismo, puesto que las transiciones siempre piden un principio, que estaría gobernado por… la genética. Esta es la gloriosa síntesis neodarwinista.

Economía neoclásica hoy todavía imperante: otro escandaloso corte epistemológico en pleno conservadurismo del siglo XIX para olvidarse de casi todo lo que podía haber de bueno en la teoría económica de entonces. La ficción se encuentra con las matemáticas y tienen un idilio de cuatro generaciones con las ecuaciones diferenciales para no llegar a decirnos ni cómo se crea el dinero, ni de dónde sale el beneficio, ni qué papel juega la deuda en la economía. Otro formidable edificio que debe inspirarnos pasmo y admiración. Sólo la forma falaz de mezclar continuamente la vacuidad de los modelos con los aluviones de datos cuantitativos nos invita al espejismo de creer que hay aquí algo relacionado con los hechos.

Cosmología: gran castillo de naipes que no debería pretender tener valor predictivo alguno, sino en todo caso descriptivo, y sobre todo ultraespeculativo. La teoría del Big Bang reedita a lo grande el creacionismo y nos sitúa por las bravas en un tiempo lineal e irreversible en espera de singularidades, agujeros negros, agujeros blancos, agujeros de gusano y otras patologías que harán las delicias de nuestro bisnietos. Encima se nos asegura que todo esto tiene valor predictivo; lo que no se dice es que, para empezar, incluso la radiación de fondo de microondas fue pésimamente estimada por Gamow y fue calculada con mucha más precisión y muchos años de adelanto por cuatro o cinco físicos que partían del supuesto de un universo estacionario. Ver para creer.

Teorías del todo en física fundamental, como las supercuerdas o la supergravedad. De forma típica, se trata de tragarse el todo de un bocado sin tener que revisar unos fundamentos que «están más allá de toda duda razonable.» Aún no se hemos entendido bien qué es un campo, y ya queremos tener el Campo. Todos estos atragantamientos porque a nadie se le permite ya rebobinar. Por no tener, no se tiene consciencia ni del hecho más elemental: que toda teoría de campos, ya sea cuántica o clásica, es global por naturaleza, no local. Locales pueden ser sus predicciones, pero no su base que es el lagrangiano a partir del que se deriva y que sólo puede ser global. Esto es imperativo incluso para el viejo problema de Kepler, aunque no haya un físico entre mil que lo reconozca. Hay en teorías de campos una desconexión básica entre la conservación local y la global, entre la relatividad especial y la general, que evidentemente es previa a las relaciones entre la mecánica clásica y la cuántica pero que parece que ni existiera.

Inteligencia natural e inteligencia artificial. En el colmo de la estupidez, ahora ya se quiere definir la inteligencia como la capacidad de hacer predicciones; como si no tuviéramos ya bastantes anteojeras. Pero esto es tan inevitable y natural como nuestra pretensión de reducir toda la economía al beneficio y olvidarse de explicar el beneficio mismo. Y luego está ya la ridícula monomanía de querer compararnos con un ordenador. Volveré a mentar al psicólogo Robert Epstein: no sólo no nacemos con «información, datos, reglas, software, conocimiento, vocabularios, representaciones, algoritmos, programas, modelos, memorias, imágenes, procesadores, subrutinas, codificadores, decodificadores, símbolos o búferes», sino que no los desarrollamos nunca. ¿Es necesario extenderse sobre este punto?

Basten estos botones de muestra sobre el cómo y el porqué hay algo, hay vida y hay conciencia, más un plus para el único principio de organización social hoy universalmente reconocido, la economía y el dinero. Especialmente curioso resulta que, a pesar de la furia positivista de nuestras ciencias, las disciplinas volcadas en la manipulación y la predicción —teorías de campos, genética- estén acompañadas de un suplemento descriptivo o contemplativo —cosmología, teoría de la evolución— para justificar su marco de acción y darle un sentido al significado y un significado al sentido. Es decir, los aspectos normativos de las leyes predictivas, como las ecuaciones fundamentales de la física o el dogma central de la biología con su secuencia causal, para que tengan algún espesor y conexión con el devenir real de las cosas necesitan un complemento apologético que es absolutamente fundamental para pasar del orden simbólico al imaginario y viceversa. Algo similar ocurre con la relación que se plantea entre la inteligencia natural y la artificial, o entre las idealizadas ecuaciones de la economía neoclásica y su imaginaria superposición con datos y estadísticas.

Podríamos haber añadido, entre otros muchos posibles, uno tan cercano para todos como la medicina, esa enferma incurable a pesar de los ríos de dinero que se le dedican o más bien precisamente por ellos. Seguimos sin tener nada parecido a una ciencia de la salud, la degeneración y el envejecimiento —ni siquiera existe una definición útil de la salud-, es mucho más rentable ampliar sin freno el arsenal de armas contra un número de enfermedades y dolencias virtualmente infinito. Ya mostramos en otros ensayos que una ciencia de la salud es en sí misma perfectamente viable, lo que no parece es compatible con los intereses económicos que ahora dirigen todo.

A la gente le cabe en la cabeza que tales intereses económicos hayan podido distorsionar gravemente campos como la medicina, la genética o cualquier otra cosa fuertemente relacionada con la industria. También puede estar dispuesta a aceptar sin demasiados problemas que la teoría económica es un camelo y un engendro aberrante dispuesto en todo momento a justificar lo injustificable; pero le cuesta más creer que tales distorsiones sean posibles en ramas tan «venerables» como la teoría de la evolución, o no digamos ya la física teórica, a pesar de que su carácter especulativo salta a la vista. Y el problema es que hay una combinación de una parte desaforadamente especulativa con otra parte extraordinariamente bien probada experimentalmente pero también extraordinariamente recortada sobre el fondo. Esta superposición es la principal responsable de nuestros espejismos.

Los tibios debates que ha habido en las últimas décadas sobre el holismo y el reduccionismo en la ciencia moderna han estado mal planteados desde el principio y han hecho un flaco favor a los que aspiran a superar los modernos «paradigmas». Pues la física moderna ya es global en sus planteamientos, y es local sólo en sus interpretaciones y aplicaciones, pero difícilmente puede ser llamada mecanicista. Las ciencias que hoy se deben a la complejidad se beneficiarían mucho más de la física si atendieran más a lo que hay presente en sus principios en vez de atender a las interpretaciones: incluso, quién lo iba a decir, en la medicina entendida como biomecánica.

Las modernas teorías cuánticas de campos, en las que campo y partícula son inseparables, parece que terminan hablando al final sólo de partículas y no de los primeros. Partículas puntuales, vale decir ideales, pues sabemos que la materia ha de tener extensión. La teoría de la partícula extendida no existe porque para empezar, y esto es algo que nunca se dice, es incompatible con una relatividad especial que sólo contempla la conservación local. Y sin embargo teníamos categorías para tratar esto incluso antes de que llegara Planck, en obras como las de Weber o Hertz. No se piense que esto es sólo una cuestión de fundamentos. Ya hoy las nanotecnologías tienen que confrontarse a diario con partículas con dimensiones, aunque bien poco le aproveche hoy a la teoría; pero no tardará en llegar el día en que entenderemos que aquí hay un fulcro para trocar el sentido y el significado de la física entera, pues aquí es donde se sitúa la línea de flotación por la que navega entre lo material y lo ideal.

Si esto afecta a la relación de la materia con el espacio, aún tenemos las más básicas cuentas pendientes en cuanto a la operación de la materia con respecto al tiempo y la causalidad. Tanto la mecánica clásica como la cuántica son reversibles pero la irreversibilidad termodinámica se contempla sólo como un accidente macroscópico, como apenas otra cosa que una ilusión. Es completamente inaceptable que la propiedad más básica que apreciamos en el mundo real quede caracterizada como un espejismo. ¿Y no sería en todo caso más bien al contrario? Lo interesante, tanto en la naturaleza como en el tiempo del hombre y su biología, es cómo se crean islas de reversibilidad a partir de un fondo irreversible, y no al revés. El día en que comprendamos esto habremos superado el fundamentalismo del tiempo lineal y acumulativo que es el supuesto básico de nuestra sociedad.

El mismo cálculo o análisis matemático, por más que haya recibido fundamentación desde Weierstrass, continúa siendo un método heurístico que sostiene supuestos simplemente inaceptables y depende de una colección de convenciones y recetas. Igual que en física, aquí las pruebas y demostraciones de consistencia sólo significan que se puede calcular —predecir- con ellos, no que los conceptos sean naturales ni legítimos. Una velocidad instantánea sigue siendo un imposible que la razón rechaza, y la teoría de los límites, sintética y no analítica, no ayuda en nada para esto. Lo único aceptable es partir del cálculo de diferencias finitas, rama por lo demás ya existente pero cuyas consecuencias están enteramente por depurar. Tampoco esto es sólo un problema de fundamentos puesto que atañe a cosas tan básicas como la teoría de la partícula extendida y a la relación entre lo reversible y la irreversibilidad. Nuestra actual idea del cálculo crea una ilusión de dominio sobre el infinito y el movimiento que naturalmente no puede sostenerse; pero el día en que esto cambie, en vez de utilizar la teoría de conjuntos para fundamentar el análisis, la estadística, el álgebra o la matemática discreta tal vez hagamos al contrario.

La comprensión de la función zeta de Riemann, surgida de la propia teoría de funciones antes que de cuestiones aritméticas, tendría que beneficiarse mucho de los puntos antedichos. Y lo importante aquí es la comprensión, no resolver la famosa conjetura. Un matemático muy conocido, de forma típica, dijo que si la conjetura fuera resuelta se entraría en el campo de los números primos como con un bulldozer; según esto habría ya planes de urbanización hasta para los infinitos números enteros. Ser más modestos ayudaría sin embargo a cambiar algo el mundo.

Físicos y matemáticos llevan mucho tiempo rascándose la cabeza pensando en la emergencia de esta misma función zeta en los espectros de niveles atómicos de energía. La distribución de la zeta está íntimamente ligada a la distribución de Zipf/Pareto que es tan ubicua en la naturaleza y con la que ya nos hemos encontrado de camino hasta aquí, y esta distribución de Zipf aparece igualmente en el grupo de renormalización común a toda la física de partículas. Por otro lado la «dinámica» asociada a la función es irreversible, ligada e inestable, y esto hace mucho más difícil identificar la conexión con unas teorías de campos que han evacuado o neutralizado de antemano ese tipo de signaturas. La zeta también permite regularizar y «desactivar» infinitos, la gran patología de la física moderna, dando valores finitos para expresiones aparentemente divergentes.

Los matemáticos aseguran incluso haber madurado el problema de la hipótesis de Riemann hasta el punto de que ya sólo les quedaría un gran y muy básico concepto faltante; aunque podría ser por el contrario que lo primero que hay que entender es la relación de la función con la física misma y el análisis. Lo que se echa en falta —incluso si no sirve para resolver la hipótesis- sería la comprensión de justo aquello a lo que se le bloquea el paso en la construcción de las teorías de campos, y cuya asunción volaría por los aires la idea que se tiene de todo el edificio. La zeta parece una inverosímil indicación de que estamos mirando el mundo del revés.

En economía sería absolutamente necesario empezar por una teoría del desequilibrio general, no la del equilibrio que ha demostrado ser manifiestamente falsa, aunque sea la clave de arco de la presente teoría neoclásica. Es evidente que el mercado no tiende a un «equilibrio benéfico para todos». Sin embargo el mercado es tan antiguo como la sociedad y sí que tiene numerosos efectos benéficos. Los problemas no siempre vienen de un déficit del papel del estado como única forma posible de compensación; muchos de ellos vienen de que los estados mismos y sus órganos ya están secuestrados y actúan en favor de los grandes agentes. El dinero mismo es el más importante de los secuestros, y habría que analizar la teoría del desequilibrio a la luz de un dinero público neutral y ajeno a los mecanismos compulsivos de deuda.

¿Economía cuántica? Parece una ocurrencia extravagante, y ya sabemos a qué ha conducido la imitación de la física por los economistas. Y sin embargo es una idea que merecería altamente la pena… si entendiéramos algo la mecánica cuántica, para empezar, y hubiéramos definido su conexión con la mecánica clásica y la termodinámica, naturalmente. Entonces, sí, podría hablarnos algo del mundo que nos es familiar. La incertidumbre y la indeterminación son realmente básicas en la economía y el dinero, pero ni siquiera en mecánica cuántica existe una relación única de indeterminación, sino muchas relaciones; así como hay otras indeterminaciones puramente clásicas. Si pudiéramos vincular estas relaciones con el concepto reflexivo de autoenergía y autointeracción de la electrodinámica, podríamos describir circuitos de realimentación como en cibernética o ecología, y habríamos dado un paso enorme, entre otros posibles, para vincular teorías fundamentales y teorías de la complejidad. A uno se le viene a la cabeza la teoría del dinero endógeno de Yamaguchi que une la teoría de sistemas, las ecuaciones diferenciales de la dinámica y la contabilidad. Pero ni siquiera reuniéndolo todo hay que pensar tanto en la predicción como en la clarificación conceptual.

El grupo de renormalización ya emerge naturalmente en el campo de la Inteligencia Artificial, que después de todo no es sino el producto aplicado (computación x estadística) a diferentes conjuntos de datos. Pero aquí tampoco se libra nadie del fatídico sesgo predictivo, puesto que se asume que ser inteligente es predecir. Sería interesante probar más bien lo contrario: no sé si la inteligencia, pero al menos la prudencia —que antes se llamaba sabiduría- nos viene de lo que podemos rastrear después de los hechos, como el tiempo por ejemplo, y no al revés. Intentémoslo, aunque sólo sea para poder apreciar en toda su amplitud el contraste y tener otra perspectiva que nos hace bastante más falta que la bendita predicción. Sabido es que los dioses para perder al hombre lo vuelven ciego, lo que no se sabe todavía es que ahora lo vuelven ciego gracias a las predicciones.

R. M. Kiehn acuñó en 1976 el término «determinismo retrodictivo»: «Parece que un sistema descrito por un campo tensorial puede ser estadísticamente predictivo, pero determinista en forma retrodictiva.» Esto vale de forma notoria para la misma electrodinámica que está en el origen de todas las teorías de campos, y para sus desviadas relaciones con la termodinámica. Tiene que existir otra forma de leer «el libro de la naturaleza» y esta forma no puede ser simplemente una inversión —no es simétrica o dual respecto de la evolución predictiva. La parte irreversible, disipativa del electromagnetismo parece estar incluida dentro de la covariancia intrínseca que las ecuaciones de Maxwell (y las de Weber extendidas a campos) muestran en el lenguaje de las formas diferenciales exteriores.

Nuestra cultura hipercinética se complementa a la perfección con el reino de la cantidad; a la matemática le corresponde, empezando por el cálculo mismo, desinvertir el movimiento en lo inmóvil, pero también lo cuantitativo en lo cualitativo y lo analítico en lo sintético. Habrá con todo que trocar el significado de estas palabras. Las mismas relaciones de indeterminación pueden envolver cualidades, igual que cabe retrotraer la función de onda de Schrödinger a su aritmetización de la teoría del color, tal como nos recuerda Mazilu. Hay relaciones inhomogéneas e impuras y relaciones homogéneas y puras, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo, y existe un largo camino por andar en esta dirección. Por otro lado la mezcla continua de planos ha ocasionado una acumulación de falsas ontologías —partículas, genes, etc- que son la moneda común de cambio de cada disciplina. Una partícula extendida no es un corpúsculo con determinadas dimensiones y otras entidades dentro, sino la más efímera —pero aún significativa- de las configuraciones. Se han hecho ímprobos y poco convincentes esfuerzos por demostrar cómo es estable la materia, cuando probablemente ni siquiera lo es.

El desarrollo juicioso de estas ideas tiene potencial de sobra para trastocar todas nuestras ideas del espacio, tiempo, movimiento y causalidad. Ahora bien, estos mismos conceptos básicos ya se habían volatilizado por completo en la física moderna perdiendo su significado y convirtiéndose en aspectos subjetivos de la interpretación. ¿En qué podría consistir ahora darle la vuelta al calcetín? Decir que las leyes de la naturaleza se caracterizan por conductas predecibles era algo razonable después de todo; decir que lo predecible constituye la Ley, así sin más, una aberración que ni siquiera la ciencia moderna puede materializar dada su permanente necesidad de teorías descriptivas suplementarias y apologéticas.

Así pues, ir más allá de la predicción en la esfera terciaria ahora limitada a la predicción augura, por lo pronto, un contacto genuino y no apologético con la esfera secundaria o descriptiva, eso que otros han llamado nuestro imaginario. En otra parte incluso hemos dado indicios de cómo esta esfera secundaria puede ponerse en contacto con la esfera primaria de nuestra percepción inmediata partiendo del elemental principio de homogeneidad o de las proporciones físicas, aunque aquí nos bastará con dejarlo apuntado. En vez de intentar penetrar sin fin en lo real, en la medida en que conectamos estas tres esferas podríamos penetrarnos de lo real incluyendo en ello nuestra propia actividad.

El camino de la predicción, como el del beneficio inmediato, está cada vez más agotado y sus rendimientos futuros van a ser cada vez más miserables. ¿Porqué forzar a cualquier precio las líneas de investigación hacia esta vía muerta? Ya es hora de despertar, este es el camino de los rezagados y los mediocres. Pero cuando hablamos del contacto legítimo entre la esfera de las leyes fundamentales y los procesos de formación y devenir de la naturaleza, también estamos hablando del contacto legítimo entre tales leyes y unas ciencias de la complejidad que hoy por hoy son un amasijo de estadística, teoría de la computación, y diversas ideas fragmentarias y divagaciones.

Por otro lado, sería toda una calamidad que la ciencia hiciera grandes avances en terrenos como los citados si se mantiene la misma dinámica de explotación y control que ahora la conduce. Aunque aún nos cueste creerlo, todo lo que ideamos para «predecir» la naturaleza acaba por afectar a la naturaleza humana y cada vez de forma más directa. El álgebra de tensores de la física, extendido a más dimensiones, sirve ahora rutinariamente para definir los parámetros de conducta de grandes poblaciones humanas, y para intentar modularlos y modificarlos. En ello están nuestros amistosos gigantes tecnológicos cuyos nombres todos conocemos. Y eso que los algoritmos actuales son, después de todo, cosas bastante primitivas y rudimentarias, con un margen de mejora muy amplio. Es parte de la mencionada paradoja: los márgenes de mejora amplios están al servicio del perfeccionamiento del cierre del sistema. ¿Quién habló de «sociedad abierta»?

En toda empresa humana hay principios, medios y fines. En física por ejemplo, el cálculo o predicción siempre tenía que haber sido el medio, pero se convirtió en el fin. El fin en física es la interpretación, que no es un mero lujo subjetivo o filosófico sino que nos da una representación dentro de la cual se inscriben las aplicaciones. Los principios pueden estar… al final y para justificar unos medios traslaticios, como en los propios Principia de Newton. Este deslizamiento e inversión, con la evacuación del papel de la interpretación, requería otro semicírculo para y recomponer y cerrar el anillo, y así tenemos la contraparte descriptiva de estas ciencias normativas, su suplemento apologético o ideológico, que permite crear la nueva normalidad del imaginario moviéndose en un círculo virtuoso. Sin este suplemento, esas ciencias tan aparentemente duras y positivistas nos parecerían las más huecas abstracciones. En ciencia hay un doble circuito y una doble circulación, de forma muy similar a como en nuestro sistema monetario hay un doble circuito y una doble circulación del dinero, con un dinero legal emitido por los bancos y un circulante imaginario dependiente del crédito. No se trata de una vana analogía.

Si ya admitimos que los grandes monopolios tecnológicos han tomado sobre sí la tarea de dar forma al conocimiento colectivo, no sé cómo podríamos negar que ya existe toda una estrategia para esa parte del conocimiento colectivo que está más estructurada, la ciencia precisamente, y de cuyo seno siguen extrayendo valor estos monstruos. Esto no empezó ayer, comenzó en la época de la creación del Banco de Inglaterra y la Royal Society de Newton, los años en torno a 1700 en que Polanyi sitúa la Gran Transformación. Claro que hemos recorrido todo un camino desde entonces.

Las grandes instituciones que hoy controlan la producción de conocimiento científico a nivel mundial, casi todas ellas en territorio anglosajón, son el mayor obstáculo imaginable para un desarrollo libre de la ciencia. Desde Bacon y su Casa de Salomón el poder ha sobrepujado por completo a la verdad, y desde Newton la matemática y el intelecto se han puesto al servicio de la utilidad, el principio se ha convertido en Ley, lo intemporal se volcó en lo temporal y Atenas terminó siendo Jerusalén. No es del todo casualidad que una buena parte de los escritos teológicos del físico inglés estén ahora en la Biblioteca Nacional de Israel en la ciudad santa de las tres religiones del Libro.

Debemos comprender que otro mundo no es posible si somos incapaces de concebir otra ciencia, pues es con la ciencia que recreamos y concebimos nuestro mundo. Efectivamente, se trata para empezar de concebir otra forma de ciencia, antes que desarrollarla. La que tenemos ya está de sobra desarrollada y llegó a la edad provecta. Sin embargo, como en el caso de la mutación monetaria —pues no se trata ni de restauración ni reforma-, la mutación de la ciencia nos deja en la mayor de las incertidumbres con respecto a su virtualidad y a qué se seguiría con ella. Y ocurre que, como en una economía en la que no prima el beneficio, en una ciencia en la que no prima lo predictivo se suspende la compulsiva necesidad de ciclos y revoluciones y, paradójicamente, se está más por recuperar la continuidad que éstas hicieron imposible aunque sólo en la superficie. Pues las revoluciones están siempre en la superficie de la historia, en la orilla donde rompen sus olas.

¿Por qué hoy parece inconcebible la transformación de arriba abajo de la ciencia? Por el doble circuito que administra sus verdades y sus falsedades. Bastará unirlos en uno sólo —y desagregar lo que ahora está ilegítimamente unido, como en los bancos- para que empecemos a ver rápidamente lo que sobra y lo que falta. A pesar de lo lentos que se mueven los molinos del conocimiento, esto no necesita mucho tiempo, porque ya ha madurado durante mucho tiempo. Es sólo desde la posición actual que no se puede cosechar, que no podemos heredar nuestra propia herencia. Aprovechémoslo para dar el golpe de timón.

Quisiera invitar a los hombres y mujeres de ciencia a que se rebelen decididamente contra un sistema y una visión de la naturaleza de una inmoralidad profundas; un sistema optimizado para ignorar todo lo inconveniente y que por tanto, a pesar de sus pretensiones de exploración sin límites del mundo, lo está estrechando y reduciendo cada día más. Debe tenerse presente que lo más importante para la transmutación de los valores de la ciencia no puede depender de los grandes presupuestos ni las jerarquías que hoy dominan los discursos. Aquí como en todo, la claridad de visión ha de prevalecer sobre el punto ciego del poder.

Además, en una economía de guerra —y la ingeniería del conocimiento es un aspecto esencial de esa guerra- siempre se ensancha aún mucho más la distancia entre lo que se hace y lo que se dice. Que una buena parte de lo que hoy se hace está en flagrante conflicto con lo que se publica es lo último que nos podría sorprender en una época de proyectos encubiertos, secretos militares, espionaje industrial, experimentos genéticos y relaciones públicas. De lo que se trata siempre es de controlar la opinión y minimizar la producción de las potencias rivales. Las teorías consagradas y sus estándares bien pueden entorpecer y servir de pantalla a lo que realmente se hace, y los investigadores no son unos recién llegados a este tipo de intrigas en las que siempre han sido muy duchos.

En cuanto a las tecnologías aisladas del hombre, que aquí preferimos no tratar, la virtud está en simplificar todo lo que se pueda sin ocultar la complejidad, lo que ya de por sí plantea suficientes desafíos. Hoy se espera y desespera de un relevo tecnológico salvador para activar la economía e iniciar una nueva onda larga de Kondratiev que aliente a su vez otras encantadoras burbujas; y con estas o parecidas esperanzas se habla de la 5G y la internet de las cosas. Pero todo esto tiene mucho más de proceso de cierre que de apertura. ¿Saben qué tecnología sería mucho más rompedora que todas esas cosas del último minuto? Devolver el poder del dinero a la gente tal como proponemos. Los cambios que sólo dependen de la complejidad son fracasos para el hombre, cuando no catástrofes.

Desde el big data se habla con Anderson de que «la correlación reemplaza a la causación», como si fuera el no va más en eso de romper las amarras con todo el pasado conocido. Pero ocurre que a la física positivista nunca le importó la causación ni la mecánica, ni por lo demás se ha preocupado de conservar la homogeneidad en las cantidades de sus ecuaciones —la pureza de relaciones. Como de costumbre, un movimiento aparentemente revolucionario no hace sino mezclar aún más cosas que ya estaban mezcladas, sin por lo demás separar ni clarificar nada. Se perpetua así la lógica del doble circuito al servicio de la confusión.

Con el triunfo del liberalismo en la última década del siglo XX se habló del fin de la Historia y la plenitud de los tiempos, aunque tal vez lo que se abría ante nosotros era más bien la plenitud de la descomposición. Ya sólo iban a quedar pequeños detalles para completar el Libro: una teoría unificada del universo entero, la modificación genética del hombre, el apetecible fruto de la inmortalidad; naderías que sin embargo se hacen esperar demasiado para un hombre que ya no se conforma con menos que todo y pronto. Y que me temo tendrán que esperar mucho más allá del deceso de este régimen global corrupto, pues ha demostrado que con todo su apabullante despliegue no tiene ni siquiera el mínimo de intuición para saber qué pensar de esas cuestiones. Por fortuna para nosotros. Alargad la mano hacia la dorada manzana todo lo que queráis; no habéis nacido para tocarla.

Religiones del Libro

Las tres grandes religiones del Libro modernas tal vez no sean las que uno tiene en mente cuando piensa en Jerusalén, sino más bien el liberalismo, el marxismo y la religión del progreso científico, que se las arreglaron para encontrar su centro de cristalización e irradiación en Londres. El liberalismo y la ciencia cristalizaron simultáneamente, y más tarde el marxismo se ha presentado como la diametral antítesis del liberalismo, sin dejar de jugar en su terreno, y sin hacer prácticamente mella en su cosmovisión científica.

Lo que caracteriza a estas tres nuevas religiones, vuelco o inversión de las anteriores, es su fe en la salvación dentro de este mundo en contraste con la salvación ultramundana; son por tanto religiones mundanas, religiones de la redención dentro de la sociedad. Naturalmente, hablamos del liberalismo como la evolución secular de la reforma protestante. Si la ciencia y el capitalismo liberal se abonaron desde el comienzo y de la forma más descaradamente práctica al aprovechamiento del reino de lo posible —se actúa porque se puede, porque nada nos lo impide-, el marxismo quedó atrapado en el dominio harto más estrecho de la necesidad —se actúa o no se actúa porque es inevitable-, lo que desde el comienzo la relegó a un mesianismo que debía ensanchar sus bases con la proletarización de los pobres.

Las tres fes se apoyan en una misma lógica inexorable de la acumulación en el tiempo, lo que, dicho sea de paso, más que tener fe es jugar sobre seguro aunque nunca se conozcan los plazos. El conocimiento se acumula, la riqueza se acumula, las contradicciones y problemas se acumulan. El triunfo global y manifiesto del capitalismo hace que toda la culpa sobre el estado del mundo recaiga sobre él, no dejándole más que marginales y poco creíbles excusas. Libre de responsabilidades, aunque con una credibilidad harto menguada, el marxismo ha vuelto a pasar a la oposición. ¿Y qué hay de la ciencia entretanto? La ciencia por supuesto sigue al servicio del capitalismo y su cosmovisión, como lo ha estado siempre; pero el marxismo no llegó muy lejos discutiendo su método.

Siendo estrictamente coetáneos, que el espíritu de la ciencia ahora no importe más allá de su cosecha tecnológica —que esté muerto, en una palabra- ya nos dice bastante de lo vivo que pueda estar el espíritu del capitalismo. Pues este «espíritu», en una como en otro, presupone la autonomía con respecto a su creación. Pero nada de esto es ya el caso. Si el marxismo a su vez desea ver muerto a su rival, pero es incapaz de advertir la muerte de la búsqueda de la verdad, demuestra que no está menos muerto tampoco. Critica la acumulación pero espera darse con ella el gran banquete al final de la Historia, a cabalgar como si fuera su jaca.

La verdad es que cuesta imaginarse revolucionarios con tarjeta de crédito, pero aunque así fuera, ¿cómo habría de surgir un hombre nuevo cambiando las relaciones de producción si al final producimos las mismas cosas? ¿Cómo adueñarse de la inercia y de esta deriva si apenas se tiene otra idea que remedar el desarrollo en los países menos industrializados? ¿Planificar el decrecimiento? Eso es una completa necedad. Lo único sensato a lo que cabe aspirar es a que no haya una necesidad artificial de crecimiento como con el dinero-deuda actual; el mero hecho de que se hable de cosas como esa en nombre de la naturaleza sólo demuestra que no se entiende que la naturaleza está igualmente dentro de nosotros. Es oyendo cosas como estas cosas que la gente dice: «El diablo tiene razón: está más claro que el agua que no hay alternativa».

No seguiré por aquí puesto que, al menos para uno, la principal batalla no está en los mecanismos de poder ni en la ubicua socialización sino en lo que se le escapa; incluso sabiendo de antemano que cualquier espacio nuevo que se abra está condenado a ser pasto para los diversos instintos y apetitos. Sí, todo es social y sí, todo es político, pero no es sólo social ni es sólo político, y es eso último lo que a algunos más nos interesa.

Las religiones antiguas ya eran lo bastante conscientes de la prisión social en la que vive el ser humano, y justamente lo que ofrecían era una vía de escape, aunque no hay ni que decir que ellas mismas se convirtieron en grandes estructuras de poder y de opresión. Por otra parte, los marxistas estarían menos furiosos si sopesaran hasta qué punto la socialización de toda la existencia es también un triunfo suyo, aunque naturalmente no estén muy dispuestos a admitirlo. Finalmente, no sé si se comprende lo bastante que el plus que ofrece el dinero y la propiedad para las élites —y para todo el mundo- más allá del poder, consiste en su promesa de aislarse de lo social, incluso si no se contempla a las masas como chusma. Señuelo que ha de quedar más o menos frustrado por diversas razones, como la cortedad de miras, o la más apremiante de que el karma del dinero, que es el tiempo de los demás, no perdona.

El proceso irreversible de acumulación, fundado en intercambios supuestamente reversibles, nos lleva de cabeza hacia la desactivación, que puede adoptar tres formas: la catástrofe, la muerte lenta, o la transformación en profundidad o transmutación. Para las dos primeras ya tenemos mil rutas, está por ver si tenemos algún argumento sólido para lograr la tercera.

Sin embargo, en cualquiera de los tres casos tenemos un conflicto vivo de intenciones y direcciones, entre seguir hacia adelante y retroceder que es tan característico de esta época y de los años que se avecinan como lo ha sido siempre de cualquier periodo de crisis y fractura. Este conflicto se revela también en toda la constelación que fulgura en torno al tema del dinero soberano o la recuperación de la ciencia, sin embargo, aquí al menos hay un potencial creador y creativo que equilibra los aspectos necesariamente destructivos y que no se aprecia en el resto de opciones, penetradas de derrotismo hasta el tuétano.

Es este torbellino del tiempo en nuestra turbulenta ruta hacia el caos el que se está amplificando en nuestra conciencia. Incluso podríamos decir que ese aparente moverse en la línea del tiempo no es otra cosa que ese zoom o amplificación. En cierto sentido, estaría ya siempre presente como indeterminado, y ahora como siempre sólo se está especificando. El misterio del tiempo es que el pasado existe más allá de nuestro poder, pero sólo por nuestra actividad o falta de ella se puede encender su sintonía.

Hoy nada de lo que se dirige a alguna parte tiene fuerzas para llegar a parte alguna; sería el momento para atender más a la vertical que no da pistas sobre puntos cardinales ni direcciones. Y si todos sentimos la creciente tensión e indecisión entre el pasado y el futuro, tal vez en ninguna parte se refleje tanto eso como en Israel, aunque como buen reflejo, allí tenga más bien el sentido inverso de presión.

Que Israel supone ahora mismo en el mundo una inversión de su campo de fuerzas lo muestra el hecho de que es el único nacionalismo en ascenso dentro del náufrago archipiélago de las naciones. Por supuesto, hoy existen por doquier intentos de avivar la llama nacionalista dentro de un orden internacional en plena crisis, pero todos carecen de suficiente convicción porque todos están atrapados por el mercado. Esto, por lo que se ve, no es suficiente para moderar la posición de Israel. Lo cual puede tener varias lecturas, además de la más obvia; en cualquier caso, el juicio de Yeshayahu Leibovitz —tal vez el primero en usar el término judeo-nazi- sigue siendo el más íntimamente acertado: los israelitas han abandonado su religión en favor de una religión nueva, el culto a su estado y al Judío superviviente del Holocausto.

Sin duda un nacionalismo con tan pocas fisuras ha de parecer admirable y envidiable para muchos de los que miran con nostalgia al pasado. Pero el sionismo moderno es algo más que un caso particular entre otros: es la única fuerza capaz de hacer que el siempre oportunista liberalismo termine abrazando el milenarismo, y el capitalismo, al apocalipsis. El círculo que se abría con los puritanos de Cromwell y los afanes de Ben Israel se cierra y se consuma: los judíos abandonan su espera mesiánica y la vuelcan en su estado; y los antiguos puritanos que habían volcado al espíritu en lo mundano cada vez cifran más sus esperanzas en que este mundo acabe lo antes posible. Bien puede decirse que las aberraciones conocidas como sionismo, integrismo islámico y evangelismo resultan del fuego cruzado entre las tres antiguas y las tres nuevas religiones.

«El judío, la serpiente, y el oro», dijo Jünger, tres misterios en uno solo. Y como, indudablemente, la apelación a «el judío» ha servido siempre para personificar algo que resulta misterioso, intentaremos dejar la personificación de lado y sustituirla por otras incógnitas más manejables. Podríamos haber sustituido el dicho por «el tiempo, el dinero, y el capital» y tendríamos un hueso igual de duro de roer.

Pues parece claro que el dinero y el capital son cosas sobremanera diferentes a pesar de que puedan equiparse; el dinero nos habla de lo que circula, y el capital de lo que se acumula. Sólo si todo el dinero se acumulara podría hablarse de un «truco de circulación», lo que es un contrasentido evidente incluso en el caso del patrón oro, que sin embargo permite contrastar el problema. Incluso hoy hay países como China o Rusia que maniobran para respaldar sus monedas con oro en el caso probable de que rompan sus compromisos con el dólar. El oro apuesta por una política de escasez y es sin duda retrógrado, pero eso no impide que sea una alternativa momentánea válida si quiebra el sistema monetario mundial.

Naturalmente se trata de emergencias antes que de tentativas restauradoras, y estamos muy condicionados para pensar que se trata de reflejos regresivos. Sin embargo el tema del oro plantea otras cuestiones interesantes sobre la tecnología y esa tremenda idea de la aceleración del tiempo y de los tiempos naturales que, según la observación de Eliade, fue introducida por los alquimistas. Hoy por ejemplo las cadenas de bloques y los medios electrónicos hacen más viable que nunca el dinero público y los dineros privados, así como su convergencia o divergencia; de eso no cabe duda. Sin embargo, la cuestión de la soberanía, que por supuesto siempre es algo relativo y problemático, está también íntimamente conectada con la cuestión de hasta qué punto algo así depende exclusivamente de esas tecnologías y es rehén de ellas o puede revertirse sin demasiados problemas hacia estadios más primitivos de la evolución monetaria: billetes, oro, notas, metales, cestos de monedas o de bienes, agentes cambiarios, conchas o lo que fuera. Parece un mero truismo que los sistemas más robustos tendrán que ser los que menos dependan de unas condiciones técnicas específicas; y lo mismo puede decirse de cualquier otra demanda o postulado emancipador, del que para saber cuán universal es habría que ver qué tal tolera el cambio de condiciones. Esto sería una forma de tomarle la medida al contexto sin ceder a su tiranía ni a sus chantajes. En el caso del dinero, está claro que la práctica manda.

Según este criterio, un cambio sería tanto más deseable cuando menos necesario o forzado sea desde el punto de vista de las condiciones materiales. O, en caso de que parezca forzado, en la medida en que pueda revertir su situación y operar en otras condiciones materiales con menor grado de interdependencia. También esto mide el grado de renovación o regeneración en el seno de la innovación, pues lejos de necesariamente regresivo también pude ser el mejor indicador de superación de una inercia. En definitiva, hoy que tanto se acaricia el concepto de resiliencia, se trata de ver cuánto dan de sí los principios de simplificación y reversibilidad aplicados a los usos y prácticas humanas. Puesto que nos acercamos a una fase de caos monetario —esperemos que creativo- no van a faltar las oportunidades de experimentar las interacciones entre dineros públicos y privados en distintos soportes.

Si, como dice Badiou, la abstracción monetaria es la única forma reconocida de universalidad, estamos obligados al menos a sacar la lección bien aprendida, o no tenemos remedio. Sólo recuperando ese poder cabe desmitificarlo y devolverle el colorido habitual de lo profano. Pues el dinero es el espíritu mismo de lo profano sacralizado tan sólo al ser enajenado de los mismos que lo crean, le dan valor y lo hacen circular.

Schumpeter decía que el marxismo parecía superior al capitalismo especialmente a los ojos de los intelectuales, que justamente son los que tienen la relación más «abstracta» con el dinero. A esta presunta superioridad moral de no estar envueltos en el mundo real, a la que apelaron tantos marxistas, le ha acompañado siempre una clínica aversión por el funcionamiento, no ya del capital, sobre el que no han dejado nunca de elaborar, sino del dinero, cuyos detalles han ignorado como por principio. Nada podría ser menos casual. Puesto que los maestros del dinero encarnarían esa inteligencia granburguesa que efectivamente mueve el mundo y es la gran rival del intelectual desocupado.

Sin embargo las gentes siempre han preferido adorar a esa inteligencia que mueve el mundo que a la de un motor inmóvil que a pesar de todo no puede quedarse quieto, del mismo modo que han preferido dejar de ser proletarios a ser proletarizados por igual desde la izquierda y desde la derecha. Y, otra cosa que el marxismo nunca supo entender, han adorado precisamente y ante todo su intrascendente brillo profano, pues ya se sabe que no todo el mundo está hecho para creer.

El fin del dinero-deuda bancario y su vuelta a las esferas pública y privada supondría acabar con el aura que todavía hoy el dinero tiene y que no puede responder a otra razón que la ignorancia de su funcionamiento y el escamoteo de su poder. Aunque pueda llevar su tiempo tomar contacto con esta parte de la conciencia social sustraída, es de esperar que con el uso el entusiasmo remita a cierta desencantada normalidad, que sería lo más deseable si es que queremos ocupar nuestro espíritu en otras cosas.

El marxismo siempre tuvo razón al insistir en que el dinero es tiempo de trabajo invertido; el dinero no es ni puede ser algo exterior a los mecanismos sociales de creación de valor. Pero en esto hay que incluir también el trabajo y el rendimiento de la propia esfera monetaria en el funcionamiento y eficiencia de todo el sistema, que no es una pequeña parte del todo. Un cuerpo no es sólo músculo, y si el cerebro es el órgano que más sangre necesita también es por algo.

Si un lector de los años previos a la eclosión de la era científica, alguien que leyera a Paracelso o a Böhme, hubiera sabido de nuestros desvelos y abstracciones, probablemente hubiera dicho que la tierra, el trabajo y el dinero, que vienen a corresponderse con los tres sectores tradicionales de la economía, son la sal, el azufre y el mercurio del compuesto social. Un teólogo de esta época, o incluso del medievo, hubiera dicho que son su cuerpo, su alma y su espíritu. Mucho se discutió entre atanores y tratados si los tres eran aislables, si tenían entidad propia o si eso era nada más que un espejismo y sólo «coexistían», lo que aún parecía más problemático. Las actuales disputas económicas siguen siendo variaciones de ese mismo tema, por más prestigios cuantitativos que le hayamos añadido. Y de hecho, sabemos a ciencia cierta que la parte más cuantitativa de la economía, la doctrina neoclásica, es a menudo la más falsa.

Esta visión, la de que hay principios que no se pueden descomponer, todavía predominaba en la química de la época de Newton, que aún por entonces era la ciencia de los procesos y transformaciones de la naturaleza por excelencia, y no una física que hasta para el mismo físico inglés sólo podía conformarse con descubrir ciertas leyes regulares. Su Óptica en particular era el primer gran intento de robarle a la cualidad su cantidad, pues no hay motivos para pensar que la gravedad sea más universal que la luz.

Llegó luego la culminante tentativa de Hegel en la que todo se resuelve en distintos momentos del sujeto: el ser en sí, el ser fuera de sí, y el ser para sí. De ahí extrajeron su inspiración desde el marxismo o la lógica pragmática de Peirce a los interesantes malabarismos de Lacan o Zizek, articulados ahora como lo real, lo imaginario y lo simbólico.

Sin embargo, ninguna de estas ejercitaciones del espíritu puede compararse en simplicidad, atrevimiento y genialidad con el experimento crucial de los viejos artistas del fuego, esos que se llamaban a sí mismos Filósofos: encerrar un determinado sujeto mineral herméticamente cerrado y dejar que él sólo se descomponga, se limpie, se recomponga y se exalte. En definitiva, más que hacer trabajar a la naturaleza, averiguar por la experiencia en qué le gusta trabajar a ella cuando las circunstancias no le son desfavorables. El avaro, el economista y el ingeniero social han buscado por todos sus desesperados medios algo parecido a ese círculo virtuoso, sin acertar nunca a preguntarle al incógnito sujeto por sus propias inclinaciones.

Había no pocas cosas de interés en las relaciones que tan certeramente y fuera de ulteriores consideraciones planteaban: que nada se mueve si no es por desequilibrio, que el espíritu del compuesto es femenino pero que su circulación determina los límites de lo mecánico, que el alma y vida del compuesto es masculina pero está atrapada y sofocada, y un largo etcétera de tópicos que son tan contrarios a nuestros tópicos de hoy que, más que «un espejo en que mirarnos», parecen un espejo que nos mira.

Desde este punto de vista un tanto «endógeno», aunque a su manera, un dinero puramente neutral o indiferente tampoco podría circular; para existir tiene ya que incorporar sus propios desequilibrios o ser un producto de ellos. Pero en un sentido más laxo, es admisible llamar dinero neutral a uno que no favorezca la acumulación sobre la circulación. El patrón oro lo favorecía; pero el dinero-deuda moderno aún la ha favorecido más. ¿De qué sirve representar al espíritu si no se es imparcial? Esa neutralidad que se traduce en objetividad es la única superioridad del espíritu, de hecho es lo que hace al espíritu; si no la guarda, él solo se destituye.

Y en efecto el espíritu femenino sólo desciende y se eleva en busca de equilibrio. Se ha usado de tarde en tarde la expresión «la alquimia del capital», pero no hace falta gran imaginación para figurarse que el afán de la naturaleza es todo lo contrario de la acumulación por extracción y por desigualdad. Las mañas del hombre y la fuerza intrínseca de las cosas no pueden ser más contrarios. La naturaleza aumenta su potencia por la homogeneidad de sus partes; las leyes de potencias, como la de Pareto, suponen un proceso de diversificación y restricción, y por ende de envejecimiento.

Es decir, la evolución de las leyes de potencias en el tiempo, si no implican redistribución sin condiciones ni canales específicos, comportan una restricción creciente y consecuentemente su creciente fragilización: no es en nada diferente del proceso de envejecimiento que podemos apreciar en nuestros semejantes y en nosotros mismos, así que no puede estar más en nuestra cara. Y aunque estoy hablando de algo que matemáticamente no se ha demostrado, no se necesita ninguna demostración porque tendría que resultar evidente. Tanto estudiar la complejidad para no ver estas cosas, que al menos si captó algún gran hombre de ciencia como Ramón Margalef.

Claro que el camino de la naturaleza del que hablaban los viejos Filósofos no es este tan natural del envejecimiento sino por el contrario el de su retrogradación, partiendo eso sí de la descomposición y total destrucción del compuesto; el espíritu que lo limita como su forma visible, y que se haya secuestrado en la circulación, es el mismo que precipita la putrefacción cuando lo abandona. Según este presupuesto, toda la naturaleza perecedera es ya naturaleza congelada, atrapada en su propio círculo mínimo. Si para Galileo la naturaleza era un libro escrito en lengua matemática y para Descartes la mente era un espejo de la naturaleza, para ellos, tal vez más perspicaces, la naturaleza ha sido siempre el espejo de la mente. Incluso nuestras mentes encerradas no pueden dejar de percibir circunstancias muy diferentes en lo mismo.

Hablamos pues del misterio de la serpiente que se intoxica con su propio veneno y también puede autoeliminarse. El animal que ya tenía forma antes de ser criatura, es, en el compuesto social, el dinero mismo, que también representa a su espíritu. Naturalmente, si hablamos de tres principios distintos es para articular un poco lo inarticulado, que no es el monstruo social sino lo anterior a él; pero nadie negará al menos que en lo social y en lo económico, como en los organismos, operan principios de diferenciación.

«El tiempo, el dinero y el capital». Time is money, dicen los anglosajones, que alternativamente también dicen time is gold. Pero el capital puede drogar al dinero, así como las inyecciones de dinero son el único remedio que hoy encuentra el adicto capital. Idealmente, con el dinero, el crédito y la inversión se puede marcar el tempo de la economía, siempre que haya un retorno en forma de ingresos, consumo e impuestos. Pero la iniciativa colectiva que partía del establecimiento del dinero como su espacio natural ha desaparecido, pues la misma Reserva Federal hoy imperante carece en realidad de autonomía, estando simplemente al servicio de la oligarquía y su sistema de succión. Puesto que su principio presuntamente autónomo ha dejado manifiestamente de serlo, lo que cabe esperar es su descomposición acelerada.

Sólo librándose de sus oligarcas tiene hoy una nación alguna posibilidad de subsistir. La transmutación del sistema monetario cambiaría totalmente el tiempo y tiempos del compuesto social de la forma menos violenta que quepa concebir; pero si no se recupera cierta autonomía a tiempo, la creciente fragilidad estructural exhibida en la desigualdad precipitará la caída rápidamente. Sabido es que la bancarrota se fragua poco a poco pero se declara de repente. Por supuesto, el hundimiento a cámara lenta ya lo estamos viviendo.

Por más que hablemos tanto de ello, realmente nadie está preparado para que lo que ha funcionado toda nuestra vida deje de repente de funcionar. Mucho menos aún todos los que acarician la quiebra del capitalismo, y que ahora serían incapaces de hacer funcionar nada. En las revoluciones rusa o china aún había gente capaz de sacar adelante las cosas dentro de un contexto de enorme atraso general; pero la izquierda patrocinada de hoy se hace un lío hasta con un falso problema de identidad. El derrumbamiento que está sobre nosotros demandará soluciones prácticas y casi inmediatas, pues de lo que hablaremos entonces será de supervivencia.

Así que los que hablan todavía de tomar el Palacio de Invierno muy probablemente se van a encontrar con un panorama muy diferente de una revolución. Por supuesto que, como nos recuerda Charles Hugh Smith, las élites tampoco son capaces ni por un momento de imaginarse un mundo en el que las cosas no funcionen como hasta ahora. Si internet surgió para sobrevivir a un ataque nuclear y estamos todo el día en ella ya sabemos lo que tenemos que hacer: aplicar su lógica tanto dentro como sobre todo fuera de la red. Es decir, descentralizarlo todo tanto como sea posible: el dinero, «el capital, el poder político y el control de los recursos». Élites y centralización son términos sinónimos.

La capacidad de descentralizar sus estructuras y cuadros de mando o decisión y de hacerlas menos dependientes de una tecnología específica, es lo que determinará el grado de resiliencia de las naciones y el tejido social. Algunos países previsores y dados a la planificación, como por ejemplo China, pueden intentar soluciones mixtas manteniendo las jerarquías y negociando a conveniencia la descentralización y participación popular en su espacio interno. Si el Chile de Allende y el proyecto Cybersyn ya iban en esa dirección, no es difícil de imaginar todo lo que pueden evolucionar modelos de este tipo en países conformados por una ética confuciana y que ya tienen mandos al cargo de los problemas un poco a la altura de su complejidad. En casos así el circuito de control cibernético pondría a su servicio la realimentación de la serpiente monetaria.

En lo técnico este tipo de realimentación no dista gran cosa del bucle a cerrar por los monopolios globales norteamericanos, con la enorme salvedad de que estos últimos sólo se ponen al servicio de la ganancia y los cuadros políticos de un «socialismo de mercado» como el chino siempre intentan mantener un equilibrio. Tendrían así un margen de estabilidad y supervivencia superior, permaneciendo la formidable incógnita que en este tipo de modelos supone el ser rehén de la tecnología.

En el Occidente plagado de fuerzas centrífugas esto no parece viable ni deseable; habría que pensar más bien en el socialismo de mercado original que tuvo su primera formulación en Proudhon. El artesano autodidacta de Besanzón ignoró cuanto pudo la importancia decisiva del estado pero incluso en aquel tiempo ya vio claramente lo básico que era el dinero y el crédito para el mutualismo; y esto se reafirma en una economía como la actual que depende más del crédito que de los salarios.

Si las élites de los países occidentales tuvieran más conciencia del probable colapso, seguramente tratarían de negociar a partir de los dilemas monetarios planteados en la primera parte de este ensayo; pero a día de hoy ni ellos ni la ciudadanía se toman en serio, ni el tema del colapso, ni la decisiva alternativa monetaria con su complejo fuego cruzado.

Algunos países pueden servir de modelo a otros países, y algunas monedas pueden marcar a otras la pauta así como ciertos tipos de células y redes sociales del mundo real pueden ser semillas de futuro para otras organizaciones autónomas. Si queríamos modernidad y la modernidad es experimentación no nos faltarán ni de la una ni de la otra en el caso de que vivamos para contarlo. Claro que en esta silla del dentista hasta al tiempo de la modernidad le duelen las muelas.

Dos generaciones más tarde de la gran guerra parece que hemos agotado el mérito elevado al cielo por ese tremendo sacrificio del que siempre hemos vivido. Todo parece indicar que no vamos a poder vivir más de eso y que habrá que hacer méritos nuevos incluso sólo para no perecer, no digamos ya para crear un mundo nuevo. Esto, que es válido para todos, no se aplica a todos por igual porque ya hay demasiados que están pagando con su sangre el nuevo sacrificio.

La entera idea progresista del perfeccionamiento gradual del hombre y de la historia como serie de fases de emancipación es rehén de la tecnología y de una creciente dependencia que es lo contrario de la emancipación. El contrapeso a esa flagrante contradicción tiene que ser la atomización y el repliegue en la singularidad individual, que sólo se ve enriquecida en el sentido de tragárselo todo. Desde el nominalismo el triunfo de lo social y la exaltación de lo individual van de la mano; si no hay exaltación el tejido social se deprime y sus células dejan de reproducirse. El progresismo sigue asumiendo que la modernidad capitalista es un gran avance sobre una sociedad medieval tildada de oscurantista, a pesar de que sus burgos nos siguen mostrando, incluso con todas las leyendas negras vertidas, un increíble dinamismo, una gran presencia de espíritu y un sistema monetario mucho más equitativo que el actual. De este modo el progresista no puede dejar de mostrar de quién es deudor y cómplice.

Por sólo poner un ejemplo, hoy sabemos que en torno al año mil no hubo ni histeria ni temor ni milenarismo de ningún tipo, algo que sin embargo fue un azote en torno al 1600 cuando afinaban sus instrumentos Kepler o Galileo, o incluso todavía en el Londres del mirífico 1666 o en cualquier parte en 1999. No hace falta pensar que la edad media fuera ninguna edad de oro, incluso si le debemos mucho más de lo que creemos; el problema es que estemos tan necesitados de creer que fue mucho peor que nuestra época.

Un autoperfeccionamiento social de estilo cibernético con su propio bucle de realimentación como el antes mencionado nos parece opresivo y claustrofóbico; sin embargo la creencia en un autoperfeccionamiento del hombre en la sociedad en nada importante difiere de lo primero: en ambos casos se trata de no dejar correr el aire, de estrechar los anillos de la serpiente del tiempo para que se cierre aún más sobre nosotros. Y es que nuestra idea de un tiempo lineal coexiste con un tiempo circular más amplio nos interese o no saberlo.

China tiene por otra parte la enorme ventaja, que no dejará de aprovechar, de que la recepción que ha hecho de la ciencia moderna es puramente utilitaria y sin mayores compromisos ni raíces en su imaginario; es decir, le sobra todo lo que en la ciencia occidental es espurio sin que nosotros mismos lo sepamos, pues a pesar del relato de libre exploración no hemos acertado a trascender la utilidad. Tanto para ellos como para nosotros, la búsqueda de la verdad científica necesita reorientar por completo su método, y llegará tan lejos como el criterio utilitario permita. Una vez más el árbol de la ciencia del bien y del mal nos distrae del árbol de la vida.

El mito occidental del superhombre, acierta en esto la malicia de Geidar Dzhemal, no es algo que venga de finales del XIX, sino de mucho más atrás, de los tiempos del pseudohermético «Discurso sobre la dignidad humana» de Pico, manifiesto del Renacimiento y precedente de la «declaración de los de los derechos del hombre y el ciudadano» de la Revolución Francesa y el famoso manifiesto comunista. El mismo Corpus Hermeticum pergeñado por su tutor Ficino al amparo de los Medici es un vano y fatuo ejercicio de retórica renacentista capaz de aburrir a las más bienpensantes ovejas si los comparamos con los oscuros y tres veces sellados escritos de los verdaderos artistas, tan bien calculados para extraviar al necio, inspirar al niño y alentar en su trabajo al trabajador. Sin embargo las vacuas generalidades de los humanistas inflamaron la imaginación e «impregnaron la ‘espiritualidad’ europea con la semilla de hierro de la voluntad de poder», en el más claro ejemplo de inversión de lo general y lo particular y con la incitación del más lento, delicado trueque de inteligencia y voluntad. Claro que, más que al superhombre, a lo que se parece cada vez más lo que va saliendo del gigantesco circuito de la destilación social es a un homúnculo.

A principios del XIX, la recreación de Goethe sobre la relación entre el fatuo Fausto y Mefistófeles, la de Grimm entre la hija del molinero y Rumpelstintkin, y la de Hegel entre el amo y el esclavo nos dan tres versiones distintas pero emparentadas del problema del reconocimiento, y en particular del reconocimiento del espíritu. Tal vez recuerdan, entre líneas, que la dinámica específica de Occidente, la anomalía que supone su trayectoria, habría sido imposible sin una segunda vista y un pathos de la distancia que ningún pueblo por sí solo puede lograr. De la Florencia de los Medici al Londres de los Rothschild, Marx y Disraeli o la Viena y el Nueva York del siglo XX, los judíos son el cuerpo dentro de otro cuerpo y el espíritu dentro de otro espíritu que el infatuado gentil se niega a admitir, como si la masa pudiera reconocer la levadura de otra forma que hinchándose. La vanidad de un lado y el orgullo del otro impedirán siempre la aclaración de las verdaderas relaciones.

Esta situación da un vuelco con la creación del estado de Israel, que aspira a darle al pueblo hebreo su propio cuerpo y su propia identidad. Pero tampoco aquí terminan ni mucho menos los equívocos problemas del reconocimiento: un estado que defeca habitualmente sobre el derecho internacional desea ser reconocido por todas las naciones; y por otra parte, sus más fuertes valedores aspiran a su través a un reconocimiento indirecto que de otro modo les delataría.

Pero tal vez el mesianismo hebreo más antiguo era ya un malentendido entre ese pueblo y su dios, pues suponía esperar algo en el mundo a cambio de la fe, lo que armonizó tan bien con el espíritu protestante. Ese vuelco en el mundo y en la historia es evidentemente el punto nodal de todos nuestros desequilibrios que por más que lo intenten no escapan a su origen religioso. Entretanto lo que al principio fue espera hoy se ha convertido en exigencia. Lo peor de tener que hablar de los judíos, en vez de los hebreos, es que la palabra «judío» carga ya sobre sí la connotación de «impugnación de Dios», en el doble sentido del «de»; en pugna consigo misma, ella sola se hace palabra detestada y detestable.

La impresión que se tiene es que, en la atribulada y exasperada Judea del imperio romano, a la figura de Cristo, cualquiera que sea su trasfondo, sólo le cabe el sentido de la abolición de la espera —el reino está dentro de vosotros-, la negación de la huida hacia adelante de la Historia. Implicaría entonces la recuperación de una vertical natural sobre un curso horizontal que también sería natural si no fuera forzado por los hombres; claro que ya desde los primeros tiempos comenzaron a darse visiones contrapuestas sobre lo histórico y lo no histórico, lo humano y lo divino en esta problemática cristalización.

Si hoy Israel supone una inversión del campo de fuerzas de la naciones, la atribulada y exasperada causa palestina y su derecho de retorno implica la inversión de esa inversión, un cuerpo dentro de otro cuerpo y, por mal que pese, un espíritu dentro de otro espíritu. No importa cuán abrumador sea tu espionaje y tu vigilancia, aquel al que oprimes te conoce, y por fuerza te conoce mejor que tú a él. Esto es lo que resulta tan intolerable.

Si miramos hoy un mapa del mundo los países que reconocen a Palestina veremos que ocupan la mayor parte de las tierras del globo, con casi toda Latinoamérica, África, Asia y Rusia: únicamente Norteamérica, Australia y Europa Occidental rehusan o demoran el reconocimiento. Esto sólo se explica por la intimidación y la presión, pero que nadie se queje de estar atado de pies y manos si no hace nada por romper el círculo. La causa palestina no es negociable y no depende de ulteriores expectativas; dándole la espalda también le damos la espalda a nuestra propia dignidad.

Efectivamente, que nadie se queje de vivir en un acolchado «campo de concentración financiero» si desprecia lo que ocurre en Gaza; sabemos por lo demás que hoy ambos encierros están íntimamente unidos. La infausta industria de la vigilancia y la seguridad con la que hoy Israel penetra en todo el mundo, el gran negocio paramilitar de aprovechamiento del caos creciente en todas las naciones, se vende preciándose de haber sido «probada sobre el terreno» y en carne viva. Romper el cerco palestino es romper el propio cerco.

Sorprendería entonces sin límites que tantos estados en Europa y en el mundo confíen algo tan absolutamente estratégico como su seguridad a empresas de un país tan decido a sacar ventajas por todos los medios; de un estado militar-policial cuya profunda inmoralidad sólo puede compensarse con el envilecimiento de cualquiera de sus interlocutores, no sea que pretenda darle lecciones de algo. Sorprendería, claro, si no fuera porque esas élites igualmente corruptas no pueden encontrar mejor complicidad a la hora de mantenernos a todos a raya.

No, no podemos tomarnos en serio la idea del colapso porque nos parece sencillamente inconcebible; pero a los rusos y a los pobladores del antiguo bloque comunista no les parece en absoluto inconcebible porque ya sufrieron uno bien calamitoso hace sólo poco más de dos décadas. Parece mentira que los europeos occidentales no seamos conscientes de algo así estando tan cerca, se ve que aún creemos tener derecho a algo diferente. En cuanto a Washington, es tan sólo normal que allí no tengan ni idea, a pesar de que los brindis por los despojos de la Unión Soviética de los sospechosos habituales se oyeron de la City a Wall Street pasando por Harvard. Luego está la ingeniosa ocurrencia de decir que no hay que preocuparse por la tercera guerra mundial porque esa ya la ganaron. Ahora bien, si eso es cierto, resulta que se les ha acabado la buena suerte, porque según la secuencia canónica de transformaciones no hay cuarta guerra buena, sino tan sólo la caída acelerada de la descomposición final.

No se trata tanto de decir que el colapso sea inevitable, puesto que todo este escrito aspira a su modo a conjurarlo, como de ver que incluso en el mejor de los escenarios no parece posible eludir una fase de profundo caos, algo que por el mero hecho de que Washington esté hoy al mando ya parece garantizado. Y en ese sentido, serían los países menos desvinculados de su esfera de poder los más expuestos a sufrir las consecuencias. Se puede aprender mucho más de cualquier país o pueblo que en esta última época haya conocido tiempos difíciles.

Si lo que crea el dinamismo del dinero es la búsqueda de beneficio, aún es una cuestión muy debatida qué condiciona su tasa fuera del sistema de precios. El neoricardiano Sraffa parecía sugerir, asumiendo una perspectiva endógena, que se trataba de una «variable técnica dependiente del tipo de interés», interpreta Apilánez; pero creo que si el mismo Hegel, contemporáneo de Ricardo, hubiera mostrado más atención a la incipiente teoría económica se habría abonado a esa tesis con la mayor determinación. Idealmente, pero contando aún con las asimetrías evidentes que no sólo la teoría neoclásica ignora, el excedente de valor no se relacionaría tanto con la explotación como con el modo global de distribución del producto social, que a su vez determinaría el tiempo subjetivo-objetivo en que esa sociedad vive. Esto armoniza con nuestra visión de la serpiente monetaria como el límite y forma conferido por la circulación. El interés como mera atención es anterior a todo lo demás, pues todo vive de nuestra solicitud. Tampoco es de extrañar que se hable hoy tanto de la economía de la atención, aunque sólo sea para robárnosla.

Hoy sabemos que los primeros estándares de medidas fueron elaborados en los templos de Egipto y Mesopotamia. La metrología es tan consustancial a ese gran salto que suponen las primeras grandes civilizaciones como la escritura y la contabilidad, y sin ella resultaría inconcebible la consolidación del estado o la expansión del comercio y la actividad económica. La convención siempre ha sido el más poderoso y torpe de todos los imperios. Hay estándares reversibles y estándares prácticamente irreversibles, como la ineficaz distribución actual de las letras del alfabeto en el teclado; y hay otros estándares capaces de englobar a otros del pasado en su esfera.

Casi todas las medidas o magnitudes de la física moderna exhiben un alto grado de heterogeneidad que no es sino el reflejo de los arbitrajes en el uso del cálculo y el álgebra en esos templos modernos que son nuestras grandes ecuaciones; su aparente simetría y elegancia esconde los grandes nudos de sus relaciones. Nuestro ideal de trasparencia parte de la pureza de las relaciones iniciales, no del aspecto que tienen al ser englobadas. La más inobstruida conexión con el pasado pasa por esta vía aparentemente estrecha.

En palabras de C. H. Smith, tendemos a optimizar más aquello que más se mide. También el beneficio obedece a este orden, sólo que el beneficio ha sido hasta ahora la diferencia más atendida, aunque en una economía cada vez más compleja también es proporcionalmente menos directa y más difícil de estimar. El polo de una economía ha tenido que ser entonces la medida más fácilmente disponible, y el beneficio se deja a la discreción del individuo. Si el campo de medida de la economía varía también varía el sistema y nuestra percepción de él. Pero el beneficio, más que optimizarse, se maximiza, lo que en sistemas con recursos finitos supone la fuente principal de inestabilidad, algo ya claramente visto por Aristóteles hace veinticuatro siglos. En estos tiempo de IA, bien cabe imaginar un sistema optimizado para recursos finitos y realimentado, que deje a la discreción de las monedas particulares los criterios de valoración y prioridades. Y puesto que estas tecnologías ya se aplican con los propósitos más claramente desestabilizadores, no vemos por qué no habría que usarlos en aras de un mínimo de estabilidad y bienestar colectivo. Los criterios y campos de medida en conjunción con la moneda permiten la transmutación de esos valores colectivos; buscar lo homogéneo en lo inhomogéneo es el oro de lo universal que permite contrarrestar el peso del oro muerto y dinamizar de otro modo la acumulación.

La transvaloración de los valores, la transmutación del tiempo y el valor, sólo puede operar desde el interior de nuestra conciencia, que antes se llamaba espíritu; pero como la superciudad global en que vivimos ya es la materialización de esta nuestra era del espíritu, nada nos resulta más difícil de reconocer. Para el hombre moderno ya es mucho conseguir acuerdos momentáneos entre su voluntad y su intelecto; pero que estos hayan podido tener alguna vez una unidad sustancial, que puedan ser uno en esencia, es algo que hoy resulta imposible concebir; la inconsistencia del deseo separa a aquellos dos de su común fondo indeterminado.

Y efectivamente, sólo volviendo a lo indeterminado podemos ver a lo ahora invisible destacarse. Lo que también significa, naturalmente, que está más allá de nuestra capacidad de determinación. Esto, más que resignación, sería la comprensión cabal de nuestros límites, de la que nunca dejamos de estar necesitados. Y en caso de que nos falte comprensión, nunca tendremos muy lejos la admisión de nuestra suprema impotencia.

Sabe más la compasión sin pretenderlo que todo el conocimiento del mundo. Leibovitz tenía razón al decir que los israelitas han abandonado su religión y a su Dios en beneficio de una religión de estado. Pero al menos su orden secular podría mantenerse si se salvara la idea de restitución que siempre fue motriz para ese pueblo. Si abandonan a su único Dios, abandonan la justicia, y abandonan la compasión, que es lo único que media entre ambos y nos recuerda a nuestros semejantes, es imposible que puedan subsistir. Da igual que sea simple humano orgullo, o que sea un orgullo inhumano; un orgullo ilegítimo sólo existe para quebrarse. Lo esencial es que el instinto no se comprenda a sí mismo. Habéis vendido vuestro derecho por un caótico plato de lentejas. Ni tenéis a David con vosotros, ni sabéis dónde brilla su estrella.

Por supuesto también creo que Leibovitz tenía toda la razón al pedir que la religión se mantuviera siempre y en cualquier caso completamente aparte del estado y las cuestiones de poder, lo que siempre ha sido más fácil de llevar a cabo en las naciones de la cristiandad, con una religión no legislativa, que en el judaísmo o el islam. Para poder concebir la dificultad que en estas dos religiones tuvo la separación de lo divino de lo político, pensemos por un momento si pidiéramos que la búsqueda de la verdad científica, toda la ciencia teórica fundamental, se mantuviera aparte del estado. O que la política económica de un país fuera completamente independiente de teorías económicas que sabemos son puramente ideológicas. En tales casos lo que observamos es una imposibilidad creciente de separación; y sin embargo pocas cosas serían más deseables. Si, la ciencia o la economía son cuestiones específicamente colectivas, pero eso no las inclina más a la verdad que a la falsedad.

El orgullo es lo primero, se dice; pero cada uno pone el orgullo en cosas diferentes, lo que basta para que se equivoque con él. Uno no puede evitar sentir profunda simpatía por un pueblo que a pesar de tener más de mil años de historia aún se debate por nacer. Algunos llaman a eso orgullo, pero el presentimiento del futuro, incluso en las peores condiciones, tal vez merezca un nombre diferente. Me estoy refiriendo a Rusia, que por cierto, también tiene las dosis adecuadas de conocimiento e inspiración para darle la vuelta a toda nuestra cosmovisión científica; aunque ahí, como en todas partes, sean los poderes políticos la mayor limitación. Orgullo legítimo podría sentir alguien por no comer carne ni participar en la matanza organizada de animales, pero, ¿orgullo de qué y frente a quién? Lo que menos separa al hombre es lo que más lo pone en pie y lo destaca.

Orgullo es lo que aún dicen tener muchos occidentales por nuestra dominación del mundo, que se ha basado no en ninguna superioridad moral sino en la explotación de una ventaja científica que fue siempre tecnológica. Pero justamente lo que a uno le parece más despreciable de Occidente es ese infatuado ventajismo que le impide ver qué ha hecho con la naturaleza y la verdad, y el científico, como no podía ser menos, suele ser el menos consciente de la reducción operada. Si los hombres de ciencia dieran un paso adelante y aprendieran a colaborar fuera de las estructuras de poder y los grandes presupuestos, todo los logros del pasado palidecerían y nos parecerían bolas de azúcar. Y por su puesto, a largo plazo, eso es lo que más habría que temer. La liberación de la naturaleza, y con ello me refiero a nuestra interpretación de ella, es una grandiosa y sagrada misión que no dejará de repercutir en todo lo humano de la forma más insospechada: si cambia lo suficiente nuestra idea de la relación entre lo reversible y lo irreversible también vuela en pedazos la mercantilización de las relaciones, el sujeto del tiempo y el tiempo de la sociedad. No se liberará el hombre mientras no se libre de la idea de dominar la naturaleza; y así se confirmará cabalmente que nada humano ha de durar eternamente.

Hoy todo es poco, todo se queda corto para curar la adicción a este tiempo pervertido del que parece imposible salir. Y sin embargo no hay que inventar nada, pues no hay enfermedad que no mejore con un poco de abstención, y no habría enfermedad más superficial que la ideología tecnológica si no formara un solo cuerpo con la voluntad de poder. Hay en ella dos extremos: los que ejercen esa voluntad hasta la empuñadura, y los que son empuñados y sustraídos de su propia voluntad. Y también se da, naturalmente, todo un tráfico de datos e interacciones entremedio. Y ya que las asimetrías también deberían servir de algo a los dominados, habrá que decir que la adicción a nivel de usuario es mucho más leve que la adicción del productor de adicción.

Ciertamente desconectar es un lujo que no todos se pueden permitir y que ahora se vende como otra desintoxicación más en boga. Empero conviene no banalizar el alcance que puede tener la verdadera abstinencia en un mundo donde nada se hace por un lapso sostenido y cuando es de eso de lo que se trata. Un padre del desierto dijo hace muchos siglos que en los últimos tiempos una persona haría tantos méritos en un día como los que entonces requerían años o toda una vida. ¿Entendemos lo que esto quiere decir? No sabemos si a la humanidad le quedan diez o diez millones de años; lo que sí sabemos es que copiar un texto en un códice medieval llevaba años y hoy nos impacientamos si se atasca la impresora o una descarga lleva más de diez segundos. Tendría que ser evidente que en muchos procesos físicos y mentales el tiempo se ha comprimido miles de veces, mientras que otros siguen demandando la misma duración; como también que hay otros que en puridad no tienen que ver con proceso ni duración alguna, como las imágenes, que deben a eso mismo su poder de atracción y ocultamiento.

Si realmente queremos asistir a la descomposición de un todo por sí mismo, no hará falta entonces buscar ningún sujeto mineral específico, porque uno mismo, por más que sea un caso perdido, tiene todo lo necesario para asistir al más instructivo de los cursos. Lo único que tiene que hacer es llevar adelante esa abstinencia mental el tiempo suficiente y distanciarse de estímulos externos. Nuestros tiempos de reacción y realimentación son hoy tan parpadeantes y breves, que hasta el cese de nuestra absurda música de fondo por un instante al que prestemos atención hace que las cosas sean diferentes. Qué no sucedería entonces si persistiéramos un poco en ello. ¿Cuánto? No hay que preocuparse por el cuánto, basta quedarse con lo que hay en el tiempo vacío incluso con el infinito desierto del tedio. ¿Pero el tiempo vacío es tiempo?

El cambio no requiere mayorías. Hoy todos hablamos de lo común pero a esto que es lo más común e inarticulado le tenemos auténtico pánico, lo que ya es una excelente señal. No sólo el capitalista, el intelectual también preferiría una buena bomba atómica. Así pues, el mero instinto, más necesario que nunca, nos dice que aquí hay un camino de supervivencia adentrándose en la zona de penumbra —pero no de supervivencia para imaginarias alimañas darwinistas. No parece muy digno preguntar sobre qué es lo que sobrevive aquí; si ya hoy se nos dan tantas facilidades mejor sería averiguarlo uno mismo.

Si internet si hizo para sobrevivir al ataque nuclear, la abstinencia ha existido desde siempre incluso para que ahora sobrevivamos a internet. Las facilidades son engañosas, el mérito es real, lo gratuito lo único eficaz. El espíritu sopla donde quiere, pero suele querer donde se le deja. La abstinencia es una vía de transformación y conocimiento válida para todo tipo de creencias y falta de ellas con tal de que uno ponga su parte. La conectividad está llena de nudos, la trasparencia nos parece oscura porque no podemos concebir que los nudos se disuelvan.

El animal no come cuando enferma, y el hombre, el animal enfermo, es el único capaz de ayunar cuando no está mal. En nuestra mistificación científica de los orígenes, habría que suponer que hubo un largo periodo indeterminado en que en el hombre se han debilitado grandemente los instintos a cambio de que surja gradualmente la razón, pero nadie responde a la tremenda pregunta de cómo se las arregló para sobrevivir todo ese tiempo en una condición tan lamentable. La naturaleza es la circunstancia, y de la circunstancia sólo sondeamos lo poco que nos aprieta. Mucho antes de la lucha por la vida existió la alerta, o tal vez sería mejor decir que siempre estuvo en otro orden de cosas. Por supuesto, no tenemos ni idea de qué grados de escucha pudo haber alcanzado ese mítico hombre de los orígenes, ni hasta dónde se habría extendido su mirada.

Nuestro viejo materialista dice: «Todo es materia y movimiento; pero yo, ya coma cerdo o bacalao, ya lo riegue con vino o con ginebra, soy el mismo viejo zorro de siempre.» Todo está gobernado por las relaciones materiales y de producción menos uno mismo; la naturaleza está ahí fuera para darle forma, no puede estar dentro dándonos forma a nosotros. Es una curiosa forma de materialismo, y también una curiosa forma de liberalismo. A esta bestia parda podemos llamarla liberal-materialismo o materialismo liberal, poco importa, es la misma que nos ha traído tan lejos a todos y a cada uno de nosotros.

Si hemos de hacer caso a lo que sugieren algunos antiguos, parece que nuestros primeros padres, esos grandes ausentes de la Edad de Oro, por olvidarse hasta se olvidaron de morir. No se habrían extinguido sino que más bien se habrían ido fundiendo con el fondo hasta hacerse irreconocibles. Si cada época sueña a la siguiente y ellos se quedaron dormidos, han tenido tiempo de sobra para soñarnos a todos. Aun así preferimos soñar con el Antropoceno a despertar.

La última astucia del desesperado y fugitivo Benjamin fue tratar de fundir en un solo ser la receptividad de la espera mesiánica con la aspiración constructiva de las utopías. El mundo no estaría hecho de átomos, ni de historias, ni de transacciones con monedas, sino de mónadas, que como ya había visto Leibniz, son sólo un orden actualizado de fulguraciones. No sabemos si el idealismo ha quedado lejos o cerca, pero no podemos ignorar la evidencia de que todo en nuestro presente es puro proceso de actualización. O dejamos que el mundo nos actualice a nosotros, o elegimos que sea lo que se sustrae a su corriente lo que tenga la palabra.

Lo que pareció el colmo de lo inactual está condenado a tener cada vez más actualidad; esa necesidad de romper las costuras del tiempo por ambos costados para que la serpiente cambie de piel reclama más y más sus derechos en las esferas prácticas de la política y el dinero, y lo hará probablemente en la ciencia, las tecnologías y el entero dominio de nuestra expresión, pues nunca faltamos a la necesidad de identificar fuera lo que ya estamos sintiendo dentro. El ser moral del hombre requiere de su intelecto, su imaginación y su acción, y si aspiráramos a algún cambio en profundidad reconoceríamos nuestra impotencia a la hora de coordinarlos con más provecho que daño. Este reconocimiento es también nuestra máxima fortaleza y nuestra más grande libertad. Uncir esas cosas a nuestra voluntad es importante y necesario, pero desuncir nuestra voluntad de ellas es más importante todavía: lo que queremos unir lo separamos, pero lo que no separamos no hace falta reunirlo de ninguna manera.

En vano se habla de las contradicciones del capitalismo y el mundo moderno si no se comprende que tales contradicciones están encarnadas en cada uno de nosotros independientemente de nuestra convicción. Como no ha dejado de decirse, no es lo que te han hecho, sino lo que haces con lo que te han hecho, lo que importa. La trasparencia se sacrifica en su ideal; para poder aspirar al tiempo soberano, desocupado y sin dirección hemos de sacrificar debidamente a los dioses de las seis direcciones.

Lecturas

Gilad Atzmon, Los británicos y el holocausto
Bruce Bogoshian, (2014): Kinetics of wealth and the Pareto Law
Michael Rothschild, (1990): Bionomics: Economy as Business Ecosystem
Michael Hudson, (2011): How economic theory came to ignore the role of debt
Chris Hamilton, (2019): Why This Time is Completely, Utterly, Totally Different
Charles Hugh Smith, Pathfinding our Destiny: Preventing the Final Fall of Our Democratic Republic
Alejandro Nadal (2018): ¿Hacia una economía sin dinero? No tan rápido
Alejandro Nadal (2016): Reforma monetaria: herejes contra excéntricos
Miguel Ángel Fernández Ordóñez (2018): El futuro de la banca: dinero seguro y desregulación del sistema financiero
Alfredo Apilánez (2017): La ciencia aberrante
Esteban Hernández (2018): El tiempo pervertido
Evgeny Morozov, Socialize the data centres!
Josef Huber, Sovereign Money https://sovereignmoney.eu
Jaromir Benes, Michael Kumhof (2012); The Chicago Plan revisited
Kaoru Yamaguchi (2019); Money and macroeconomics dynamics —Accounting System Dynamics Approach
Assis, A. K. T (2004); The Principle of Physical Proportions
N. Mazilu, M. Agop, (2018); The Mathematical Principles of the Scale Relativity Physics — I. History and Physics
Alain Badiou, (1989); Conferencia sobre El ser y el acontecimiento y el Manifiesto por la filosofía
Geidar Dzhemal, El legado de Kirillov
Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia
Jean Gebser, Origen y presente


STOP 5G

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Dedicado a Carlos Ruperto Fermín

2019 será el año del despliegue de la quinta generación de telefonía móvil y no hay tiempo que perder. ¿Puede zanjarse el debate científico sobre sus efectos? Sugerimos una via para detectar los efectos de la radiación no ionizante en los seres vivos con un argumento puramente biofísico y biomecánico.

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Una fábula, un enigma, y una solución final

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La fábula

Aunque todo el mundo conoce la historia, no está de más recordarla: a los Asuras les fue dado el don de construir tres grandes, inexpugnables ciudades-fortaleza, una en la Tierra, la otra en la Atmósfera, y la última en el Espacio Profundo. Las tres ciudades se revolvían como ruedas, cambiaban permanentemente sus posiciones y evitaban a toda costa quedar alineadas, pues habían sido advertidos de que ello ocasionaría su fin. Pero finalmente, tras mil años de incansables permutaciones, parece que sólo les quedaba una que probar, y puesto que todo busca su compleción, finalmente se alinearon. Era lo que Shiva había estado tranquilamente esperando, y sin pensárselo dos veces, el arquero supremo fulminó las tres ciudades de un solo disparo.

El enigma

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¿Hacia una ciencia de la salud? Biofísica y biomecánica

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HOLISMO Y REDUCCIONISMO EN LAS CIENCIAS DE LA VIDA

La física, tan sólidamente apoyada en las matemáticas, sigue siendo considerada la reina madre de las ciencias experimentales y por tanto modelo para todas las demás, incluyendo la biología y la biomedicina modernas. Es también común asumir que la física es una ciencia reduccionista capaz de de explicar las cosas por sus mecanismos, aunque esto está muy lejos de ser cierto y de hecho, como recordaba Poincaré, los principios de acción en que se basa por su misma naturaleza no admiten mecanismos unívocos y sí analogías matemáticamente precisas.

Esta ambigüedad de fondo de la ciencia física es motivo de toda suerte de confusiones, más todavía cuando la física sale al rescate de otras disciplinas inmersas desde el principio en la complejidad para intentar encontrar sus aspectos más simples.

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ODISEA IA-Física e inteligencia artificial

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La IA y el aprendizaje automático están de moda, pero se habla poco de sus paralelismos y contactos con la física fundamental, tan llenos de significado. En nuestro entorno cada vez más artificial, nos preocupa ya más desentrañar las caja negra de las máquinas inteligentes que la gran caja negra y estrellada del universo. Pero no hay que desanimarse, pues ambas cosas, finalmente, podrían no estar tan separadas. De lo que se trata siempre es de salir del agujero, esto es, de encontrar universalidad; y ésta suele estar en las antípodas de la inteligencia aplicada. Aquí se podría decir lo contrario de lo que escribió Juan en su libro de la Revelación: «Quien tenga entendimiento, que no calcule…»

Palabras clave: Inteligencia Artificial, Renormalización, Relatividad de escala, aprendizaje jerárquico, dos modos de la inteligencia, Continuo

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El multiespecialista y la torre de Babel

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Bastarían 100 multiespecialistas con un mínimo acuerdo en sus prioridades y sin intereses personales en el actual sistema de producción científica para reescribir la ciencia por entero sin perder el grueso de sus logros efectivos, tan distintos de los teóricos.

Pensar hoy que la empresa colectiva de la ciencia está al servicio de todos es simplemente despreciable. Nunca lo estuvo, y con la pantalla de la sociedad de la información, mucho menos todavía. Es justo en esta época de «explosión informativa», en que vamos dándonos cuenta que lo que se publica sobre investigación es ante todo fachada, que hay que suponer que la investigación real ha pasado a las catacumbas y que sirve a intereses cada vez más particulares y minoritarios, en consecuente armonía con la pirámide invertida de distribución de la riqueza. ¿O qué esperábamos? ¿No sabemos todos que el científico depende de sus fondos no menos que el cobaya enjaulado de su ración periódica de comida?

Esto tendría que volver del revés nuestra apreciación del conocimiento científico como claraboya abierta en el techo hacia lo universal. Algo que nos resulta muy difícil, pues si no reconocemos lo universal en la ciencia… ¿dónde si no? Hace mucho que pasamos de hablar de la revolución científica a hablar de la revolución tecnológica, una admisión tácita de que la ciencia por sí sola cada vez nos interesa menos; y sin embargo ya en tiempos de Newton la balanza se inclinaba decididamente a hacer de la práctica teoría, y en eso seguimos después de todo. Continuar leyendo «El multiespecialista y la torre de Babel»

Luz, gravedad y color

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Las teorías mecánicas de la gravedad cayeron en un descrédito seguramente merecido a principios del siglo XX tras haber sido seriamente sopesadas durante siglos por los más grandes físicos. No haremos aquí un intento de rehabilitación pero recordaremos que mientras no sepamos cuándo una partícula radia no estamos muy cualificados para desacreditar otras teorías por criterios termodinámicos. Las teóricas mecánicas podrían ser patéticamente inadecuadas, pero aún con todo tal vez se sitúen en el umbral de la más insospechada revelación. Hablamos de la relación entre la teoría del color y las teorías de campos. Hablamos de las Tecnologías del Color. Hablamos incluso de la función zeta de Riemann.

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Salud, vida, envejecimiento, evolución

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Durante un tiempo pareció que la teoría de la información y la complejidad, aliada con la genética, nos iban a dar una descripción comprehensiva de la vida y sus procesos característicos tales como el envejecimiento. Han pasado los años y hemos aprendido que el hombre tiene menos genes que una banana o algunos peces y monos, mientras las definiciones de la entropía, otro nombre para la información, se han multiplicado casi tanto como sus aplicaciones, haciendo el término cada vez más confuso y menos universal. Las ciencias de la complejidad han crecido al amparo de la explosión informativa, pero no han aportado mucha claridad, y desde luego no nos han hecho más sabios. En este breve artículo no pretendemos hacer una revisión crítica de un campo tan vasto; más bien al contrario, quisiéramos apuntar al interés y pertinencia para la vida de categorías mucho más simples, básicas, físicas.

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Más allá del control: Feedback y potencial

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En el último medio siglo ha habido una gran controversia sobre el significado físico de los potenciales y del potencial cuántico en particular, persistiendo diversas preguntas abiertas. En este breve artículo, antes que resolverlas, pretendemos añadir otras nuevas que pueden tener una insospechada incidencia en el futuro. En particular, queremos indicar el valor de la realimentación o feedback más allá del omnipresente paradigma del Control.El cálculo es una mera interfaz entre la matemática y el mundo físico, pero no la única. Existen otros medios de explorar este mundo, aunque el que hemos apuntado aquí no es incompatible con el cálculo.

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Autoenergía y autointeracción – Partícula extensa y Termodinámica

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Desde los tiempos del Proyecto Manhattan es imposible esperar trasparencia en campos aplicados como la física de partículas. Nociones tales como la partícula puntual, la relatividad especial, o la segregación de los problemas termodinámicos prestan un gran servicio a la hora de levantar un muro de niebla sobre los procesos físicos más reales. Este velo o capa protectora se ha encontrado conveniente y se ha mantenido hasta el presente en los sectores tecnológicos de mayor valor estratégico. Buscamos tanto una perspectiva histórica como una prospectiva.

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Entre la presión y la tensión

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Vivimos entre la presión y la tensión, este es el marco que de forma más inmediata define nuestra vida. ¿Pero qué hay ente la presión y la tensión, aparte de nosotros mismos? Esta X del Prometeo moderno tiene una caracterización evidente en la ciencia y la ingeniería actuales, pero aunque parezca mentira a nuestros científicos, tan deseosos siempre de hacer comprensibles sus conceptos al común de los mortales, se les ha pasado desapercibido el potencial de algo tan elemental —y tan universal. Entre la presión y la tensión, opuestos meramente superficiales, está la deformación, y tanto la ciencia de los materiales como el aspecto constitutivo del electromagnetismo tratan justamente de eso. De este modo podemos establecer una analogía formal y rigurosa entre un aspecto cuantitativo de las ciencias y aspectos cualitativos de los pares de opuestos tradicionales que son incluso anteriores a la percepción. Esta conexión podría ser crítica para el futuro de la tecnología, nuestra percepción de la naturaleza y nuestra autocomprensión.

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Punto de inflexión

Guerra comercial china-estadounidense

Tal vez convenga apuntar estas fechas en el diario. Lo leía ayer de Joan Botella en estas mismas páginas: “¡Quién nos iba a decir que hoy el gran defensor del libre comercio mundial es China y el proteccionismo lo cultivan los estadounidenses!”

La guerra comercial USA-China comenzada esta primavera bajo el signo inequívoco de la ofensiva estadounidense. Parece una de tantas, pero podría hacer época. Aunque Estados Unidos ha jugado cuando le ha convenido la carta del proteccionismo, nadie duda en identificarlo con lo más expansivo del imperio. El antiguo imperio chino, en cambio, se llamaba así precisamente por ignorar al resto del mundo tanto como fuera posible y hoy, como sabemos, el grado de lo posible a la hora de ignorar el mundo es muy escaso, justamente en razón de los que eligieron One World como divisa. Continuar leyendo «Punto de inflexión»

Come para todos

El mejor pensamiento, la más bella acción son los que más nos aproximan a la gratuidad divina.

Louis Cattiaux

Se dice muy a menudo que para que nuestra vida cambie es nuestra mente la que primero debe mudar; otros, aunque tornen las palabras, dicen en el mismo tenor que el que debe cambiar es nuestro corazón. Sorprende entonces que nadie diga, en esta nuestra civilización tan pretendidamente materialista, que deberían cambiar nuestros vientres -aunque no es que falten ni mucho menos quienes afirman que uno es lo que come. En vez de hablar de dietética o estilos de vida, o entremezclar cosas previamente separadas, intentaré acercarme al denominador común en el que vientre, corazón y mente participan.

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